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Estudio del psicoanálisis y psicología

Lo reciente y lo indiferente en el sueño


Lo reciente y lo indiferente en el sueño

 

Si ahora, con relación al origen de los elementos que emergen en el contenido de los sueños,
hago contribuir a mi propia experiencia, debo establecer en primer lugar esta tesis: En todo
sueño se descubre un anudamiento con las vivencias de la víspera: Y cualquiera que fuese el
sueño considerado, propio o ajeno, siempre se me corroboró esta experiencia. En conocimiento
de este hecho, puedo empezar la interpretación investigando primero las vivencias diurnas que
suscitaron el sueño; y en muchos casos es justamente ese el camino más directo.
En los dos sueños que en el capítulo anterior sometí a un análisis preciso (el de la
inyección de Irma y el de mi tío de la barba dorada), la relación con la víspera es tan patente que
huelga todo esclarecimiento ulterior. No obstante, para mostrar la regularidad con que puede
probarse esa relación, estudiaré acto seguido un fragmento de mi propia crónica onírica.
Comunico los sueños sólo hasta donde lo requiere el descubrimiento de las fuentes buscadas.
1. Hago una visita a una casa donde no me dejan pasar sino con dificultades, etc.; entretanto,
dejo a una mujer ESPERÁNDOME.
Fuente: Conversación con una parienta por la tarde, sobre que ella debía esperar, por la compra
que solicitaba hacer, hasta que... etc.
2. Tengo escrita una MONOGRAFÍA sobre una cierta variedad (indeterminada) de plantas.
Fuente: A media mañana, en el escaparate de una librería, había visto una monografía sobre el
género «ciclamen».
3. Veo dos mujeres por la calle, MADRE E HIJA, siendo la segunda mi paciente.
Fuente: Una paciente que tenía bajo tratamiento me comunicó la tarde anterior las dificultades
que su madre oponía a la continuación del tratamiento.
4. En la librería de S. y R. me suscribo a una publicación periódica que cuesta por año VEINTE
FLORINES.
Fuente: Mi mujer me recordó el día anterior que todavía le estoy debiendo los veinte florines de
la asignación semanal.
5. Recibo una CARTA del COMITÉ socialdemócrata en la que se me da el trato de AFILIADO.
Fuente: He recibido al mismo tiempo cartas del comité electoral liberal y de la junta directiva de
la Unión Humanitaria, de la que soy efectivamente afiliado.
6. Un hombre sobre un PEÑASCO ESCARPADO EN MEDIO DEL MAR, A LA MANERA DE LAS
PINTURAS DE BÖCKLIN.
Fuente: Dreyfus(181) en la isla del Diablo, y al mismo tiempo noticias de mis parientes de
Inglaterra, etc.
Podría preguntarse si el sueño se enlaza infaliblemente con acontecimientos del día anterior, o
puede extenderse a impresiones de un lapso mayor dentro del pasado reciente. Este asunto
probablemente no pueda reclamar para sí una importancia de principio, pero yo me inclinaría por
el privilegio exclusivo de la víspera del sueño (el día del sueño). Cada vez que creí descubrir la
fuente del sueño en una impresión de dos o tres días antes, pude convencerme, después de
una búsqueda más cuidadosa, que había vuelto a ser recordada la víspera (vale decir: entre el
día del acontecimiento y el momento del sueño, en la víspera de este, se había intercalado una
reproducción {Reproduktion} comprobable); además, pude demostrar la ocasión reciente que
llevó a recordar la impresión más antigua.
En cambio, no pude convencerme de que entre la impresión diurna excitadora y su
reaparición en el sueño trascurra un intervalo regular de significación biológica (como el primero
de este tipo, H. Swoboda menciona dieciocho horas).
I. Sueño del 19/2 de Octubre de 1910
II. Sueño del 10/11 de Octubre ]de 1910]
III. Sueño del 2/3 de Octubre de 1910
También H. Ellis [1911a, pág. 224], quien prestó atención a este problema, indica que no pudo
hallar en sus sueños semejante periodicidad de la reproducción «por más que me empeñé en
ello». Cuenta un sueño en el que se encontraba en España y quería viajar a un lugar: Daraus,
Varaus o Zarauz. Despierto, no pudo recordar ningún lugar de ese nombre y desechó el sueño.
Meses después encontró en efecto el nombre de Zarauz: era el de una estación entre San
Sebastián, y Bilbao por la cual había pasado en el tren 250 días antes del sueño.
Es mi opinión, entonces, que para todo sueño existe un excitador entre aquellas vivencias
después de las cuales «no se ha consultado aún con la almohada». Por tanto, las impresiones
del pasado más reciente (exceptuadas las de la víspera) no muestran con el contenido del
sueño una relación diferente que otras impresiones de épocas todo lo remotas que se quiera. El
sueño puede tomar su material de cualquier época de la vida, con tal que desde las vivencias
del día del sueño (las impresiones «recientes») hasta aquellas más lejanas corra un hilo de
pensamiento.
