try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra H Histeria


Diccionario de Psicología, letra H Histeria

¿Cómo puede hablarse hoy en día de histeria? El D.S.M. III-R
(Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Y edición ref.)
ha descartado el término, para retener sólo la noción de «síntoma de
conversión», más clara y precisa. Por otra parte, los famosos síntomas
de las histéricas de Charcot han ido desapareciendo poco a poco, aunque
cabe preguntarse si la histeria no se ha desplazado acaso al campo
social. Por un lado, tenemos entonces el rechazo de la denominación;
por el otro, el cambio de significación, con la duda de que se trate
todavía de una neurosis. Habrá que ver cuáles son las razones de esta
crisis, y qué es lo que se juega en ella. Sin duda se puede hablar de
síntoma de conversión somática, pero ¿se trata acaso de histeria? Como
lo indica su etimología, es symptoma lo que cae junto, lo que llega al
mismo tiempo, en virtud de una relación necesaria entre la causa y el
efecto. Ahora bien, lo propio del síntoma de conversión calificado de
histérico es que está sujeto a un cambio doble, que cuestiona esa
relación de necesidad. Para empezar, de ninguno de estos síntomas se
puede decir que es típico, puesto que además lo acompaña regularmente
su contrario. Así, en cuanto al humor, hay risa y llanto, depresión y
euforia, frialdad emocional y calor del verbo. En cuanto a la memoria,
amnesias y recuerdos detallados. En cuanto a los estigmas sensoriales,
hiperestesia y anestesia (según una disposición que no corresponde a la
anatomía nerviosa), apatía y volubilidad, mutismo e inclinación al
rumor, ceguera y alucinación, anorexia y bulimia, amenorrea e
hipermenorrea. En cuanto a los trastornos motores, tics, clownismo,
convulsión epileptoide y parálisis, contractura. Pero a esta
inestabilidad en la desmesura la acompaña otra de orden temporal. Hacer
la historia de la histeria es atribuirle síntomas en cambio constante.
No hay una relación necesaria entre la histeria y los signos que
produce ante la mirada de los espectadores... y de los historiadores.
No obstante, esos síntomas no sobrevienen al azar; por el contrario,
parece determinarlos la probabilidad que tengan en cada período de
atraer la atención y despertar la inquietud, no de la opinión común,
sino de los expertos que por su saber constituyen el sostén del poder
político o religioso: médicos, filósofos, teólogos, inquisidores. En
virtud de una duplicidad siempre inasible, de la movilidad de la
máscara misma, la apuesta histérica es, en efecto, confundir los
hábitos de pensamiento admitidos socialmente, desordenar los puntos de
referencia del saber universitario, mostrando sus límites, sus avatares
y sus obstáculos. De allí proviene la desconfianza constante de estos
expertos, que de buena gana asimilan lo histérico a lo femenino. Habrá
que llegar a Charcot para que por fin se reconozca la histeria
masculina, sin duda no sin reticencia, como lo demuestra la
denominación «hipocondría», aún preferida muy a menudo cuando se trata
del hombre. Más radicalmente, se necesitará de Freud para desligar
histeria y conversión somática, y ligar histeria y angustia, con o sin
estigmas corporales. Pero es imposible captar lo que fue el aporte de
Freud sin describir en qué consistía, antes de él, la etiología
atribuida a la histeria. La historia de esta etiología anterior a Freud
se divide en varios grandes períodos.

La Antigüedad En
el origen, la histeria encontró su razón junto con su etimología:
enfermedad de la hystera, es decir, de la matriz. De ese modo se
anudaban dos rasgos: déficit funcional de un órgano sexual, y déficit
concerniente a las mujeres. Ésa es la fuerza con que llegaron hasta el
siglo XX los textos atribuidos a Hipócrates. Ya en el 1900 a .C., en el
papiro Kahún, la medicina egipcia hablaba de la histeria de la misma
manera que Hipócrates y sus sucesores, Ceiso, Areteo, Galeno. Pero sólo
el nombre de Hipócrates atravesaría los siglos atribuyéndole a la
histeria un origen uterino. En efecto, ¿qué era lo que producía
síntomas como las convulsiones, el globo en la garganta, la parálisis?
La constricción y la sofocación debidas a la migración del útero, que
se desplazaba de abajo hacia arriba. Así el gran Platón, contemporáneo
de Hipócrates, pudo decir: «En las mujeres, lo que se llama matriz o
útero es como un ser vivo poseído por el deseo de hacer niños. Cuando
durante mucho tiempo, y a pesar de la época favorable, la matriz sigue
estéril, se irrita peligrosamente; se agita en todos los sentidos en el
cuerpo, obstruye los pasajes del aire, impide la inspiración, somete
así al cuerpo a las peores angustias y le ocasiona enfermedades de toda
clase» (Timeo, 91 C ). Opinión que los médicos griegos no cesaron de
perpetuar: nada más móvil que la matriz, nada más vagabundo que este
animal en el animal. ¿Es ya ésta la perversión de la libido de la que
hablará Freud? En consecuencia, el remedio preconizado consistía en
hacer volver el útero errante a su lugar supuestamente natural;
relaciones sexuales, trabajos manuales y embarazos debían calmar la
actividad febril de la cabeza, que en la ociosidad y la ensoñación es
llevada fácilmente hacia «abajo». ¿No es ésta acaso la enfermedad de
las vírgenes y las viudas?

La Edad Media El
cristianismo, a partir de San Agustín, trastornó esta etiología. El
goce del sexo no podía ser un remedio, porque la naturaleza, madre de
todos los seres vivos, no es un principio de orden. El síntoma en su
exceso provenía de una desmesura que no era solamente ignorancia de la
naturaleza o transgresión de sus leyes, pues la naturaleza en sí es
desordenada y engañosa en razón del mal introducido por demonios y
espíritus maléficos. La humanidad es la apuesta en el combate entre
Dios y ese adversario llamado Satán. En esa lucha del orden del
espíritu, los síntomas somáticos eran entonces el signo de un triunfo
de la influencia de las fuerzas del mal. En eso consiste la brujería:
en una complicidad culpable con fuerzas maléficas, ante una tentación
que Dios permite para poner a prueba la fe del creyente. Lo que otrora
se había llamado histeria tomó entonces el nombre de posesión
diabólica: -Lo que está en juego es cuestionar el poder del amo, poder
a la vez político y religioso. -La bruja, como consecuencia de un pacto
con el demonio, tiene poder sobre el cuerpo de la persona a la que
quiere dañar, poder de embrujar mediante un sortilegio o maleficio. -La
posesión se manifiesta por una influencia de tipo erótico sobre el
cuerpo de hechizado: visiones, tocamientos, audaces íncubos sobre las
mujeres, súcubos con los hombres. -El estigma importante es la
anestesia de cierta zona del cuerpo. De ahí proviene la actividad de
ese experto que es el pinchador público, que con una aguja somete el
cuerpo a las preguntas ¿sufre?, ¿sangra? -La curación de orden
espiritual es obra de exorcistas que con sus palabras persiguen al
demonio. Pero lo decisivo es obtener del embrujado o la embrujada el
nombre de la bruja y la confesión de complicidad con ella, en vista de
un juicio de condena. -La ejecución de la condena le corresponde al
poder político, al que le está confiada la purificación por el fuego,
según el precepto bíblico: «No dejarás que viva la hechicera» (Éxodo
22:18). La muerte es inevitable como punición que recae sobre el
cuerpo; el alma es salva si ha habido confesión, y se condena al
infierno si no la ha habido. El castigo debe tener lugar ante el
pueblo, puesto que la posesión es interpretada como cuestionamiento del
poder del amo. Entre los manuales de los inquisidores, el Malleus
Maleficarum (Martillo de las Brujas), gracias a su precisión, sirvió de
referencia en Europa desde el siglo XV hasta el XVIII, como instrumento
de la lucha contra la brujería. En Francia, los casos más conocidos y
estudiados son los de Juana de los Ángeles y Urbain Grandier en Loudun,
y el de Elizabeth de Ranfaing.

