try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores


Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores.

 

En un segundo ensayo publicado en Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie he
podido demostrar, en un punto inesperado, la naturaleza tendenciosa de
nuestro recordar. Partí de un hecho llamativo: entre los más tempranos
recuerdos de infancia de una persona, a menudo parecen haberse
conservado los indiferentes y accesorios, en tanto que en la memoria
del adulto no se encuentra huella alguna de impresiones importantes,
muy intensas y plenas de afecto (digo que ello ocurre a menudo, por
cierto que no en todos los casos). Como es sabido que la memoria
practica una selección entre las impresiones que se le ofrecen, podría
insinuarse aquí el supuesto de que tal selección se produce en la
infancia siguiendo principios enteramente diversos de los que rigen en
la época de la madurez intelectual. Sin embargo, una indagación atenta
muestra que ese supuesto es ocioso. Los recuerdos indiferentes de la
infancia deben su existencia a un proceso de desplazamiento
(descentramiento}; son el sustituto, en la reproducción [mnémica], de
otras impresiones de efectiva sustantividad cuyo recuerdo se puede
desarrollar a partir de ellos por medio de un análisis psíquico, pero
cuya reproducción directa está estorbada por una resistencia. Puesto
que deben su conservación, no a su contenido propio, sino a un vínculo
asociativo de su contenido con otro, reprimido, tienen fundados títulos
al nombre de «recuerdos encubridores», con el cual los he designado.

En
el citado ensayo rocé apenas, sin agotarlas en modo alguno, las
diversidades que tales recuerdos encubridores muestran en sus vínculos
y significados. En el ejemplo que allí analicé en detalle puse sobre
todo de relieve la particularidad de la relación temporal entre
el recuerdo encubridor y el contenido por él encubierto. Es esta: el
contenido del recuerdo encubridor pertenecía en ese caso a uno de los
primeros años de la infancia, mientras que las vivencias de lo pensado
que él subrogaba en la memoria, y que habían permanecido casi
inconcientes, correspondían a años posteriores de esa persona. Denominé
atrasador o retrocedente a este tipo
de desplazamiento. Acaso con mayor frecuencia se tropieza con la
relación contrapuesta, a saber: se consolida en la memoria como
recuerdo encubridor una impresión indiferente reciente, que sólo debe
ese privilegio a su enlace con una vivencia anterior, cuya reproducción
directa es estorbada por unas resistencias. Estos serían recuerdos
encubridores adelantadores o avanz ados. Lo esencial que la memoria cuida se sitúa aquí, en el orden del tiempo, detrás del
recuerdo encubridor. Por último, aun un tercer caso posible: que el
recuerdo encubridor no se enlace con la impresión encubierta sólo por
su contenido, sino también por su contigüidad en el tiempo; este sería
el recuerdo encubridor simultáneo o contiguo.

Cuánto
de nuestro tesoro mnémico pertenece a la categoría de los recuerdos
encubridores, y qué papel desempeñan estos en los diversos procesos del
pensar neurótico, he ahí unos problemas en cuya apreciación no entré en
aquel ensayo; tampoco los abordaré aquí: sólo me interesa poner de
relieve la homogeneidad entre el olvido de nombres propios con recordar
fallido y la formación de los recuerdos encubridores.

A
primera vista, las diversidades entre ambos fenómenos son mucho más
llamativas que sus eventuales analogías. Allí se trata de nombres
propios, aquí de impresiones completas de algo que se vivenció ora en
la realidad objetiva, ora en el pensamiento; allí de un fracaso
manifiesto de la función mnémica, aquí de un logro mnémico que nos
parece extraño; allí de una perturbación momentánea -pues el nombre
recién olvidado pudo haber sido reproducido antes centenares de veces
de manera correcta, y volverá a serlo desde mañana-, aquí de una
posesión duradera y sin mengua, pues los recuerdos de infancia
indiferentes parecen poder acompañarnos durante un largo trayecto de
nuestra vida. O sea que el enigma parece orientarse muy diversamente en
cada uno de esos casos. Allí es el olvidar, aquí el retener, lo que
despierta nuestra curiosidad científica. Sin embargo, a poco que se
profundiza se advierte que predominan con mucho las coincidencias entre
ambos fenómenos, a despecho de su diversidad en cuanto a material
psíquico y a duración.

