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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra E Esquizofrenia


Diccionario de Psicología, letra E Esquizofrenia

s. f. (fr. schizophrénie; ingl. schizophrenia; al. Schizoplirenie). Según
Freud, entidad clínica que se distingue, dentro del grupo de las
psicosis, por una localización de la fijación predisponente en un
estadio muy precoz del desarrollo de la libido y por un mecanismo
particular de formación de síntomas: el sobreinvestimiento de las
representaciones de palabra (trastornos del lenguaje) y de las
representaciones de objeto (alucinaciones). De todas las grandes
entidades clínicas cuya unidad Freud reconoció a partir de su
concepción del aparato psíquico, de su referencia a la teoría de la
libido y a los mecanismos de la represión, la esquizofrenia es
ciertamente aquella a la que dedicó menos trabajos teóricos. Los
principales y más desarrollados entre ellos fueron producidos empero en
el trascurso de dos momentos importantes de la elaboración de la teoría
psicoanalítica: el del reconocimiento de la función esencial del
narcisismo (investimiento erótico del propio cuerpo) en el edificio de
la teoría, y el de la reconsideración que Freud hizo en 1915 de sus concepciones anteriores en diversos artículos que se han agrupado bajo el título de Trabajos sobre metapsicología. La
ausencia de una reconsideración consecuente de las tesis sobre la
esquizofrenia, a partir del establecimiento por Freud de la segunda
tópica, acentúa el carácter lacunar que reviste esta cuestión clínica
en su obra. En lo concerniente a J. Lacan, conviene notar que, si bien
conservó el término tal cual, reconociendo con ello la entidad clínica,
sin embargo sólo dedicó a la esquizofrenia breves observaciones, cuya
importancia y utilidad veremos sin embargo a partir de su ubicación
estructural de las psicosis. Un término bleuleriano, una entidad
clínica Freudiana. En su trabajo sobre «el presidente Schreber», Freud
se verá llevado a discutir la pertinencia del término esquizofrenia,
introducido por Bleuler en la nosografía psiquiátrica el mismo año
(1911). Lo considera tan mal elegido como el de demencia precoz para
designar la entidad clínica que recubren. Llegará incluso a proponer él
mismo un término, el de parafrenia. Pero lo que le interesa a Freud es
menos nombrar tal o cual cuadro clínico que señalar que determinados
mecanismos pertenecientes a la vida psíquica normal pueden combinarse
para dar su estructura a una entidad clínica. Por razones de
estructura, efectivamente, Freud se ve llevado a conservarle su unidad
clínica a la esquizofrenia en el campo de las psicosis y también para
distinguirla de la paranoia. El mecanismo de la represión es idéntico
en los dos casos y diferencia el campo de las psicosis del de las
neurosis, siendo su característica esencial el desprendimiento de la
libido del mundo exterior y su regresión hacia el yo (y no hacia un
objeto de sustitución fantasmática como en la neurosis). En cuanto a
las características que distinguen a la esquizofrenia de la paranoia,
Freud las relaciona por un lado con una localización diferente de la
fijación predisponente y, por otro lado, con un mecanismo diferente de
retorno de lo reprimido (formación de síntomas). ¿Qué entiende con
ello? Al principio, hay siempre investimiento por el sujeto de un
objeto sexual, vinculación de la libido al objeto. Es por lo tanto con
una perspectiva fálica imaginaria como el sujeto aborda la realidad, el
mundo exterior; la satisfacción que obtiene, aunque siempre limitada,
depende en cambio de determinaciones simbólicas inconcientes. Cuando
estas corresponden a una situación de inacabamiento del complejo de
Edipo, de no asunción de la castración por el sujeto, un conflicto se
desencadena. Este pone en oposición el investimiento del objeto sexual
por el sujeto, por un lado, y una instancia tercera, edípica, una
referencia paterna, por el otro, o sea, la realidad misma, puesto que
esta instancia y esa referencia son las que la sostienen, son sus
elementos organizadores. Conflicto que acarrea un fracaso, una
frustración (al. Versagung) en la realidad y obliga al sujeto a
desprender su libido del objeto en el mundo exterior. Un mecanismo
esencialmente activo, la represión, permite este desprendimiento. Es en
esta etapa cuando Freud hace intervenir lo que llama la fijación
predisponente, que constituye la dimensión pasiva de la represión y que
reside en el hecho de que un componente de la libido no cumple junto
con los demás la evolución normal prevista y, en virtud de esta
detención del desarrollo, permanece inmovilizado en un estadio
infantil. De esta localización de la fijación predisponente, variable,
va a depender la importancia de la regresión de la libido: esta,
desprendida del objeto por el proceso de la represión activa, queda en
cierto modo libre, flotante, y será llevada a reforzar el componente de
la libido que quedó atrás y a «romper los diques en el punto más débil
del edificio». Freud ve en esta ruptura, en esta irrupción, que llama
retorno de lo reprimido, la manifestación del fracaso de la represión y
la posibilidad de restituir la libido a los objetos de los que se
encontraba separada por la represión; pero esto bajo la forma de
manifestaciones sintomáticas que van a revestir propiedades
correspondientes al estadio de la infancia al que la libido quedó
fijada. Estas manifestaciones sintomáticas, a las que habitualmente se
confunde con la enfermedad, constituyen para Freud «tentativas de
curación». En la esquizofrenia, teniendo en cuenta su evolución menos
favorable que la evolución de la paranoia, Freud deduce de ello que «la
regresión no se conforma con alcanzar el estadio del narcisismo (que se
manifiesta en el delirio de grandeza); llega hasta el abandono completo
del amor objetal y el retorno al autoerotismo infantil. La fijación
predisponente, en consecuencia, debe de encontrarse más atrás que en la
paranoia, estar situada en alguna parte del principio de la evolución
primitiva que va del autoerotismo al amor objetal». El mecanismo
alucinatorio y los trastornos del lenguaje: la propuesta lacaniana. El
segundo criterio que, según Freud, distingue a la esquizofrenia de la
paranoia concierne a la naturaleza del mecanismo puesto en juego en el
retorno de lo reprimido, es decir, en la formación de síntomas. En la
esquizofrenia, la tentativa de curación no utiliza el mecanismo de la
proyección y el delirio, como en la paranoia, para intentar reinvestir
los objetos, sino el de la alucinación, que se compara con el mecanismo
puesto en juego en la histeria (condensación, sobreinvestimiento). En
1915, en el artículo que dedica al inconciente, Freud propone algunos
aportes y precisiones concernientes a los mecanismos puestos en juego
en la formación de los síntomas en el curso de la esquizofrenia. Al
mecanismo de la alucinación, que le parece corresponder a una fase
relativamente tardía, le agrega otro mecanismo, que se pondría en juego
más precozmente: el sobreinvestimiento no ya de representaciones de
objeto, como en la alucinación, sino de representaciones de palabra, al
que corresponderían clínicamente los trastor n os del
lenguaje que se observan en la esquizofrenia: el carácter rebuscado y
manierista de la expresión verbal, la desorganización sintáctica, los
neologismos y las bizarrerías. Freud relata el ejemplo clínico, tomado
de Tausk, de esa paciente que se queja de que «los ojos no están como
se debe, están desviados» y que agrega que su amado 4e parece siempre
diferente, es un hipócrita, alguien que desvía la mirada, él le ha
desviado la mirada y ahora ella tiene los ojos desviados, no son más sus ojos, ella
ve ahora el mundo con otros ojos». Concluye de ello que «lo que
confiere a la formación sustitutiva y al síntoma en la esquizofrenia su
carácter sorprendente es el predominio de la relación de palabra por
sobre la relación de cosa». Dicho de otro modo, la palabra debe oírse
en su sentido propio; ha perdido su poder metafórico o está en el
origen de una metáfora impropia, de una metáfora delirante, Si se
agrega que, en el artículo sobre el inconciente, la esquizofrenia y sus
mecanismos están puestos de relieve para «acercarse más al enigmático
inconciente y hacérnoslo por así decirlo asible», podemos decir que era
difícil ir más lejos que Freud sin poseer los elementos que aporta la
lingüística moderna. La propuesta de Lacan, que la toma en cuenta en su
referencia a la cadena significante y al inconciente estructurado como
un lenguaje, parece así casi natural, del mismo modo como las
modificaciones teóricas que trae consigo. Así, por ejemplo, la pérdida
del poder metafórico de las palabras podría ser remitida a una carencia
primordial que constituye la definición estructural de la psicosis: la
deficiencia de la metáfora paterna, del Nombre-del-Padre. Sólo esta
metáfora permite precisamente el borramiento de la cosa y le da su
poder al símbolo, su capacidad de «irrealizar», es decir, de trasponer
las cosas del orden real al orden simbólico haciéndonos capaces de
tratar con su ausencia, es decir, con su presencia simbólica, Este
poder de «irrealización», aun si no está del todo en el símbolo en el
estado normal, es el que falta en la psicosis. La esquizofrenia viene a
ilustrarlo de manera ejemplar a través de la importancia de la
irrupción del símbolo en lo real bajo forma de cadena rota,
alucinatoria o neológica. Esto, nos parece, es lo que pudo hacerle
decir a Lacan en 1954, en su «Respuesta al comentario de Jean Hyppolite», [Escritos], que, para el esquizofrénico, «todo lo simbólico es real». Definición cuyas consecuencias todavía quedan por desarrollar.