Ahora bien, ¿a qué se debe la preferencia por las impresiones recientes? Podremos hacer
algunas conjeturas sobre este punto si sometemos a análisis preciso uno de los sueños antes
citados. Escojo el
Sueño de la monografía botánica
Tengo escrita una monografía sobre una cierta planta. El libro yace frente a mí, y estoy
hojeando una lámina en colores doblada. Acompaña a cada ejemplar un espécimen desecado
de la planta, a la manera de un herbario.
Análisis
Esa mañana había visto en el escaparate de una librería un nuevo libro que llevaba este título: El
género ciclamen; evidentemente, una monografía sobre esa planta.
Ciclamen es la flor preferida de mi mujer. Me reprocho acordarme tan rara vez de llevarle flores,
como ella lo desearía. Con motivo del tema «llevar flore;» recuerdo una historia que no ha
mucho conté en el círculo de mis amigos y aduje como prueba de mi tesis según la cual el
olvido es, con harta frecuencia, la ejecución de un propósito inconciente y en todo caso permite
una inferencia acerca de la intención secreta del olvidadizo. Una joven señora, habituada a
que su marido le obsequiase un ramo de flores para su cumpleaños, echó de menos esa
muestra de ternura en uno de esos aniversarios y rompió a llorar. Llegó el marido, y no atinó a
explicarse su llanto hasta que ella le dijo: «Hoy es mi cumpleaños». Diose un golpe en la frente y
exclamó: «Discúlpame, lo había olvidado por completo». Y quiso salir enseguida a traerle flores.
Pero ella no se dejó consolar, porque vio en el olvido de su marido una prueba de que ella ya no
ocupaba en sus pensamientos el mismo lugar que antes. Esta señora L. encontró a mi mujer
hace dos días; le comunicó que se sentía bien y le pidió noticias de mí. Años antes la había
tenido yo bajo tratamiento.
Otro punto de abordaje: De hecho, alguna vez he escrito algo parecido a una monografía sobre
una planta, a saber, un ensayo sobre la planta de la coca [1884e], que puso a K. Koller en la
pista de la propiedad anestésica de la cocaína. Yo mismo había indicado en mi publicación ese
empleo del alcaloide, pero no fui lo bastante cuidadoso como para seguir estudiando la
cuestión. Sobre eso se me ocurre que la mañana del día siguiente al sueño (para cuya
interpretación sólo hallé tiempo al final de la tarde) había pensado en la cocaína, en una suerte
de fantasía diurna. Si debiera yo padecer de glaucoma, viajaría a Berlín y allí, en casa de mi
amigo berlinés [Fliess], me haría operar de incógnito por un médico que él me recomendó. El
cirujano, que no sabría quién era yo, encomiaría otra vez la facilidad con que se realizan estas
operaciones después de la introducción de la cocaína; por ningún gesto dejaría yo traslucir que
he tenido participación en ese descubrimiento. A esta fantasía siguieron pensamientos sobre lo
incómodo que es para el médico solicitar para sí mismo los servicios de sus colegas. Al
oculista de Berlín, que no me conoce, yo podría abonarle como lo haría cualquier otro paciente.
sólo después de rememorar ese sueño diurno observé que tras él se encubría el recuerdo de
una vivencia determinada. En efecto, poco después del descubrimiento de Koller, mi padre
enfermó de glaucoma; fue operado por mi amigo, el médico oculista doctor Kónigstein; el doctor
Koller tomó a su cargo la anestesia por cocaína, y después hizo la observación de que en ese
caso habían estado reunidas las tres personas que participaron en la introducción de la cocaína.
Mis pensamientos se dirigen ahora al momento en que he recordado por última vez esta historia
de la cocaína. Ello ocurrió hace unos días, cuando cayó en mis manos un volumen
conmemorativo con que alumnos agradecidos quisieron honrar a su profesor y director de
laboratorio. Entre los títulos de gloria de este último, se mencionaba que allí había
descubierto el doctor K. Koller la propiedad anestésica de la cocaína. De pronto observo que mi
sueño se enlaza con una vivencia del atardecer del día anterior. justamente había acompañado
hasta su casa al doctor Königstein, con quien me había enzarzado en una conversación sobre
un asunto que me excita vivamente cada vez que se toca. Estando yo de pie con él en el
zaguán de entrada a su casa, llegó el profesor Gärtner {jardinero} con su joven esposa. No pude
refrenarme y di a ambos mi enhorabuena, diciéndoles que se los veía floreciente s. Ahora bien:
el profesor Gartner es uno de los autores del volumen conmemorativo de que antes hablé, y
muy bien pudo hacer que este me viniera a la memoria. También la señora L., cuya desilusión el
día de su cumpleaños conté poco antes, había sido mencionada en la conversación con el
doctor Königstein, aunque a propósito de otra cosa.
