El desarrollo de la capacidad para la inquietud, 1963
Presentado a la Topeka Psychoanalytic Society, el 12 de
octubre de 1962, y publicado por primera vez en el «Bulletin of
the Menninger Clinic», 27, pp. 167-176.
L'El origen de la capacidad para sentir inquietud constituye un
problema complejo. La inquietud es un rasgo importante de la
vida social. Los psicoanalistas suelen buscar los orígenes en el
desarrollo emocional del individuo. A nosotros nos interesa
conocer la etiología de la inquietud y en qué punto del desarrollo
infantil hace su aparición. Asimismo, nos interesa saber acerca de
los casos en que dicha capacidad no existe o se pierde tras haber
quedado instaurada hasta cierto punto.
La palabra «inquietud» se emplea para denominar de modo
positivo un fenómeno que de modo negativo llamaríamos
«culpabilidad». El sentimiento de culpabilidad está constituido por
la angustia aliada con la ambivalencia, y entraña un grado de
integración en el ego del individuo que permite la retención de una
buena imagen objetal junto con la idea de su destrucción. La
inquietud da a entender una mayor integración, así como un
mayor crecimiento, y se relaciona positivamente con el sentido
individual de la responsabilidad, especialmente en lo que se refiere
a las relaciones en las que hayan penetrado los impulsos
instintivos.
La inquietud se refiere al hecho de que el individuo sea capaz de
interesarse, o de preocuparse, y que sea además capaz de sentir y
aceptar la responsabilidad. A nivel genital dentro del enunciado de
la teoría del desarrollo, podría decirse que la inquietud constituye
la base de la familia, cuyos dos miembros unidos en la cópula -más
allá de su placer- asumen la responsabilidad del resultado. Pero
dentro de la vida imaginativa total del individuo, el tema de la
inquietud nos lleva a enfrentarnos con temas aún más amplios;
además, la capacidad para la inquietud se halla detrás de todos los
juegos y trabajos constructivos. Es propia del vivir normal y sano y
merece la atención del psicoanalista.
Hay muchas razones para creer que la inquietud -en su sentido
positivo- surge en los comienzos del desarrollo emocional del
individuo, en un período anterior al del clásico complejo de Edipo;
complejo que implica una relación entre tres personas, cada una de
las cuales es percibida por el niño como una persona «completa».
Sin embargo, no hay necesidad de preocuparnos, demasiado en
señalar una fecha exacta; en realidad, la mayoría de los procesos
que se inician en la primera infancia nunca llegan a instaurarse por
completo y siguen recibiendo el refuerzo que les da el crecimiento
que prosigue a finales de la niñez y, de hecho, en la edad adulta e
incluso en la vejez.
Es frecuente que el origen de la capacidad para la inquietud se
describa en términos de la relación criatura-madre, cuando la
primera ya constituye una unidad y percibe a la madre, o figura
materna, en calidad de persona completa. Se trata de un paso
evolutivo que pertenece en esencia al período de la relación
bipersonal.
En todo enunciado del desarrollo infantil, hay ciertos principios
que se dan por sentados. Ahora quisiera decir que los procesos de
maduración forman la base del desarrollo de la criatura y del niño,
así en lo psicológico como en lo anatómico y fisiológico. Sin
embargo, en el desarrollo emocional está claro que son necesarias
ciertas condiciones externas para que los potenciales de
maduración lleguen a cobrar realidad. Es decir, el desarrollo
depende de un medio ambiente-satisfactorio y cuanto más
retrocedamos en el estudio del bebé, más cierto será que sin unos
buenos cuidados maternos las primeras fases del desarrollo no
pueden tener lugar.
Es mucho lo que debe acontecer en el desarrollo del bebé antes de
que podamos empezar a hablar de inquietud. La capacidad para
sentir inquietud es cuestión de salud; es una capacidad que, una
vez instaurada, presupone una compleja organización del ego que
no puede mirarse más que como un logro tanto en lo que se refiere
al cuidado como a los procesos internos de crecimiento del niño y
la criatura. Daré por existente un medio ambiente satisfactorio en
las primeras fases, con el fin de simplificar la cuestión que deseo
estudiar. Así, pues, lo que voy a decir se refiere a complejos
procesos de maduración cuya conversión en realidad depende de
un buen cuidado de la criatura y del niño.
