Diccionario de Psicología, letra H Hipocondría
Ante la multiplicidad de las «definiciones» de la hipocondría, resulta
difícil escoger una que responda precisamente al cuadro mórbido tal
como nos lo representamos en la práctica cotidiana. Desde Hipócrates,
las «disputas» entre los médicos no han cesado, en particular en cuanto
a la interpretación de la dicotomía psique-soma. Fue Galeno, en el
siglo II, quien creó la noción de «enfermedad hipocondríaca»,
privilegiando en sus descripciones los síntomas mentales; esas
descripciones atravesaron los siglos, nutriendo en el siglo XVII la
obra de Moliére, que sigue siendo una de las mejores evocaciones
clínicas de la hipocondría. Entre todas las definiciones, retendremos
principalmente la de Dubois d'Amiens, de 1833: «Monomanía muy clara,
que se distingue por una preocupación dominante especial y exclusiva, o
por un temor excesivo y continuo a enfermedades extravagantes e
imaginarias, o por la íntima convicción de que las enfermedades, reales
en verdad, pero siempre imprecisas, sólo pueden terminar de una manera
funesta» (Histoire philosophique de l'hypocondrie et de l'hystérie). A
esto hay que agregar que, según H. Maurel, se trata siempre de un drama
de dos personajes («Actualité de l'liypocondrie», Congr. Psychiatr.
Neuro., Nimes, 1975) y, como lo precisa Jean-Louis Place, que en la
hipocondría hay un «encuentro entre una sensación, una dinámica
individual y un discurso» (cf. el estudio exhaustivo que él consagra en
su tesis a l'Histoire de l'hypocondrie, en 1984, y en su informe
Hypocondrie: étude clinique, de 1986, así como en diversos artículos).
La hipocondría... La mayoría de los autores franceses escriben la
palabra sin la «h» intermedia, contrariamente a la tradición
(hypochondrie); a la que no obstante siguió fiel Henti Ey. Esta
ortografía simplificada -ya admitida con reticencia por Littré- denota
quizás la preocupación por romper con la opinión milenaria según la
cual se trata de una enfermedad del hipocondrio (I'hypochondre): lo que
está debajo de las costillas; patología de los «humores», como lo es
también la melancolía, etimológicamente «bilis negra».
Lugar de la hipocondría en la nosografía La
hipocondría, ¿es una «categoría» nosográfica como la histeria o la
neurosis obsesiva? ¿Es una «enfermedad» que puede delimitarse? ¿O bien
un síndrome, un agrupamiento de síntomas? ¿O simplemente un modo de
ser, un estilo de existencia, una forma particular de «presentación»
(Darstellung)? La dimensión hipocondríaca es universal: todo hombre,
todo «ser hablante» («parêtre») presenta un trasfondo de hipocondría,
pero los animales no son hipocondríacos. En términos clínicos, ¿hay que
hablar, como en el siglo XVIII, de hipocondrías sine materia o cum
materia? Este -" un falso problema. Por una parte, toda afección,
aunque sea «mental», tiene un soporte material. Además habría que
precisar la especificidad de ese soporte. Por otro lado, existen
hipocondrías «injertadas» en enfermedades orgánicas verdaderas. El
problema fundamental consiste en definir el estilo hipocondríaco: así
como se habla de «queja melancólica», tendría que poder precisarse la
«queja hipocondríaca». Se trata siempre de la expresión de un
padecimiento, que es una forma particular de goce. Freud, en 1896,
distinguió la autoacusación propia de la neurosis obsesiva, de la
angustia hipocondríaca. Nunca consagró a la hipocondría un capítulo
especial; lo que dijo sobre ella está disperso en textos que abordan
otros problemas. En 1911, por ejemplo, subrayó el parentesco entre
hipocondría y paranoia, así como entre neurosis de angustia e histeria.