El nacimiento de una psiquiatría Con
el Renacimiento se produce un retorno de la Antigüedad : la histeria es
una enfermedad; deriva de causas internas y naturales. De este modo,
puede nacer una ciencia teórica y terapéutica. Esta búsqueda de una
etiología de la histeria generará a partir del siglo XVII tres
corrientes distintas. En primer lugar, la corriente organicista de Gran
Bretaña, con Jorden, Burton y Cullen. Se cuestiona la teoría uterina de
Hipócrates en nombre de la neurología: la histeria se debe a un
trastorno nervioso del cerebro. Por otro lado, con Sydenhani en Gran
Bretaña y Pinel en Francia, la histeria recibe por primera vez un
fundamento psíquico. Es curable justamente porque no es una enfermedad
orgánica del cerebro, sino un desorden de las pasiones con
consecuencias somáticas. Es una alienación mental, una afección del
espíritu y, por lo tanto, requiere un tratamiento moral o psíquico.
Finalmente, a partir del siglo XVIII, poco a poco se distingue una
tercera vía con Mesmer en Francia, Braid en Gran Bretaña, y sobre todo
Charcot en la Salpêtrière. Llamándola magnetismo, fluido o
sugestionabilidad, ellos demuestran el poder de la hipnosis sobre los
síntomas histéricos. Sobre este punto, Charcot es verdaderamente el
maestro que la histérica llama. El síntoma no es la expresión de una
emoción oculta, sino que se lo reduce a un conjunto de signos, cada uno
de los cuales sólo tiene valor en su relación con los otros. De modo
que el síntoma conforma un cuadro: un cuadro clínico ante la mirada de
Charcot. La histeria tiene por etiología la herencia, o sea una
degeneración, pero las causas ocasionales de los síntomas son agentes
provocadores: por ejemplo, caerse de una escalera, palabras brutales,
bofetadas ofensivas... ¡y la voz del hipnotizador! De modo que, por
medio de la sugestión, éste hace aparecer y desaparecer el síntoma en
virtud de una escisión de la conciencia. Por lo tanto, Charcot podía
decir con toda razón que esto mismo era lo que ocurría en el siglo XV,
bajo el nombre de posesión demoníaca o de maleficio. Y Freud,
refiriéndose a esa escisión, concluye: « La Edad Media había escogido
ya esta solución al declarar que era la causa de los fenómenos
histéricos la posesión por un demonio; habría bastado con sustituir la
terminología religiosa de esa época oscura y supersticiosa por la
científica del tiempo presente» («Charcot»).

El psicoanálisis La
causa de la histeria no es la herencia, como creía Charcot. La
invención freudiana se basa esencialmente en la noción de inconsciente,
y por esa vía concierne a la sexualidad infantil. En efecto, el
inconsciente quiere decir que uno es guiado por palabras que no
comprende en absoluto, pero en las cuales está totalmente tomada la
sexualidad. Con Breuer, Freud descubre en primer lugar que hay un
vínculo simbólico entre el síntoma somático y su causa, que es un
trauma de orden psíquico. Dicho trauma es un afecto penoso, provocado
por uno o varios acontecimientos, que ha persistido tal cual por no
haber encontrado su solución en una respuesta adaptada, en razón de una
represión. Es así como la histérica sufre de reminiscencias
inconscientes, ligadas a un afecto insoportable. Con la ayuda de la
hipnosis, el acto de palabra que dice el recuerdo de la escena
traumatizante hace desaparecer su efecto somático, que es el síntoma
como retorno de lo reprimido. Después hay que arrancar el recuerdo
trozo por trozo. Más allá de Breuer, Freud descubre que ese trauma
psíquico, causa de la histeria, es una experiencia sexual prematura que
ha sorprendido al sujeto. Dicha experiencia no fue deseada sino sufrida
como consecuencia de la intervención seductora de un adulto (casi
siempre el padre) sobre el niño. De modo que la histeria es una
reacción posterior a la sexualidad en tanto que «perversión rechazada»
(Carta 52 a Fliess). El síntoma es el signo de ese conflicto. En 1897,
Freud descubre que el niño tiene sexualidad y que los relatos
ulteriores de una seducción por el padre ocupan el lugar de recuerdos
reprimidos de una actividad sexual propia. Pero los síntomas son el
retorno de lo reprimido. De modo que la histeria no es más que un caso
entre otros de ese fenómeno general que es el carácter infantil de la
sexualidad humana y de los fantasmas de deseo edípico (incesto y
parricidio). Ese infantilismo se debe a que la sexualidad es traumática
por sí misma y no por accidente. En efecto, no existe ninguna
iniciación humana a la sexualidad, en razón de lo que Ferenczi llamaba
la confusión de las lenguas entre las generaciones. El proton pseudos,
la primera mentira, de la que Freud habla a propósito de Emma y de la
histeria en el «Proyecto de psicología» (1895), es la única vía por la
cual se dice originalmente, bajo la forma engañosa de la seducción
paterna, la demanda inversa de ser el objeto hacia el cual se vuelva el
deseo del padre. La histeria no cesa de enseñárnoslo.