Al.: Schizophrenie. Fr.: schizophrénie. Ing.: schizophrenia. It.: schizofrenia. Por.: esquizofrenia. Término
creado por E. Bleuler (1911) para designar un grupo de psicosis, cuya
unidad ya había señalado Kraepelin clasificándolas bajo el epígrafe de
«demencia precoz» y distinguiendo en ellas las tres formas, que se han
vuelto clásicas, hebefrénica, catatónica y paranoide. Al introducir el
término «esquizofrenia» (del griego «hendir, escindir», «espíritu»),
Bleuler Intenta poner de manifiesto lo que, para él, constituye el
síntoma fundamental de estas psicosis: la Spaltung («disociación»).
El término se impuso tanto en psiquiatría como en psicoanálisis, a
pesar de las divergencias existentes entre los diferentes autores
acerca de lo que confiere a la esquizofrenia su especificidad y, por
consiguiente, acerca de la extensión de este cuadro nosográfico.
Clínicamente, la esquizofrenia aparece diversificada en formas
aparentemente muy distintas entre sí, en las que habitualmente se
destacan los siguientes caracteres: incoherencia del pensamiento, de la
acción y de la afectividad (que se designa con las palabras clásicas
«discordancia, disociación, disgregación»), la separación de la
realidad con replegamiento sobre sí mismo y predominio de una vida
interior entregada a las producciones de la fantasía (autismo),
actividad delirante más o menos acentuada, siempre mal sistematizada;
por último, el carácter crónico de la enfermedad, que evoluciona con
ritmos muy diversos hacia un «deterioro» intelectual y afectivo,
conduciendo a menudo a estados de aspecto demencial, constituye, para
la mayoría de los psiquiatras, un rasgo fundamental, sin el cual no
puede efectuarse el diagnóstico de esquizofrenia. La extensión por
Kraepelin del término «demencia precoz» a un amplio grupo de
enfermedades cuyo parentesco entre sí puso de manifiesto dicho autor,
condujo a una inadecuación entre el término utilizado y los cuadros
clínicos que designaba, ya que no era posible aplicar a todos ellos la
palabra «demencia» ni el calificativo «precoz». Tal fue el motivo de
que Bleuler propusiera una nueva denominación; escogió la de
«esquizofrenia» con el fin de que el nombre mismo aludiera a lo que
para él constituía, más allá de los «síntomas accesorios» que pueden
encontrarse (como por ejemplo las alucinaciones), un síntoma
fundamental de la enfermedad, la Spaltung : «Llamo esquizofrenia a la dementia praecox porque [...] la Spaltung de las más diversas funciones psíquicas constituye una de sus características más importantes» . Bleuler,
que subrayó la influencia ejercida sobre su pensamiento por los
descubrimientos de Freud, y que, siendo profesor de psiquiatría en
Zurich, participó en las investigaciones llevadas a cabo por Jung (véase: Asociación), utiliza el término Spaltung en una acepción muy distinta a la que le atribuye Freud (véase: Escisión del yo). ¿Qué entiende por tal? La Spaltung , aunque
sus efectos se manifiesten en diversos dominios de la vida psíquica
(pensamiento, afectividad, actividad), constituye ante todo un
trastorno de las asociaciones que rigen el curso del pensamiento. En la
esquizofrenia convendría distinguir los síntomas «primarios», que son
la expresión directa del proceso patológico (que Bleuler considera como
orgánico), de los síntomas «secundarios», que no son más que «[...] la
reacción del alma enferma» al proceso patógeno. El trastorno primario
del pensamiento podría definirse como una relajación de las
asociaciones: «[...] las asociaciones pierden su cohesión. Entre los
millares de hilos que guían nuestros pensamientos, la enfermedad rompe,
aquí y allá de forma irregular, unas veces alguno, otras veces cierto
número de ellos, otras una gran parte de los mismos. De ello resulta
que el pensamiento es insólito y a menudo falso desde el punto de vista
lógico». Otros trastornos del pensamiento son secundarios y traducen la
forma en que se reagrupan las ideas, en ausencia de
«representaciones-fin» (término mediante el cual Bleuler designa
únicamente las representaciones-fin conscientes o preconscientes) (véase: Representación-fin),
bajo la denominación de los complejos afectivos: «Dado que todo lo que
se opone al afecto es suprimido más de lo normal, y lo que va en el
sentido del afecto resulta favorecido en forma igualmente anormal, ello
da lugar a que finalmente el sujeto ya no pueda en absoluto pensar lo
que va en contra de una idea impregnada de afecto: el esquizofrénico,
en su anhelo, sólo sueña en sus deseos; para él no existe lo que
pudiera impedir su realización. Así, se encuentran, no sólo formados
sino también reforzados, complejos de ideas cuyo nexo lo constituye más
bien un afecto común que una relación lógica. Al no ser utilizadas, las
vías asociativas que conducen de tal complejo de ideas a otras ideas
pierden su viabilidad en lo referente a las asociaciones adecuadas; el
complejo ideativo cargado de afecto se separa cada vez más y alcanza una independencia cada vez mayor (Spaltung de las funciones psíquicas)» En este sentido, Bleuler relacionó la Spaltung esquizofrénica
con lo que Freud describió como lo propio del inconsciente, es decir,
la coexistencia de grupos de representaciones independientes entre sí , pero, para Bleuler, la Spaltung , en
la medida en que implica el refuerzo de grupos asociativos, es
secundaria a un déficit primario que constituye una auténtica
disgregación del proceso mental. Bleuler distingue dos etapas de la Spaltung : una Zerspaltung primaria (una disgregación, un verdadero estallido) y una Spaltung propiamente dicha (escisión del pensamiento en diferentes agrupaciones): « La Spaltung constituye
la condición previa de la mayoría de las más complicadas
manifestaciones de la enfermedad; imprime su sello especial a toda la
sintomatología. Pero, detrás de esta Spaltung sistemática
en complejos ideativos determinados, hemos encontrado, anteriormente,
una relajación primaria de la textura asociativa que puede conducir a
una Zerspaltung incoherente de formaciones tan
sólidas como los conceptos concretos. Mediante la palabra
«esquizofrenia» aludo a estos dos tipos de Spaltung, cuyos efectos a menudo se entremezclan». Las resonancias semánticas del término francés dissociation, con el que se traduce la Spaltung esquizofrénica, evocan más bien lo que Bleuler describe como Zerspaltung. Freud
puso algunas reservas al empleo del término «esquizofrenia»; «[...]
prejuzga la naturaleza de la afección, al utilizar, para designarla, un
carácter de ésta postulado teóricamente, que además no es exclusivo de
esta enfermedad y que, a la luz de otras consideraciones, no puede
calificarse de su característica esencial» . Si bien
Freud habló de esquizofrenia (a pesar de continuar utilizando el
término «demencia precoz»), propuso el término «parafrenia», que, según
él, era más fácil de relacionar con el de «paranoia», indicando así,
simultáneamente, la unidad del campo de las psicosis y su división en
dos vertientes fundamentales. En efecto, Freud admite que estas dos
grandes psicosis pueden combinarse en múltiples formas (como ilustra el
Caso Schreber) y que eventualmente el enfermo pasa de
una de estas formas a la otra; pero, por otra parte, sigue manteniendo
la especificidad de la esquizofrenia con relación a la paranoia,
especificidad que intenta definir a nivel de los procesos y a nivel de
las fijaciones: predominio del proceso de «represión» o del retiro de
la catexia de la realidad, sobre la tendencia a la restitución y,
dentro de los mecanismos de restitución, predominio de aquellos que son
afines a la histeria (alucinación) sobre los propios de la paranoia,
que se parecen más a los de la neurosis obsesiva (proyección); a nivel
de las fijaciones: «La fijación predisponente debe encontrarse en una
época más precoz que la de la paranoia, debe situarse al comienzo del
desarrollo que conduce del autoerotismo al amor objetal». Aunque Freud
dio otras muchas indicaciones, especialmente acerca del funcionamiento
del pensamiento y del lenguaje esquizofrénico, puede decirse que la
tarea de definir la estructura de esta enfermedad ha correspondido a
sus sucesores.

«Llamo "esquizofrenia" a la demencia
precoz porque, como espero demostrarlo, el desmembramiento (Spaltung)
de las diversas funciones psíquicas es una de sus características más
importantes. Por comodidad empleo la palabra en singular, aunque el
grupo comprende probablemente varias enfermedades.» De este modo, en
1911, en el marco de la Enciclopedia psiquiátrica de AschafferIburg,
Bleuler rompe con el ambiente psiquiátrico de su época. Mientras que
para Kraepelin las psicosis eran «entidades mórbidas que deben ser
estudiadas como conjuntos homogéneos, desde su inicio hasta su
terminación» (lo que permite prever «la evolución obligatoria de los
síntomas»), Bleuler privilegia, no la forma, sino el contenido de la
afección. Entre 1886 y 1898, Bleuler dirigió el gran hospital
psiquiátrico de Rheinau, establecido en lo que había sido un
monasterio, a orillas del Rhin. Allí conocía personalmente a cada uno
de sus pacientes: «Sin estas experiencias de vida comunitaria con sus
enfermos, nunca habría podido concebir su gran obra sobre la
esquizofrenia» (C. Müller). En el prefacio de su obra Dementia Praecox
oder Gruppe der Schizophrenien, Bleuler subraya lo que le debe al
pensamiento psicoanalítico de Freud, pero también aquello que lo aparta
de él. E. Minkowski ubica como sigue el punto de ruptura: «Para
Bleuler, los complejos determinan el contenido de los síntomas,
explican ciertas reacciones particulares del enfermo, pero no
constituyen la causa eficiente de la esquizofrenia [ ... ] Los
complejos llenan el vacío cavado por el trastorno inicial, pero son
incapaces de cavarlo por sí solos».

Demencia precoz o esquizofrenia En
la base de los síntomas de la esquizofrenia (también nosotros
utilizaremos por comodidad el término en singular), Bleuler postula una
«x», un «proceso morbido», generalmente entendido como un proceso
orgánico de etiología indeterminada, pero respecto del cual «la
hipótesis de un proceso físico no es de absoluta necesidad». Esta «x»,
este proceso, produce «síntomas primarios» (o fisiógenos), los cuales
son su expresión directa, mientras que los «síntomas secundarios»
constituyen sólo reacciones, «modificaciones» de funciones psíquicas,
en verdad «intentos de adaptación» de la personalidad a los efectos de
los síntomas primarios. Pero si bien los síntomas secundarios no son
más que « superestructuras psíquicas», a menudo se presentan como «los
síntomas mórbidos más impresionantes », que son entonces los más
susceptibles de ser influidos por el ambiente, las condiciones de
vida... y la actitud del médico. Esta distinción entre síntomas
primarios y secundarios, que será retomada por numerosos psiquiatras
fenomenólogos, no es un simple marco semiológico. Constituye, en
efecto, el fundamento de la noción de «curación social», gracias a la
cual Bleuler pone los primeros jalones de un «trabajo de sector»
anticipado: dispensario, ensayos de «salidas precoces», residencia con
la familia, etc. Al mismo tiempo, la idea de «curabilidad» implícita en
la noción de esquizofrenia (mientras que el «demente precoz» era ante
todo demente) cambia la vida en el interior del hospital: introducción
de la ergoterapia, de la psicoterapia, trabajo de «contratransferencia»
del personal... Si bien la distinción entre síntomas primarios y
secundarios corresponde de hecho a una «teoría de la enfermedad»,
Bleuler, a través de la variación de los cuadros clínicos y de la
abundancia de los síntomas relacionados con la esquizofrenia, introduce
otra distinción, esta vez de alcance nosográfico: diferencia síntomas
fundamentales y síntomas accesorios. Los primeros son característicos
de la enfermedad, en tanto que los segundos pueden encontrarse en otras
afecciones. El intento de delimitar los «signos fundamentales» o,
mejor, un «trastorno fundamental» (a veces entendido como
patognomónico, otras como «trastorno generador» del que derivaría el
conjunto de los otros síntomas) ha constituido, después de Bleuler, un
desafío para muchos otros psiquiatras, en particular fenomenólogos. La
dificultad consiste en que nos encontramos ante una serie impresionante
de «trastornos fundamentales», cada uno de ellos ligado al nombre de su
«inventor»: pérdida del contacto vital con la realidad (Minkowski),
hipotonía de la conciencia (Berze), humor fundamental o «embotamiento»
(Benommenheit, de J. Wyrsch), alteración de las relaciones entre el yo
y «la actitud interna» (Zutt).

