El lugar de la monarquía (1970)
Me propongo examinar el lugar de la monarquía en Gran Bretaña. Aunque no poseo un conocimiento
particular de la bibliografía sobre la institución monárquica ni me especializo en historia, creo tener una excusa
válida para mi intento, y es que la monarquía es algo con lo que convivimos y sobre lo que nos mantenemos
constantemente informados a través de la televisión, la prensa popular, las conversaciones con los choferes de
taxi y el intercambio de opiniones con los amigos en el bar. Vivo muy cerca del Palacio de Buckingham y me
entero, viendo izada la bandera, de que la reina está en él. Pero la pregunta permanente y vital que todo el
mundo se formula hoy en Gran Bretaña es: ¿Ha salvado Dios a la reina? Lo que hay detrás es el dicho "¡El rey
ha muerto, que viva el rey!", importante porque implica que la monarquía sobrevive a la muerte del monarca
reinante. Este es el punto capital.
Como se habrá advertido, aunque no soy demasiado sentimental en lo que respecta a la realeza y las familias
reales, tomo muy en serio la existencia de la monarquía, puesto que creo que sin ella la vida en Gran Bretaña
sería muy diferente, sin entrar a considerar esta otra cuestión: ¿un sistema distinto de gobierno sería mejor o
peor? Sin entrar a considerar tampoco los complejos aspectos de una evaluación objetiva de la cualidades
personales de un rey o una reina determinados.
Como paso preliminar a la reflexión sobre la monarquía y su lugar en la comunidad, es natural que nos
formulemos esta pregunta: ¿qué dice la gente común cuando se la aborda de manera adecuada y se le da la
oportunidad de expresar una opinión personal? En su mayoría manifiestan dos tipos de actitud: la que se basa
en los sentimientos y la conversacional.
La actitud conversacional es la que encuentra expresión en el juego que llamamos hablar. La verbalización nos
permite explorar muchas posibilidades, y en un debate podemos sostener simultáneamente opiniones opuestas
y discutir sólo por placer. En este tipo de exposición de actitudes, sin duda valioso, la mayoría de las personas
deja de lado la tremenda complicación que significan las motivaciones inconscientes. Al inconsciente se lo
considera una molestia, algo que arruina la diversión. El inconsciente tiene que ver con el psicoanálisis y con
el tratamiento de las personas enfermas. En el bar decimos lo que creemos saber y aportamos racionalizaciones
que pasan por razones. Y es preferible que no tomemos las cosas demasiado en serio, ya que si lo hiciéramos
tal vez nos encontraríamos haciendo el amor o la guerra antes de haber tenido tiempo de decir "amén". La
conversación seria, sin embargo, es prueba de civilización, y debe exhortarse a quienes conversan a que tomen
en cuenta el inconsciente. La actitud basada en los sentimientos, siendo, como es, una respuesta total, incluye
al inconsciente. Pero las personas no pueden, de buenas a primeras, actuar de acuerdo con lo que sienten como
personas totales.
En la actitud verbalizada respecto del lugar de la monarquía en nuestra cultura, demasiado a menudo la
cuestión de la realeza es tratada como un cuento de hadas. Algunos piensan que ese cuento de hadas es
agradable, satisfactorio, y que enriquece nuestra vida cotidiana. Otros, que es una práctica escapista, que
debilita nuestra decisión de cambiar lo que hay de malo en la economía, de hacer algo respecto de las
viviendas malas o inadecuadas, la soledad de los ancianos, el desvalimiento de los disminuidos físicamente, la
miseria y la pobreza o la tragedia de las persecuciones motivadas por prejuicios. Tal actitud puede resumirse
en la palabra "escapismo", y sobre esta base se condena el cuento de hadas.
En estrecha correspondencia se encuentra el término "sentimental", que califica la actitud de quienes nunca
despiertan del todo a la realidad, no son capaces de ver el horror de los tugurios y se refugian en la ficción.
Los que emplean el término "escapismo" desprecian a los sentimentales; éstos no saben qué hacer exactamente
con los del otro bando, hasta que un día, perplejos, se encuentran involucrados en una situación política, por
ejemplo en una revolución que para ellos carece de sentido.