La lectura de Lacan El
aporte de Lacan consistió en volver al texto freudiano para leer en él
cómo se articulan las formaciones del inconsciente (síntomas, sueños)
en la histérica. Así, en su comentario sobre el famoso sueño de la
bella carnicera, Freud nos dice: «Ella está obligada a crearse en su
vida un deseo insatisfecho» (La interpretación de los sueños). Lo crea
mediante una identificación histérica, instaurando en el sueño un deseo
insatisfecho en su amiga, en el Otro, lugar de los significantes. En
efecto, el deseo de caviar como significante del deseo insatisfecho es
sustituido por el deseo de salmón ahumado como significante del deseo
de la amiga. ¿Cuál es entonces el objeto del deseo? No el de la
necesidad, ni el de la demanda de amor, sino el deseo de un deseo,
deseo que se basa en la falta del Otro, y no en lo que causa esa falta
(lo cual sería simple rivalidad). Esto es lo que revela la estructura
histérica. Si el Falo es el significante del deseo del Otro, sólo se
muestra el velo que lo oculta, sin que nadie pueda saber si detrás de
ese velo él está o no está. Pero, ¿por qué esa apelación a un deseo
puro de todo objeto? ¿Es sólo el cuestionamiento del discurso
corriente, «a cada uno su cada una» y a la inversa, para una
genitalidad feliz? No, lo que está en juego es otra cosa. Para verlo,
pasemos de la relación de la bella carnicera con su amiga a la de Dora
con la Sra. K., es decir, relación con un objeto del mismo sexo. La
Sra. K. es la metáfora de la pregunta que cautiva a Dora: ¿Qué es una
mujer? Esta pregunta es también la del histérico masculino. ¡Misterio
de la feminidad! Ella no se reduce a las funciones sociales de las 3 K
(Kinder Küche, Kirche). Es enigma que deriva de que no hay
simbolización del sexo de la mujer como tal, porque lo imaginario sólo
da una ausencia. Pero ¿cómo sostiene Dora su propia pregunta encarnada
por la Sra. K ? Dora goza de la Sra K desde el punto de vista del Sr.
K, asumiendo el rol del hombre vuelto hacia la Sra. K. Ella «hace de
hombre» situado en posición de tercero (y no en posición de objeto,
como lo supuso Freud erróneamente). Asimismo, ese tercero masculino
sirve de sostén al histérico masculino, que interroga a la mujer. En
todos los casos hay identificación narcisista con un tercero masculino
para reconocer en él el propio deseo en tanto que deseo del deseo de
una mujer. Pero ¿cuál es el origen de esta triangulación? El genio de
Freud consistió en haber identificado en el Edipo el lugar de ese
tercero masculino: el del padre del sujeto. Todo niño, en el momento
del ocaso de Edipo, se vuelve hacia un padre, un padre que sea digno de
ser amado porque es omnipotente, un padre ideal que tiene el falo y
puede darlo. Éste es el padre que es amado (cf. el mito de Tótem y
tabú). Ahora bien, la histérica sabe que no tiene un padre tal. Ésa es
su desgracia. Sea que se trate de Anna O., de Emmy, de Dora o de las
otras mujeres que en ese entonces escucha Freud, siempre hay una
supuesta impotencia del padre. Éste tiene los títulos simbólicos de
padre, pero como un ex combatiente. Tiene los títulos, pero está fuera
de servicio. Y lo que Lacan supo leer en Freud es justamente ese amor
inaudito del histérico (masculino o femenino) por el padre en tanto que
impotente, herido, disminuido. El histérico ama al padre por lo que no
da... y encuentra así su lugar junto a él dándose la vocación de
sostenerlo en su desfallecimiento designado, marcado, y en consecuencia
supuesto sabido. ¿Qué es lo que la histérica recibe a cambio? Si Dora
se hace cómplice de la relación entre su padre y la Sra. K , es porque
así recibe el amor de su padre por intermedio de la Sra. K., es decir,
de aquella que encarna su pregunta sobre su ser. Si bien Dora no sabe
qué ama su padre en la Sra. K., es en cambio importante para ella que
la Sra. K. sea amada, en tanto que es en ella y a través de ella como
encuentra el amor de su padre. ¿Qué es una mujer? Para responder, se
necesitaría un saber de la relación sexual, saber según el cual,
teniendo cada uno lo que no tiene el otro, un hombre y una mujer, de
dos harían uno. La posición histérica es el arte de volver a plantear
la pregunta instaurando la negación siguiente: no hay relación sexual,
un hombre y una mujer no hacen uno, sino dos. De la ausencia actual de
ese saber, se extrae entonces la conclusión de que es necesario
suplirlo con la abnegación y el don de sí mismo como sostén de la
impotencia de ese hombre que es el nombrado padre. Tal es el deseo
histérico: que el amor al padre cumpla una función de suplencia,
esperando que algún día futuro se escriba la relación sexual. En otras
palabras, para la histérica la no-relación sexual no es real; no es del
orden de lo imposible. Es sólo impotencia provisoria que proviene de
ese padre. La esperanza histérica es que la pregunta «¿qué es una
mujer?» tenga al fin la respuesta de una proposición universal que diga
qué es la mujer.

La histeria como discurso Freud
partió de lo siguiente: la histérica está preocupada por la impotencia
del padre. Pero, ¿por qué esa posición? Sólo hay impotencia con
relación a un ideal de potencia. Responder a esta cuestión es realizar
un desplazamiento tomando en consideración la distancia entre la
impotencia supuesta de tal padre en particular y un imposible
estructural, Lacan dio ese paso en 1969 (cf. El reverso del
psicoanálisis)- Califica con el nombre de histeria un cierto lazo
social que denomina un discurso. De tal modo, «histeria» no nombra una
neurosis, según la interpretación médica, ni una complicidad culpable
con el mal, según la interpretación teológica. Lo que está en juego es
de orden estructural: escribir lo que ordena y regula un lazo social.
Es posible hacerlo en la medida en que un lazo social nuevo,
analista-analizante, permite hoy escribir aquello que articula otros
tres lazos sociales. Esta escritura diferencia en primer término cuatro
lugares:   agente otro verdad producción Después, diferencia cuatro
letras que inscriben lo que por turno torna operante a cada uno de esos
lugares. Por orden, estas letras son: $: el sujeto tachado S1: el
significante amo S2: el saber a: el plus-de-gozar Obtenemos así cuatro
discursos, por un desplazamiento de un cuarto de giro de las letras. En
primer lugar, el lazo dominación-servidumbre, que es el discurso del
amo. Allí son ubicados en posición de agente ciertos sígnificantesamos
(S,) que hacen marchar al cuerpo del otro. Esta fuerza del imperativo
no deriva solamente del amo político o religioso, fundadores de toda
ciudad, sino de aquellos y aquellas que presiden el destino de todo
sujeto llamado humano desde antes de su nacimiento. Esta constelación
simbólica es lo que Freud llama el inconsciente, en tanto que
estructurado como un lenguaje según los significantes elementales de
parentesco: S1 S2 $ a Amo de sí mismo, amo de los otros, es lo mismo.
Para servir a este dominio y fortalecerlo, el discurso universitario le
toma su saber (S2) al esclavo, es decir, al cuerpo dominado, y lo
transmite al enseñando, que es el futuro amo. Este discurso no inventa;
transmite. Formar amos esclarecidos no es algo reservado a Platón con
Dionisio el Joven, o a Aristóteles con Alejandro; es la función de todo
enseñante con pesar: ¡análisis indefinido! Sí. A menos desde el
nacimiento de la escuela, estando el que uno se sitúe en el discurso
del analista, es saber (S,) en posición de agente: estando éste en
lugar de objeto a, causa del deseo del analizante:   S2 a S1 $ El
discurso histérico, como tercer discurso, es precisamente el que se
opone al discurso universitario por su posición opuesta a la del amo.
