Obras de S. Freud: Inhibición, síntoma y angustia, CAPÍTULO V

V

Queríamos estudiar la formación de síntoma y la lucha secundaria del yo contra el síntoma, pero es evidente que nuestra elección de las fobias no fue un paso feliz. La angustia que predomina en el cuadro de estas afecciones se nos presenta ahora como una complicación que extiende un velo sobre el estado de cosas. Son numerosas las neurosis en las que no se presenta nada de angustia. La genuina histeria de conversión es de esa clase: sus síntomas más graves se encuentran sin contaminación de angustia. Ya este hecho debería alertarnos para no atar con demasiada firmeza los vínculos entre angustia y formación de síntoma. Pero las fobias se hallan en lo demás tan próximas a las histerias de conversión que me he considerado autorizado a situarlas en una misma serie con estas, bajo el título de «histeria de angustia». Empero, hasta hoy nadie ha podido indicar la condición que decide si un caso ha de cobrar la forma de una histeria de conversión o la de una fobia; y, por consiguiente, nadie ha averiguado aún la condición del desarrollo de angustia en la histeria.

Los síntomas más frecuentes de la histeria de conversión (una parálisis motriz, una contractura, una acción o descarga involuntarias, un dolor, una alucinación) son procesos de investidura permanentes o intermitentes, lo cual depara nuevas dificultades a la explicación. En verdad, no sabemos decir mucho acerca de tales síntomas. Mediante el análisis se puede averiguar el decurso excitatorio perturbado al cual sustituyen. Las más de las veces se llega a la conclusión de que ellos mismos participan de este último, y es como si toda la energía del decurso excitatorio se hubiera concentrado en este fragmento. El dolor estuvo presente en la situación en que sobrevino la represión; la -alucinación fue una percepción en ese momento; la parálisis motriz es la defensa frente a una acción que habría debido ejecutarse en aquella situación, pero fue inhibida; la contractura suele ser un desplazamiento hacia otro lugar de una inervación muscular intentada entonces, y el ataque convulsivo, expresión de un estallido afectivo que se sustrajo del control normal del yo.

La sensación de displacer que acompaña a la emergencia del síntoma varía en medida muy llamativa. En los síntomas permanentes desplazados a la motilidad, como parálisis y contracturas, casi siempre falta por completo; el yo se comporta frente a ellos como si no tuviera participación alguna, En el caso de los síntomas intermitentes y referidos a la esfera sensorial, por regla general se registran nítidas sensaciones de displacer, que en el caso del síntoma doloroso pueden aumentar hasta un nivel excesivo. Dentro de esta diversidad es muy difícil distinguir el factor que posibilita tales diferencias y que al mismo tiempo pudiera explicarlas de manera unitaria. También de la lucha del yo contra el síntoma ya formado se recibe escasa noticia en la histeria de conversión. Sólo cuando la sensibilidad dolorosa de una parte del cuerpo se ha convertido en síntoma puede este desempeñar un papel doble. El síntoma de dolor emerge con igual seguridad cuando ese lugar es tocado desde afuera y cuando la situación patógena que ese lugar subroga es activada por vía asociativa desde adentro, y el yo recurre a medidas precautorias para evitar el despertar del síntoma por la percepción externa. No alcanzamos a colegir a qué se debe la particular opacidad de la formación de síntoma en la histeria de conversión, pero ella nos mueve a abandonar enseguida este infecundo terreno.

Nos volvemos hacia la neurosis obsesiva en la expectativa de averiguar en ella algo más acerca de la formación de síntoma. Los síntomas de la neurosis obsesiva son en general de dos clases, y de contrapuesta tendencia. 0 bien son prohibiciones, medidas precautorias, penitencias, vale decir de naturaleza negativa, o por el contrario son satisfacciones sustitutivas, hartas veces con disfraz simbólico. De estos dos grupos, el más antiguo es el negativo, rechazador, punitorio; pero cuando la enfermedad se prolonga, prevalecen las satisfacciones, que burlan toda defensa. Constituye un triunfo de la formación de síntoma que se logre enlazar la prohibición con la satisfacción, de suerte que el mandato o la prohibición originariamente rechazantes cobren también el significado de una satisfacción; es harto frecuente que para ello se recurra a vías de conexión muy artificiosas. En esta operación se evidencia la inclinación a la síntesis, que ya hemos reconocido al yo. En casos extremos el enfermo consigue que la mayoría de sus síntomas añadan a su significado originario el de su opuesto directo, testimonio este del poder de la ambivalencia, que, sin que sepamos nosotros la razón, desempeña un importantísimo papel en la neurosis obsesiva. En el caso más grosero, el síntoma es de dos tiempos, vale decir que a la acción que ejecuta cierto precepto sigue inmediatamente una segunda, que lo cancela o lo deshace {rückgängig machen}, si bien todavía no osa ejecutar su contrario.