El uso inconsciente de la monarquía
La suposición en que se apoya lo que estoy diciendo es difícil de comprender o imaginar. Concierne a la base
de la existencia del individuo humano y al aspecto más fundamental de las relaciones objetales. El axioma es el
siguiente: lo que es bueno siempre está siendo destruido. Esto incluye el concepto de intención inconsciente.
La verdad que encierra es de algún modo similar a la que encierra el dicho "La belleza está en el ojo del que
contempla" (1).
Esta es una de las realidades de la vida. Se observa en nuestro himno nacional: "¡Dios salve a la reina (al rey)!"
¿Los salve de qué? Es fácil pensar que se alude a salvarlos de algún enemigo, aunque el tema se trata
debidamente en otros versos. (Lo de "sus viles triquiñuelas" suena divertido, pero sabemos que no es lo
esencial del asunto.) A lo que los seres humanos no pueden dejar en paz es a lo bueno: tienen que conseguirlo
y destruirlo.
Supervivencia que no depende de la preservación
Es pertinente preguntarse: ¿por qué existen las cosas buenas si su existencia y su bondad provocan a la gente y
pueden llevar a que se las destruya? Hay una respuesta que alude a las cualidades de las cosas buenas: éstas
pueden sobrevivir. La supervivencia es posible gracias a las propiedades de las cosas buenas que
permanentemente están siendo destruidas. Porque sobreviven se las ama, se las valora e incluso se las venera.
Han superado la prueba de que se las usara despiadadamente y de haber sido el objetivo, que no hicimos nada
por proteger, de nuestros impulsos e ideas más primitivos.
La monarquía es puesta a prueba constantemente. Puede sobrevivir en los momentos difíciles gracias al apoyo
de los realistas o los legitimistas, pero en última instancia todo depende de los reyes y las reinas, cuya
ascensión al trono no es el fruto de una decisión personal.
Aquí es donde interviene el principio hereditario. Ese hombre (o esa mujer) no ocupa el trono porque así lo
haya decidido, ni porque lo hayamos decidido nosotros, ni porque haya sido votado o tenga méritos para
ocuparlo, sino por derecho de herencia.
Vistas las cosas de ese modo, es casi un milagro que la monarquía haya subsistido en Gran Bretaña por más de
un milenio. Ha habido momentos de incertidumbre, falta de herederos, personas no queridas o no queribles
entronizadas de grado o por fuerza, y se ha derramado sangre de reyes. Pero muy pocas veces cesó la
monarquía; tanto es así que inmediatamente pensamos en Cromwell, quien quizás haya contribuido a hacer
comprender al país que un buen dictador puede ser peor que un mal rey.
Dos consideraciones importantes inspira el hecho de que sobreviva una cosa buena que ha estado expuesta a
toda la gama de sentimientos sin contar con protección (la cual implicaría la inhibición de los impulsos y la
postergación del momento de la verdad, de la prueba real).
I.
Una de estas consideraciones se refiere a los individuos involucrados en cada momento. La supervivencia de la
cosa (en este caso la monarquía) la hace valiosa y permite que gente de todo tipo y edad advierta que la
voluntad de destruir no tiene que ver con el odio sino con una clase primitiva de amor, y que la destrucción
sólo ocurre en la fantasía inconsciente o en los sueños que cada uno forja mientras duerme. Si la cosa es
destruida, lo es en la realidad psíquica interna personal. En la vida de vigilia, la supervivencia del objeto, sea
cual fuere, produce alivio y un sentimiento de confianza desconocido hasta entonces. Queda en claro que, a
causa de sus propias cualidades, las cosas pueden sobrevivir, a pesar de nuestros sueños y de la escenografía de
destrucción de nuestra fantasía inconsciente. El mundo comienza a existir como un lugar por derecho propio;
un lugar en el que vivir y no un lugar temible o en el que uno se sienta coartado o perdido o con el que se deba
tratar sólo en los momentos de ensoñación o fantaseo.
Gran parte de la violencia que hay en el mundo tiene que ver con el intento de lograr una destrucción que en sí
misma no es destructiva, a menos, claro está, que el objeto no consiga sobrevivir o se sienta impulsado a
vengarse. De modo que para el individuo es muy valiosa la supervivencia de las cosas más importantes, una de
las cuales es, en nuestro país, la monarquía. La realidad se vuelve más real, y menos peligroso el impulso de
exploración primitiva.