En efecto, no se trata de fortalecerse con un saber, sino de
cuestionarlo, mostrando dónde desfallece: $ S1 a S2 El discurso
histérico es el retorno de lo reprimido, que es el inconsciente
constituido por significantes-amos. Es el síntoma del amo. El sujeto
del inconsciente ($), interrogando los significantes-amos (S1) revela
el saber de la siguiente verdad: el amo (masculino o femenino) es por
función castrado; su dominio sobre el cuerpo (el del otro y el suyo
propio) es renuncia al goce. Así, esta interrogación produce los
estigmas de esta castración (S2) ¿Cuál es esta relación con el amo? En
el discurso del amo, el objeto a, el plus-de-gozar, no le concierne al
amo, sino a su otro, al dominado, el esclavo. Esto es lo imposible del
dominio. Con Freud, desde los Estudios sobre la histeria, y por lo
tanto en la neurosis, este imposible no se encuentra como tal, sino que
toma la forma de la impotencia paterna. Ahora bien, este imposible
concierne al amo; el histérico lo interroga: demuestra que tú eres un
hombre; da prueba entonces de tu ser hombre para una mujer. A esta
solicitación, él no responde. En efecto, el dominio es renuncia al
goce. Mediante la introducción de un saber (S2), el discurso histérico
es el síntoma de esta imposibilidad estructural. De modo que el
histérico, masculino o femenino, quiere un amo que reine sobre él, al
revelar el saber de lo imposible del goce del amo en tanto que hombre
de una mujer. El histérico o histérica puede entonces encontrar su
lugar junto al amo sosteniéndolo allí donde fracasa. ¿No es ésta la
posición de Freud en su relación con el padre? Salvarlo (cf. Lacan,
Aun). La histerización es el efecto del discurso psicoanalizante; no
tiene fin. Freud lo confiesa   a $ S2 S1 Así se constituye para el
analizante el fantasma fundamental: à Éste es el discurso que permite,
por el giro de un cuarto de círculo, escribir los otros tres, y más
aún, permite responder al interrogante dejado en suspenso por el propio
Freud acerca de la relación entre el amo y la paternidad. Esta pregunta
es precisamente la que el discurso histérico plantea, en razón de la
castración del amo; el discurso histérico es su síntoma. Freud mantiene
al padre edípico; en efecto, el ocaso del complejo no es verdaderamente
su duelo, sino su interiorización como instancia del superyó, cuyo
vozarrón viene del amo, según las tres figuras que presenta Freud:
Layo, el Urvater y Moisés. Un rey, un fundador y un profeta: se trata
tres veces de padres en tanto que amos de la sociedad política y
religiosa. Freud supo recoger de la boca del psicoanalizante esta
demanda de mantener esa alta estatura y esa bella estatua. Lacan sitúa
esta verdad freudiana en lo que él denomina el discurso histérico. Y
acerca de este punto crucíal responde como sigue: «Un padre sólo tiene
con el amo -hablo del amo tal como lo conocemos, tal como funciona- la
relación más lejana» (El reverso del psicoanálisis). El reconocimiento
de esta distancia es la terminación misma del duelo del padre edípico,
y por ello el pasaje del discurso histérico al discurso del analista.

La verdad freudiana Al
término de ese recorrido, se revela con Lacan que el descubrimiento
freudiano ha consistido en desprender la verdad de la histeria de su
referencia tradicional, médica o teológica. Freud dio lugar y derecho a
la histeria como lazo social; el escrito freudiano es el saber sobre la
verdad de la histeria por fin advenido. Y Lacan la nombra como tal. La
verdad se dice por y en las formaciones del inconsciente: síntoma,
sueño, acto fallido, chiste. Así retorna en el discurso histérico lo
que el discurso del amo ha reprimido. De ahí la invención de Freud: la
regla fundamental de la asociación libre del analizante permite la
producción de un saber sobre ese decir de la verdad -saber nuevo,
totalmente distinto del saber universitario- Pero la verdad sólo se
dice a medias, no toda. Se dice según una estructura de ficción; el
proton pseudos histérico es la retórica misma de la verdad. En efecto,
no hay significante que diga el ser del sujeto; el significante no hace
más que representar al sujeto en el lugar del significante faltante que
diría su ser. División del sujeto: allí donde está representado, no es;
allí donde es, no hay significante que lo diga. Por lo tanto, no hay
sujeto que no sea sujeto que miente... ¡sin saberlo! Es exclusión de la
cadena significante, retirada respecto del orden simbólico. La histeria
define la verdad freudiana de que sólo hay sujeto enmascarado
(mascarada, decía Joan Riviere, pero que no hay que reservar a la
feminidad); no sin razón la persona latina del teatro ha dado su nombre
a la noción occidental de persona. ¿Qué dice a medias la verdad, que
retorna por y en las formaciones del inconsciente? Ella saca los
significantes-amo. Gracias a Freud, el discurso de la histérica se
identificó con el psicoanálisis. En efecto, Freud hizo suya la
interrogación que nos plantea la histérica. El o ella nos hace
preguntar: ¿que quiere una mujer, un hombre? ¿Qué quiere tal otro?
$--&gtS1 . Y Freud supo oír la respuesta: no
pertenece al orden de la necesidad, ni al de los roles a desempeñar, ni
al de las tareas por realizar, sino que concierne directamente al
deseo. Ahora bien, la respuesta freudiana es igual a la respuesta
histérica: quiere un amo, es decir, un padre en tanto que amo. Por
ello, en su escrito analítico, Freud salva, preserva, mantiene un padre
digno de ser amado, lo que se llama el padre idealizado. Según esta
lógica, Lacan pudo decir, contrariamente a lo que se cuenta de Freud:
«Lo que Freud preserva de hecho, si no de forma intencionada, es muy
precisamente lo que designa como lo más sustancial en la religión, a
saber: la idea de un padre todo-amor». ¿No es significativo que al
principio del famoso capítulo VII sobre la identificación en Psicología
de las masas Y análisis del yo, Freud plantee como primerísima
identificación del niño la identificación con el padre por amor? Esta
promoción freudiana del deseo histérico en el psicoanálisis no deja de
suscitar interrogantes. Lacan responde con una distinción radical entre
el padre y el amo. Para mantener esta distinción, leerá en Freud tres
órdenes, tres funciones, tres dimensiones, que él llama lo simbólico,
lo imaginario, lo real. Esta tríada, habrá sido, a lo largo de toda su
enseñanza, la vía por la cual Lacan responde a Freud acerca de la
función paterna.