De las muchas etapas descritas por Freud y sus colegas
psicoanalíticos, debo destacar una que me obligará a emplear la
palabra «fusión». Se trata del logro de un desarrollo emocional en
el que el bebé experimente simultáneamente impulsos eróticos y
agresivos hacia el mismo objeto. En la vertiente erótica, se produce
a la vez la búsqueda de satisfacción y la búsqueda de objeto; en la
agresiva existe un complejo de ira que hace uso del erotismo
muscular, y de odio, que implica la retención, para fines
comparativos, de una buena imago objetal. Asimismo, en el
conjunto del impulso agresivo-destructivo se alberga un tipo
primitivo de relación objetal en la que el amor lleva consigo la
destrucción. Parte de todo esto resulta inevitablemente oscuro; no
necesito conocer todo lo referente al origen de la agresión para
proseguir mi argumento, ya que doy por sentado que el bebé ha
podido combinar la experiencia erótica y la agresiva, y lo ha hecho
en relación con un solo objeto: ha alcanzado la ambivalencia.
Cuando esto sucede en el desarrollo del niño, éste ya es capaz de
experimentar ambivalencia en la fantasía, así como en la función
corporal de la cual la fantasía, originariamente, es una elaboración.
Asimismo, la criatura empieza a relacionarse con objetos que cada
vez tienen menos de fenómenos subjetivos y más de elementos
ajenos al yo y percibidos objetivamente. Ha empezado a instaurar
su personalidad, una unidad que se encuentra contenida
físicamente en el cuerpo y, al mismo tiempo, que está
psicológicamente integrada. En la mente del niño la madre se ha
transformado en una imagen coherente; en ese momento es
aplicable el término «objeto completo». Este estado de cosas,
precario al principio, podría recibir el apodo de «fase humptydumpty
» (1), siendo la madre que ha dejado de ofrecer su regazo
quien desempeña el papel de la pared sobre la que Humpty
Dumpty se posa en precario equilibrio.
Esta evolución presupone la existencia de un ego que empieza a
independizarse del ego auxiliar de la madre. Podemos decir ya que
el bebé tiene un interior y, por consiguiente, un exterior. El
esquema corporal ha empezado su existencia y rápidamente
evoluciona hacia la complejidad. A partir de este momento la
criatura vive una vida psicosomática. La realidad psíquica interior
que Freud nos enseñó a respetar se ha convertido en algo real para
la criatura, que ahora siente' que la riqueza personal reside dentro
de su ser. Esta riqueza personal surge de la experiencia simultánea
de odio y amor, que a su vez entraña la consecución de la
ambivalencia, cuyo refinamiento y enriquecimiento llevan a la
aparición de la inquietud.
Nos ayudará la postulación de la existencia de dos madres para el
niño inmaduro. Si me lo permiten, a una la llamaré la «madreobjeto>
y a la otra la «madre-medio ambiente». No tengo el menor
deseo de acuñar términos que a la larga se conviertan en rígidos y
obstructivos; pero me parece posible emplear los términos «madreobjeto
» y «madre-medio ambiente» en el presente contexto para
describir la inmensa diferencia que, para el niño, existe entre dos
aspectos de su cuidado: la madre en calidad de objeto o de
poseedora del objeto parcial capaz de satisfacer las necesidades
urgentes de la criatura y, por otra parte, la madre en calidad de
persona que protege de lo imprevisible y desempeña un papel
activo en la provisión de un cuidado y un gobierno general de la
criatura. Lo que haga la criatura en el punto culminante de la
tensión del id y el uso que así haga del objeto me parece algo muy
distinto del uso que haga la criatura de la madre en tanto que parte
del medio ambiente total (2).