En 1914, en «Introducción del narcisismo» diferenció tres grandes tipos
de «neurosis actuales»: la neurastenia, la neurosis de angustia y la
hipocondría. Y en relación con esto opuso libido del yo, dominio de la
angustia hipocondríaca, y libido de objeto, dominio de la angustia
neurótica. ¿Por qué hay tan pocos textos que traten exclusivamente de
la hipocondría? Está, por cierto, el estudio de Henri Ey, pero en la
Enciclopedia médico-quirúrgica de psiquiatría no se le dedica
específicamente ningún trabajo. Es como si la hipocondría se infiltrara
en cuadros mórbidos muy diferentes, en cuyos trasfondos se encuentran
en efecto elementos hipocondríacos: por ejemplo, en la mayoría de las
depresiones, en los síndromes predemenciales, en las alternancias o las
combinaciones de paranoia e hipocondría, etcétera. Por otra parte, el
hecho de que las quejas hipocondríacas sean -según Freud-
manifestaciones patológicas de la «libido del yo», explicaría la nota
megalómana del hipocondríaco, que puede fomentar sistemas de
reivindicaciones. Se trata de una posición regresiva, de agresión
dirigida contra los otros, sobre todo contra el ambiente habitual,
familiar o de otro tipo, pero también respecto de una especie de alter
ego privilegiado: el médico, el mago, el hechicero, etcétera. Por lo
tanto, paradójicamente, «contra» y «con» otro. Necesidad de una «díada
lógica». Lo que «quiere» el hipocondríaco es demostrar que tiene razón
«contra» el facultativo. Cambia entonces con frecuencia de «partenaire
científico» para demostrar su superioridad en cuanto a la verdad. Es
patente (y constituye el signo de un estado regresivo) la confusión
entre «verdad» y «saber», y la ilusión de que, agotando el saber, se
alcanzará la verdad... El hipocondríaco está entonces condenado al
fracaso, pero para él ese fracaso es siempre el fracaso del saber: por
esta razón cambia de interlocutor, pasando del generalista a todos los
especialistas. Se siente especialmente justificado en esa posición
cuando alguno de los médicos, por cansancio o desaliento, baja los
brazos y se rinde, diciéndole: «No comprendo lo que sucede, no soy lo
bastante competente, lo envío a un especialista». En el estudio de la
hipocondría a través de la historia, se comprueba que su retórica es
influida por el estado de la medicina y el progreso de la ciencia. Se
podría descifrar toda la historia de la medicina a través de los
relatos hipocondríacos. El hipocondríaco de la época de Molière no
tiene el mismo discurso que el hipocondríaco de los scanners, de las
fibroscopias, las endoscopias, las radiografías, etcétera. Al
clasificar la hipocondría entre las «neurosis actuales», Freud
consideró que no era competencia del psicoanálisis, sino de la
patofisiología; en particular, estimó que en ella no existía la
posibilidad de transferencia, afirmación discutida por la mayor parte
de los analistas que se abocaron posteriormente a este problema. La
puesta en perspectiva de los diferentes aportes analíticos que
siguieron a esa posición demasiado global de Freud tendría que permitir
que nos orientemos mejor en esta problemática, tanto más compleja
cuanto que parece constituir una especie de encrucijada en la que
convergen la psicología, la patofisiología, y también la mayoría de las
grandes estructuras mentales como la paranoia, la neurosis obsesiva, la
parafrenia, etcétera. Su delimitación es entonces más incierta que la
de esa otra «encrucijada» que es la fobia, y el hecho de que se
infiltre en cuadros mórbidos muy diversos constituye la marca misma de
su dimensión regresiva; es la modalidad de esa regresión lo que se han
esforzado en definir los analistas que abordaron el tema. Para precisar
mejor lo que está en cuestión en la hipocondría, puede ser interesante
comparar hipocondría e histeria. La histérica da a ver -se da en
espectáculoen lo visible. El paciente hipocondríaco, por su parte, da a
oír. La histeria, incluso en las formas extremas de conversión,
permanece en ese nivel de dar a ver la forma del cuerpo, la piel, la
envoltura, mientras que la hipocondría da a oír lo que pasa bajo la
piel, bajo la envoltura corporal. La histérica está en la «escena» («la
otra escena»: escena del sueño, del fantasma); de ahí la correlación
tradicional entre histeria y teatro. Al hipocondríaco, ¿hay que
ubicarlo más bien del lado del apuntador? Esto significaría atribuirle
un rol demasiado preciso: quizá sería más exacto decir que él es el
gran poeta de todos los agujeros del cuerpo, y que cuando ha completado
la recorrida por ellos, no para hasta que se hace abrir, o mejor,
eventrar. De allí su apetencia por todas las técnicas de la medicina
moderna que relegan a los médicos al rango de «grandes mecánicos»,
provistos de herramientas, de perforadoras, de tubos «voyeurs» como los
fibroscopios, etcétera. El goce del que se trata no es el goce de la
envoltura o del espectáculo, sino un goce «metafísico». Se quiere saber
qué hay detrás de la envoltura... De modo que hay que interrogar los
órganos, a tal punto que algunos autores, a propósito de la
hipocondría, han hablado de «neurosis de órgano». Hay todo un goce de
la intrusión, en cuanto esa intrusión va a demostrar que el
hipocondríaco sabe, que es el poseedor de la verdad. Él quiere
mostrarse, no en una escena, sino en un «hacerse ver» de segundo grado:
quiere mostrarnos el funcionamiento de sus órganos... Se trata de una
regresión a la posición «oral-sádica» activa en correlación con una
personalidad ya totalmente constituida sobre una modalidad estructural
«anal retentiva». Toda operación que él «se» haga padecer será
consignada y engrosará la lista de las pruebas de su «saber». En
efecto, a menudo tiene en su poder más documentos que el médico, y con
ellos lidiará contra él. Siempre hay una especie de torneo entre el
hipocondríaco y el hombre de ciencia. Por cada victoria, un trofeo. Y
él inscribirá con letras de oro el nombre de todos los médicos que ha
visto y que ha derrotado. Suele ocurrir que el hipocondríaco tenga de
cinco a diez médicos a la vez, a los cuales, mediante una especie de
broma provocativa, opone entre sí para neutralizarlos mejor y, a través
de sus supuestos disensos, demostrar su propia superioridad en el campo
del saber.