Histeria Alemán: Hysterie. Francés: Hystérie. Inglés: Hysteria. La palabra histeria deriva del griego hystera (matriz,
útero); se trata de una neurosis caracterizada por cuadros clínicos
diversos. Su originalidad reside en el hecho de que los conflictos
psíquicos inconscientes se expresan en ella de manera teatral y en
forma de simbolizaciones, a través de síntomas corporales paroxísticos
(ataques o convulsiones de aspecto epiléptico) o duraderos (parálisis,
contracturas, ceguera). Las dos formas principales de histeria
teorizadas por Sigmund Freud son la histeria de angustia, cuyo síntoma
central es la fobia, y la histeria de conversión, en la que se expresan
a través del cuerpo representaciones sexuales reprimidas. Hay que
añadir otras dos formas freudianas de la histeria: la histeria de
defensa, que se ejerce contra los afectos displacientes, y la histeria
de retención, en la cual los afectos no llegan a expresarse mediante la
abreacción. La expresión histeria hipnoide pertenece al vocabulario de
Freud y Josef Breuer del período 1894-1895. También la empleó el
psiquiatra alemán Paul Julius Moebius (1853-1907). Designa un estado
inducido mediante hipnosis, que produce un clivaje en el seno de la
vida psíquica. La expresión histeria traumática pertenece al
vocabulario clínico de Jean Martin Charcot, y designa la histeria
consecutiva a un traumatismo físico. Ciertos términos (histeria,
inconsciente, sexualidad, sueño) están a tal punto ligados a la génesis
de la doctrina psicoanalítica, que se han convertido en "palabras
freudianas". Y así como los Estudios sobre la histeria, publicados en 1895, son considerados el libro inaugural del psicoanálisis, la histeria sigue siendo la enfermedad princeps y
proteiforme que no sólo hizo posible la existencia de una clínica
freudiana, sino también el nacimiento de una nueva mirada sobre la
feminidad. En este sentido, la noción remite tanto a los sufrimientos
psíquicos de las ricas burguesas de la sociedad vienesa, escuchados en
secreto por Freud, como a la miseria mental de las locas del pueblo,
exhibidas por Charcot en el escenario del Hospital de la Salpêtrière.
De una ciudad a otra, la histeria de fin de siglo hacía estremecer el
cuerpo de las mujeres europeas, síntoma de una rebelión sexual que
sirvió de motor a su emancipación política: "La histeria no es una enfermedad -subraya Gladys Swain-; es la enfermedad en estado puro, nada en sí misma, pero capaz de tomar la forma de todas las otras enfermedades. Es más estado que accidente: lo que hace a la mujer enferma por esencia." En griego, hystera significa
matriz. Para los antiguos, sobre todo Hipócrates, la histeria era una
enfermedad orgánica de origen uterino, y por lo tanto específicamente
femenina, que tenía la particularidad de afectar el cuerpo en su
totalidad con "sofocaciones de la matriz". En su Timeo, Platón
retomó la tesis hipocrática, subrayando que la mujer, a diferencia del
hombre, llevaba en su seno "un animal sin alma". Cercano a la
animalidad: tal fue durante siglos el destino de la mujer, y más aún el
de la mujer histérica. En la Edad Media , bajo la influencia de las
concepciones agustinianas, se renunció al enfoque médico de la
histeria, y la palabra misma dejó de emplearse. Las convulsiones y las
famosas sofocaciones de la matriz eran consideradas expresión de placer
sexual, y por lo tanto de pecado. Fueron entonces atribuidas a
intervenciones del diablo: un diablo engañador, capaz de simular las
enfermedades y entrar en el cuerpo de las mujeres para "poseerlas". La
mujer histérica se convirtió en la bruja, redescubierta de manera
positiva en el siglo XIX por Jules Michelet (1798-1874). En el
Renacimiento, médicos y teólogos se disputaron el cuerpo de las
mujeres. En 1487, con la publicación del Malleus maleficarum, la
Iglesia Católica Romana y la Inquisición se dotaron de un temible
manual que permitía "detectar" los casos de brujería y enviar a la
hoguera a todos sus representantes, en especial a las mujeres. Durante
dos siglos más, la caza de brujas hizo numerosas víctimas, aunque la
opinión médica intentaba resistir a esa concepción demoníaca de la
posesión. En el siglo XVI, el médico alemán Jean Wier (1515-1588) trató
de contrarrestar el poder de la Iglesia , y asumió la defensa de las
"poseídas", subrayando que no eran responsables de sus actos y que
había que considerar a las convulsivas de todo tipo como enfermas
mentales. En 1564, en Basilea, en plena guerra de religión, se publicó
un libro, De la impostura del diablo, que
tuvo una gran resonancia. Los teólogos vieron en él la huella de
Satanás, y el autor evitó a duras penas la persecución gracias a
príncipes que lo protegieron. Gregory Zilboorg considera a Jean Wier el
padre fundador de la primera psiquiatría dinámica. En realidad, fue con
Franz Anton Mesmer como se realizó, a mediados del siglo XVIII, el
pasaje de una concepción demoníaca de la histeria, y por lo tanto de la
locura, a una concepción científica. A través de la falsa teoría del
magnetismo animal, Mesmer sostuvo que las enfermedades nerviosas se
originaban en un desequilibrio de la distribución de un "fluido
universal". Bastaba entonces con que el médico, convertido en
"magnetizador", provocara crisis convulsivas en los pacientes, en
general mujeres, para curarlas mediante el restablecimiento del
equilibrio del fluido. De esta concepción nació la primera psiquiatría
dinámica, que le asignó el lugar de honor a las "curas magnéticas". La
histeria se sustrajo entonces a la religión, para convertirse en una
enfermedad de los nervios. Henri E Ellenberger señala que el pasaje de
lo sagrado a lo profano se produjo en 1775, cuando Mesmer obtuvo su
gran victoria sobre el exorcista Josef Gassner (?-1779), demostrando
que las curaciones obtenidas por este último dependían del magnetismo.