De este rápido panorama de los síntomas obsesivos se obtienen enseguida dos impresiones. La primera es que se asiste aquí a una lucha continuada contra lo reprimido, que se va inclinando más y más en perjuicio de las fuerzas represoras; y la segunda, que el yo y el superyó participan muy considerablemente en la formación de síntoma.

La neurosis obsesiva es por cierto el objeto más interesante y remunerativo de la indagación analítica, pero no se la ha dominado todavía como problema. Si queremos penetrar más a fondo en su esencia, tenemos que confesar que nos resultan imprescindibles unos supuestos inseguros y unas conjeturas indemostradas. La situación inicial de la neurosis obsesiva no es otra que la de la histeria, a saber, la necesaria defensa contra las exigencias libidinosas del complejo de Edipo. Y por cierto, toda neurosis obsesiva parece tener un estrato inferior de síntomas histéricos, formados muy temprano.  Empero, la configuración ulterior es alterada decisivamente por un factor constitucional. La organización genital de la libido demuestra ser endeble y muy poco resistente {resistent}. Cuando el yo da comienzo a sus intentos defensivos, el primer éxito que se propone como meta es rechazar en todo o en parte la organización genital (de la fase fálica) hacia el estadio anterior, sádico-anal. Este hecho de la regresión continúa siendo determinante para todo lo que sigue.

Ahora bien, puede considerarse otra posibilidad todavía. Acaso la regresión no sea la consecuencia de un factor constitucional, sino de uno temporal. No se hará posible porque la organización genital de la libido haya resultado demasiado endeble, sino porque la renuencia del yo se inició demasiado temprano, todavía en pleno florecimiento de la fase sádica. Tampoco en este punto me atrevo a adoptar una decisión cierta, pero la observación analítica no favorece ese supuesto. Muestra, más bien, que el estadio fálico ya se ha alcanzado en el momento del giro {Wendung} hacia la neurosis obsesiva. Además, esta neurosis estalla a edad más tardía que la histeria (el segundo período infantil, luego de iniciada la época de latencia), y en un caso de desarrollo muy tardío de esta afección, que pude estudiar [una paciente mujer], se demostró con claridad que una desvalorización objetiva {real} de la vida genital hasta entonces intacta había creado la condición de la regresión y de la génesis de la neurosis obsesiva.

Busco la explicación metapsicológica de la regresión en una «desmezcla de pulsiones», en la segregación de los componentes eróticos que al comienzo de la fase genital se habían sumado a las investiduras destructivas de la fase sádica.

El forzamiento de la regresión significa el primer éxito del yo en la lucha defensiva contra la exigencia de la libido. En este punto es ventajoso distinguir entre la tendencia más general de la «defensa», y la «represión», que es sólo uno de los mecanismos de que se vale aquella. Quizás en la neurosis obsesiva se discierna con más claridad que en los casos normales y en los histéricos que el complejo de castración es el motor de la defensa, y que la defensa recae sobre. las aspiraciones del complejo de Edipo. Ahora nos situamos en el comienzo del período de latencia, que se caracteriza por el sepultamiento {Untergang} del complejo de Edipo, la creación o consolidación del superyó y la erección de las barreras éticas y estéticas en el interior del yo. En la neurosis obsesiva, estos procesos rebasan la medida normal; a la destrucción {Zerstörung} del complejo de Edipo se agrega la degradación regresiva de la libido, el superyó se vuelve particularmente severo y desamorado, el yo desarrolla, en obediencia al superyó, elevadas formaciones reactivas de la conciencia moral, la compasión, la limpieza. Con una severidad despiadada, y por eso mismo no siempre exitosa, se proscribe la tentación a continuar con el onanismo de la primera infancia, que ahora se apuntala en representaciones regresivas (sádico-anales), a pesar de lo cual sigue representando {repräsentieren} la participación no sujetada de la organización fálica. Constituye una contradicción interna el que, precisamente en aras de conservar la masculinidad (angustia de castración), se coarte todo quehacer de ella, pero aun esta contradicción sólo es exagerada en la neurosis obsesiva, puesto que es inherente al modo normal de eliminación del complejo de Edipo. Toda desmesura lleva en sí el germen de su auto-cancelación, lo cual se comprueba también en la neurosis obsesiva, pues justamente el onanismo sofocado fuerza, en la forma de las acciones obsesivas, una aproximación cada vez mayor a su satisfacción.