Empleando esta terminología, es la «madre-medio ambiente» la
que recibe todo aquello que podríamos denominar «afecto y
coexistencia de los sentidos»; es la «madre-objeto» la que se
convierte en blanco de la experiencia excitada, respaldada por la
cruda tensión instintiva. Según mi tesis, la inquietud hace acto de
presencia en la vida del bebé en forma de experiencia sumamente
avanzada que se produce en el momento en que, en lamente del
pequeño, la «madre-objeto» y la «madre-medio ambiente» se
juntan. La provisión ambiental sigue revistiendo una importancia
vital, aunque la criatura empieza a ser capaz de poseer aquella
estabilidad interior que es propia del desarrollo de la
independencia.
En circunstancias favorables, cuando el bebé ha llegado a la fase
necesaria de desarrollo personal, se produce otra fusión. Entre
otras cosas, existe una plena experiencia, y una fantasía, de las
relaciones objetales basadas en el instinto; el objeto se utiliza sin
temer en cuenta las consecuencias, se utiliza cruelmente
(entendiendo el término a modo de descripción de nuestra visión
de lo que está aconteciendo). Y al lado de esto se halla la relación,
más tranquila, del bebé con la «madre-medio ambiente». Ambas
cosas se unen con un resultado complejo, que es precisamente lo
que deseo describir en especial.
Las circunstancias favorables necesarias en esta fase son las
siguientes: que la madre siga estando viva y disponible, tanto
físicamente corno en el sentido de no estar preocupada por otra
cosa. La “madre-objeto” debe sobrevivir a los episodios
impulsados por los instintos, episodios que a estas alturas habrán
adquirido toda la fuerza de fantasías de sadismo oral y otros
resultados de la fusión. Asimismo, la «madre-medio ambiente»
tiene una función especial: seguir siendo ella misma, estar
identificada con su bebé, estar allí para recibir el gesto espontáneo
y sentirse complacida.
La fantasía que acompaña a los pletóricos impulsos del id da
cabida al ataque y a la destrucción. No se trata solamente de que el
bebé se imagine que se come el objeto, sino que, además, el bebé
quiere tornar posesión del contenido del objeto. Si el objeto no
acaba por ser destruido es gracias a su propia capacidad de
supervivencia, y no por la protección que le brinda el bebé. Ésta es
una de las dos caras de la moneda.
La otra cara se refiere a las relaciones del bebé con la «madre-
medio ambiente». En este aspecto, la protección recibida por la
madre puede ser tan grande que el niño acabe por inhibirse o
apartarse, lo cual constituye un elemento positivo en el destete del
niño, así como una explicación de por qué algunos niños se
destetan por sí mismos.
En circunstancias favorables se va creando una técnica para
solucionar esta compleja forma de ambivalencia. La criatura
experimenta angustia, ya que si consume a la madre la perderá;
pero esta angustia queda modificada por el hecho de que él, el
bebé, tiene algo que aportar a la «madre-medio ambiente». Existe
una creciente confianza en que habrá una oportunidad de aportar
algo, de dar algo a la «madre-medio ambiente»; se trata de una
confianza que permite a la criatura contener su angustia. La
angustió contenida de este modo sufre una alteración y se
transforma en un sentimiento de culpabilidad.
Los impulsos instintivos conducen a un uso despiadado de los
objetos, y de allí a un sentimiento de culpabilidad que es contenido
y mitigado por la aportación a la «madre-medio ambiente» que la
criatura es capaz de efectuar en el transcurso de unas pocas horas.
Asimismo, la oportunidad de dar y reparar que ofrece esta madre
por medio de su presencia estable permite que el bebé se muestre
más y más audaz en su experimentación de los impulsos del id; en
otros términos: da libertad a la vida instintiva del bebé. De este
modo, la culpabilidad no se siente, sino que queda en suspenso, o
en potencia, y se manifiesta (en forma de tristeza o de depresión)
solamente si no se presenta la oportunidad de hacer una
reparación.