Durante todo ese período, la conjetura uterina no había dejado de ser
impugnada. Haciendo a un lado la posesión demoníaca, muchos médicos
pensaban que la enfermedad provenía del cerebro y que afectaba a los
dos sexos: de allí la idea de la existencia de una histeria masculina,
que Charles Lepois (1563-1633), médico francés originario de la ciudad
de Nancy, fue el primero en establecer en 1618. La hipótesis cerebral
conducía a una "desexualización" de la histeria, sin poner fin a la
vieja concepción de la animalidad de la mujer. No obstante, en el siglo
XVII, en lugar de la antigua sofocación de la matriz se pudo invocar el
papel de las emociones, de los "vapores", de los "humores", por otra
parte al punto de confundir en una misma entidad la histeria y la
melancolía: "Hasta fines del siglo XVIII -escribe Michel Foucault-,
hasta Pinel, el útero y la matriz siguieron estando presentes en la
patología de la histeria, pero gracias a la difusión por los humores y
los nervios, y no por un prestigio particular de su naturaleza. En
1859, antes de la entrada en escena de las tesis de Charcot, la
hipótesis cerebral fue afirmada una última vez por el médico francés
Pierre Briquet (1796-1881), que incorporó a la histeria fenómenos
"sociológicos" o "materiales" tales como las condiciones de vida y de
trabajo, los ciclos de la naturaleza e incluso el movimiento de los
astros. El advenimiento de la sociedad industrial (y sobre todo la
generalización del ferrocarril, con su cortejo de accidentes
traumáticos que afectaban en primer lugar a los
hombres) abrió el camino a un prolongado debate sobre la histeria
masculina. La revolución pineliana dio origen al alienismo moderno, y
puso fin a las tesis demonológicas, en beneficio de una concepción
psiquiátrica de la enfermedad mental, que incluía la histeria. Se
enfrentaron dos tendencias: por un lado, los sostenedores del
organicismo, y por el otro los partidarios de la psicogénesis. Para los
primeros, la histeria era una enfermedad cerebral de naturaleza
fisiológica o sustrato hereditario; para los segundos, una afección
psíquica, es decir, una neurosis. Este término, "neurosis" que hizo
carrera, había sido introducido en 1769 por un médico escocés, William
Cullen (1710-1790). Designaba las afecciones mentales sin origen
organico, calificándolas de "funcionales", es decir, sin inflamación ni
lesión del órgano donde aparecía el dolor. Esas afecciones eran
entonces enfermedades nerviosas. Paralelamente, sobre
las ruinas del magnetismo mesmeriano se desarrolló una corriente
terapéutica que, a través de la hipnosis, iba a desembocar en la
creación de las psicoterapias modernas, entre ellas la más innovadora:
el psicoanálisis. En 1840, todas las grandes organizaciones médicas
desalentaban los estudios sobre el magnetismo, y en Inglaterra, en
1843, el médico escocés James Braid (1795-1860) creó la palabra
hipnotismo (del griego hypnos: sueño). Él reemplazó
la antigua teoría fluídica por la idea de la estimulación
psíquico-químico-psicológica, demostrando así la inutilidad de una
intervención de tipo magnético. Al vincular el hipnotismo con la
neurosis, Charcot volvió a darle dignidad a la histeria. No sólo
abandonó la conjetura uterina, al punto de negarse a tomar en cuenta
oficialmente la etiología sexual, sino que, al hacer de la enfermedad
una neurosis, liberó a las mujeres histéricas de la sospecha de
simulación. La concepción moderna de la neurosis histérica vio la luz
al mismo tiempo que en el mundo occidental, entre 1880 y 1900, se
producía una verdadera epidemia de síntomas histéricos. Ahora bien,
escritores, médicos e historiadores estaban de acuerdo en ver en las
crisis de la sociedad industrial signos convulsivos de naturaleza
femenina. Las masas obreras eran tratadas de histéricas cuando
declaraban la huelga, mientras que en las multitudes se veían "tumres
uterinos" cuando amenazaban el orden establecido. Atribuida a una causa
traumática vinculada con el sistema genital, la histeria de Charcot
pasó a ser durante algún tiempo una enfermedad funcional, de origen
hereditario, que afectaba tanto a los hombres como a las mujeres. De
allí que se retomaran las tesis de Lepois sobre la existencia de una
histeria masculina, a la cual se atribuía un origen traumático: por
ejemplo, el accidente ferroviario. Teórico de la neurosis, Charcot no
utilizaba la hipnosis para curar o sanar a sus enfermos, sino para
demostrar sus hipótesis. Hipnotizando a las "locas" de la Salpêtrière ,
fabricaba experimentalmente síntomas histéricos, y los suprimía de
inmediato, demostrando el carácter neurótico de la enfermedad.
Hippolyte Bernheim, alumno de Ambroise Liébeault y jefe de la Escuela
de Nancy, lo acusó entonces de fabricar mediante sugestión síntomas
histéricos, y de atentar contra la dignidad de las enfermas; las
cuales, en lugar de ser atendidas, servían como cobayos para las
demostraciones de un maestro únicamente preocupado por la
clasificación. De hecho, en ese debate se enfrentaban dos grandes
corrientes del pensamiento médico. Proveniente de la neurología y de la
tradición del alienismo, la Escuela de la Salpêtrière , animada por un
ideal republicano y exaltadora de los "grandes patrones" transformados
en monarcas del saber, ponía la investigación teórica en el centro de
sus preocupaciones. La Escuela de Nancy, por el contrario, más
culturalista, pretendía ser una medicina de los pobres y los excluidos;
reivindicaba por lo tanto una tradición terapéutica en la cual el
bienestar de los enfermos prevalecía sobre todo lo demás. A la vez
teórico y terapeuta, Freud admiraba sin embargo mucho más a Charcot (a
quien consideraba un maestro) que a Bernheim. Pero se inspiró tanto en
la Escuela de la Salpêtrière como en la de Nancy para sostener, contra
los médicos de Viena (Theodor Meynert o Richard von Krafft-Ebing), las
hipótesis francesas. Su trayectoria fue dialéctica. Puso lado a lado
las tesis de Charcot y las de Bernheim, extrayendo lecciones
fructíferas de unas y otras. Si el primero había abierto el camino a
una nueva conceptualización de la histeria, el segundo, contra el
anterior, había encontrado el principio de su tratamiento psíquico.