Podemos admitir como un nuevo mecanismo de defensa, junto a la regresión y a la represión, las formaciones reactivas que se producen dentro del yo del neurótico obsesivo y que discernimos como exageraciones de la formación normal del carácter. Parecen faltar en la histeria, o ser en ella mucho más débiles. En una ojeada retrospectiva obtenemos así una conjetura acerca de lo que caracteriza al proceso defensivo de la histeria. Parece que se limita a la represión; en efecto, el yo se extraña de la moción pulsional desagradable, la deja librada a su decurso dentro de lo inconciente y no participa en sus ulteriores destinos. Por cierto que esto no puede ser correcto así, de una manera tan exclusiva, pues conocemos el caso en que el síntoma histérico significa al mismo tiempo el cumplimiento de un reclamo punitorio del superyó; empero, quizá describa un carácter universal del comportamiento del yo en la histeria.

Puede aceptarse simplemente como un hecho que en la neurosis obsesiva se forme un superyó severísimos, o puede pensarse que el rasgo fundamental de esta afección es la regresión libidinal e intentarse enlazar con ella también el carácter del superyó. De hecho, el superyó, que proviene del ello, no puede sustraerse de la regresión y la desmezcla de pulsiones allí sobrevenida. No cabría asombrarse si a su vez se volviera más duro, martirizador y desamorado que en el desarrollo normal.

En el curso del período de latencia, la defensa contra la tentación onanista parece ser considerada la tarea principal. Esta lucha produce una serie de síntomas, que se repiten de manera típica en las más diversas personas y presentan en general el carácter de un ceremonial. Es muy lamentable que todavía no hayan sido recopilados y analizados sistemáticamente; en su calidad de primerísimas operaciones de la neurosis, serían lo más apto para difundir luz sobre el mecanismo de formación de síntoma aquí empleado. Ya exhiben los rasgos que en caso de sobrevenir después una enfermedad grave resaltan como tan perniciosos: la colocación {de la libido; Unterbringung} en los desempeños que más tarde están destinados a ejecutarse como automáticamente, el irse a dormir, lavarse, vestirse, la locomoción, la inclinación a la repetición y al dispendio del tiempo. No comprendemos aún por qué razón ello acontece así; la sublimación de componentes del erotismo anal desempeña ahí un nítido papel.

La pubertad introduce un corte tajante en el desarrollo de la neurosis obsesiva. La organización genital, interrumpida en la infancia, se reinstala con gran fuerza. Empero, sabemos que el desarrollo sexual de la infancia prescribe la orientación también al recomienzo de los años de pubertad. Por tanto, por una parte vuelven a despertar las mociones agresivas iniciales, y por la otra, un sector más o menos grande de las nuevas mociones libidinosas -su totalidad, en los peores casos- se ve precisado a marchar por las vías que prefiguró la regresión, y a emerger en condición de propósitos agresivos y destructivos. A consecuencia de este disfraz de las aspiraciones eróticas y de las intensas formaciones reactivas producidas dentro del yo, la lucha contra la sexualidad continúa en lo sucesivo bajo banderas éticas. El yo se revuelve, asombrado, contra invitaciones crueles y violentas que le son enviadas desde el ello a la conciencia, y ni sospecha que en verdad está luchando contra unos deseos eróticos, algunos de los cuales se habrían sustraído en otro caso de su veto. El superyó hipersevero se afirma con energía tanto mayor en la sofocación de la sexualidad cuanto que ella ha adoptado unas formas tan, repelentes. Así, en la neurosis obsesiva el conflicto se refuerza en dos direcciones: lo que defiende ha devenido más intolerante, y aquello de lo cual se defiende, más insoportable; y ambas cosas por influjo de un factor: la regresión libidinal.