Esquizofrenia y gestión clínica «A
menudo me ha sorprendido el hecho de que realizo mis diagnósticos
basándome en datos que no son los que me permiten explicarlos una vez
formulados», escribe Rümke en su informe al primer congreso mundial de
psiquiatría, de 1950. De hecho, la mayoría de los psiquiatras practican
como él esta «doble contabilidad» en el plano diagnóstico. Desde luego,
el problema planteado es el de la naturaleza de la clínica
psiquiátrica. Tatossian reconoce en la actividad clínica «dos modelos
no exclusivos». El primero -el modelo inferencial- comprende dos
tiempos: una primera fase está constituida por la «observación del
paciente, que conduce al registro más completo posible de los síntomas
que presenta»; la segunda fase es la de la inferencia diagnóstica. «Se
trata de que -precisa Tellenbach- en los síntomas que se muestran sólo
hacemos la experiencia de que hay algo presente, que justamente no se
muestra, sino que sólo se anuncia o se revela, a saber: la enfermedad o
alteración. Precisamente porque la enfermedad se anuncia en los
síntomas sin mostrarse, los síntomas obligan a inferencias
diagnósticas.» Tellenbach opone el síntoma -que se muestra y «anuncia
la enfermedad, concebida como su fundamento»- al fenómeno, el cual no
es «en absoluto un indicio de enfermedad, sino algo en donde se
manifiesta un carácter de ser» de la presencia humana. El segundo
modelo, más específico de la actividad clínica psiquiátrica, es el
modelo perceptivo, o «diagnóstico psiquiátrico espontáneo»: «el
diagnóstico es en la mayoría de los casos formulado muy precozmente, a
veces desde los primeros minutos de la entrevista». Este tipo de
diagnóstico (Praecox Gefühl de Rümke) se basa en categorías muy
amplias, lo que por otra parte le permite un cierto dínamismo. Lo
esencial de esta gestión es su aspecto «globalizante»: «la entidad en
juego es reconocida mucho más como una Gestalt unitaria que como una
combinación aditiva de síntomas». Tatossian habla aquí de «modelo
perceptívo» porque una Gestalt es «vista y no inferida»: «la
esquizofrenicidad o la depresividad -más bien que la esquizofrenia o la
depresión- son percibidas, por regla general, directa y precozmente, un
poco como lo es el aire de familia de un desconocido, que lo asocia con
la madre o el hermano que uno ya conoce». Si estas dos gestiones (la
primera de orden «inductivo» y la segunda de orden «abductivo», según
la terminología de Peirce) pueden parecer complementarias (la primera
apuntalaría a la segunda en lo que Rümke llama su «doble
contabilidad»), su oposición metodológica parece no obstante recordar
otra oposición, en este caso conceptual. El «modelo inferencial»
constituye la gestión clínica apropiada para una concepción médica
«tradicional» de la enfermedad; su método se asemeja a la técnica del
«retrato hablado»: a partir de rasgos discretos, se dibujará una
figura... El modelo «perceptivo», por su parte, apelará más a la
categoría de aspecto (globalidad inaprehensible pero significante) que
a la de figura, en la que cada uno de los rasgos sigue siendo aislable.
Este segundo procedimiento, más específicamente psiquiátrico, parece
hacer eco a una concepción «antropológica» del trastorno mental,
inaugurada en 1922, a la vez por Minkowski y Binswanger (aunque de
manera muy distinta). Su característica común es la ruptura con la
«psicología descriptiva» de Jaspers, cuyo axioma de partida era «la
oposición entre conciencia del yo y conciencia de los objetos».

La psicopatología antropológica Para
Blankenburg, una ciencia es antropológica «cuando se liga con la
naturaleza (Wesen) del hombre y comprende a partir de ella todo aquello
con lo que tiene que ver». Pero no se trata aquí de recurrir (como
algunos fenomenólogos lo hicieron anteriormente) a una «estructura
antropológica fundamental» predefinida en otra parte. El movimiento no
consiste en que la psiquiatría tome algo de la filosofía; es, a la
inversa, la experiencia psiquiátrica lo que tiene que enriquecer a la
filosofía, y el proyecto antropológico apunta a «ampliar nuestro mundo
común hasta hacerlo capaz de englobar como posibilidad el mundo
esquizofrénico». En este procedimiento la «estructura ontológica» no es
más que la condición de posibilidad de tal o cual fenómeno, y «esta
condición de posibilidad que es la estructura está dada en la
experiencia del fenómeno mismo y es una parte integrante de él». Si la
fenomenología no se interesa en el síntoma como tal, sino en el
fenómeno, corre el riesgo de una «desespecificación»; el hecho
psicológico se convierte en una simple «posibilidad de ser», y
desaparece detrás de una función de «hilo conductor para el estudio de
las metamorfosis del Dasein humano». Así, dice Blankenburg, el autismo,
que Bleuler ubica en el primer plano de la sintomatología
esquizofrénica, no podría tener « ... ninguna pretensión de
especificidad nosológica. El autismo se basa en una posibilidad de ser
fundamental co-constituyente del Dasein humano». Una «especificidad»
sólo puede indicarse a través dé un tipo de inflexión del Dasein. El
autismo -hasta ese punto, simple posibilidad de ser- sólo adquiere una
significación patológica «cuando se emancipa del contexto viviente de
las otras posibilidades de ser y, con forma autonomizada, determina el
Dase¡n». Esto esquivaldría a decir que el hombre sano «desautonomiza»
sus potencialidades autísticas, así como «desautonomiza» sus
potencialidades delirantes. Blankenburg retoma aquí el concepto de
«proporción antropológica» de Binswanger, que reinterpreta como
«desproporción antropológica», noción que se refiere a una ruptura de
dialéctica. El procedimiento de la psicopatología antropológica
inscribe en su principio una toma de partido ética (a la que hay que
rendir honores como tal) pero que, de alguna manera, está autolimitada
de entrada: «.. la condición de posibilidad que es la estructura no
puede servir para explicar la aparición fáctica del fenómeno», escribe
Tatossian. La esquizofrenia como problemática se encuentra entonces
excluida, ella es precisamente aquello por lo cual la condición de
posibilidad del «modo de ser» esquizofrénico se actualiza como
acontecimiento y hecho. Determinar la esquizofrenia como «un modo de
ser, una forma y un estilo de vida», más bien que como un «accidente»
que le sobreviene al sujeto a la manera de una enfermedad somática, no
hace más que empujar la problemática a otro plano. La esquizofrenia,
¿es pura contingencia de la realización de un «modo de ser» a partir de
su condición de posibilidad, aquí entendida como posibilidad general?
Decir que el esquizofrénico, a partir de ese modo de ser, «no puede
hacer otra cosa» que ser como es en su relación con el mundo, no dice
nada del problema a nuestro juicio fundamental: el esquizofrénico,
¿puede hacer otra cosa... que ser esquizofrénico? ¿Cuál es el operador
que determinaría la autonomización de tal potencialidad? ¿Depende de
una «elección», o es necesidad de estructura? La esquizofrenia como
proceso se ubica en esta hiancia abierta entre las posibilidades
generales que constituyen «las condiciones de posibilidad de nuestro
ser en el mundo» y la realización de esa posibilidad en «la persona del
esquizofrénico».