Entre 1888 y 1893 Freud forjo un nuevo concepto de la histeria. Tomó de
Charcot la idea del origen traumático. Pero, en virtud de la teoría de
la seducción, afirmaba que el trauma tenía causas sexuales: la histeria
sería el fruto de un abuso sexual realmente vivido por el sujeto en la
infancia. A fines de siglo, todos los especialistas en enfermedades
nerviosas conocían la importancia del factor sexual en la génesis de
los síntomas neuróticos, sobre todo para la histeria. Pero ninguno de
ellos sabía teorizar esta observación. Y fue Freud quien resolvió la
cuestión. En un primer momento, hasta 1897, adoptó las ideas
compartidas por numerosos médicos de la época, y elaboró su teoría del
origen traumático (seducción real). En un segundo momento renunció a
ella, y desarrolló la concepción del fantasma, arrancando la idea de la
libido a la sexología. Tres hombres le habían sugerido el origen
traumático sexual: Charcot, Breuer y el ginecólogo vienés Rodulf
Chrobak (1843-1906). El primero le había murmurado en una oportunidad:
"En este caso, está siempre la cosa genital, siempre..." El segundo le
había hablado de "secretos de alcoba". El tercero, a propósito de una
paciente virgen después de dieciocho años de matrimonio, había
enunciado delante de él, en latín la prescripción siguiente: "Penis normalis, dosim repetatur". En
cuanto a la técnica terapéutica, Freud tomó de Bernheim la idea de la
sugestión, que a él no le gustaba. La abandonó más tarde, en provecho
de una elaboración de la noción de transferencia, después de haber
pasado del método catártico de Breuer al de la asociación libre. En los
Estudios sobre la histeria, obra magistral tanto por
su aporte teórico como por la exposición clínica de los historiales, se
presentaron los grandes conceptos de una nueva captación del
inconsciente: la represión, la abreacción, la defensa, la resistencia
y, finalmente, la conversión, que explicaba de qué modo una energía
libidinal se transformaba en una inervación somática, en una somatización con significación simbólica. Después de abandonar la teoría de la seducción, posteriormente a la publicación en 1900 de La interpretación de los sueños, Freud
reconoció el conflicto psíquico inconsciente como causa principal de la
histeria. Afirmó en consecuencia que las histéricas no sufrían ya de
"reminiscencias" como en los Estudios, sino de
fantasmas. Aunque en la infancia hubieran sido víctimas de abusos o
violencias, el trauma no podía ser la explicación única de la cuestión
de la sexualidad humana. Junto a la realidad material, afirmaba Freud,
hay una realidad psíquica igualmente importante en la historia del
sujeto. Asimismo, la conversión debía considerarse un modo de
realización del deseo: un deseo siempre insatisfecho. La teorización de
la sexualidad infantil le permitió después a Freud identificar el
conflicto "nuclear" de la neurosis histérica (la imposibilidad para el
sujeto de liquidar el complejo de Edipo y evitar la angustia de
castración, lo que lo llevaba a rechazar la sexualidad): "Considero sin
vacilar histérica -declaró Freud a propósito de Dora- a toda persona en
la cual una ocasión de excitación sexual provoca sobre todo y
exclusivamente repugnancia, sea que dicha persona presente o no
síntomas somáticos". La elaboración de estos diversos temas puede
advertirse en el modo en que Freud redactó en enero de 1901 el relato
de la cura realizada con Ida Bauer. Con el seudónimo de Dora, esta
joven iba a convertirse en el caso princeps de la
histeria en la concepción freudiana llegada a la madurez. Toda la
literatura posfreudiana habría de comentarlo tanto como al caso "Anna
O." (Bertha Pappenheim). En esa época, Freud sostenía no obstante que
la histeria, sin tener su fuente en un trauma, podía derivar de un
mecanismo hereditario. Estimaba en efecto que los descendientes de
personas afectadas de sífilis estaban predispuestos a neurosis graves.
Las epidemias histéricas de fines del siglo XIX contribuyeron a tal
punto al nacimiento y la expansión del freudismo, que la noción misma
de histeria desapareció del campo de la clínica. No sólo los enfermos
no presentaban ya los mismos síntomas, puesto que éstos habían sido
claramente reconocidos y desprendidos de toda simulación, sino que
cuando, por azar, estos síntomas reaparecían, no eran clasificados en
el registro de la neurosis, sino en el de la psicosis: se comenzó
entonces a hablar de psi cosis histérica, entidad que
Freud había descartado, pues se la mezclaba con la nueva nosografía
bleuleriana de la esquizofrenia. A partir de 1914, ya nadie se atrevía
a hablar de histeria: a tal punto la palabra estaba identificada con el
propio psicoanálisis. En Francia, el concepto fue desmembrado por los
dos principales alumnos de Charcot: Pierre Janet y Joseph Babinski. El
primero consideraba la histeria como un estrechamiento del campo de la
conciencia", y el segundo la reemplazó por el pitiatismo. Hubo que
aguardar la época perturbada de la Primera Guerra Mundial y la entrada
en escena de una nueva forma de etiología traumática para que
resurgiera el debate sobre la histeria a través de la discusión sobre
las neurosis de guerra. Más tarde, en Francia, el movimiento
surrealista reivindicó la "belleza convulsiva" para hacer de la
histeria el emblema de un arte nuevo, mientras que Jules de Gaultier
llamaba bovarysmo a una neurosis narcisista de connotación melancólica
(y fuerte contenido histérico). Jacques Lacan la utilizó con provecho
en su relato del caso "Aimée" (Marguerite Anzieu). Finalmente, después
de la Segunda Guerra Mundial, la expresión "histeria de conversión"
recobró un vigor particular con el desarrollo de los trabajos de la
medicina psicosomática de inspiración psicoanalítica (Franz Alexander,
Alexander Misteberlich). En cuanto a la idea de personalidad histérica,
heredada del concepto de personalidad múltiple, hizo carrera a partir
de la década de 1960, cuando se iniciaron los grandes debates
norteamericanos e ingleses sobre la Self Psychology y el bordeline state (estados límite).

Histeria   s. f. (fr. hystérie; ingl. hysteria; al. Hysteríe). Neurosis caracterizada por el polimorfismo de sus manifestaciones clínicas. La fobia, llamada a veces histeria de angustia, debe ser distinguida de la histeria cle conversión. Esta
última se distingue clásicamente por la intensidad de las crisis
emocionales y la diversidad de los efectos somáticos, ante los cuales
fracasa la medicina. El psicoanálisis contemporáneo pone el acento en
la estructura histérica del aparato psíquico, engendrada por un
discurso, y que da lugar a una economía así como a una ética
propiamente histéricas. La histeria en la primera tópica freudiana.
Freud se desprende ante todo de una concepción innatista y adopta la
idea de una neurosis adquirida. Plantea el problema etiológico en
términos de cantidad de energía: la histeria se debe a un «exceso de
excitación». En los Estudios sobre la histeria (1895)
se afirma el parentesco del mecanismo psíquico de los fenómenos
histéricos con la neurosis traumática: «La causa de la mayoría de los
síntomas histéricos merece ser calificada de trauma psíquico».
Habiéndose hecho autónomo el recuerdo de este choque, actúa a la manera
de un «cuerpo extraño» en el psiquismo: «La histérica sufre de
reminiscencias». En efecto, el afecto ligado al episodio causal no ha
sido abreaccionado, es decir, no ha encontrado una descarga de energía
por vía verbal o somática, porque la representación psíquica del trauma
estuvo ausente, estuvo prohibida o era insoportable. La escisión del
grupo de representaciones incriminadas constituye entonces el núcleo de
un «segundo conciente» que infiltra al psiquismo durante las crisis o
que inerva una zona corporal formando un síntoma permanente: neuralgia,
anestesia, contractura, etc. El mecanismo de defensa que preside la
formación del síntoma histérico es calificado entonces de «represión de
una representación incompatible con el yo». Paralelamente, Freud afirma
que el trauma en cuestión está siempre ligado a una experiencia sexual
precoz vivida con displacer, comprendiendo en ello a los varones, lo
que libera a la histeria de su condición exclusivamente femenina. Con
posterioridad, Freud pensará que había sobrestimado la realidad
traumática en detrimento del fantasma de la violencia perpetrada por un
personaje paterno. La concepción freudiana requiere algunas
precisiones: supone que la relación psique-soma es de dos lugares,
ocupando la psique la posición superior, y separados ambos lugares por
una barra franqueable por una representación psíquica. Freud descubre
así en la histeria una «solicitación somática», una especie de llamada
del cuerpo a que una representación reprimida venga a alojarse en él.