Intentaré interpretar asimismo las otras especificaciones del contenido del sueño. Un
espécimen desecado de la planta acompañaba a la monografía, como si se tratara de un
herbario. Con el herbario asocio un recuerdo de la escuela media. Nuestro director convocó
cierta vez a los alumnos de los cursos superiores para confiarles la revisión y limpieza del
herbario del instituto. Es que se habían descubierto pequeños gusanos: polillas. No parece
haber confiado en mi ayuda, pues me entregó unas pocas hojas. Todavía hoy sé que eran
crucíferas. Nunca mantuve una relación particularmente íntima con la botánica. En mi examen
de botánica me presentaron otra vez una crucífera para clasificar y... no la reconocí. Me hubiera
ido mal de no venir en mi auxilio mis conocimientos teóricos. Las crucíferas me hacen pensar
en las compuestas. Y en verdad el alcaucil el una compuesta, justamente la que podría llamar
mi flor preferida. Más cortés que yo, mi mujer suele traerme del mercado esta flor de mi
predilección.
Veo frente a mí la monografía que tengo escrita. Tampoco esto es, algo desligado. Mi amigo, el
de la imaginación visual [Fliess], me escribió ayer desde Berlín: «Me ocupo mucho de tu libro
sobre los sueños. Lo veo terminado frente a mí, y yo lo hojeo».¡Cómo le he
envidiado este don de videncia! ¡Si pudiera yo también verlo terminado frente a mí!
La lámina en colores, plegada: En mis tiempos de estudiante de medicina padecí mucho por mi
afán de aprender exclusivamente en monografías. A pesar de mis limitados recursos, me
procuré muchas publicaciones médicas cuyas láminas en colores eran mi delicia. Estaba
orgulloso de esta tendencia mía al rigor. Y después, cuando yo mismo empecé a publicar, hube
de dibujar las láminas de mis ensayos, y sé que una de ellas resultó tan pobre que me atrajo las
burlas de un colega benévolo. A esto se suma, no sé muy bien cómo, un recuerdo de infancia
muy temprano. Mi padre se divirtió cierta vez, dejándonos a mí y a la mayor de mis hermanas
un libro con láminas en colores (descripción de un viaje a Persia) para que lo destrozáramos.
Pedagógicamente fue algo apenas justificable. Yo tenía entonces cinco años, y mi hermana,
menos de tres; y la imagen que tengo de nosotros, niños, deshojando dichosos ese libro (hoja
por hoja, como un alcaucil, no puedo menos que decir) es casi la única que me ha quedado
como recuerdo plástico de esa época de mi vida. Después, siendo estudiante, se desarrolló en
mí tina predilección franca por coleccionar y poseer libros (que, análogamente a la tendencia a
estudiar en monografías, era una afición, como ocurre en los pensamientos del sueño con
respecto al ciclamen y al alcaucil). Me convertí en un gusano de biblioteca (cf. el herbario).
Desde que comencé a reflexionar sobre mí mismo, he reconducido siempre esa primera pasión
de mi vida a aquella impresión infantil; mejor dicho: he reconocido que esa escena infantil es un
«recuerdo encubridor» de mi posterior bibliofilia. Desde luego, también muy
pronto supe que las pasiones (Leidenschaften} fácilmente nos hacen padecer {leiden}. A los
dieciséis años llegué a tener una respetable deuda con un librero, pero no los medios para
saldarla, y mi padre apenas admitió como disculpa que mis inclinaciones no me hubieran hecho
caer en algo peor. Pero la mención de esta vivencia de adolescente me retrotrae enseguida a
mi conversación con el doctor Kónigstein. Es que sobre reproches parecidos, a saber, que me
dejo llevar demasiado por mis aficiones, versó también la conversación que mantuvimos al
atardecer del día del sueño.
Por razones que aquí no vienen al caso, no proseguiré la interpretación de este sueño, sino que
me limitaré a indicar el camino que lleva a ella. Durante el trabajo de interpretación recordé la
charla con el doctor Königstein, y por cierto varios de sus pasajes. Si tengo presentes las cosas
que se tocaron en ella, se vuelve para mí comprensible el sentido del sueño. Todas las ilaciones
de pensamiento esbozadas acerca de las aficiones de mi mujer y de las mías, de la cocaína, de
las dificultades del tratamiento médico entre colegas, de mi predilección por los estudios
monográficos y mi descuido de ciertas disciplinas como la botánica, todo eso, encuentra
después su continuación y desemboca en alguno de los hilos de aquella charla tan ramificada.