Un trastorno del narcisismo originario Para
Rosenfeld (1964), la regresión hipocondríaca está relacionada con un
trastorno profundo del narcisismo originario. En efecto, la hipocondría
se ubica más bien del lado del narcisismo originario, mientras que la
histeria depende más del narcisismo especular. Parafraseando lo que
dice Freud con respecto a los sueños y el inconsciente, se podría
afirmar que la hipocondría es «la vía regia» que conduce hacia el
narcisismo originario, pero en este caso se trata de un narcisismo
originario patológico. Ante esta complejidad, los analistas que la
estudiaron han tratado de encontrar puntos de reaseguro estructural.
Así, llevando al infinito la serie de los síntomas hipocondríacos, se
llega al síndrome de Cotard. Pero el síndrome de Cotard es la asíntota,
el punto límite de la hipocondría-, ya pertenece a otro dominio. Y con
todo derecho Henri Ey, en sus Estudios, consagra un capítulo
independiente a este síndrome, que de tal modo distingue netamente de
la hipocondría, tratada en el capítulo siguiente. Ferenczi se interesó
mucho en la hipocondría, cuya estructura, según él, está dominada por
el erotismo anal. Para Schilder, el hipocondríaco tiende a una
despersonalización total; el cuerpo del que aquí se trata no es el
cuerpo tal como se ve, el cuerpo que es visto y que ve, sino el cuerpo
que no es visto, Esta forma límite de una «despersonalización» que no
es experimentada como tal, se parece a lo que Melanie Klein llamaba «el
cuerpo "despedazado"». En el límite, hay un desmantelamiento del
cuerpo, en una dimensión dionisíaca, y el peor error en el que puede
caer el médico es «cargar las tintas» de la fragmentación. Pero eso es
lo que exige el hipocondríaco (y puede incluso llegar a la agresión):
más exámenes, nuevos análisis; exigencia de «fragmentación» técnica que
el médico a veces se ve obligado a acatar. Se conocen casos de agresión
contra médicos que se negaron a prescribir esos exámenes, sobre todo si
justificaron su negativa con frases como «Pero veamos, si esto no es
nada». La agresión puede ser incluso mortal, o tomar la forma de un
paso al acto suicida. ¿Cómo explicar estos comportamientos? Es que la
fragmentación constituye una defensa con la que el hipocondríaco
preserva su narcisismo originario desfalleciente. Hay monstruos detrás
de la muralla: King Kong y monstruos arcaicos... Si uno va a verlos,
corre el riesgo de liberarlos... Pero las «exploraciones» demandadas
por el hipocondríaco no tienen por meta aventurarse en ese dominio,
sino sólo detenerse un poco de este lado de la muralla... Schilder
habla de «esquema corporal», lo cual no debe entenderse en el sentido
neurológico, ni en el sentido de la imagen especular, y puede
compararse con «la imagen del cuerpo» de Gisela Pankow. Lo que está en
cuestión es la imagen encarnada del cuerpo. El hipocondríaco está
constantemente ocupado en impedir que se rompa ese equilibrio
defensivo. Esa fundamental preocupación vital se vuelve secundariamente
libidinal: una especie de erogenización del interior del cuerpo, que se
focaliza de manera privilegiada en los órganos. Aquí volvemos a
encontrar el interés que suscitaba «el hipocondrio» en Hipócrates, en
Areteo de Capadocia, en Galeno; pero esta erogenización va mucho más
allá del hipocondrio... Algunos autores llegan a decir que son los
órganos en sí los que empiezan a vivir de manera autónoma, y que
entonces se trata de reconocerlos, de mimarlos... Pero los «grandes
mecánicos», a pesar de sus aparatos sofisticados, no llegan al
conocimiento de su intimidad. «¡Aún no tienen los análisis necesarios
para encontrar lo que tengo!» Ésta es una frase típica del
hipocondríaco, frase ambigua porque él sabe bien que ningún
instrumento, ningún examen, llegarán a penetrar su misterio. Esta
actitud está subtendida por un fantasma fundamental, por lo menos en
los hombres: un fantasma de embarazo. El hipocondríaco varón da vida a