Esquizofrenia y síntoma «En
psicoanálisis, estamos acostumbrados a encarar los fenómenos
patológicos como ligados, de una manera general, a la represión», dice
Freud. La primera fase de la represión está constituida por la
«fijación», «que la precede y la condiciona»; el segundo tiempo
(«proceso esencialmente activo») es la «represión propiamente dicha»;
no obstante, es la tercera fase la que demuestra ser «la más importante
en lo que concierne a la aparición de los fenómenos patológicos»: esta
tercera fase es la de «fracaso de la represión, de la interrupción a la
superficie, del retorno de lo reprimido». Esta definición del hecho
psicopatológico, que sitúa la «formación de los síntomas» como tercera
fase de la represión, tiene su origen en el estudio de la neurosis.
Pero en lo que concierne a la psicosis, Freud insiste sobre todo en el
segundo tiempo, «la represión propiamente dicha», que en este caso
adquiere una forma insólita; paranoia y esquizofrenia, dice Freud, se
distinguen entre sí en el nivel de la primera fase de la represión (por
una «localización diferente de la fijación predisponente») y en el
nivel de la tercera fase (por un «mecanismo diferente de retorno de lo
reprimido»). No obstante, es ese segundo tiempo, la represión en sí, el
que presenta una misma característica en ambas enfermedades, que por lo
tanto podemos suponer propia de la psicosis: «la represión consiste en
separar la libido de las personas -o de las cosas- que antes se
amaban», separación que se acompaña de una «regresión por retorno de la
libido hacia el yo». «De hecho -añade Freud- lo que los observadores
toman por la enfermedad en sí» -y por lo tanto lo que la nosología
psiquiátrica considera como sintomatología- constituye más bien un
«intento de curación»; el delirio apunta a «reconstituir la relación
con una realidad», y como la realidad misma ha sido destruida (esto es
lo que significa «separación de la libido»), el «trabajo delirante» es
un «proceso de reconstrucción de un universo». Una definición
«Freudiana» del síntoma en la psicosis sigue en consecuencia
constituyendo una problemática abierta que no podemos abordar en este
artículo, sino solamente proponer: pues si el psicoanálisis define el
síntoma como indisolublemente ligado con la represión y con su tercer
tiempo (retorno de lo reprimido), extender su definición, sin cambiar
nada, al «síntoma psicótico», equivaldría a asimilar las psicosis a las
neurosis. Es decir que la problemática del síntoma psicótico sigue
condicionada por un cuestionamiento previo: la «represión» así definida
(separación de la libido respecto de sus objetos), ¿no es más que una
«forma» de represión, o bien presenta un carácter lo bastante singular
(y además en oposición manifiesta con la meta de la represión en el
sentido habitual del término) como para que podamos ver en ella la
acción de un mecanismo diferente del de la represión que obra en el
origen de las neurosis? Nosotros defenderemos aquí esta segunda tesis,
conforme a lo que la experiencia clínica nos enseña acerca de la
especificidad de la esquizofrenia y de la modalidad muy particular de
su transferencia: el Praecox Gefühl de Rümke no es «magia» clínica,
sino más bien una especie de identificación de esta particularidad
transferencial a través de lo que erróneamente tenemos la costumbre de
llamar «contratransferencia». Pero ¿cómo hablar de la esquizofrenia sin
que al mismo tiempo se la niegue? ¿Cómo decir, sin alterarla, esta
alteridad? La esquizofrenia descrita, la esquizofrenia explicada, no es
la esquizofrenia; «se pueden enumerar una serie de síntomas, y lo
esencial no habrá sido dicho» (J. Wyrsch). El esquizofrénico no es un
conglomerado de síntomas, y no hablamos sólo de «la distancia
considerable que existe de manera general entre la enfermedad y el
hombre enfermo» (E Tosquelles). Se trata de que ser esquizofrénico no
es algo que pueda definirse como tener una esquizofrenia: «Mientras que
el maníaco o el melancólico tienen la manía o la melancolía de todo el
mundo, cada uno, por así decirlo, hace su propia esquizofrenia» (L.
Binswanger). La esquizofrenia no es un «estado de cosas, sino un
acontecimiento, el acontecimiento puro de la irrupción de un decir que
siempre se mantiene un paso adelante de todo lo que en él se expresa, y
siempre marca un paso adelante con respecto a todo lo que de él puede
ser dicho. Pero si pensamos que ser esquizofrénico es más que tener una
esquizofrenia, también podríamos decir, a la inversa, que la
esquizofrenia se mantiene un paso adelante del esquizofrénico, el cual
a menudo se siente víctima pasiva de lo que le llega, como desde el
exterior. Ocurre que ese «paso adelante» es aquí la estructura misma:
la esquizofrenia es el trastorno de la emergencia, no surgimiento, sino
exceso incoercible, de un decir anárquico [an-archique] que no puede
basarse en un dicho. Auto-necesidad del decir -eso no cesa de decirse-,
pero imposibilidad del dicho -«eso no cesa de no escribirse»- Pues
nuestro paso adelante es también un «no» [«pas»] por adelantado: un no
forclusivo que sustrae la superficie de inscripción bajo cada
inscripción por venir. Ese «no por adelantado» es la Verwerfung de
Freud, la forclusión de Lacan. Ese «no por adelantado» no debe
entenderse como una simple negación, pues «la negación [ ... ] no hace
de un pensamiento un no-pensamiento» (Frege). Ahora bien, en este caso
se trata sin embargo de eso: de un «no» capaz de imponer un
«no-pensamiento» en lugar de un pensamiento, es decir, de hacer agujero
en el tejido de los pensamientos. «No puedo negar lo que no es»
(Frege). En este sentido, «la negación es en primer lugar admisión»
(Benveniste).

Un primer cuerpo de significantes Lacan
ubica ese tiempo primordial de admisión en el nivel de lo que Freud
describe como Bejahung. «El término Verwerfung (forclusión) se articula
[ ... ] como ausencia de esa Bejahung»; esta ausencia constituye el no
[pas] forclusivo por el cual «el hecho involucrado es excluido del
mundo aceptado por el locutor» (Damourett y Pichon). Freud presenta
este primer tiempo de afirmación en términos de juicio de atribución:
«la cualidad sobre la cual hay que pronunciarse pudo ser originalmente
"bueno" o "malo", "útil" o "nocivo"... ». Los predicados «bueno o útil»
aparecen entonces como «caracteres determinantes de un concepto» (el
«yo-placer purificado», dice Freud), cuya extensión constituye una
«clase» (la de los objetos que satisfacen al predicado «bueno»). Y
puesto que hay clasificación, hay también constitución de lo que los
lógicos llaman un «universo del discurso», que Lacan define aquí como
«primer cuerpo de significantes». ¿Por qué «argumentos» está saturada
la «función» correspondiente? El juicio de existencia sólo tendrá lugar
ulteriormente: no se puede por lo tanto hablar aún de representaciones,
ni de percepciones, sino sólo de signos; precisamente,
Wahrnehmungszeichen (signos de percepción, dice Freud). Podemos agregar
que ese primer juicio opera un «salto» por el cual lo que sólo era
«cualisigno» («una apariencia») se convierte en un «legisigno» («un
tipo general»), más precisamente, un «rhème» («signo que no es
verdadero ni falso»; cf. Peirce). Aunque un «yo-realidad primitivo»,
aún mas arcaico, haya «distinguido interior y exterior con la ayuda de
un buen criterio objetivo», Freud considera que hasta ese momento el yo
y lo que lo rodea están indiferenciado s. Bajo la influencia del
principio de placer, el yo-placer purificado se constituye por un doble
proceso. Por una parte, un principio de unificación por englobamiento
de (y asimilación a) lo que es «bueno»; por otro lado, una función de
expulsión (Ausstossung) de lo que es «malo», función forclusiva, que
está en el origen de lo que va a «constituir lo real en tanto que
exterior al sujeto» (Lacan). La Bejahung se revela entonces como «un
proceso primordial de exclusión de un adentro primitivo, que no es el
adentro del cuerpo, sino el de un primer cuerpo de significantes»
(Lacan), el cual, en un segundo tiempo, podrá precisamente estructurar
el cuerpo y la realidad. Lo que, por una especie de desborde de la
fusión forclusiva, se encuentra arrojado del «universo del discurso» a
lo real -«dominio de lo que subsiste fuera de la simbolización»
(Lacan)- será excluido para siempre de los «datos previos» del sujeto,
y esto, «como si no hubiera existido nunca».

Forclusión y delirio Lacan
define la forclusión (término con el que traduce el vocablo Freudiano
Verwerfung) como «rechazo de un significante primordial a las tinieblas
exteriores», desde donde retornará en su momento: «la proyección en la
psicosis... es el mecanismo que hace volver desde afuera lo que está
tomado en la Verwerfung , o sea lo que ha sido puesto fuera de la
simbolización general que estructura al sujeto». La génesis de la
alucinación es aquí manifiesta, y es el mecanismo que le atribuye Freud
cuando comenta la alucinación del Hombre de los Lobos. El hecho de que
el mecanismo del fenómeno delirante sea idéntico puede ser aclarado por
el «mixto» que constituye la interpretación delirante. «He visto la
bicicleta del señor A. apoyada contra una pared; eso quiere decir que
debo dejar de comer.» La psiquiatría clásica define la interpretación
delirante como «juicio falso sobre una percepción exacta» (Henry Ey).
Si la autorreferencia aparece como la primera característica de la
interpretación, la segunda reside en el carácter «importante y
acuciante» (K. Schneider) del mensaje llevado por la percepción: «El
sujeto experimenta esta significación como siéndole extrañamente
impuesta» (J. J. López-Ibor). Sclineider identifica en el fenómeno de
la percepción delirante una estructura lógica: «ella articula dos
miembros: el primero engloba la relación del sujeto que percibe con el
objeto percibido; el segundo engloba la relación del objeto percibido
con la significación anormal». La articulación de estos dos miembros es
casi siempre enunciada por la expresión «eso quiere decir», que nos
parece una marca del dominio de las significaciones. Sólo después de
mucho tiempo de hacerse cargo de un psicótico, el contenido de la
interpretación (el «segundo miembro») se revela por lo que es: un
contenido de pensamiento que el sujeto se niega a asumir. A lo largo de
las entrevistas, el contenido de las interpretaciones sufre lo que
hemos podido llamar una «inflexión transferencial», es decir que se
vuelve capaz de constituir un material para el trabajo
psicoterapéutico. Si por azar, al final de una comida, unas cáscaras de
naranja van a dar sobre restos de pollo, y a la vista de todos «cometen
incesto» en un plato, D., víctima de una angustia incoercible, nos
suplica que le creamos que ella no quiso significar eso.. . Dos
lápices, uno junto al otro, quieren decir la relación sexual. A ella,
«esas cosas» no la preocupan en absoluto. Para Frege, «pensar no es
producir pensamientos, sino captarlos»... La captación de un
pensamiento supone a alguien que lo capta, a alguien que lo piensa. Ese
alguien es entonces portador del acto del pensar, no del pensamiento.
El mecanismo de proyección que actúa en este caso concierne al
«portador del acto de pensamiento», y constituye por lo tanto una
extraña forma de negación. En la denegación, la negación recae sobre un
contenido de pensamiento; en la desmentida, sobre un fragmento de
realidad. En la percepción delirante, lo negado es el sujeto en tanto
que pensante de un cierto contenido de pensamiento. «Lo que ha sido
abolido dentro retorna desde afuera.» Así define Freud la proyección
psicótica. D., que no puede reconocerse como origen de un pensamiento
que no tiene ningún arraigo en ella, ve surgir ese contenido de
pensamiento en los objetos de la realidad. En un segundo tiempo,
proyectará la proyección misma: «¡No soy yo quien interpreta, son los
otros!», los otros que interpretan sus gestos y sus palabras. El
progreso sobre la disociación ha reinstalado al otro en su estatuto de
semejante, lo que no ocurre sin otro tipo de angustia, pero permite
establecer con él una relación con un alter ego. «El principio de toda
unidad que el hombre percibe en los objetos es la imagen de su cuerpo»
(Lacan). En la percepción delirante, el «uno» del objeto percibido no
está afectado, pero aparece provisto de una «hiancia», que
paradójicamente se manifiesta como un «en más»: la hinchazón sarcástica
de la «significación anormal» que se sobreañade, y que apunta al
sujeto. La interpretación delirante nos da la imagen de un signo
lingüístico dislocado; la percepción es puesta allí en un lugar de
significante, la «significación normal» en un lugar de significado, y
la autorreferencia pone de manifiesto que el sujeto ha sido llevado al
rango de único referente. El signo lingüístico aparece fragmentado en
sus elementos constitutivos como a través de un prisma; esos elementos
ya no pueden reunirse en «el aquí y ahora» del mismo signo, sino que
aparecen de alguna manera yuxtapuestos y como constituyendo espacios
distintos, funcionando cada uno por sí mismo y no ya en su relación con
los otros. Nos parece entonces que esta presentificación casi
alucinatoria de la disgregación del signo lingüístico manifiesta la
dislocación de los tres registros de Lacan (simbólico, imaginario,
real); pero también se podría decir que traduce un esfuerzo de
reconstrucción del campo simbólico, justamente en cuanto la relación
«significante»-«significado» es allí «no-motivada» (el delirio, dice
Gruhle, «plantea una relación sin razón»). Puede parecer entonces que
la interpretación delirante participa de ese «intento de cura» del que
habla Freud, que apuntaría en este caso a restaurar la «raya» de la
metáfora del lenguaje. («En la esquizofrenia, la raya de la metáfora
primordial es porosa», dice Jean Oury.) Pero además no queda duda de
que sólo una percepción ocupa ese lugar de significante lingüístico
para tratar de «taponar» el lugar, que ha quedado vacío, de un
significante primordial. «Los "no-dichos", yo los traduzco en términos
de irracional.» B., en nuestra presencia, llega poco a poco a criticar
su delirio. Su tema delirante privilegiado gira alrededor de los
«poderes» (mágicos); lo ha utilizado todo, desde el yoga hasta la
ingestión de unas plantas (supuestamente de datura) que crecían en el
patio del hospital, pasando por toda la panoplia de la parapsicología.
En el «agujero» de esos no-dichos se desplegaban en plenitud las mil
facetas de un delirio de omnipotencia que los «términos de irracional»
trataban de nombrar (¿de delimitar?) antes de que B. se perdiera allí
totalmente. Este imaginario no es delimitado por el campo de lo
simbólico, sino que toca a lo real -lo «real» de la relación incestuosa
con la madre- La omnipotencia construida por B. le es necesaria para
mantener(se) a distancia (de) la madre, constituida como omnipotente,
provista de todas las magias: la prueba era «la esclavitud» a la que
había reducido al padre. Pero B. seguirá siendo perdedor: en el momento
en que lo imaginario lo lleva a la cima del «poder», se siente
feminizado (es decir, castrado), a semejanza de la madre, y el punto de
ruptura es atravesado: implosión explosiva, innombrable, de una
catástrofe. Después, «el vacío», zona en la que ya no puede inscribirse
nada.

