try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

EL DESTETE (1936)


EL DESTETE (1936)

 

Uno de los descubrimientos fundamentales y de más largo alcance
con respecto a la historia del hombre es el realizado por Freud y que postula
la existencia de una parte inconsciente de la mente cuyo núcleo se desarrolla
en la más temprana infancia. Los sentimientos y fantasías infantiles
dejan sus huellas en la mente, huellas que no desaparecen sino que se almacenan,
permanecen activas y ejercen una continua y poderosa influencia
sobre la vida emocional e intelectual del individuo adulto. Los tempranos
sentimientos se experimentan en relación a estímulos externos e internos.
La primera satisfacción que el niño tiene proviene del mundo externo y
consiste en ser alimentado. El análisis ha demostrado que sólo una parte de
la satisfacción deriva del hecho de aliviar su hambre; otra parte, no menos
importante, proviene del placer que experimenta el bebé cuando su boca es
estimulada al succionar el pecho de su madre. Este aspecto es una parte
esencial de la sexualidad del niño. También se experimenta placer cuando
el flujo tibio de la leche desciende por la garganta y llena el estómago.
El bebé reacciona a los estímulos displacenteros y a la frustración de
su placer. con sentimientos de odio y agresión. Estos sentimientos se dirigen
hacia los mismos objetos que proveen el placer: los pechos de la madre.
El trabajo analítico ha probado que aun niños de pocos meses de
edad construyen fantasías. Creo que ésta es la actividad mental más primitiva
y que estas fantasías existen en la mente de los bebés prácticamente
desde el nacimiento. Parecería que, a cada estímulo que recibe, el bebé
responde con fantasías; a los estímulos displacenteros, aun la mera frustración,
con fantasías agresivas y a los estímulos gratificantes con fantasías
placenteras.
Como afirmé previamente, el objeto de todas estas fantasías es el
pecho materno. Parecerá curioso que el interés del bebé se limite sólo a
una parte de la persona y no a toda la persona; pero debemos tener presente
que en esta etapa su percepción, tanto física como mental, es muy limitada
y además que sólo se preocupa del hecho fundamental de satisfacerse de
inmediato, o bien de que no está siendo satisfecho, lo que Freud denominó
el "principio del placer-displacer". Es de este modo como el pecho de la
madre, que gratifica o priva de la gratificación, se torna en la mente del
bebé en "bueno'' o "malo". Lo que denominamos pecho "bueno" se convierte
en el prototipo de lo que a lo largo de la vida será beneficioso y bueno,
mientras que el pecho "malo" representa todo lo malo y lo persecutorio.
Esto podemos explicarlo considerando que cuando el niño dirige su odio
contra el pecho frustrador o "malo" le atribuye todo su propio odio activo
mediante un proceso denominado proyección
Pero existe, al mismo tiempo, otro proceso de gran importancia, el
proceso de introyección. Este último significa la actividad mental del bebé
mediante la cual, en su fantasía, toma en sí mismo aquello que percibe en
el mundo externo. Sabemos que en esta etapa el niño recibe sus mayores
satisfacciones a través de la boca, la que se convierte en la vía principal
por la cual no sólo ingiere el alimento sino que, mediante la fantasía, introduce
el mundo externo. No sólo la boca lleva a cabo este proceso de "introducir",
sino en cierto modo todo el cuerpo con sus sentidos y funciones,
como por ejemplo cuando el bebé inspira o introduce a través de los ojos,
los oídos, mediante el tacto, etc. Al principio el pecho materno es el objeto
de su constante deseo y por consiguiente es lo primero en ser introyectado.
En su fantasía, el niño succiona el pecho dentro de sí, lo mastica y lo traga;
de ese modo siente que lo tiene dentro y que posee el pecho materno tanto
en sus aspectos buenos como malos.
Este enfoque y ligamen a una parte de la persona es característico de
esta temprana etapa del desarrollo, y da cuenta en gran parte de la naturaleza
fantaseada e irreal de su relación con muchas cosas, por ejemplo con
partes de su cuerpo, personas y objetos inanimados, todos los cuales al
comienzo sólo son percibidos tenuemente. En los primeros dos o tres meses
de vida se puede describir el mundo objetal del lactante como formado
por partes o porciones del mundo real gratificantes o bien hostiles y persecutorias.
Es aproximadamente en esta edad cuando comienza a percibir a
su madre y a otros de su entorno como "personas totales". Gradualmente
conecta su rostro, o los rostros que lo miran, con la mano que lo acaricia y
con el pecho que lo satisface; es entonces cuando se afirma su capacidad
de percibir "totalidades" (cuando se reasegura y adquiere confianza en el
placer brindado por "personas totales") y puede ampliar su percepción totalizadora
al mundo externo.