sus órganos, se convierte en su madre amante, y vive su cuerpo como
receptáculo. Ese «fantasma de embarazo» implica elementos paranoides,
pero se basa en una dimensión obsesiva, anal-retentiva. De ahí las
enfermedades digestivas: «flatulencia», «meteorismo». La constipación
hipocondríaca es una forma simulada de embarazo; el sadismo oscila
entonces entre sadismo oral y sadismo anal; de ahí una caracterología
muy particular... Schilder, a propósito del «modelo postural del
cuerpo», habla de una fijación en el estadio narcisista originario. La
enfermedad somática, dice, pertenece al mundo exterior, pero la
hipocondría no es una enfermedad «somática»: algo en el cuerpo cobra
una existencia inoportuna, hay que deshacerse de ello, expulsándolo:
proceso de «proyección narcisista». Ese trasfondo fantasmático, que se
acompaña de mecanismos de defensa, da un estilo de existencia original.
Por una parte, el hipocondríaco se entrega a una auto-observación
compulsiva -es preciso que vigile sus órganos- y, al mismo tiempo,
siempre existe en él una dimensión proyectiva, que apunta a liberarlo
del órgano inoportuno. Inoportuno, no obstante, hasta cierto punto,
pues es portador de goce.
Hipocondría y goce La
erotización del cuerpo propio en la hipocondría no es del mismo
registro que en la histeria. Lacan propone reemplazar la palabra
«mundo» por dos términos: das Ding ( la Cosa ) y los «bordes». «El
mundo: hay la Cosa y los bordes». Si se retorna esta formulación, se
tiene que situar la histérica del lado de los bordes, mientras que el
hipocondríaco debe ubicarse del lado de das Ding, la Cosa. No es
posible quitarse de encima la Cosa , mientras que es fácil gozar de los
bordes. Pero, ¿de qué se queja el hipocondríaco? ¿De un «en más» o de
un «en menos»? Él es la afirmación viva de que no hay castración. Allí
donde el otro dice «Pero yo no veo nada», él insiste: «¡Pero sí, hay
algo! ¡Mire desde más cerca!». Esto subraya más aún la importancia de
la dimensión anal: algo que al observador le parecía insignificante, un
desecho cualquiera, adquiere para él un «valor» extraordinario, que en
consecuencia no es «visible». Pero la puesta en evidencia de este
no-valor («¡No es nada, es un desecho!») trae consigo el riesgo de
desencadenar una agresión. ¿De qué naturaleza es entonces ese valor que
no se ve? Se trata del valor de un goce... En este sentido, la mayor
parte de los analistas, comenzando por W. Stekel, estiman que el órgano
se ha convertido en un equivalente fálico. Esa erotización puede
incluso desencadenar una turgencia del órgano, y uno se encuentra
entonces frente a grandes dificultades, pues cuando una enfermedad
somática está marcada por el dolor de un organo -riñón, vesícula,
intestinos, etcétera- el dolor aparece con mucha frecuencia ligado a
una distensión del órgano afectado -explicación valedera en términos
fisiológicos- En el hipocondríaco, esta distensión resulta de una
libidinización, de una cuasi erección del órgano. Pero expulsar el
órgano, soporte de ese goce intolerable, equivaldría a correr el riesgo
de suprimir todo goce: la proyección nunca debe llegar a su término; es
una «proyección frustrada», una proyección que, en el mismo movimiento,
es reintroyección. Hay entonces una patología de la «decisión»:
¿interior?, ¿exterior? ¿A la vez interior y exterior? Pero no hay que
olvidar que la proyección es en sí misma un recurso erótico: especie de
goce casi orgásmico, que hay que reintroyectar rápidamente para que no
se pierda de modo definitivo. Estas características se encuentran en
todos los niveles de gravedad de la hipocondría, desde lo que, de una
manera un tanto apresurada, se ha denominado «neurosis hipocondríaca»
(aunque en realidad parece tratarse de un mecanismo fundamentalmente
psicótico), que se expresa por medio de fenómenos relativamente poco
importantes para la existencia, hasta la «psicosis hipocondríaca»,
manifiesta en ciertas formas de parafrenia o de psicosis paranoide...