Los mecanismos esquizo-paranoides En
este mismo nivel de función forclusiva podemos situar la problemática
kleiniana de los mecanismos esquizo-paranoides y de la «escisión
primordial». No se trata ya, en sentido estricto, de una partición
entre objetos «buenos» y «malos», sino del clivaje de un mismo objeto
en dos aspectos. El pecho de la madre es «prototipo de los objetos
buenos cuando el niño lo recibe, y de los malos cuando le falta». En
Melanie Klein, la escisión entre objetos buenos y malos no coincide con
la oposición incorporar-expulsar. «Introyección» y «proyección»
constituyen «procesos intrapsíquicos» que rigen el desarrollo de la
criatura con independencia del carácter de los objetos: «desde el
comienzo de la vida, el yo introyecta objetos buenos y malos», y estos
mecanismos intrapsíquicos «contribuyen a crear una relación doble con
el objeto primitivo. El bebé proyecta sus pulsiones de amor y las
atribuye al pecho gratificador ("bueno"), así como proyecta al exterior
sus pulsiones destructoras y las atribuye al pecho frustrador ("malo").
Simultáneamente, por introyección, se constituyen en su interior un
pecho "bueno" y un pecho "malo"». Para Melanie Klein, este clivaje del
objeto en sus aspectos «bueno» y «malo» constituye una «necesidad
vital», que permite al yo paliar la angustia. Lo que provoca en el
pequeño el «miedo a la aniquilación» es la pulsión de muerte presente
en el corazón del organismo. Bajo la presión de la amenaza de ser
«destruido desde el interior», «el yo» (cuya cohesión es aún poco
segura) «tiende a fragmentarse. Esta fragmentación parece subtender los
estados de desintegración de los esquizofrénicos». Aquí subrayamos la
distinción, introducida por Winnicott, entre «no-integración» y
«desintegración». Los momentos de «retorno a un estado de
no-integración» son para el bebé perfectamente normales: «Para el
lactante, el reposo representa un retorno al estado no integrado», que
no provoca angustia de aniquilación «si la madre le procura un
sentimiento de seguridad». Sólo cuando la integración, que se realiza
progresivamente, ha alcanzado cierta etapa, «la pérdida de lo que ya se
había adquirido puede considerarse como desintegración más bien que
como no-integración»... Esta distinción corresponde clínicamente a la
diferencia entre los efectos de la «desintegración de la personalidad»,
propia de la psicosis, y los efectos de un «retardo» o una «falta» de
integración, que más bien se encuentran en las neurosis graves y en las
personalidades borderline.

Inclusiones de real Desde
el punto de vista lógico, el fracaso de la función forclusiva puede
pensarse de dos maneras: como forclusión de un significante primordial
«por exceso» de la función forclusiva, o como no-exclusión de una parte
de real «por defecto» de esta función, con lo cual charcos de real
pueden encontrarse retenidos en el universo del discurso, donde a veces
sólo dejan intactos islotes de significantes. Sin duda es así como
podemos ubicar «el humor fundamental» esquizofrénico del que habla
Wyrsch: «estado de ánimo de la inquietud y de lo amenazante», que él
compara con el «embotamiento» (Benommenheit) de Bleuler. Zutt precisa
que lo que nos parece un «embotamiento» ante el mundo de la realidad
constituye de hecho un estado de hipervigilancia: un «estar
comprometido», «estar hundido», «estar fascinado». En una serie de
entrevistas en las cuales por momentos fui una simple «secretaria», N.
narró una experiencia de ese tipo: «Es como un mecanismo caprichoso que
se instala [ ... ] Un vaivén perpetuo, más o menos rápido, como una
puerta que se abre hacia una región desértica, triste, más uniforme.
Una planicie árida, sin agua ni riqueza, un poco desencantada. En un
momento, ya nada satisface. Uno quiere dar marcha atrás, pero lo
retiene un hilo maligno, lo retiene esa otra cara de la vida que se
desdobla en nosotros. Cara mirífica, más coloreada, pero desconcertante
y árida, un mundo en el que uno quiere imaginarse, imaginarse distinto
de lo que es, para superarse a sí mismo y afirmarse ante los otros...
Sensaciones de rencor, de melancolía, de desesperación Nada me
interesaba, sino maquinalmente 1 Incluso veía crecer a los objetos que
me rodeaban; era un efecto impresionante. Lo mismo con las personas; no
las reconocía verdaderamente [ ... ] Había perdido algo: el impulso de
sentirme yo mismo, de seguir mi camino [ ... ] Es como un trauma, una
falta de gozo que se consolida en nosotros ... ». Es también el
movimiento de la expulsión (Ausstossung) como negación en acto, que
Freud ubica al principio del negativismo psicótico. Sea cual fuere la
irritación que nos provoca, sin duda no hay que entenderlo como un
fenómeno que se dirige al otro. P. se quejaba como sigue: «Esto no
marcha; pasé la noche sin dormir, ni un minuto [ ... ] ni siquiera
llegué a acostarme. No había nada que hacer, no llegaba a quererlo». El
mismo R definirá lo que padece: «Mi enfermedad es un agujero en la
posibilidad de actuar».

Leyes del lenguaje y la represión Lo
que está excluido del campo simbólico (lo real) es el dominio de lo
rechazado forclusivamente. En oposición a este tipo de negación
«forclusiva», el campo de la Bejahung constituye un dominio
«discordancial»: la determinación de una clase es en este caso también
determinación de su clase complementaria; en otros términos, «para todo
pensamiento, existe otro que lo contradice» (Frege), dándose por
sentado que «cada proposición que contradice a otra, la niega»
(Wittgenstein). Nos proponemos introducir aquí la tesis de que la
sumisión al principio de realidad impone la sumisión a las leyes de la
lógica formal -que es algo que nada nos prohibe formular- Dos
proposiciones contradictorias no pueden ser verdaderas al mismo tiempo
(principio de no contradicción). Una sola debe entonces ser afirmada
por un juicio que la tiene por verdadera; la otra (que la contradice)
es rechazada de hecho. En el registro discordancial, a la inversa del
registro forclusivo, «la negación no hace de un pensamiento un
no-pensamiento»; la proposición rechazada subsiste (por poco que el
sujeto se niegue a abandonar la «moción de deseo» que ella traduce),
pero constituye entonces un lugar lógico distinto del de la proposición
conservada, lugar lógico que asimilaremos al lugar tópico del Ics. La
contradictoria reprimida sólo podrá volver al campo de la conciencia
siendo negada en él, es decir, con la forma de la proposición negativa
que niega el pensamiento rechazado (esto es, reprimido, negado); esta
doble negación no la hace más contradictoria de la proposición presente
en el nivel Cs. «Yo no te odio», lo sabemos desde la escuela, no
contradice al amor. Bajo esta luz, el síntoma aparece a la vez como
transgresión y preservación del principio de no-contradicción; el
síntoma («formación de compromiso») no es un «compromiso» más que en la
medida en que «representa» la contradicción que lo subtiende: su
estatuto formal es el de un «tercero» y, por el hecho de que las leyes
de la lógica formal se oponen a él, este tercero es excluido... del
discurso. No podría ser por sí mismo una proposición ni puede
inscribirse en el nivel del discurso más que como clase vacía. Pero
puesto que sólo se origina en las leyes del lenguaje, es un hecho de
lenguaje, y en sí mismo no podría ser sino lenguaje: «El síntoma
neurótico desempeña el papel de la lengua que permite decir la
represión» (Lacan). Si reprimir es un equivalente de la negación, el
lugar del «ne» («no») que marca la negación en el lenguaje corresponde,
en el plano metapsicológico, al lugar del «nudo» de la represión
onginaria.