Una vez instaurada la confianza en este ciclo benigno y en la
expectativa de reparación, el sentimiento de culpabilidad
relacionado con- los impulsos del id sufre una modificación más;
en este caso necesitamos recurrir a un término más positivo, como
por ejemplo «inquietud. La criatura empieza a ser capaz de sentir
inquietud, de aceptar la responsabilidad de sus propios impulsos
instintivos y de las funciones correspondientes a los mismos. Así
se obtiene uno de los elementos constructivos que resultan
fundamentales en el juego y el trabajo. Pero dentro del proceso de
desarrollo, lo que hacía posible que la inquietud estuviese al
alcance de la capacidad del niño era la oportunidad de contribuir,
de aportar algo.
Hay un rasgo que vale la pena anotar, especialmente en cuanto a la
angustia que está «contenida»: la integración en el tiempo se ha
sumado a la integración, más estática, de las fases anteriores. El
tiempo sigue su marcha por acción de la madre, lo cual es uno de
los aspectos de la funcionalidad auxiliar de su ego; sin embargo,
llega un momento en que la criatura tiene su sentido personal del
tiempo, aunque al principio no dure más que unos instantes. Se
trata de lo mismo que la capacidad de la criatura para conservar
viva la imago de la madre en su mundo interior, mundo en el que
se hallan también los elementos fragmentarios de índole benigna y
persecutoria que surgen de las experiencias instintivas. La
duración del espacio de tiempo a lo largo del cual el niño logra
mantener viva la imago de la madre en su realidad psíquica
interior depende en parte de los procesos de maduración y en
parte del estado en que se encuentre la organización defensiva
interior.
He trazado un bosquejo de algunos aspectos de los orígenes de la
inquietud en las primeras fases, cuando la presencia continua de la
madre reviste un valor específico para la criatura, esto es, para que
la vida instintiva goce de libertad de expresión. No obstante, este
equilibrio debe alcanzarse una y otra vez. Ejemplos claros de ello
los tenemos en la educación de la adolescencia, en el paciente
psiquiátrico, para el cual la terapia a base de trabajo suele ser el
inicio de un camino que lo llevará a una relación constructiva con
la sociedad. Tenemos igualmente el ejemplo del doctor y sus
necesidades. Quitémosle su trabajo y ¿qué será de él? El doctor
necesita de sus pacientes y de la oportunidad de poner en práctica
sus conocimientos, igual que los demás.
No entraré en detalles sobre la falta de capacidad para la
inquietud, ni de la pérdida de dicha capacidad en los casos en que
había quedado casi instaurada. Baste con apuntar lo siguiente: si
1a «madre-objeto» no logra sobrevivir, o si la «madre-medio
ambiente» no aporta una oportunidad estable de reparación, se
produce la pérdida de la capacidad para la inquietud y su
sustitución por parte de una serie de angustias y defensas de
carácter rudimentario como son la escisión y la desintegración. A
menudo hablamos de la angustia de la separación, pero lo que
estoy tratando de describir aquí es lo que sucede entre las madres
y sus bebés y entre los padres (es decir, el padre y la madre) y sus
hijos cuando no hay separación, y cuando la continuidad externa
del cuidado del niño no se ve truncada. Dicho de otro modo, estoy
tratando de explicar lo que sucede cuando se evita la separación.
A modo de ilustración citaré algunos casos clínicos vividos por.
mí. Sin embargo, no quisiera dar la impresión de que se trata de
casos raros. Prácticamente cualquier psicoanalista sería capaz de
dar un ejemplo de este tipo extraído de una semana de trabajo en
el consultorio. Además, no hay que olvidar que en todo ejemplo
clínico procedente del análisis hay multitud de mecanismos
mentales que el analista necesita comprender y que corresponden
a etapas posteriores del desarrollo del individuo, así como a las
defensas que denominamos «psiconeuróticas». Sólo es posible
hacer caso omiso de todo ello cuando el paciente se encuentra en
un severo estado de regresión a la dependencia en la transferencia,
y es, en efecto, un bebé al cuidado de una figura materna.