En esta época se llevan a cabo también otros cambios en el bebé.
Cuando tiene unas pocas semanas de vida se puede observar que disfruta
períodos de su vigilia; a juzgar por las apariencias, se siente muy feliz. Parece
ser que en ese momento disminuyen los estímulos demasiado intensos
(hasta la defecación, por ejemplo. es sentida al comienzo como displacentera)
y se va logrando una mejor coordinación de las funciones corporales.
Esto lleva a una mejor adaptación no sólo física sino también mental, a los
estímulos externos e internos. Se puede inferir que estímulos que al comienzo
eran dolorosos ya no lo son, y hasta algunos se tornan placenteros.
El hecho de que la falta de estímulos pueda experimentarse ahora como
placentera muestra que ya no depende tanto ni es tan conmovido por estímulos
dolorosos ni está ávido de estímulos placenteros vinculados a la gratificación
inmediata de la alimentación, puesto que su mejor adaptación
permite que su necesidad sea menos urgente 1 .He explicado cómo las tempranas
fantasías y temores de persecución están conectadas con los pechos
hostiles y he desarrollado cómo se despliegan las fantásticas relaciones objetales
del bebé. Las primeras experiencias con estímulos displacenteros
externos e internos sientan la base para las fantasías sobre objetos hostiles
externos e internos y contribuyen en gran parte a la construcción de dichas
fantasías 2 . En las primeras etapas del desarrollo mental todo estímulo displacentero
aparentemente está ligado a las fantasías del bebé de un pecho
"hostil" o frustrante, y por otra parte todo estímulo placentero está relacionado
con el pecho "bueno" gratificante. Nos encontramos, pues, con dos
círculos, uno benevolente y el otro malvado, ambos basados en el interjuego
de factores externos o ambientales y factores psíquicos internos; es decir,
que toda disminución en la cantidad o la intensidad de estímulos dolorosos,
o bien todo incremento en la capacidad de adaptarse a ellos, ayudará
a disminuir la fuerza de fantasías de naturaleza terrorífica. A su vez, la
disminución de estas fantasías permitirá que el niño progrese en su adaptación
a la realidad, lo que a su vez disminuirá aun más las fantasías aterrorizantes.
Para un adecuado desarrollo de la mente del bebé, es importante que
caiga bajo la influencia del círculo benevolente descripto; cuando lo hace,
logra formarse una idea de su madre como persona, y esto a su vez implica
cambios muy importantes en su desarrollo emocional e intelectual.
Ya he mencionado que fantasías y sentimientos de naturaleza erótica,
sean agresivos o gratificantes, fusionados en gran parte (fusión que se
denomina sadismo), desempeñan un papel dominante en la temprana vida
del bebé. Al principio están centrados en los pechos de la madre, pero gradualmente
se extienden a todo su cuerpo. Fantasías y sentimientos ávidos,
eróticos y destructivos toman como objeto el interior del cuerpo materno y,
en su imaginación, el bebé lo ataca, roba todos sus contenidos y los come.
Al comienzo, las fantasías destructivas son de succión. Algo de esto
se evidencia en el modo vigoroso con que maman algunos bebés, aun
cuando la leche sea abundante. A medida que se acerca la dentición, las
fantasías van adquiriendo un contenido que implica morder, rasgar, masticar
y así destruir el objeto. Muchas madres observan que mucho antes de la
dentición aparecen estas tendencias, las que, según lo prueba la experiencia
psicoanalítica, se acompañan de fantasías indudablemente canibalísticas.
La naturaleza destructiva de estas fantasías y sentimientos alcanza toda
su magnitud cuando el niño percibe a su madre como persona total, como
lo prueba el análisis de niños pequeños.
Al mismo tiempo, experimenta un cambio en su actitud emocional
hacia la madre. El lazo placentero con el pecho se transforma en sentimientos
hacia la madre como persona. De ese modo se experimentan sentimientos
amorosos y destructivos hacia la misma persona, lo que provoca profundos
y perturbadores conflictos en la mente infantil.
Creo que es muy importante para el futuro del niño que pueda progresar
desde sus tempranos temores persecutorios y la relación objetal fantaseada,
a la relación con la madre como persona total y amorosa. Cuando
lo logra, surgen sin embargo sentimientos de culpa respecto de sus impulsos
destructivos que teme sean peligrosos para su objeto amado.