La otra consideración tiene que ver con la política. En un país que no sea demasiado grande, que tenga una
historia y que, en lo posible, sea una isla (con el mar por toda frontera), se puede mantener una dualidad, un
sistema político integrado por un gobierno al que es factible cambiar periódicamente y una monarquía
indestructible ("¡El Rey ha muerto, que viva el Rey!").
Es obvio -y sin embargo debe ser repetido cada tanto- que el funcionamiento del sistema democrático
parlamentario (conceptualmente opuesto a la dictadura) depende de la supervivencia de la monarquía, y pari
passu la supervivencia de la monarquía depende de que la gente esté convencida de que votando puede acabar
con un gobierno en una elección parlamentaria o librarse de un primer ministro. Damos por sentado aquí que el
derrocamiento de un gobierno o un primer ministro debe basarse en los sentimientos expresados mediante una
votación secreta y no en encuestas (de Gallup u otras), ya que las encuestas no reflejan los sentimientos
profundos, la motivación inconsciente ni las tendencias en apariencia ilógicas.
El rechazo de un gobernante o un partido político implica algo menos inmediato: la elección de otro jefe
político. En el caso de la monarquía, la cuestión está resuelta de antemano. De este modo la monarquía puede
inspirar una sensación de estabilidad en un país que atraviesa por una etapa turbulenta, que es lo que
periódicamente debería ocurrir.
El lugar de la persona que ocupa el trono
Por fortuna la supervivencia de la monarquía no depende de la psicología ni de la comprensión lógica, ni
tampoco del hábil discurso de un filósofo o un líder religioso. En última instancia, depende de la persona que
ocupa el trono. Sería interesante examinar la teoría que puede construirse en torno de estos fenómenos tan
significativos.
Todo el tiempo somos conscientes de que, aunque una monarquía esté basada en mil años de historia, basta un
día para destruirla. Pueden destruirla una falsa teoría o el periodismo irresponsable. Pueden acabar
burlonamente con su existencia quienes sólo ven en ella un cuento de hadas, un ballet o un juego, cuando en
realidad están contemplando un aspecto de la vida misma. Ese aspecto de la vida debe ser explicado
claramente, porque en general no se lo toma en cuenta en la conversación descriptiva. Tiene que ver con la
zona intermedia en que se produce la transición del sueño a la vigilia y de la vigilia al sueño. Este es el lugar
para el juego y la experiencia cultural, así como el lugar que ocupan los objetos y fenómenos transicionales,
testimonios de la buena salud psiquiátrica (2).
Aunque la teoría de la personalidad y la vida humanas se elabora principalmente en función de las alternativas
del sueño personal y la realidad compartida, si observamos sin preconceptos veremos que la mayor parte de la
vida de los adultos, adolescentes, niños, niños pequeños y bebés transcurre en esa zona intermedia. La
civilización misma podría describirse partiendo de esta base. Es preferible que el estudio de esa zona se realice
en primer término con bebés cuidados por una madre suficientemente buena y un padre que lleva una
apropiada vida hogareña. He explicado tan claramente como me es posible que lo que caracteriza a la zona de
fenómenos transicionales es la aceptación de la paradoja que vincula la realidad externa con la experiencia
interior. Es una paradoja que nunca debe resolverse. En relación con el bebé que aferra un pedazo de género o
un osito de felpa esenciales para su tranquilidad y felicidad, símbolo de una madre o un elemento materno (o
paterno) permanentemente disponibles, nunca expresamos la duda: ¿creaste eso o encontraste algo que
ya estaba allí? Aunque la pregunta es pertinente y significativa, la
respuesta no lo es. En lo que respecta a la monarquía, el hombre o la
mujer que ocupa el trono es el sueño de cada cual, y sin embargo es una
persona dotada de todas las características humanas. Sólo si estamos
muy alejados de esa mujer, la reina, podemos soñar y situarla en la
zona del mito. Si estuviéramos muy próximos a ella, es de suponer que
nos resultaría difícil prolongar el sueño. Para mí, como para muchos
millones de personas, esa mujer representa mi sueño y al mismo tiempo
es un ser humano a quien puedo ver, mientras espero sentado en un taxi,
cuando sale en su auto del Palacio de Buckingham para cumplir alguna
función que es parte del rol que le fue asignado por el destino y en el
que la mantenemos la mayoría de nosotros. Mientras maldigo por la
demora que me hará llegar tarde a mi cita, sé que necesitamos la
formalidad, la deferencia y las molestias del "sueño convertido en
realidad". Posiblemente la mujer que es la reina también odia todo eso
alguna vez, pero nunca nos enteramos, porque casi no tenemos acceso a
los detalles de su vida y la persona de esta mujer particular, lo cual
es necesario para que se mantenga su significado de sueño. Sin su
significado de sueño, sería una vecina más. Por supuesto que intentamos
levantar el velo. Disfrutamos leyendo acerca de la reina Victoria e
inventamos historias a la vez sentimentales y procaces, pero en el
centro de todo eso se encuentra una mujer (o un hombre) que tiene o no
tiene la capacidad de sobrevivir, de existir sin reaccionar ante la
provocación ni la seducción, hasta que, llegada la hora de su muerte,
un sucesor designado por herencia asume esa terrible responsabilidad.