El sueño cobra de nuevo el carácter de una justificación, de un alegato hecho en mi defensa,
como lo tuvo el sueño analizado en primer lugar, el de la inyección de Irma; y aun prosigue el
tema allí iniciado y lo elucida con un material nuevo, que vino a sumarse en el intervalo que
trascurrió entre ambos sueños. Hasta la forma de expresión del sueño, indiferente en
apariencia, cobra cierto acento. Ahora quiero decir: «Soy el hombre que tiene escrito el valioso y
exitoso tratado (sobre la cocaína)», así como entonces aduje para justificarme: «Soy un
universitario capaz y aplicado»; en ambos casos, por tanto: «Tengo derecho a permitirme eso».
Ahora bien, aquí puedo renunciar a los detalles de la interpretación del sueño, pues sólo me
movió a comunicarlo el propósito de investigar, en un ejemplo, la relación del contenido onírico
con la vivencia suscitadora de la víspera. Mientras de este sueño no conozco sino su contenido
manifiesto, sólo me resulta patente su nexo con una impresión diurna; después de hecho el
análisis, obtengo una segunda fuente del sueño en otra vivencia del mismo día. La primera de
las impresiones con que se relaciona el sueño es indiferente, una circunstancia colateral. Veo
en un escaparate un libro cuyo título me roza apenas y cuyo contenido difícilmente pueda
interesarme. La segunda vivencia tenía un elevado valor psíquico; he conversado
animadamente con mi amigo, el médico oculista, por espacio de una buena hora, haciéndole
indicaciones de gran interés para ambos, y en mí surgen recuerdos que llaman mi atención
sobre las excitaciones más variadas de mi interioridad. Además, la conversación fue
interrumpida, antes que terminara, por la llegada de personas conocidas. Ahora bien, ¿qué
relación mantienen las dos impresiones diurnas entre sí y con el sueño que sobrevino por la
noche?
Dentro del contenido [manifiesto] del sueño no hallo aludida sino la impresión indiferente, y así
puedo corroborar que el sueño recoge con preferencia, en su contenido, episodios
circunstanciales de la vida. En cambio, en la interpretación todo lleva a la vivencia importante, la
que excita con fundamento. Si sigo el único camino correcto, que es juzgar sobre el sentido del
sueño según el contenido latente que el análisis trajo a la luz, impensadamente alcanzo un
nuevo e importante conocimiento. Veo desaparecer ese enigma, el de que el sueño se ocupe
sólo de los restos ínfimos de la vida diurna; y aun debo contradecir la tesis según la cual la vida
psíquica de vigilia no se continúa en el sueño y, por ende, este prodiga actividad psíquica en un
material trivial.
Lo contrario es cierto: lo que nos ha reclamado durante el día preside también los pensamientos
oníricos, y sólo nos tomamos el trabajo de soñar con aquellas materias que durante el día nos
han dado que pensar.
Entonces, ¿por qué soñamos con la impresión diurna indiferente, si es la impresión que nos
emociona con fundamento la que ha ocasionado el sueño? La explicación más sencilla es que
estamos aquí de nuevo frente a un fenómeno de desfiguración onírica. Hemos referido esta a un
poder psíquico que reina como censura. El recuerdo de la monografía sobre el género ciclamen
es empleado como si fuera una alusión al coloquio con mi amigo, tal y como en el sueño de la
comida vedada la mención de la amiga estaba subrogada por la alusión «salmón ahumado».
Sólo cabe preguntarse por los eslabones intermedios que relacionaron, por vía de alusión, la
impresión de la monografía y el coloquio con el médico oculista; en efecto, a primera vista no se
discierne tal relación. En el ejemplo de la comida vedada esa relación se daba de antemano: el
«salmón ahumado» como bocado predilecto de la amiga pertenece, sin más, al círculo de
representaciones que la persona de su amiga podía incitar en la soñante. En nuestro nuevo
ejemplo trátase de dos impresiones separadas que a primera vista nada tienen en común,
como no sea el hecho de que ocurrieron el mismo día. La monografía se me presentó a media
mañana, y al atardecer mantuve aquella conversación. He aquí la respuesta que nos ofrece el
análisis: esas relaciones primero inexistentes entre ambas impresiones fueron tejidas con
posterioridad desde el contenido de representaciones de una hasta el de la otra. Ya he
destacado los eslabones intermedios pertinentes cuando expuse el análisis. Con la
representación de la monografía sobre el ciclamen se habría enlazado, de no mediar influencias
de otro origen, solamente la idea de que esta es la flor predilecta de mi mujer, y quizás el
recuerdo del ramo de flores que echó de menos la señora L. No creo que estos pensamientos
segundos bastaran para provocar un sueño.