Por ejemplo, la «máquina de influir», descrita por Tausk, parece ser
una proyección de todo el aparato genital, proyección que, en este caso
preciso, es cuasi lograda. Melanie Klein habla de un «recurso
bloqueado», en correlación con una «persecución interna»
-transformación de las angustias persecutorias en síntomas físicos-, lo
que subraya los vínculos estrechos entre sensaciones físicas y
fantasmas inconscientes. ¿Se puede hablar de la psicogénesis de un
«terreno hipocondríaco»? La angustia que reina en las relaciones
parentales es un factor patógeno preponderante. Ciertos
«acontecimientos» han marcado inconscientemente la existencia del
hipocondríaco, angustias profundas han alterado la calidad de la
relación materna. Ésta es quizás una de las raíces del fantasma de
embarazo: rehacer el mundo, ser la propia «madre»... El médico al que
el hipocondríaco se dirige no es para él un «padre», sino una «madre»;
una madre en tanto que naturalmente consagrada a intrusiones en el
cuerpo del niño. El le demanda que preste atención a lo que dice, a lo
que hace, a lo que él es. Para él cuenta ante todo la prescripción «en
sí», más que el contenido de esa prescripción. Acumula medicamentos que
no ha utilizado nunca; colecciona recetas. Sea cual fuere el producto
prescrito, «nunca es eso». Parafraseando la fórmula de Lacan en Aun
(«Yo te demando que rechaces lo que te ofrezco porque no es eso»), se
podría decir que él rechaza todo lo que le es ofrecido. Pero, en vista
de la «maldición» que soporta, del hecho de un narcisismo originario
profundamente perturbado, mal «construido», en relación con una
deficiencia de la función materna, él no puede asumir esa frase. En el
«no es eso» de Lacan, es el objeto a lo que está en cuestión. Ahora
bien, en el hipocondríaco no puede haber objeto a, porque todo está
falicizado. Falo degradado, encarnado en una multitud de órganos. El
cuerpo del hipocondríaco se convierte en el jardín de los falos
degenerados y, al cabo de cierto tiempo, a menudo muy largo, querrá
cultivar su jardín solo, después de haber demostrado que todos los
«grandes jardineros» son imbéciles. Cultivarlo, o más bien intentar
recomponerlo. La existencia hipocondríaca se vuelve fantasmagórica:
Frankenstein en persona. Invención de órganos artificiales, que se
articulan entre sí en un sistema, que él cree dominar. Ideal del yo
«pigmaliónico», que se pierde en ensoñaciones de máquinas extrañas.
Hipocondría y relación de objeto Después
de Melanie Klein, Paula Heimann retomó en 1952 el problema del paciente
hipocondríaco, insistiendo en la auto-observación, en el interés
libidinal respecto de los síntomas. Heimann describe un tipo particular
de narcisismo: «El órgano corporal -dice- es preferido a los objetos
externos». Las mociones de odio y destrucción coinciden siempre, de un
modo ambiguo, en el órgano mismo. Mounro, en 1948, había subrayado la
pregnancia de las pulsiones sádico-orales sobre un fondo de excitación
cuasi genital permanente, irradiada a todos los órganos. El
hipocondríaco no está nunca tranquilo: no está en «escena», pero él
mismo es el teatro. Y en el interior, ¿qué encuentra?... La pareja
parental, en discordia interminable... Thorner, en 1955, siempre en una
dimensión kleiniana, habla de objetos persecutorios internos,
expulsados desde el centro del yo hacia el cuerpo, lo que determina una
modalidad muy particular de clivaje. Anna Freud había observado la
frecuencia de las angustias hipocondríacas en los huérfanos. También en
este caso, la identificación con la madre perdida puede explicar el
fantasma de embarazo, el cuerpo mismo que se convierte en su propio
«niño». Fenichel retorna la expresión «neurosis de órgano»; el órgano
se convierte en el pene amenazado y al mismo tiempo en el objeto.