El hecho de que en esta etapa del desarrollo el niño no pueda controlar
su sadismo, que se alimenta de cualquier frustración, agrava aun su
conflicto y su preocupación por su amada madre. Una vez más es muy importante
que el niño pueda manejar satisfactoriamente estos sentimientos
conflictivos de amor, odio y culpa, que surgen en esta nueva situación. Si
los conflictos son insoportables, el niño no puede establecer una relación
feliz con su madre y queda abierta una brecha para futuros fracasos en su
desarrollo. Deseo mencionar la existencia de depresiones anormales o inesperadas
en los bebés, cuya fuente profunda considero que es el fracaso
en manejar satisfactoriamente esos conflictos tempranos.
Pero veamos ahora qué sucede cuando los sentimientos de culpa y el
miedo a que su madre muera (temor que surge como resultado de sus deseos
inconscientes de muerte) pueden ser adecuadamente tolerados por el
bebé. Creo que esos sentimientos tienen alcances muy extensos en lo que
respecta al futuro bienestar mental del niño, su capacidad de amar y su desarrollo
social. De ellos deriva el deseo de reparar que se expresa en numerosas
fantasías de salvar a la madre y ofrecerle todo tino de desagravios.
He descubierto en el análisis de los temores de tener dentro de si figuras
malas y de estar gobernado niños que esas tendencias a la reparación constituyen
las fuerzas impulsoras de todas las actividades constructivas y del
desarrollo social. Las encontramos en las primeras actividades lúdicas y en
el fundamento de la satisfacción del niño en todos sus logros, aun los más
simples, como por ejemplo colocar un bloque sobre otro, o levantarlo si se
ha caído. Esto se debe en parte a que esos logros se derivan de la fantasía
inconsciente de reparar a alguna persona o personas a quienes ha dañado
en su fantasía. Pero aun más tempranamente, logros tales como jugar con
sus dedos, encontrar algo que se ha alejado de él, ponerse de pie y toda clase
de movimientos voluntarios están ligados, según mi opinión, con fantasías
en las que el elemento reparatorio ya está presente.
El psicoanálisis de niños muy pequeños (he analizado niños entre
uno y dos años) demuestra que bebés de meses conectan sus heces y orines
con fantasías en las que simbolizan regalos, y no sólo regalos como muestra
de afecto a sus madres, sino que tienen la propiedad de reparar. Por otra
parte, cuando predominan los sentimientos destructivos, el niño en su fantasía
defecará y orinará con odio y utilizará esos elementos como agentes
hostiles. Por consiguiente, los excrementos producidos con sentimientos
afectuosos son utilizados en la fantasía para reparar las injurias inferidas
por ellos mismos en momentos de enojo.
Es imposible en este trabajo exponer adecuadamente la conexión
entre las fantasías agresivas, el miedo, los sentimientos de culpa y el deseo
de reparar; sin embargo, he tocado este tópico porque deseo señalar que los
sentimientos agresivos, que tanto perturban la mentalidad infantil, son al
mismo tiempo muy importantes para su desarrollo.
Ya he mencionado que el niño introduce dentro de sí, es decir, introyecta
mentalmente, el mundo externo tal como lo percibe. Primero introyecta
el pecho bueno y malo y luego gradualmente la madre total, también
concebida como madre buena y mala. Conjuntamente introyecta además al
padre y a otras personas del ambiente en menor grado; pero del mismo
modo que la madre, a medida que pasa el tiempo estas figuras van adquiriendo
mayor importancia e independencia en la mente del niño. Si el niño
logra implantar dentro de si una madre afectuosa y que lo ayuda, esta madre
internalizada será una influencia muy beneficiosa a lo largo de su vida.
Aunque normalmente esta influencia cambiará de carácter a medida que se
desarrolle su mente, se la puede comparar en importancia con el lugar que
ocupa la madre real para la vida del recién nacido. No quiero significar con
esto que los padres buenos "internalizados" serán así experimentados de
manera consciente (aun el sentimiento del bebé de poseer la madre dentro
de sí es profundamente inconsciente), sino tan sólo que algo dentro de la
personalidad es sabio y bondadoso; esto fomenta la confianza en uno mismo
y ayuda a combatir y superar los temores de tener dentro de sí figuras
malas y de estar gobernado por un odio incontrolable, más aun, enseña a
confiar en las personas más allá del círculo familiar.