Aquí como allí se trata de
unos desaciertos del recordar; la memoria no reproduce lo correcto,
sino algo diverso como sustituto. En el caso del olvido de un nombre,
no está ausente el logro mnémico en la forma de los nombres
sustitutivos; y el caso de formación de un recuerdo encubridor se basa
en el olvido de otras impresiones, más importantes. En ambos casos, una
sensación intelectual nos anoticia de que se ha entremetido una
perturbación, sólo que lo hace en forma diferente en cada uno de ellos.
En el olvido de un nombre sabemos que los nombres sustitutivos son falsos; en cuanto a los recuerdos encubridores, nos asombramos de
poseerlos. Y si luego el análisis psicológico nos demuestra que la
formación sustitutiva se ha producido en los dos casos de idéntico
modo, por desplazamiento a lo largo de una asociación superficial, las
diversidades entre ambos fenómenos en cuanto al material, en cuanto a
la duración y en cuanto a su centramiento { Zentrierung}, justamente
ellas, contribuyen a acrecentar nuestra expectativa de haber
descubierto algo importante y de validez universal. Y eso universal
sería: El fracaso y descaminamiento de la función reproductora indica,
mucho más a menudo de lo que conjeturaríamos, la injerencia de un
factor partidista, de una tendencia, que favorece a un recuerdo en tanto se empeña en trabajar contra otro.

El
tema de los recuerdos de infancia me parece tan sustantivo e
interesante que he de consagrarle todavía algunas consideraciones, que
rebasan los puntos de vista hasta ahora expuestos.

¿Cuán
atrás en la infancia se remontan los recuerdos? He tomado conocimiento
de algunas investigaciones sobre este punto, como las de V. y C. Henri
y la de Potwin; su resultado es que existen entre los encuestados
grandes diferencias individuales, pues algunos sitúan su primer
recuerdo en su sexto mes de vida, y otros no saben nada de su vida
hasta cumplido el sexto año, y aun el octavo. Ahora bien, ¿a qué se
deben esas diversidades en la conducta de los recuerdos de infancia, y
qué significado poseen? Es evidente que no basta recopilar por vía de
encuesta el material relativo a esas cuestiones; hace falta además una
elaboración de ese material, en la que es preciso que participe la
persona encuestada.

Opino que tomamos muy a la ligera
el hecho de la amnesia infantil, la falta de recuerdos sobre los
primeros años de nuestra vida, y erramos no considerándolo un raro
enigma. Olvidamos cuán elevadas son las operaciones intelectuales y
cuán complejas las mociones de sentimiento de que es capaz un niño a
los cuatro años, por ejemplo, y debería asombrarnos que la memoria de
años posteriores por regla general guarde muy poco de aquellos procesos
anímicos, tanto más cuanto que tenemos todas las razones para suponer
que esas mismas operaciones olvidadas de la infancia no han resbalado
por el desarrollo de la persona sin dejar huellas; antes bien, han
ejercido un influjo de comando sobre todos los períodos posteriores. ¡Y
a despecho de esta incomparable eficacia suya fueron olvidadas! Ello
apunta, para el recordar (en el sentido de la reproducción conciente),
a unas condiciones de especialista índole, que hasta ahora han escapado
a nuestras intelecciones. Es muy posible que el olvido de la infancia
pueda proporcionarnos la clave para entender aquellas amnesias que,
según nuestros más nuevos discernimientos, están en la base de la
formación de todos los síntomas neuróticos.

Entre los
recuerdos de infancia conservados, algunos nos parecen perfectamente
concebibles, y otros, extraños o ininteligibles. No es difícil
rectificar algunos errores con respecto a ambas variedades. Si los
recuerdos conservados de un hombre se someten a examen analítico, es
fácil comprobar que no hay ninguna garantía de su corrección. Algunas
de las imágenes mnémicas están con seguridad falseadas, son incompletas
o fueron desplazadas en tiempo y espacio. Es evidente que no son
confiables indicaciones de las personas indagadas, en el sentido, por
ejemplo, de que su primer recuerdo proviene de su segundo año de vida.
Es que pronto se descubren motivos que vuelven comprensible la
desfiguración y el desplazamiento de lo vivenciado, pero también
prueban que la causa de estas equivocaciones del recuerdo no puede ser
una simple infidelidad de la memoria. Intensos poderes de la vida
posterior han modelado la capacidad de recordar las vivencias
infantiles, probablemente los mismos poderes en virtud de los cuales
todos nosotros nos hemos enajenado tanto de la posibilidad de inteligir
nuestra niñez.