Simmel subraya las correlaciones entre el órgano afectado y el objeto
íntroyectado. En 1957, Szasz afirma que «el yo hipocondríaco considera
su propio cuerpo como un objeto», y atrae la atención sobre las
angustias ligadas al cuerpo: «miedo de perder el cuerpo o las partes
del cuerpo», etcétera. No obstante, ¿puede decirse que el hipocondríaco
ha reemplazado «el objeto» por los órganos del cuerpo? ¿No reemplaza
«el estado de alma» por «estados del cuerpo»? ¿En qué se convierte en
la hipocondría el objeto a? ¿Podrá el hipocondríaco recorrer un
trayecto analítico, lo que supondría la renuncia a un cierto tipo de
goce? Cuando Freud, y muchos otros analistas, afirman que en el
hipocondríaco no hay transferencia, ¿no están pensando en una amalgama
de «transferencia» y «relación objetal»? De ahí el interés de Schilder,
Kohut y los kleinianos por la noción de «transferencia narcisista», que
ellos oponen a la «transferencia objetal». Una de las dificultades de
abordaje del hipocondríaco está ligada a esta ambigüedad por la que,
aunque se presente como poseedor de la verdad, es sin cesar consciente
de su desdicha. Pero su egotismo compromete las relaciones con la moral
y con la ética, y sobre esta base se plantea el problema de la
paranoia. El prójimo no es para el hipocondríaco más que un simple
recurso, la prueba viviente de la superioridad de su propio saber... No
es capaz de verdadera amistad, no puede sino tratar de que los «otros»
caigan en una trampa. Se encuentra entonces obligado a convertirse en
un tirano. Tirano familiar, que se hace servir, vestir, mantener, y que
está siempre descontento, porque «nunca es eso». Sobre un fondo de
impotencia o de frigidez, está en la imposibilidad de plantearse el
problema de la castración. Y su «fragmentación», la confusión de cuerpo
y falo, le dan a menudo la apariencia de un histérico.
Hipocondría y defensas esquizo-paranoides El
esquema de defensa del paciente hipocondríaco es paranoide, más
exactamente esquizo-paranoide, en el sentido de Melanie Klein, e
intenta remediar un defecto del narcisismo originario: defecto del
material, defecto de «energeia». El ideal del yo se torna megalómano,
pero sin dejar de ser artificial, lo que no hace más que realzar esa
falla del narcisismo originario, particularmente perceptible en la
«transferencia narcisista». Se trata en efecto de una defensa contra la
desintegración, en la fase que Winnicott denomina «personalización», la
cual sólo puede lograrse mediante la asunción de la «fase depresiva».
En cuanto sobreviene un ataque de «calma» depresiva, marca de un
trabajo de delimitación del cuerpo y la persona, la imposibilidad de
asumir esta unidad desencadena una defensa esquizo-paranoide. El
hipocondríaco vaga así entre dos sistemas: la «persona» inasumible y un
narcisismo originario desfalleciente. Defensa por fragmentación,
reenvío de la «muralla» al cuerpo inacabado, que no puede acceder a la
dimensión especular. La fragmentación se encarna en los órganos, en el
interior del cuerpo; puede transformarse en un ideal de desaparición
del cuerpo, «desopacamiento» que se nutre de un fantasma de
transparencia: la transparencia del cuerpo, como esas estatuillas
anatómicas que permiten ver los órganos internos. Pero la transparencia
puede deslizarse hacia la desaparición del cuerpo; ideal de nada, «el
hombre invisible» en un saco de piel. La ausencia de órganos, la
eternidad: el síndrome de Cotard. Pero entonces estamos más allá de las
defensas esquizo-paranoides. En este «entre-dos-sistemas», hay
exuberancia de una escucha íntima: los órganos se ponen a hablar
-«elocuencia de los órganos», como lo expresa con tanta precisión
Maurel, en su trabajo de 1975 sobre la hipocondría- A diferencia de la
histérica, el hipocondríaco sólo se da en espectáculo en la sombra:
está al acecho del menor ruido. Recuerdo a una hipocondríaca
predemencial senil: veía y oía en su cuerpo y sobre su cuerpo una
cantidad de sapos y ranas que gesticulaban y hacían un ruido infernal.