La represión originaria La
represión originaria... Freud se lanza a la búsqueda de los sentidos
opuestos de las palabras primitivas: allí donde las antinomias están
unidas en una misma matriz, donde la cosa es su propio «no» -presencia
y ausencia confundidas- Allí donde la cosa es su propio «nombre». Mito
del origen del lenguaje. Si la represión originaria, en tanto que
conjunto vacío, puede concebirse como «disyunción fundamental», las
fantasías originarias nos parecen sumamente próximas. Por cierto, se
diría que cuentan los «mitos de los orígenes» (J. Laplanche y J.-B.
Pontalis), pero constituyen también los «mitos» de las oposiciones
fundamentales: ser/no ser (escena primaria), tener/ carecer
(protofantasía de castración), actividad/pasividad (seducción), mismo y
distinto (fantasía del retorno al seno materno). Y en cada una de estas
posiciones, uno de los términos surge de la pulsión de muerte. Las
fantasías originarias tienen entonces una estructura común, que es la
articulación de las parejas de contradictorios que de alguna manera
emergen de la represión originaria. Podemos considerarlos como puestas
en escena primitivas del principio de no-contradicción, al cual le
confieren las primeras «significancias»: matriz de lo imaginario. «La
represión puede considerarse como la etapa intermedia entre el reflejo
de defensa y la condena por el juicio», afirma Freud. Es decir, como
intermedia entre la expulsión y la negación, conjunción del «pas»
forclusivo y el «ne» discordancial: el conjunto vacío es «uno». La
represión salvaguarda el principio de contradicción en el nivel del
yo-realidad, mientras preserva en «otro lugar» lógico (en «otra
escena») la proposición contradictoria descartada. El «doblez del
doblez» (Zwiefalt) de estos dos lugares tópicos (uno, el sistema Cs,
que puede considerarse como el lugar de lo afirmado, y el otro, el
sistema les, implícitamente afectado por el signo negativo) es la
represión originaria: aquello por lo cual ex-siste lo contradictorio
como tal, aquello por lo cual adquiere sentido la contradicción,
virtual conjunción-disyunción originaria del sentido y la
significación, de lo simbólico y lo imaginario, raya de la metáfora
primordial. Decir que «en la esquizofrenia se abandonan las
investiduras de objeto» es decir que se retiran las investiduras a las
representaciones de cosa inconscientes. Ahora bien, estas
representaciones les se definen como sólo «constituidas» por sus
investiduras. Lo que persiste de ellas una vez retirada la investidura,
a lo sumo podemos concebirlo como vagos restos de «huellas mnémicas»,
parciales, dispersos, sin vínculos entre sí. A la inversa de esta
desertificación de las representaciones de cosa les, «las
representaciones de palabra (Pcs) sufren una investidura más intensa»
-lo que significa, en otros términos, que «la libido se repliega en el
yo»-. El mecanismo de la «represión psicótica» aparece entonces de
algún modo como un mecanismo de des-represión, que no es «retorno de lo
reprimido» sino un «aparecer» de lo reprimido. En el «retorno de lo
reprimido», lo reprimido sólo se anuncia bajo la máscara del síntoma o
del «ne» de la denegación, y es esta máscara la que indica su «retorno»
en la posrepresión. En la psicosis, lo reprimido reaparece como dejado
al descubierto por el «retiro» de la represión, lo que evoca más bien
un mecanismo de regresión a una «anterioridad» [avant coup] de la
represión... si es que la hubo. Sin duda, podríamos hablar de una
regresión a la «fíjación» -y éste es el caso-, pero la fijación es el
primer tiempo lógico de la represión y, como tal, forma parte de ella.
Todo ocurre como si esta paradójica «represión esquizofrénica»
funcionara a la manera de un lienzo de Penélope, en el que lo que se
teje-reprime durante el día se desteje-desreprime durante la noche. La
represión originaria se muestra aquí impotente para garantizar «desde
el interior» el mecanismo de la represión, y la energía presente en el
lugar tópico les parece más bien engolfarse en ella, como aspirada por
ella, para reaparecer «más allá», en el lugar de Pcs y en forma
inmodificada: es decir, en forma de energía libre. Las leyes propias
del proceso primario invaden entonces el lugar tópico Pcs,
habitualmente regido por el proceso secundario, al cual sustituyen en
parte: «En la esquizofrenia, las palabras son sometidas al proceso
psíquico primario» (Freud). Al asegurar la separación entre el lugar de
las representaciones de cosa y el de las representaciones de palabra,
la represión originaria mantenía un «incorporal» entre las cosas y las
palabras y garantizaba la raya de la metáfora lingüística. Ahora bien,
«si no se encuentra ningún "no" proveniente del inconsciente», quizás
ello se deba precisamente a que la represión es la condición de
aparición del «no» de la denegación: ese «no» del registro
discordancial que permite el desarrollo de los procesos de pensamiento.

Escisión y transferencia disociada En
la psicosis, la contradicción no es al mismo tiempo esquivada y
conservada por la represión: simplemente, es abolida. A falta de
represión originaria, la contradicción ya no es reconocida como tal por
un yo que no es modificado por el principio de realidad -es decir, que
no asume las leyes del lenguaje-. En consecuencia, en el nivel del yo
dos proposiciones contradictorias pueden ser afirmadas al mismo tiempo;
la contradicción, al no ser reconocida como tal, se convierte en simple
yuxtaposición. Que las leyes formales del leaguaje no sean «admitidas»
en el yo no impide que se impongan, por así decirlo, «a pesar» del
sujeto: el principio de contradicción se manifiesta en acto. Mientras
que en el sujeto no psicótico la contradicción crea el lugar tópico del
les, en el esquizofrénico -a falta de ese operador que es la represión-
produce la disociación de las partes del yo que persisten en afirmar a
cada uno de los términos. Cada proposición ignora a su contradictoria,
por lo cual Racamier puede decir que «el esquizofrénico carece de
ambivalencia». El clivaje esquizofrénico -la «disociación»es el precio
de la «forclusión» de la negación como tal. Por cierto, Freud considera
la instauración del les como una forma de clivaje: «Con la introducción
del principio de realidad, una cierta forma de actividad de pensamiento
se encuentra disociada por escisión; sigue independiente de la prueba
de realidad y sometida únicamente al principio de placer». Pero este
clivaje Cs/Ics está subtendido por el nudo del «no» que a la vez liga y
opone los dos términos de la contradicción, permitiendo así la
distinción de los dos dominios tópicos, y su articulación. El
astillamiento esquizofrénico, que se basa precisamente en la ausencia
de la escisión Cs/Ics, es de una naturaleza totalmente distinta. Gisela
Pankow lo define con referencia a la imagen del cuerpo, que introduce
«únicamente a título de reconocimiento de una dinámica espacial». «La
disociación -dice Pankow- es una destrucción tal de la imagen del
cuerpo, que las partes pierden sus vínculos con el todo para reaparecer
en el mundo exterior... en forma de alucinaciones auditivas o
visuales.» La «disociación» psicótica se opone a la fragmentación
neurótica, distinción esencial para la práctica y el abordaje
terapéutico: «Mientras que el neurótico es capaz de reconocer la unidad
del cuerpo aunque ese cuerpo esté mutilado, el psicótico no puede
hacerlo [ ... ] Entiendo por disociación el hecho de que el enfermo ya
no es capaz de reconocer una parte del cuerpo como parte... Cada parte
del cuerpo es un cuerpo completo» (Pankow). La amenaza de escisión es
vivida como amenaza de catástrofe, de aniquilación del mundo exterior o
de desintegración de la personalidad. Puesto que las «investiduras Ics
de representaciones de cosa» son constitutivas de «la investidura
libidinal de los objetos de la realidad exterior», la quiebra, en la
esquizofrenia, de la represión originaria implica que el mundo y la
realidad psíquica no sean distintos. El sujeto víctima de la escisión
no puede más que refugiarse en la «parte» de sí mismo que encarna en
ese momento, «abandonando» al mismo tiempo aquellas partes de su propia
realidad de las que deserta. Quizás automutile sus partes así
«deshabitadas», en un intento de reunión; la restricción del campo de
existencia (del campo de investidura libidinal) aparece entonces como
recurso defensivo ante el clivaje; «el abandono de las investiduras
Ics» constituiría una respuesta a la amenaza de clivaje y a la angustia
«loca» que desencadena. Puesto que no hay distinción entre la «realidad
psíquica» y la «realidad exterior», es el propio esquizofrénico quien
literalmente da existencia al mundo y a sus leyes: dos y dos suman
cuatro sólo porque él se obliga voluntariamente a contar, pues ¿«quién»
podría asegurar que dos y dos «continúan» sumando cuatro si él se
detiene? Tiene que asegurarse de esto a cada instante. Como la energía
libidinal tiende a desertar de la investidura de objetos, «el objeto»
mundo aparece vago, en sí mismo deshabitado: «sombras de hombres hechos
a la ligera», decía Schreber. Para el esquizofrénico, más que para
cualquiera, el otro es un «alter ego». No sólo porque ese otro subsiste
exclusivamente en virtud de su investidura, sino también porque el
esquizofrénico, lo mismo que todos, tiende a proyectarse en sus
objetos: el otro es entonces clivado, mutilado, asimilado a una parte
de él mismo -además de seguir siendo «lo mismo» que la parte del
esquizofrénico que lo inviste- Pero no hablaremos sin embargo de
«objeto parcial», ni tampoco de «amor parcial de objeto» (Abraham).
Pues «la desintegración no es la no-integración», y la disociación no
es retorno al mundo pulsional, como lo atestigua por otra parte «la
rigidización» (por «automutilación» de su realidad propia) de muchas
estructuras esquizofrénicas. Asimismo, el «narcisismo secundario»
(Freud) no es tampoco «autoerotismo». Propondremos aquí, con Jean Oury,
la expresión «transferencia di sociada». Aunque esto pueda parecer
audaz, su corolario (práctico) es bien conocido: para que sea posible
tratar a un esquizofrénico, hay que «hacerlo entre varios», por lo
menos a partir de un cierto grado de clivaje. Cada investidura nueva,
por limitada que sea, puede re-suscitar* una parte clivada del
esquizofrénico -restituirle una parte de él mismo- y la noción de
«trasplante de transferencia» de Pankow nos permite entonces situar
mejor lo que nosotros denominamos la «automutilación». Estas
investiduras multirreferenciales parecen ignorarse entre sí (y a
fortiori, si nosotros las ignoramos). Y sin duda es para crear entre
ellas lazos, puentes, por lo que el esquizofrénico, como lo observa
Chaigneau, «en lo colectivo, comienza por nutrirse con las relaciones
de los otros entre sí, en cuanto esas relaciones... estén preservadas
por la inmovilidad y el formalismo». «Ahora bien, es verdaderamente
urgente que el esquizofrénico sea nutrido por la palabra», la palabra
que se dirige a él pero también, simplemente, las palabras que se
intercambian a su alrededor. B. decía haber sentido «no-dichos» en el
hospital, entre el personal que la cuidaba, y estos «no dichos», lo
mismo que en su medio familiar, abrían una puerta al mundo del delirio.
Darse los medios colectivos para suscitar, reunir, dialectizar esos
fragmentos dispersos de investiduras es el sentido de la gestión de lo
que se llama la «psicoterapia institucional». Sólo a partir de ello
puede encararse el trabajo psicoterapéutico con el esquizofrénico. Lo
menos que se puede decir es que el argumento de su «inutilidad», con el
pretexto de que «en la esquizofrenia no hay otro» (afirmación que
circula en muchos círculos analíticos), se toma algunas libertades con
la clínica más evidente. Pues, ¿de dónde provendría entonces el
síndrome paranoide? El hecho de que en ese «otro» del esquizofrénico el
terapeuta no reconozca el reflejo de su propio yo, constituye más bien
un problema para el terapeuta que un obstáculo redhibitorio al
desarrollo de un trabajo analítico. Esto sería como pretender que para
el niño no existe ningún objeto antes de la constitución «objetal» del
objeto. La dificultad consiste más bien en que ese «otro» se sostiene
mal en su estatuto «de otro», por la no-delimitación de la «realidad
exterior» y de la «realidad psíquica»: por ello ese «objeto exterior»
vuelve sin cesar a ser «investidura de representación de cosa», es
decir, una parte de la «realidad psíquica» del paciente, y por lo tanto
una parte de él mismo. Sólo «cediendo» en el «duelo» de la entrevista
el terapeuta evitará «rivalizar» con el paciente: rivalidad de
omnipotencia. «Ceder» es en este caso dejar el lugar, o más bien
«crear» el lugar, crear el lugar del Otro. Pues el estatuto del otro
regresa hacia lo «mismo» a falta de Otro. Desprender el lugar del Otro
es en primer término crear un espacio de palabra -«espacío del decir»,
según Oury- que haga lugar para la emergencia del deseo. Desprender el
lugar del otro permite entonces la creación del «tercer punto de vista»
(el nombre B)... ¿El tercer punto de vista? «Es poder verse hablando
con el otro [ ... ] Ello permite interrumpir el monólogo; de otra
manera, cuando se habla al otro, se habla consigo mismo». Acceder al
«tercer punto de vista» significa cavar una distancia entre el «yo»
[je] que habla y la imagen de quien habla. «B» habla, y sólo desde un
punto B' puede ser visto hablando, como imagen. Sólo identificándose
con aquel a quien habla, poniéndose en su lugar (B'), «viéndose» en su
lugar, él puede «verse»: ver su propia imagen. B que habla, y la imagen
de B hablando, sólo se separan como dos «lugares» desde un lugar
tercero. El «tercer punto de vista» que le permite a B «verse» es ante
todo un desprendimiento del ideal del yo: «punto de vista» desde el
cual puede ser vista su propia imagen (yo-ideal), con la cual él se
confundía hasta ese momento. Esta distinción de ideal del yo y
yo-ideal, desprendimiento de los registros simbólico e imaginario, es
también desprendimiento de un lugar para el sujeto: B sólo sostiene su
palabra si puede dirigirla a un otro y, precisamente, como la imagen
(yo ideal) sólo es vista desde el lugar del Otro, desde que B puede
«verse», también puede «ver» al otro -y verlo como distinto de él-.
Este otro puede entonces no ser ya confundido con el propio ideal del
yo del sujeto, es decir, con un «punto de vista». Pues hasta allí, «el
otro» no era para B más que una mirada que lo perseguía, y su deseo de
ser reconocido por el Otro no recibía más respuesta que su degradación
imaginaria: en todas partes todo «otro» «lo reconocía». El lugar del
«otro» y el lugar del «sujeto» se constituyen al mismo tiempo, por
triangulación del Otro que los mantiene a distancia. Si el terapeuta
logra dejar libre el lugar de ese Otro (si no se precipita a instalarse
allí), tendrá aún que ocuparse del cuarto término siempre presente, al
menos virtualmente: el «monstruo», el conglomerado del paciente y su
terapeuta, que habrá que matar poco a poco para que encuentre su
verdadero lugar: precisamente, el del muerto.