Como se sabe, no es para todos los
adultos idéntico el material psíquico en que consuman su recordar. Unos
recuerdan en imágenes visuales, sus recuerdos poseen este último
carácter; otros individuos apenas si pueden reproducir en el recuerdo
los más indispensables contornos de lo vivenciado; se los llama auditifs y moteurs, por
oposición a los visuels, según la propuesta de Charcot. Tales distingos
se esfuman en el soñar: todos soñamos prevalecientemente en imágenes
visuales. Pero también en los recuerdos de infancia involuciona aquel
desarrollo; son de plasticidad visual aun en personas de cuyo recordar
posterior está ausente el elemento visual. Así, el recordar visual
conserva el tipo del recordar infantil. En mi caso, los recuerdos de
infancia más tempranos son los únicos de carácter visual; son unas
escenas de configuración enteramente plástica, sólo comparables a las
que se representan en el teatro. En tales escenas de la infancia,
resulten ellas verdaderas o falsas, por lo general uno ve a la persona
propia, la persona infantil, con sus contornos y con su ropa. Esta
circunstancia no puede menos que provocar asombro; en efecto, los
adultos visuales ya no ven a su persona en sus recuerdos de vivencias
posteriores. Además, contradice todas nuestras experiencias suponer que
la atención del niño en sus vivencias estaría dirigida a sí mismo y no
a esas impresiones exteriores. Así, desde distintos lados se nos impone
esta conjetura: de esos recuerdos de infancia que se llaman los más
tempranos no poseemos la huella mnémica real y efectiva, sino una
elaboración posterior de ella, una elaboración que acaso experimentó
los influjos de múltiples poderes psíquicos posteriores. Por lo tanto,
los «recuerdos de infancia» de los individuos llegan con total
universalidad a adquirir el significado de unos «recuerdos
encubridores», y de ese modo cobran notable analogía con los recuerdos
de infancia de los pueblos, consignados en sagas y mitos.

Quien
haya hecho indagación anímica en cierto número de personas con el
método del psicoanálisis, habrá recopilado en ese trabajo abundantes
ejemplos de recuerdos encubridores de todo tipo. Ahora bien,
comunicarlos se vuelve en extremo difícil por la ya elucidada
naturaleza de los vínculos de los recuerdos de infancia con la vida
posterior; para que un recuerdo de infancia se pudiera apreciar como un
recuerdo encubridor, a menudo haría falta exponer la biografía entera
de la persona en cuestión. Por eso rara vez es posible, como en el
lindo ejemplo que sigue, desengarzar un recuerdo de infancia para
comunicarlo por separado.

Un hombre de veinticuatro años ha conservado la siguiente imagen de su quinto año de vida:

Está
sentado en el jardín de una residencia veraniega sobre una sillita,
junto a una tía que se empeña en inculcarle el abecedario. El distingo
entre m y n le trae dificultades y ruega a la tía que le diga cómo se
discierne cuál es una y cuál la otra. La tía le hace notar que la m
tiene toda una pieza más que la n, su tercer trazo.
No había motivo alguno para poner en tela de juicio la fidelidad de tal
recuerdo de infancia; sin embargo, sólo más tarde adquirió este su
significatividad: cuando se hubo mostrado apto para asumir la
subrogación simbólica de otro apetito de saber del muchacho. En efecto,
así como entonces quería saber la diferencia entre m y n , más
tarde se empeñó en averiguar la diferencia entre varón y niña, y por
cierto le habría complacido que justamente esa tía fuera su maestra. Y
entonces descubrió que la diferencia era semejante: también el
varoncito tenía toda una pieza más que la nena; y en la época de este
discernimiento despertó su recuerdo del correspondiente apetito de
saber infantil.