Como ya he señalado, el niño experimenta toda frustración de modo
muy agudo y si bien simultáneamente se lleva a cabo una progresiva adap-
tación a la realidad, la vida emocional del niño está dominada por el ciclo
de gratificación-frustración, siendo los sentimientos de frustración de naturaleza
muy compleja. El doctor Ernest Jones sostiene que la frustración
siempre se experimenta como privación; si el bebé no obtiene lo que desea
siente que la madre mala que tiene poder sobre él lo retiene.
Respecto del tema principal de trabajo podemos ahora decir que
cuando el bebé desea el pecho y éste no está es como si lo hubiese perdido
para siempre. Puesto que la concepción del pecho se extiende a la madre,
el sentimiento de haber perdido el pecho lleva al temor de haber perdido a
la madre amada y esto significa no sólo la madre real sino también la madre
buena internalizada. Según mi experiencia, este temor a la pérdida total
del objeto bueno (internalizado y externo), se mezcla con sentimientos de
culpa de haberla destruido (haberla comido) y entonces el bebé siente su
pérdida como un castigo por su horrible acción. De ese modo se asocian a
la frustración sentimientos dolorosos y conflictivos que a su vez convierten
una simple frustración en algo tan punzante. La experiencia del destete refuerza
enormemente estos sentimientos dolorosos y mantiene esos temores.
En la medida en que el niño nunca posee el pecho en forma ininterrumpida
y cada tanto experimenta su pérdida, podríamos decir que en un cierto sentido
es constantemente destetado o está en una situación que lleva al destete.
Sin embargo, el momento crucial es aquel en que la pérdida del pecho o
del biberón es total e irrevocable.
Citaré un caso observado por mi en el cual los sentimientos vinculados
a esta pérdida se muestran con claridad. Cuando Rita, que tenía dos
años y nueve meses, vino al análisis, era una niña muy neurótica con toda
clase de miedos y grandes dificultades para venir; tenía depresiones y sentimientos
de culpa nada infantiles y muy notorios. Estaba muy apegada a
su madre, evidenciando a veces un amor exagerado y otras un gran antagonismo.
Cuando vino a verme todavía tomaba un biberón a la noche y la
madre me informó que debió continuar dándoselo pues la niña se mostraba
muy perturbada cuando intentaba suspenderlo. El destete de Rita había sido
muy difícil, fue amamantada unos meses y luego, con gran dificultad, se
le dio biberón, que al comienzo no quiso aceptar. Luego se había acostumbrado
y una vez más tuvo grandes dificultades al tener que reemplazarlo
por comida sólida.
Cuando durante el análisis se le suspendió ese último biberón, se
desesperó. Perdió el apetito, no quería comer, se apegó más y más a la madre,
preguntando constantemente si la quería, si se había portado mal, etc.
No era un problema de dieta, puesto que la leche sólo era una parte de lo
que comía y ahora el cambio consistía en que se la ofrecían en vaso. Yo
había aconsejado a la madre que fuese ella misma quien le diera la leche
con una o dos galletitas, junto a su cama o bien teniéndola en la falda. Pero
la niña se negaba a tomarla. Su análisis reveló que su desesperación se debía
al temor de que la madre se muriese o al temor de que la madre la castigase
cruelmente por su maldad. Lo que consideraba su "maldad" eran sus
deseos inconscientes pasados y presentes de que la madre se muriese. Estaba
abrumada por la angustia de haber destruido, especialmente de haber
comido, a su madre; y la pérdida del biberón era vivida como una confirmación.
El mirar a la madre no aliviaba sus temores, hasta que éstos fueron
resueltos mediante el análisis. En este caso, los tempranos temores persecutorios
no fueron superados y por consiguiente no se estableció una relación
personal con la madre. Su fracaso se debía en parte a su incapacidad
de resolver sus conflictos, y por otra parte a la conducta de su madre, que
era sumamente neurótica (y esto último también formaba parte del conflicto
interno).
Es evidente que una buena relación entre el niño y la madre es de
gran valor cuando surgen estos conflictos básicos y durante su elaboración.
Debemos tener presente que, en el momento crítico del destete, el bebé
pierde su objeto "bueno", es decir, lo que más ama. Todo lo que haga menos
dolorosa la pérdida de un objeto "bueno" externo, y disminuya el temor
a ser castigado, ayudará a que el niño preserve la confianza en su objeto
bueno interno. Al mismo tiempo prepara el camino para que el niño, pese
a la frustración, conserve una feliz relación con su madre real y establezca
relaciones placenteras con otras personas. Logrará entonces satisfacciones
que reemplazarán la que perdió.
¿Qué podemos hacer para ayudar al niño en esta difícil tarea? Las
medidas comienzan desde el nacimiento.