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Estudio del psicoanálisis y psicología

Influencia del desarrollo emocional en los problemas alimentarios 1967



Influencia del desarrollo emocional en los problemas alimentarios 1967

Ustedes
se encuentran aquí para examinar ciertos problemas de la infancia y
traen a esta reunión, cada cual a su manera, la experiencia que han
recogido en el trato de bebés, basados en la teoría de su crecimiento y
desarrollo y en las distorsiones del desarrollo que obedecen a factores
físicos. Mi exposición estará forzosamente fuera de tono con las otras
porque deseo hablar acerca de dificultades que no dependen de la
enfermedad física. Para simplificar, tendré que suponer que el bebé se
halla en buen estado físico. Espero que no les importe que dirija mi
atención a los aspectos no físicos del cuidado del bebé, ya que ustedes
se ocupan todo el tiempo, en su práctica, de estos problemas y
necesariamente su interés desborda el campo de la enfermedad física
efectiva. Mi problema tiene que ver aquí con la presentación. Como
ustedes probablemente saben, comencé como pediatra y poco a poco pasé a
ser psicoanalista y psiquiatra de niños; y el hecho de que haya sido
originalmente un médico de lo corporal influyó mucho en mi obra. He
tenido, por cierto, una cuantiosa experiencia, procedente simplemente
de haber estado en la práctica activa durante cuarenta y cinco años,
lapso en el cual uno acumula sin duda muchísimos datos. En media hora
no puedo hacer mucho más que mencionar la teoría, sumamente compleja,
del desarrollo emocional del individuo humano como persona. Lo que sí
debo hacer, empero, en mi propio bien, es transmitir en parte los
intensos sentimientos que he acumulado en estos 45 años. Aunque resulte
extraño, la formación de médicos y enfermeras en lo tocante al aspecto
físico sin duda les sustrae cierto interés en los bebés como seres
humanos. Cuando yo me inicié, era consciente de mi poca capacidad para
dejarme llevar por mi natural empatía hacia los niños de modo de
incluir en ella la empatía hacia los bebés. Tenía plena conciencia de
esta deficiencia y fue un gran alivio para mí cuando poco a poco pude
sentirme incorporado a la relación madre-bebé o padres-bebé. Supongo
que muchos de los que han recibido esa formación física tienen el mismo
tipo de bloqueo que yo y deben trabajar mucho sobre sí mismos para
poder ponerse en los zapatos de un bebé. Me doy cuenta de que esta
frase es una curiosa manera de hablar, ya que los bebés no nacen con
los zapatos puestos, pero imagino que entienden lo que quiero decir.
Para el pediatra es importante conocer las cuestiones humanas tal como
se presentan en los comienzos de la vida de un nuevo individuo, pues al
hablar con los padres tienen que ser capaces de estar al tanto de la
importante función que éstos cumplen. El médico aparece cuando hay una
enfermedad, pero los padres tienen importancia durante todo el tiempo,
más allá de las enfermedades que tenga la criatura. Para una madre o un
padre constituye una terrible complicación que el médico al cual llaman
con tanta confianza si el niño tiene una neumonía sea ciego ante todo
lo que ellos hacen para adaptarse a las necesidades del niño cuando
éste no está enfermo. Por ejemplo, la gran mayoría de las dificultades
en la alimentación del bebé no tienen nada que ver con infecciones o
con las malas propiedades bioquímicas de la leche, sino con el enorme
problema que enfrenta toda madre para adaptarse a las necesidades de su
criatura. Tiene que hacerlo por su cuenta, porque no hay dos bebés que
sean iguales, y en todo caso tampoco hay dos madres iguales, y una
misma madre no es la misma con cada uno de sus hijos. La madre no puede
aprender lo que necesita de los libros, las enfermeras o los médicos.
Tal vez haya aprendido mucho por haber sido ella misma un bebé, y
también por haber visto a muchos padres con bebés o haber participado
en el cuidado de sus hermanos; y sobre todo, aprendió muchísimas cosas
vitales al jugar a la mamá y al papá a una tierna edad. Es verdad que
algunas madres encuentran ayuda limitada en los libros, pero debe
recordarse que si una madre tiene que ir a buscar ayuda en un libro o
en alguien para tratar de aprender lo que debe hacer, nos preguntaremos
si está preparada para su tarea. Debe conocerla en un nivel más
profundo, y no necesariamente en esa parte de la mente donde hay
palabras para todo. Lo principal que una madre hace con su bebé no lo
hace a través de las palabras. Esto es evidente, pero también es fácil
olvidarlo. En mi larga experiencia he tenido oportunidad de conocer a
muchos médicos, enfermeras y maestros que se suponían capaces de
decirles a las madres lo que ellas tenían que hacer, y que pasaban
mucho tiempo dándoles instrucciones a los padres; y luego, cuando se
convertían ellos mismos en padres, tuve largas charlas con ellos sobre
sus dificultades y comprobé que habían tenido que olvidarse de todo lo
que creían saber y más aún de lo que habían estado enseñando. Muy a
menudo advertían que lo que habían llegado a saber de ese modo
interfería tanto al comienzo, que no podían actuar de manera natural
con su primer hijo. Gradualmente se las arreglaban para deshacerse de
esta capa inútil de conocimientos que está entremezclada con las
palabras, y decidían involucrarse con su bebé. El hecho es que ser
madre, o ser maternal (incluyendo al hombre), implica un alto grado de
identificación con el bebé, aunque por supuesto mientras establece esta
identificación la madre conserva su estado adulto. Donald Winnicott,
1896-1971