Primer ejemplo: Citaré ante todo el caso de un muchacho de doce
años al que se me pidió que interrogase. Se trataba de un
muchacho cuyo desarrollo hacia adelante lo conducía a la
depresión, incluyéndose en ella una gran cantidad de odio y
agresión inconscientes; por otro lado, su desarrollo hacia atrás (si
se me permite decirlo así) lo llevaba a ver rostros, a experiencias
que eran horribles porque representaban sueños habidos en estado
de vigilia (alucinosis). Teníamos pruebas de la fuerza del ego de
este muchacho, como atestiguaban sus estados depresivas. Una de
las formas en que dicha fuerza se manifestó durante la, entrevista
fue la siguiente:
Me describió una pesadilla en la que una enorme criatura provista
de un cuerno y perteneciente al sexo masculino amenazaba a un
ser diminuto, una especie de hormiga. Le pregunté si alguna vez
había soñado que él era la bestia del cuerno, y si otra persona,
acaso su hermano durante la infancia, era la hormiga. Reconoció
que así era. Al ver que no rechazaba mi interpretación del odio que
sentía hacia su hermano, le di oportunidad de que me contase su
potencial de reparación. Esto le salió con bastante naturalidad al
describir el trabajo de su padre como mecánico de refrigeración. Le
pregunté qué quería ser cuando fuese mayor. Me contestó que “no
tenía ni idea” y que ello le preocupaba. Entonces dio cuenta «no de
un sueño triste, sino de lo que sería un sueño triste: su padre
muerto». Estaba al borde de las lágrimas. En esta fase de la
entrevista hubo un largo período en el que no se produjo nada
importante. Al fin, el muchacho, dando muestras de gran timidez,
dijo que le gustaría ser científico.
Sus palabras, por tanto, demostraban que era capaz de pensar en sí
mismo aportando algo. Aunque tal vez no tuviera la habilidad
necesaria, sí tenía la idea. Por cierto, el estudio de la carrera
escogida iba a darle una posición superior a la de su padre, ya que,
según sus propias palabras, el trabajo del padre no tenía nada de
científico; «era un simple mecánico».
Entonces pensé que podía dejar que la entrevista terminase de
forma natural, que el muchacho pudiese marcharse sin sentirse
turbado por lo que yo había hecho. En efecto, yo había
interpretado su destructividad potencial, si bien era cierto que
también poseía la capacidad de ser constructivo. El hecho de
haberme contado que tenía un objetivo en la vida le permitía irse
libre de la impresión de haberme hecho pensar que el odio y la
destrucción eran las únicas cosas de que era capaz. Y, con todo, yo
no había hecho nada por tranquilizarlo.
Segundo ejemplo: Uno de mis pacientes, que ejercía la
psicoterapia, empezó una de las sesiones diciéndome que había
ido a ver qué tal se desenvolvía uno de sus pacientes; es decir,
había abandonado el papel de terapeuta que trata al paciente en el
consultorio para ver al paciente en pleno trabajo. La actividad del
paciente de mi paciente era de las que requieren gran destreza y le
salía muy bien en uno de sus aspectos, para el cual se necesitaban
unos movimientos rápidos que durante la hora dedicada a la
psicoterapia no tenían mucho sentido, pero que lo hacían agitarse
sobre el diván como si fuese un poseso. Aunque le quedaban
algunas dudas al respecto, a mi paciente le parecía que
probablemente le sería de utilidad haber visto trabajar al suyo.
Entonces se refirió a lo que él hacía durante las vacaciones. Tenía
un jardín y disfrutaba mucho haciendo ejercicios y emprendiendo
toda clase de actividades constructivas; además, le gustaban los
chismes mecánicos y los utilizaba realmente.