Otro ejemplo de años posteriores de
la niñez: Un hombre que sufre de grave inhibición en su vida amorosa, y
tiene ahora más de cuarenta años, es el mayor de nueve hermanos. Tenía
quince años cuando nació su hermanito menor, pero afirma a pie juntabas
que nunca notó un embarazo de su madre. Bajo la presión de mí
incredulidad, le acudió el recuerdo de haber visto cierta vez, a la
edad de once o doce años, que la madre apresuradamente se aflojaba el vestido frente
al espejo. Y ahora, sin compulsión, agrega este complemento: acababa
ella de volver de la calle y la aquejaron unos inesperados dolores de
parto. Ahora bien, el aflojarse {Aulbinden} el vestido es un recuerdo encubridor del parto {Entbindung}. En otros casos volveremos a tropezar con el uso de tales «palabras-puentes».

Me
gustaría mostrar aún, con un solo ejemplo, qué sentido puede cobrar
mediante la elaboración analítica un recuerdo de infancia que antes no
parecía tener ninguno. Cuando, a los cuarenta y tres años, empecé a
dirigir mi interés a los restos de recuerdo de mi propia niñez, me
acudió una vivencia que desde hacía mucho tiempo -creo que desde
siempre- llegaba a veces a mi conciencia, y que, según buenos indicios,
se situaría antes de cumplir yo el tercer año de vida. Me veía pidiendo
y berreando de pie ante una canasta, cuya tapa mantenía abierta mi
hermanastro, veinte años mayor que yo; y luego, de pronto, entraba en
la habitación mi madre, bella y de fina silueta, como si regresara de
la calle. Mediante las palabras que acabo de decir había aprehendido yo
esa escena vista plásticamente, con la que no atinaba a otra cosa. Todo
me era oscuro: si mi hermano había querido abrir o cerrar la canasta
-en mi primera traducción de la imagen se decía «armario»-, por qué
lloraría yo, y qué tenía que ver con ello la entrada de mi madre.
Estuve tentado de darme esta explicación: se trataría de una burla de
mi hermano mayor, interrumpida por la madre. No son raros tales
malentendidos de una escena de infancia guardada en la memoria; uno se
acuerda de una situación, pero ella no está centrada {zentrieren}, uno no sabe sobre qué elemento de ella hay que poner el acento psíquico.

El
empeño analítico me condujo a una concepción por completo inesperada de
esa imagen. Yo había echado de menos a mi madre, había dado en la
sospecha de que ella estaba encerrada en ese armario o canasta, y por
eso pedí a mi hermano que la abriera. Cuando él me dio el gusto y me
convencí de que mi madre no estaba dentro, empecé a berrear; este es el
aspecto que el recuerdo retuvo, al que siguió enseguida la aparición de
la madre que calmaba mi inquietud o mi añoranza. Ahora bien, ¿cómo dio
el niño en la idea de buscar en la canasta a la madre ausente? Unos
sueños de la misma época [la del análisis de este recuerdo] apuntaban
de manera oscura a una niñera de la cual se conservaban también otras
reminiscencias; por ejemplo, que solía instarme concienzudamente para
que le entregara las moneditas que yo había recibido como regalo, un
detalle que merece reclamar el valor de un recuerdo encubridor para
algo que siguió. Así fue como me decidí a aliviarme por esta vez la
tarea interpretativa, y preguntar a mi madre, ya anciana, acerca de
aquella niñera. Me enteré de muchas cosas; entre ellas, que esta
persona lista, pero desleal, durante el puerperio de mi madre había
perpetrado grandes hurtos en la casa y a instancias de mi hermanastro
fue llevada ante el tribunal. Esta noticia me permitió entender la
escena infantil como por una suerte de iluminación. La desaparición
repentina de la niñera no me había sido indiferente; a ese hermano yo
había acudido para preguntarle dónde estaba ella, probablemente por
haber notado que le cupo un papel en su desaparición, y él, de manera
esquiva y con un juego de palabras, como era su costumbre, respondió
que estaba «encanastada» {«eingekastelt»}, o «encerrada».
Y bien, a esta respuesta la entendí a la manera infantil, y dejé de
preguntar porque ahí no había nada más que averiguar. Y cuando poco
tiempo después se ausentó mi madre, recelé que ese hermano malo había
hecho con ella lo mismo que con la niñera, y lo obligué a abrirme la
canasta {Kasten}. Ahora comprendo también por qué en
la traducción de la escena visual infantil se destaca la fina silueta
de mi madre, que tiene que haberme llamado la atención como recuperada.
Soy dos años y medio mayor que mi hermana en ese entonces nacida, y
cuando yo tenía tres años llegó a su término mi convivencia con aquel
hermanastro.