Vivencia dramática, espectacular, íntima, diferente de la zoopsia del
delirio. El hígado, el vientre: «batracomiomaquia» por
auto-engendramiento. El cuerpo era el receptáculo de formas vivientes
que se emancipaban... Otro enfermo, un hombre joven, esquizofrénico
paranoide, con un delirio cósmico, decía que daba a luz pequeños
personajes por todos los puntos de su cuerpo: en su vientre, en el
pecho... Se había convertido en la madre universal que daba vida a esas
curiosas criaturas, experimentando sufrimiento y autoadmiración. .. En
el hipocondríaco, el menor borborigmo puede convertirse en el argumento
principal de una hipótesis patofisiológica peyorativa. Toda su
existencia se esfuerza en traducir el lenguaje de los órganos. Por las
fallas del narcisismo originario se infiltra «el autoerotismo» que
vuelve precario todo equilibrio de la libido del yo y mantiene una
excitación libidinal casi constante a nivel de los órganos internos.
Estos mecanismos patógenos existen siempre, pero en diverso grado. Las
«neurosis» hipocondríacas tienen en realidad una estructura psicótica
-de allí el término «vesania» aplicado a la hipocondría en el siglo
XVIII- que sin embargo no implica una disociación. Problema análogo al
de la «psicosis histérica»: habría que hablar de «psicosis»
hipocondríaca. Ella puede manifestarse de manera sorda o estrepitosa,
según la personalidad de base, pero también según las circunstancias,
en particular las circunstancias culturales. En efecto, hay modelos
culturales de omnipotencia. Maurel sugiere que Prometeo podría ser ese
modelo por excelencia: Prometeo encadenado, el hígado, el águila, el
sacrificio siempre reiniciado... ¡Prometeo para la hipocondría, Edipo
para las neurosis! Será necesario estudiar las relaciones entre la
hipocondría y el autismo. Frances Tustin y otros autores describen
formas de autismo «de caparazón». El caparazón se mantiene sobre un
vacío interior... ¿Hay factores comunes? Los bordes, los agujeros, la
transparencia, la pérdida de volumen. Pero también variaciones clínicas
en torno de la «cavidad primordial», en el sentido de Spitz. Abertura
sin fondo, sin nada detrás, «imposible». Dimensión primordial,
universal, que evoca la intuición de Freud, quien nos da una
ilustración de ella en el primer sueño de la Traumdeutung, «la
inyección de Irma»; hiancia correlativa de esa ausencia de cuerpo que
obliga al hipocondríaco a reconstruirlo a su manera, a partir de
órganos, pero sin envoltura. Pérdida de todo relieve; especie de
existencia chata, «existencia en afiche», como las máscaras agujereadas
de Dionisos, sin parte de atrás. No obstante, ante un hipocondríaco uno
percibe que está ante alguien que «existe», que no está disociado, y
que «hay Uno», según la expresión de Lacan. Pero ¿cómo, a partir de esa
constitución, puede llegar él a ese punto? ¿Se trata del mismo «hay
Uno» que en el neurótico o en el «normópata»? La dialéctica entre lo
mismo y lo otro está a menudo bloqueada, aunque no haya confusión entre
ambos: se podría más bien hablar de una especie de infiltración de lo
mismo en el Otro. Y en tanto su ideal, su goce profundo, es el dominio
del saber, el hipocondríaco está alienado en el Otro, porque el saber,
como lo subraya Lacan, es «el goce del Otro». Quiere encarnar al gran
Otro, ser la madre omnipotente y generadora del universo. Su saber es
un medio de defensa contra la disociación. Su existencia, siempre
amenazada, puede también precipitarse y hundirse en un mundo paranoico;
perseguido- perseguidor, está casi «con la sentencia en suspenso», y si
se produce un desfallecimiento del «representante del saber» que él
mismo ha forjado en la figura del médico, se siente amenazado en su
propia vida.
La pulsión de muerte En
segundo plano se perfila siempre la pulsión de muerte, cuya principal
«virtud» consiste, como se sabe, en hacerse olvidar, en permanecer en
silencio.. . Pero, en el hipocondríaco, la pulsión de muerte se
emancipa, se desenfrena y toma vías -y voces- extravagantes; de ahí
esas construcciones estrafalarias, horrorosas, tipo Frankenstein... No
es posible integrarla; de ahí la emergencia de figuras gesticulantes y
erotizadas -en el sentido de un autoerotismo arcaico- de la muerte.