Al hablarme de la visita al lugar de trabajo de su paciente me había
puesto sobre aviso acerca de la importancia de sus actividades
constructivas. Mi paciente volvió a referirse a un tema que había
revestido importancia en recientes análisis y en el que jugaban un
papel destacado varias clases de herramientas de ingeniería. A
menudo, cuando acudía a la sesión analítica, se, detenía ante un
escaparate cercano a mi casa para contemplar embobado una
máquina herramienta que en él estaba expuesta. La máquina en
cuestión tenía una dentadura espléndida. Así es como mi paciente
alcanzaba su agresión oral, el primitivo impulso amoroso con toda
su crueldad y destructividad. Podríamos llamarla «comer en la
relación de transferencia». Su tratamiento iba dirigido hacia esta
crueldad y hacia su primitivo impulso amoroso. Resultaba
tremenda la resistencia que oponía a todo intento de profundizar.
Se trataba de una nueva integración y de la inquietud en torno a la
supervivencia del analista.
Al aparecer este material nuevo relacionado con el amor primitivo
y la destrucción del analista, ya había hecho alguna referencia al
trabajo constructivo. Cuando efectué la interpretación que el
paciente necesitaba de mí, referente a mi destrucción poza parte
suya (comer), pude haberle recordado lo que dijera acerca de
construcción. Pude haberle dicho que, del mismo modo que él
viera a su paciente trabajando, obteniendo así una explicación de
sus movimientos convulsos, también yo hubiese podido verlo en el
jardín, trabajando con sus chismes para mejorarlo. Allí podía cortar
árboles y vallas, y todo ello le producía un tremendo gozo. Si
semejantes actividades hubiesen aparecido desligadas de su
finalidad constructiva, hubiese parecido un episodio sin sentido y
maniático, una locura de transferencia.
Diría que los seres humanos no saben aceptar la finalidad
destructiva de sus primeros intentos amorosos. Sin embargo, la
idea de destrucción de la «madre-objeto» al amarla es tolerable si
el individuo que hacia ella se encamina conoce la presencia de
alguna finalidad constructiva, y de una «madre-medio ambiente»
dispuesta a aceptar.
Tercer ejemplo: Un paciente, al entrar en el consultorio, se fijó en
un aparato magnetofónico que allí había. Esto le hizo pensar, ya
que luego, al echarse en el diván y concentrarse para la sesión
analítica, manifestó:
-Me gustaría pensar que, cuando se termine mi tratamiento, lo que
haya sucedido aquí conmigo tenga algún valor para el mundo.
No dije nada, pera mentalmente tomé nota de su observación,
pensando que tal vez era indicio de que el paciente estaba cerca de
uno de aquellos accesos de destructividad con los que me había
enfrentado repetidas veces en los dos años que llevábamos de
tratamiento. Antes de que la sesión llegase a su fin, el paciente
había adquirido una nueva conciencia de la envidia que yo le
inspiraba y que estaba motivada por el hecho de tenerme por buen
analista. Tuvo el impulso de darme has gracias por ser competente,
y por poder hacer todo cuanto él necesitaba que yo hiciese. Ya lo
había hecho otras veces, pero aquel día el paciente era más
consciente que las veces anteriores de los sentimientos destructivos
que albergaba hacia lo que podríamos llamar un «objeto bueno»:
su analista.
Cuando relacioné una cosa con otra, él dijo que le parecía acertado,
añadiendo que hubiese sido horrible que mi interpretación se
hubiera basado en su primer comentario. Se refería a que si yo,
aceptando su deseo de ser útil, le hubiese dicho que era indicio de
un deseo inconsciente de destruir. Tuvo que llegar al impulso
destructor antes de que yo diese validez a su reparación, y tuvo
que hacerlo a su modo y tomándose el tiempo necesario. Sin duda
fue su capacidad para tener idea de que a la larga haría algo
constructivo lo que le permitió establecer un contacto más íntimo
con su destructividad. No obstante, el esfuerzo constructivo es
falso y sin sentido a menos que, como dijo él, antes se haya llegado
a la destrucción.
Cuarto ejemplo: Una chica adolescente estaba siguiendo el
tratamiento que le daba una terapeuta que, al mismo tiempo, la
tenía a su cuidado en casa, junto a sus propios hijos. La situación
presentaba sus ventajas y sus inconvenientes.