Es una responsabilidad terrible porque es irreal en su completa
realidad, porque donde hay vida puede haber muerte, porque en el
momento crucial hay aislamiento, un grado de soledad que no tiene
paralelo. Cuando examinamos esta zona intermedia en la que vivimos y
jugamos, en la que somos creativos, no debemos resolver la paradoja
sino tolerarla. Para aclarar este punto cabe hacer referencia a los
cuadros de la Corona. Estos cuadros, que tienen un inmenso valor
artístico, fueron coleccionados por la reina y sus antepasados durante
siglos, y son de su propiedad. Pero al mismo tiempo pertenecen a la
nación -a cada uno de nosotros-,porque la reina es nuestra reina y la
encarnación de nuestro sueño. Si la monarquía fuera abolida, de
inmediato esa colección de objetos encantadores se convertiría en una
lista de mercancías tasadas en un catálogo, que pasarían a manos de
cualquiera que tuviese abundancia de libras o dólares en un momento
determinado. Tal como están las cosas, con la reina representándonos en
la propiedad, no necesitamos pensar en falsos términos de valor
monetario.. Resumen En consecuencia, la supervivencia de la monarquía
depende: de sus cualidades intrínsecas; de su prescindencia en los
altercados políticos (generalmente de carácter verbal) que se producen
en el Parlamento o durante los comicios; de su dependencia respecto de
nuestro sueño o nuestro potencial inconsciente total; de su dependencia
de las cualidades de la mujer (o el hombre) que ocupa el trono y las
características de la familia real, así como de cuestiones aleatorias
de vida o muerte por accidente o enfermedad; de la salud psiquiátrica
general de la comunidad, incluida una proporción no demasiado alta de
personas resentidas a causa de la deprivación o enfermas a causa de las
privaciones que sufrieron en sus relaciones más tempranas; de factores
geográficos, y así sucesivamente. Sería un error creer que vamos a
preservar lo que consideramos bueno. En última instancia será la
capacidad de supervivencia del monarca real lo que decide el asunto. En
la actualidad, al parecer, somos afortunados. Somos capaces de apreciar
la tensión que acompaña al gran honor y privilegio de ocupar el trono
de este país, un país no demasiado grande, rodeado por el mar, que una
canción describía como "una agradable y un poco estrecha islita".
Conclusión Mi tesis es que no se trata de salvar la monarquía. Es más
bien a la inversa. La existencia ininterrumpida de la monarquía es una
de las indicaciones que tenemos de que aquí y ahora se cumplen las
condiciones que hacen posible que la democracia (que es un reflejo de
los asuntos familiares en un marco social) caracterice el sistema
político y tornan muy improbable el surgimiento de una dictadura, sea
benévola o maligna (ambas se basan en el miedo). En tales condiciones
los individuos, si son emocionalmente sanos, pueden desarrollar un
sentimiento de ser, realizar parte de su potencial personal, y jugar.
NOTAS: (1) La exposición más completa de Winnicott sobre las cuestiones
aquí tratadas se encontrará en "The Use of an Object", en Playing and
Reality, Londres, Tavistock Publications, 1971; Nueva York, Basic
Books, 1971; Harmondsworth, Penguin Books, 1985. (2) Véase Playing and
Reality, ob. cit., en especial el capítulo 1, "Transitional Objects and
Transitional Phenomena". Donald Winnicott, 1896-1971