Término creado en 1911 por Eugen Bleuler a partir del griego schizein (hendir, rajar) y phrenos (pensamiento)
para designar una forma de locura denominada "demencia precoz" por Emil
Kiraepelin, y cuyos síntomas fundamentales son la incoherencia (Spaltung o clivaje)
del pensamiento, la afectividad y la acción, un repliegue sobre sí
mismo (o autismo) y una actividad delirante. Eludido por Sigmund Freud,
que prefirió hablar de "parafrenia", este término se impuso no obstante
en psiquiatría y en psicoanálisis para caracterizar, junto a la
paranoia y la psicosis maníaco-depresiva derivada de la melancolía, una
de las tres formas modernas de la psicosis en general. Ya antes de
recibir el nombre que le dio Bleuler, esta forma de locura había sido
descrita por los médicos del siglo XIX como una demencia en estado
puro, caracterizada por el atrincheramiento del sujeto en el interior
de sí mismo. Casi siempre joven, el enfermo, hombre o mujer, se hundía
sin ninguna razón aparente en un estado tal de estupor y delirio que
parecía perder pie en la realidad, definitivamente. En 1832, Honorato
de Balzac (1799-1850) describió por primera vez, en Louis Lambert, la
quintaesencia de lo que iba a ser el síntoma esquizofrénico: "Louis se
mantenía de pie tal como yo lo veía, día y noche, con los ojos fijos,
sin parpadear, como nosotros tenemos la costumbre de hacerlo [.. . ].
Varias veces traté de hablarle, pero él no me oía. Era un resto
arrancado a la tumba, una especie de conquista de la vida sobre la
muerte, o de la muerte sobre la vida. Yo estaba allí desde hacía más o
menos una hora, hundido en un ensueño indefinible, víctima de mil ideas
afligentes. Escuché a MIle. de Villenoix, que me narraba con todos sus
detalles esa vida de niño en la cuna. De pronto, Louis dejó de frotarse
las piernas una contra otra, y dijo con una voz lenta: «Los ángeles son
blancos»." Como lo subraya Jean Garrabé, el alienista francés
Bénédict-Augustin Morel (1809-1873) fue el primero en describir esta
forma de locura, en sus Études cliniques de 1851-1852, y después, en su Traité des maladies mentales de
1860; él la bautizó demencia precoz, caracterizándola como una
"inmovilización súbita de todas las facultades". El adjetivo "precoz"
significaba que la demencia afectaba a sujetos adolescentes o en plena
juventud. Contrariamente a la melancolía, la manía, la histeria y la
paranoia (ya conocidas antes de ser bautizadas), la demencia precoz era
una nueva enfermedad del alma, que hería con la impotencia y el
embotamiento a los jóvenes de la sociedad burguesa rebelados contra su
época o su ambiente, pero incapaces de traducir su aspiración de un
modo que no fuera ese verdadero naufragio de la razón. La psiquiatría
naciente intentó clasificar ese estado y darle un nombre en función de
las otras entidades ya identificadas. Por ello, el término generó
numerosas discusiones. ¿Se trataba realmente de una enfermedad nueva, o
de una afección antigua que se bautizaba con otro nombre? Durante toda
la última parte del siglo XIX, y hasta la definición bleuleriana, las
opiniones estuvieron tanto más divididas cuanto que numerosos síntomas
atribuidos a la demencia precoz se podían ubicar perfectamente en la
histeria, por una parte, y en la melancolía por la otra. Así, entre
1898 y 1902, el psiquiatra alemán Sigbert Ganser (1853-1931) le dio el
nombre de "histeria crepuscular" a un síndrome que se asemejaba a la
futura esquizofrenia bleuleriana: alucinaciones, "hablar en apartes",
desorientación espaciotemporal, confusión, estupor, amnesia, etcétera.
En su clasificación, Emil Kraepelin conservó el concepto, distinguiendo
tres grupos de psicosis: la paranoia, la demencia precoz y la locura
maníaco-depresiva, heredera de la antigua melancolía, que se
convertiría en la psicosis maníaco-depresiva. Contra este sistema
Bleuler introdujo a la vez la noción de Spaltung (clivaje,
disociación, discordancia) y la palabra esquizofrenia: "Llamo
esquizofrenia a la demencia precoz, porque, como espero demostrarlo, la
escisión de las funciones psíquicas más diversas es una de sus
características más importantes. Por razones de comodidad, empleo esta
palabra en singular, aunque es verosímil que este grupo incluya varias
enfermedades." Bleuler, rebelándose contra el nihilismo terapéutico de
la escuela alemana, más preocupada por clasificar que por curar, creó
la palabra esquizofrenia para integrar el pensamiento Freudiano en el
saber psiquiátrico: en efecto, a su juicio solamente la teoría del
psiquismo elaborada por Freud permitía comprender los síntomas de esta
locura. Aunque le conservaba una etiología orgánica, hereditaria y
tóxica, abría el camino a una concepción en la cual la personalidad, el
sí-mismo, la relación del sujeto con el mundo (interior y exterior),
desempeñaban un papel considerable. En otras palabras, esta nueva
demencia no era ya una demencia, y no era ya precoz; englobaba todos
los trastornos vinculados a la disociación primaria de la personalidad,
que generaba síntomas diversos, como el repliegue en sí mismo, la fuga
de ideas, la inadaptación radical al mundo externo, la incoherencia,
las ideas bizarras, los delirios sin depresión ni manía ni trastornos
del humor, etcétera. Freud no retomó la definición de Bleuler; prefería
pensar el dominio de la psicosis bajo la categoría de la paranoia, como
lo demuestra su estudio sobre Daniel Paul Schreber. No obstante, así
como él había transformado la histeria en un paradigma moderno de la
neurosis, Bleuler hizo de la esquizofrenia el gran modelo estructural
de la locura del siglo XX. De modo que la segunda psiquiatría dinámica
estaría dominada hasta aproximadamente la década de 1980 por el sistema
de pensamiento Freudo-bleuleriano. Se creó toda una terminología (lo
hicieron sobre todo Henri Claude y René Laforgue de la escuela
francesa, y después Ernst Kretschmer) para expresar diversas
modalidades de esta "sch¡ze": desde la esquizomanía
(con autismo sin disociación) hasta la esquizoidía (caracterizada por
un estado patológico sin psicosis), pasando por la esquizotiráia (la
tendencia "morfológica- a la interiorización). Fueron entonces los
sucesores de Freud quienes se orientaron hacia la elaboración de una
verdadera clínica psiquiátrico-psicoanalítica de la esquizofrenia. Ésta
se desarrolló en Francia y Gran Bretaña en un marco hospitalario, y en
los Estados Unidos en el contexto del movimiento de higiene mental que
les permitió al bleulerismo y el Freudismo implantarse masivamente en
el terreno de la psiquiatría. De allí la creación de numerosas clínicas
especializadas en el tratamiento de la psicosis (y particularmente de
la esquizofrenia), derivadas del modelo zuriqués original, el
Burghölzli. Entre los grandes clínicos de la esquizofrenia se
encuentran todas las tendencias del psicoanálisis y la psicoterapia:
desde el culturalismo (Harry Stack Sullivan, Gregory Bateson, Frieda
Fromm-Reichmann) hasta la Self Psychology , (Paul
Federn, Heinz Kohut, Donald Woods Winnicott), pasando por el kleinismo
(Herbert Rosenfeld, Marguerite Sechehaye, Wilfred Ruprecht Bion) y la
fenomenología (Ludwig Binswanger, Eugéne Minkowski). En términos
generales, el enfoque clínico elaborado después de 1945 privilegia al esquizofrénico en detrimento de la esquizofrenia, y se ocupa
a la vez del ambiente familiar del sujeto y de su evolución psíquica
inconsciente, con la creación de técnicas terapéuticas apropiadas: por
ejemplo, el análisis directo. En la perspectiva de un enfoque general
de las psicosis, heredada de la enseñanza de Karl Abraham y Sandor
Ferenczi, Melanie Klein elaboró su concepción de las posiciones
depresiva y esquizo-paranoide, para demostrar que eran la suerte común
de todos los sujetos, y que la "normalidad" sólo constituía la manera
en que cada uno superaba un estado psicótico original. Desde el punto
de vista de la fenomenología, Minkowski consideró la esquizofrenia como
una alteración de la estructura existencia] del sujeto, una pérdida del
contacto vital con la realidad y, finalmente, como una incapacidad para
inscribirse en una temporalidad. A juicio de Binswanger, que presentó
la historia de cinco grandes casos, entre ellos los de Ellen West y