La chica había estado gravemente enferma y, en el momento de
producirse el incidente que voy a contarles, empezaba a salir de un
largo período de regresión a la dependencia y a un estado infantil.
Actualmente ya ha desaparecido la regresión en sus relaciones con
el hogar y la familia, pero su estado sigue siendo muy especial
dentro del campo limitado de las sesiones de tratamiento que se
llevan a cabo cada día, a hora fija.
Llegó un momento en que la chica expresó el más profundo de los
odios hacia ha terapeuta (que, recordarán, llevaba el tratamiento y
al mismo tiempo la cuidaba). Todo iba como una seda durante el
resto del día, pero cuando se trataba del tratamiento, ha terapeuta
resultaba destruida, completa y repetidamente. No es fácil dar idea
de la intensidad con que la chica odiaba a la terapeuta ni de hasta
qué punto la aniquilaba. El caso no podía solucionarse con la visita
de la terapeuta al lugar de trabajo de la paciente, ya que la tenía
constantemente bajo su cuidado; de hecho, se trataba de dos
relaciones distintas y simultáneas entre ambas. Durante el día,
empezaron a suceder muchas cosas nuevas: la chica daba muestras
de querer hacer la limpieza de la casa, sacar brillo a los muebles,
ser útil en general. Esto era algo nuevo, absolutamente nuevo, y ni
siquiera en su propia casa había sido uno de los rasgos del patrón
de conducta de la chica, ni tan sólo antes de caer enferma. Además,
sucedió silenciosamente (por así decirlo), paralelamente a la
destructividad absoluta que la chica empezaba a advertir en los
aspectos primitivos de su amor y a los cuales llegaba en su relación
con la terapeuta durante las sesiones de tratamiento.
Verán que aquí se repite la misma idea: naturalmente, el hecho de
que la paciente estuviese tomando conciencia de su destructividad
era el factor que posibilitaba su actividad constructiva durante el
día. Pero es a la inversa como quiero explicarlo aquí y ahora: Las
experiencias constructivas y creadoras hacían posible que la chica
llegase a la experiencia de su destructividad. Y de este modo, en eh
tratamiento, estaban presentes las condiciones que he procurado
describir. La capacidad para la inquietud no sólo es un nodo de
maduración, sino que, además, para su existencia depende de un
medio ambiente emocional que haya sido lo bastante bueno
durante cierto tiempo.
Resumen
La inquietud, tal como la entendemos en el presente contexto, se
refiere al eslabón existente entre los elementos destructivos de las
relaciones objetales y los demás aspectos positivos de dichas
relaciones. Se supone que la inquietud corresponde a un período
anterior al clásico complejo de Edipo, que es la relación entre tres
personas «completas». La capacidad para la inquietud es propia de
la relación bipersonal entre la criatura y la madre o persona que la
sustituya.
En circunstancias favorables, la madre, por el hecho de seguir viva
y disponible, es a la vez la madre qué recibe la totalidad de los
impulsos del id de la criatura y también la madre que puede ser
amada como persona y a la que pueden ofrecerse reparaciones. De
esta manera, la angustia acerca de los impulsos del id y la fantasía
de dichos impulsos se hace tolerable para el bebé, que entonces
puede experimentar culpabilidad o retenerla en espera de la
oportunidad de ofrecer una reparación. A esta culpabilidad
contenida pera no sentida como tal la denominamos «inquietud».
En las fases iniciales del desarrollo, de no existir ninguna figura
materna estable que reciba el gesto de reparación, la culpabilidad
resulta intolerable y es imposible que se sienta la inquietud. La
falta de reparación conduce a la pérdida de la capacidad para la
inquietud, y a su sustitución por formas primitivas de culpabilidad
y angustia.
Notas:
(1) Humpty-dumpty: Personaje de una cancioncilla infantil que constantemente se está cayendo.
(2) Éste es un tema que recientemente ha sido desarrollado en un libro de Harold Searles (1960).