Esta articulación de Tánatos no es como la de la neurosis obsesiva, más
construida, monumentalizada, más integrada en la «gesta» del sujeto. El
hipocondríaco está «mal construido», debido a la pregnancia del
erotismo sádico-oral, mientras que en el obsesivo predomina el erotismo
anal. Por otra parte, esta erotización permanente de los órganos
alimenta junto a una irritabilidad crónica, la hiperemotividad y la
hipervigilancia: una especie de «antialexitimia». Todo acontecimiento
más o menos insólito entra en resonancia íntima con los órganos y
desencadena fenómenos espasmódicos. De ahí esa angustia profunda,
arcaica, «esquizo-paranoide», muy diferente de la de la histérica. En
efecto, en la histeria los fenómenos de conversión reemplazan a la
angustia, mientras que en la hipocondría estos fenómenos de resonancia
no hacen más que realimentarla, provocando «desintegraciones»
neurovegetativas a veces espectaculares. La sobrevaloración de sí
mismo, cuasi megalómana, sacraliza la menor parcela del cuerpo, incluso
los excrementos, los detritos, se vuelven sagrados. Rosenfeld relata la
historia de un hipocondríaco cuyo goce fantasmático consistía en estar
sentado en la falda de la madre y defecar sobre ella. Será necesario
bosquejar las relaciones entre las diferentes formas de identificación.
En la hipocondría, así como en las histerias graves, hay una colusión
entre transferencia e «identificación proyectiva». Éste es un problema
complicado, que hace difícil la relación terapéutica, tanto más cuanto
que están debilitadas, incluso dislocadas, estructuras básicas como el
«sistema protector ante las excitaciones» y la «represión originaria».
Pero ¿cómo puede el hipocondríaco, así sea de manera precaria,
preservar el «hay Uno»? ¿Cómo llega a conservar la unidad? Lo que
subyace aquí es un problema con la temporalización. Está constantemente
en «prórroga» y en el punto de fuga mantiene de modo artificial su vida
con un «fuera de tiempo», la eternidad («fuera de tiempo» [hors temps])
por analogía con el Horla de la alucinación negativa de Maupassant). El
«fuera de tiempo» suscita una distinta «trama» del tiempo; la historia
del hipocondríaco está puntuada por sus lastimosas victorias sobre los
representantes del saber, y su cronología toma apoyo en esos «triunfos»
de los que conserva las huellas como se guarda la Torá : comparaciones,
recetas, fechas de las intervenciones, etcétera. Esto es lo que él
tiene por memoria. Para preservar su «cuerpo», preparará recetas de
lujo que le permitirán sobrevivir en una contextura hecha «de cualquier
cosa». Esas recetas pueden sazonarse con técnicas de violación de la
intimidad (un fantasma hipocondríaco femenino mayor: la violación y, a
veces, la eventración, acmé del goce). Tales técnicas de supervivencia
se basan en rituales, en el templo consagrado del cuerpo que, como tal,
«no existe». Técnicas paradójicas en las que el «hacer oír» se mezcla
con un «hacerse ver» sin ser visto: paradoja invivible. El
hipocondríaco toma su lenguaje del médico. Le demanda que sea el
testigo activo y apasionado de sus elucubraciones. Posición difícil, en
vista de que el lenguaje de la medicina en sí mismo se presta a tales
fantasmagorías: el plexo «solar», los ganglios «semilunares», el plexo
«sacro», el nervio «pudendo», etcétera. Organos sacralizados por su
denominación, un cielo estrellado en el vientre de cada uno. La
medicina misma, ¿no será en esencia hipocondríaca? Por otro lado, el
hipocondríaco está a menudo convencido de ser un artesano inventivo de
la ciencia médica. Mediante su «saber», quiere guiar al profesional
hacia arcanos inéditos, y enseñarle a leer en el gran Libro de la
Naturaleza , del cual él es la encarnación apasionada. En esta
existencia siempre tangencial a los acontecimientos, se tiene que
plantear la cuestión del objeto, un objeto cuya función de lastre
equilibra la estructura de la personalidad. Pero, ¿hay un «objeto»
hipocondríaco? Se sabe que, en el fóbico, hay un seudo-objeto, que
Julia Kristeva llama «el abjeto [I'abjet]», un pre-objeto. Pero el
fóbico se toma en serio, mientras que el hipocondríaco se entrega por
completo al juego. Es un hombre de juego. Deformando la expresión de
Francis Ponge, se podría decir que hay un «objuego» [objeu]
hipocondriaco, y no un objeto [objet]. Él está en una relación de
juego, con la vida, con la muerte. «El objuego» de Final de partida de
Sarnuel Beckett. Dimensión fantástica, a veces elocuente: «Yo llegaría
incluso a hacerme destripar para descubrir el secreto de la ciencia de
la humanidad». ¿Prometeo?