Suzan Urban, la causa primera de la esquizofrenia era la entrada en una
existencia inauténtica que llevaba a la "pérdida del yo en la
existencia", a una grave alteración de la temporalidad y al autismo, es
decir, a un "proyecto de no ser uno mismo". Al convertirse en la forma
paradigmática de la locura del siglo XX, la esquizofrenia fue también
objeto de un debate estético y después político. A partir de 1922, e
inspirándose en las patografías clásicas, Karl Jaspers (1883-1969)
emprendió el estudio de cuatro destinos de creadores, calificados
retroactivamente de esquizofrénicos: Friedrich Hölderlin (1770-1843).
Emmanuel Swedenborg (1688-1772), Vincent Van Gogh (1853-1890) y August
Strindberg (1849-1912). Constatando que la noción de esquizofrenia era
equívoca, y que el origen de la enfermedad podía atribuirse a una
lesión cerebral, Jaspers abandonó sin embargo el dominio de la
nosografía para subrayar la existencia de una vida espiritual propia de
esta forma de locura: "Hay una vida del espíritu de la que la
esquizofrenia se apropia para hacer allí sus experiencias, crear allí
sus fantasmas y en ella implantarlos; es posible que, después, pueda
creerse que esta vida espiritual basta para explicarlos, pero sin la
locura no habrían podido manifestarse de la misma manera". De modo que
en la década de 1920 la esquizofrenia, como por otra parte la histeria,
se sustrajo a la definición bleuleriana para convertirse en la
expresión de un verdadero lenguaje de la locura, no "patológico" sino
subversivo, portador de una revolución formal y de una impugnación al
orden establecido. Tal fue la significación del manifiesto surrealista
de 1925, "Carta a los médicos jefes de los asilos de locos", inspirado
por Antomn Artaud (1896-1948) y redactado por Robert Desnos
(1900-1945): "Sin insistir en el carácter perfectamente genial de las
manifestaciones de algunos locos, en la medida en que podemos
apreciarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la
realidad y de todos los actos que se desprenden de ella". Con el mismo
enfoque, el psiquiatra alemán Hans Prinzhorn (1886-1933) decidió
consagrarse al estudio de las obras plásticas producidas por los
enfermos mentales. En su libro magistral titulado Expresiones de la locura, publicado
en 1922, fue el primero en considerar esas producciones, no como una
ilustración de las patologías de los autores, sino como obras de arte
por derecho propio. Las bautizó "arte esquizofrénico", relacionándolas
con diversas escuelas pictóricas modernas, sobre todo el expresionismo.
Lejos de atenerse a la definición psiquiátrica de la esquizofrenia,
Prinzhorn extendió el término a una forma de pensamiento o a una
estructura psíquica capaz de producir un arte "salvaje" semejante al de
los niños y de los pueblos primitivos; de tal modo, este psiquiatra se
sumó al debate que, en la misma época, se desarrollaba entre la
antropología y el psicoanálisis a propósito de Tótem y tabú. Esta
concepción de la esquizofrenia fue retomada, a partir de 1955-1960, con
algunas modificaciones, por los artífices de la antipsiquiatría (David
Cooper y Ronald Laing), y después teorizada en Francia por dos
filósofos: Michel Foucault (1926-1984) y Gilles Deleuze (1925-1995). En
su Historia de la locura en la época clásica, publicada
en 1961, Foucault rechazaba todo diagnóstico, pero hacía de la locura
de Artaud, Nietzsche, Van Gogh y Hólderlin el instante último de la
obra: "Allí donde hay obra, no hay locura, y sin embargo la locura es
contemporánea de la obra, puesto que inaugura el tiempo de su verdad".
Ese mismo año, Jean Laplanche estudió la esquizofrenia de Hólderlin
considerándola como un elemento inseparable de la obra del poeta. En
cuanto a Deleuze, en El anti-Edipo. Capitalisino y esquizofrenia, obra
escrita en colaboración con Félix Guattari, él se apropió del término
esquizofrenia para hacerlo resonar de otro modo. Estos dos autores
trataron de repensar la historia universal de las sociedades a partir
de un postulado único: el capitalismo, la tiranía o el despotismo
encontrarían sus límites en las máquinas descantes de una esquizofrenia
exitosa, es decir, en las redes de una locura no obstaculizada por la
psiquiatría. Al imperialismo del Edipo Freudiano, y a la teoría
lacaniana del significante, ellos oponían el principio de un
esquizoanálisis basado en una psiquiatría llamada "materialista", cuyo
primer portavoz habría sido Wilhelm Reich, contra Freud y Bleuler. La
obra, notable por su inspiración antidogmática, la belleza de su
estilo, la generosidad de la inspiración y el valor programático de su
ideal bioquímico y energético, no provocó ninguna reforma del saber
psiquiátrico en el dominio del tratamiento de la esquizofrenia, y se
inscribió del modo más simple del mundo en la historia progresista de
la psicoterapia institucional. Mientras que, llevada por la
antipsiquiatría, se expandía la gran temática libertaria de la rebelión
esquizofrénica, los estudios clínicos sobre el tratamiento de este
trastorno y de la psicosis maníaco-depresiva continuaron a la sombra de
las instituciones hospitalarias de todo el mundo. En este sentido, la
farmacología introdujo una revolución pragmática y tecnológica con la
introducción de los neurolépticos en 1952. Mientras que a principios de
siglo los esquizofrénicos estaban condenados a pasar su vida en un
asilo -y numerosos enfermos eran tratados de modo salvaje con la cura
de insulina, creada en 1932 por Manfred Sakel (1900-1957), después con
la neurocirugía (o lobotomía), introducida en 1935 por Egas Moniz
(1874-1955), y finalmente con el electroshock-, el aporte del
psicoanálisis y de las diferentes terapias (kleiniana, Freudiana,
familiar) permitió un progreso considerable en el tratamiento de esta
forma de locura. Los diversos tratamientos farmacológicos han
reemplazado al antiguo encierro carcelario por un chaleco de fuerza
químico, y permiten atender a los pacientes fuera del asilo. Esta
revolución "tranquila", contemporánea de la expansión del gran
movimiento de impugnación del orden psiquiátrico en los años 1955-1970,
impuso progresivamente sus métodos en todo el mundo, al precio de la
aniquilación de toda la concepción Freudo-bleuleriana de la psiquiatría
dinámica. Se puede captar su evolución comparando las diferentes
versiones del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM), establecido por la American Psychiatrie Association (APA). Publicado por primera vez en 1952, con el título DSM I, fue en principio influido por las tesis higienistas de Adolf Meyer. En 1968, con el nombre de DSM II, se
convirtió en la expresión de una concepción puramente organicista de la
enfermedad mental, en la que no subsistía ninguna idea de causalidad
psíquica. Doce años más tarde, después de amplios debates sobre los
abusos de la psiquiatría en la Unión Soviética , se editó un nuevo
manual, el DSM III, en el cual se concretaba una
elección deliberadamente "ateórica". Se liquidaba la idea misma de
enfermedad del alma, o locura, de dos mil años de antigüedad, en
beneficio de una clasificación de los individuos según la conducta y
los síntomas. Al mismo tiempo, la esquizofrenia y la histeria
desaparecían del cuadro. De tal modo se abolían los dos grandes
paradigmas de la clínica Freudo-bleuleriana, que había dominado todo el
siglo, dando una significación nueva al universo mental del hombre
moderno. Después del éxito considerable del DSM en
las sociedades industriales avanzadas, la psiquiatría abandonó el
dominio del saber clínico para ponerse al servicio de los laboratorios
farmacéuticos, y se convirtió en una psiquiatría sin alma y sin
conciencia, asentada en la creencia en las píldoras de la felicidad, y
partidaria de ese famoso nihilismo terapéutico tan combatido por Freud
y Bleuler. En estas nuevas clasificaciones tecnológicas de inspiración
farmacológica, se basaron, a partir de 1990, los numerosos trabajos
cognitivistas sobre la esquizofrenia. Sin aportar nunca la menor
solución a la causalidad real de esta psicosis, pretendieron descubrir
un fundamento neurológico (la "disfunción cognitiva'% simple retorno a
la Spaltung bleuleriana.