De este modo, Freud invitaba al abandono del debate clásico entre
psicogénesis y organicismo en la histeria: el problema planteado por
esta neurosis es el del encuentro entre el cuerpo biológico y el
«representante pulsional», que es del orden del lenguaje, es decir, un
significante. El síntoma entonces es un mensaje ignorado por su autor,
que es preciso entender en su valor metafórico, e inscrito en
jeroglíficos sobre un cuerpo enfermo en tanto parasitado. La segunda
tópica de Freud. Las dificultades encontradas en la cura llevaron a
Freud a establecer la segunda tópica del aparato psíquico. Nuevos
estudios prometidos sobre la histeria, sin embargo, nunca vieron la
luz. La pertinencia de la clínica freudiana aparece en diversos textos
y es puesta de relieve por la relectura de J. Lacan, gracias a los
instrumentos conceptuales que propuso. Así, el análisis del sueño
llamado «de la bella carnicera», publicado en La interpretación de los
sueños (1900), le permite a Freud afirmar que esta soñante histérica se
ve obligada a crearse un «deseo insatisfecho»: ¿por qué no quiere el
caviar que sin embargo desea? Para reservar así el lugar del deseo en
tanto este no se confunde ni con la demanda del amor ni con la
satisfacción de la necesidad. La falta constitutiva del deseo está
empero articulada a través de una demanda con el lugar del Otro,
definido como lugar simbólico del lenguaje. Esta falta está en el Otro,
articulación significante de la falta de objeto como tal cuyo
significante es el falo. De este modo, el deseo de la histérica revela
la naturaleza general del deseo de ser deseo del Otro. Además, este
sueño es propiamente el de una histérica, que no accede al deseo sino
por el rodeo de la identificación imaginaria con una amiga,
identificación que conduce a una apropiación del síntoma de un
semejante por medio de un razonamiento inconciente por el que la
histérica se atribuye motivos análogos para estar enferma. El texto de
este sueño, puesto en relación con el caso Dora, permite avanzar un
paso más. Dora presentaba numerosos síntomas ligados a la relación
compleja que su padre y ella misma mantenían con la pareja de los K.:
lazo amoroso platónico disimulado de su padre y de la Sra. K., cortejo
a veces apremiante pero secreto del Sr. K. hacia Dora. El análisis de
Dora fue orientado por Freud hacia el reconocimiento de su deseo
reprimido por el Sr. K. Esto le permitió mostrar la importancia, en el
establecimiento de la histeria, del amor por el padre impotente,
secuela edípica interpretada aquí como defensa actual contra el deseo.
Pero Freud reconocerá haber omitido la dimensión homosexual del deseo
histérico, de ahí el fracaso de la cura. Para Lacan, se trata de una
«homosexualidad» que es preciso entender en este caso como
identificación con el hombre, el Sr. K., por cuyo intermedio la
histérica se interroga sobre el enigma de la femineidad: «Es así como
la histérica se experimenta a sí misma en los homenajes dirigidos a
otra, y ofrece la mujer en la que adora su propio misterio al hombre
cuyo papel pretende sin poder nunca gozar de él. En una búsqueda sin
descanso de lo que es ser una mujer...» (Escritos, 1966). La histeria
después de Freud. El establecimiento ulterior de la estructura de los
discursos basada en un juego de cuatro elementos, el sujeto, el
significante amo, el del saber inconciente y el objeto causa del deseo,
le ha permitido a Ch. Melman proponer unos Nuevos estudios sobre la histeria [Nouvelles études sur l'ystérie, 1984] . Melman
destaca que la represión propia de la histérica sería de hecho una
seudo-represión. En efecto, si, como ya lo sostenía Freud, la niña pasa
por una fase en la que debe renunciar a la madre y por lo tanto conoce
la castración tanto como el varón, el establecimiento de la femineidad
supone en cambio un segundo tiempo en el que ella reprime parcialmente
la actividad fálica a la que la castración parecía autorizarla.
«Adelantamos aquí la hipótesis de que la represión recae electivamente
sobre el significante amo, aquel que el sujeto eventualmente invoca
para interpelar al objeto». Esta represión sería la primera mentira del
síntoma histérico, pues se hace pasar por una castración (real y no
simbólica) demandada por el Otro, la que es fuente de la idea de que
pueda haber un fantasma propio de la mujer. De este modo, la represión
del significante amo reorganiza la castración primera y la hace
interpretar como privación del medio de expresión del deseo. La
sintomatología histérica «está ligada a partir de allí al resurgimiento
del significante amo en el discurso social, que sugiere la idea de
violación», y el cuerpo mima la posesión por un deseo totalizante cuyos
significantes se inscriben en él como en una página. ¿Por qué entonces
no es histérica toda mujer? Porque la histérica interpreta el
consentimiento a la femineidad como un sacrificio, un don hecho a la
voluntad del Otro al que así consagraría. Desde allí, se inscribe en un
orden que prescribe tener que gustar y no desear. Opone a los que
invocan el deseo un «nuevo orden moral» regido por el amor de un padre
enfermo e impotente cuyos valores son el trabajo, la devoción y el
culto de la belleza. Nacería así una nueva humanidad «igualitaria en
tanto igual en lo sublime y en tanto desembarazada de la castración».
Se deduce de ello una economía general de la histeria, que pone en
evidencia dos formas clínicas aparentemente paradójicas: «Una. es una
forma depresiva, en la que el sujeto se vive como extraño al mundo y
rehusa toda afirmación y todo compromiso, la otra es una forma esténica
[activa, fuerte, lo contrario de asténica], en la que el sujeto hace de
su sacrificio el signo de una elección». La histérica puede entonces,
alternadamente, consagrarse a los hombres, rivalizar con ellos,
remplazarlos cuando los juzga muy mediocres, «hacer de hombre» no
castrado a imagen del Padre. Es así apta para sostener todos los
discursos constitutivos del lazo social, pero «marcados con la pasión
histérica», que busca regir a todos. La contradicción reside en que,
interpelando a los amos y trabajando para abolir los privilegios,
reclama al propio tiempo a aquel que sería tan potente como para abolir
la alteridad. Debe destacarse que la histeria masculina depende de los
mismos discursos: la economía y la ética. Se caracteriza por la
decisión de un joven de ubicarse del lado de las mujeres y de cumplir
su virilidad por el camino de la seducción, como criatura excepcional y
enigmática. Masculina o femenina, «la pasión histérica se sostiene en
la culpa que agobia al sujeto cuando se acusa de haber faltado a la
castración» y ser así una mancha en el universo. Se hace responsable de
la imposíble adecuación natural de los hombres y las mujeres desde que
son «hombres» y «mujeres» por el lenguaje. Por eso la histeria estuvo
en el origen del psicoanálisis, y el discurso histérico sigue siendo el
desfiladero necesario para toda cura.