Podría hallarse pie para contradecir muchos de nuestros supuestos en la circunstancia de que la representación obsesiva desagradable deviene en general conciente. Empero, no hay duda alguna de que antes ha atravesado por el proceso de la represión. En la mayoría de los casos, el texto genuino de la moción pulsional agresiva no se ha vuelto notorio para el yo. Hace falta un buen tramo de trabajo analítico para hacérselo conciente. Lo que ha irrumpido hasta la conciencia es, por regla general, sólo un sustituto desfigurado {dislocado}, de una imprecisión onírica y nebulosa o vuelto irreconocible mediante un absurdo disfraz. Si la represión no ha roído el contenido de la moción pulsional agresiva, ha eliminado en cambio el carácter afectivo que la acompañaba. Así, la agresión ya no aparece al yo como un impulso, sino, según dicen los enfermos, como un mero «contenido de pensamiento» que los deja fríos.  Lo más asombroso, empero, es que no es ese el caso.

Ocurre que el afecto ahorrado a raíz de la percepción de la representación obsesiva sale a luz en otro lugar. El superyó se comporta como si no se hubiera producido represión alguna, como si la moción agresiva le fuera notoria en su verdadero texto y con su pleno carácter de afecto, y trata al yo de la manera condigna a esa premisa. El yo, que por una parte se sabe inocente, debe por la otra registrar un sentimiento de culpa y asumir una responsabilidad que no puede explicarse. Ahora bien, el enigma que esto nos propone no es tan grande como parece a primera vista. La conducta del superyó es enteramente comprensible; la contradicción dentro del yo nos prueba, solamente, que por medio de la represión él se ha clausurado frente al ello, en tanto permanece accesible a los influjos que parten del superyó.  El problema que a continuación se plantea, el de saber por qué el yo no busca sustraerse también de la crítica martirizadora del superyó, queda eliminado con la información de que es eso efectivamente lo que sucede en una gran serie de casos. De hecho, hay neurosis obsesivas sin ninguna conciencia de culpa; hasta donde lo comprendemos, el yo se ahorra percibirla mediante una nueva serie de síntomas, acciones de penitencia, limitaciones de autopunición. Ahora bien, tales síntomas significan al mismo tiempo satisfacciones de mociones pulsionales masoquistas, que también recibieron un refuerzo desde la regresión.

Es tan enorme la diversidad de los fenómenos que ofrece la neurosis obsesiva que ningún empeño ha conseguido todavía proporcionar una síntesis coherente de todas sus variaciones. Uno se afana por distinguir nexos típicos, pero siempre con el temor de pasar por alto otras regularidades no menos importantes.

Ya he descrito la tendencia general de la formación de síntoma en el caso de la neurosis obsesiva. Consiste en procurar cada vez mayor espacio para la satisfacción sustitutiva a expensas de la denegación {frustración}. Estos mismos síntomas que originariamente significaban limitaciones del yo cobran más tarde, merced a la inclinación del yo por la síntesis, el carácter de unas satisfacciones, y es innegable que esta última significación deviene poco a poco la más eficaz. Así, el resultado de este proceso, que se aproxima cada vez más al total fracaso del afán defensivo inicial, es un yo extremadamente limitado que se ve obligado a buscar sus satisfacciones en los síntomas. El desplazamiento de la relación de fuerzas en favor de la satisfacción puede llevar a un temido resultado final: la parálisis de la voluntad del yo, quien, para cada decisión, se encuentra con impulsiones de pareja intensidad de un lado y del otro. El conflicto hiperintensificado entre ello y superyó, que gobierna esta afección desde el comienzo mismo, puede extenderse tanto que ninguno de los desempeños del yo, que se ha vuelto incapaz para la mediación, se sustraiga de ser englobado en él.

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