La verdad. Lo primero que hay que admitir es que el juicio que distingue lo verdadero y lo no verdadero está sometido a ciertas condiciones y a un régimen de constitución de la verdad. La concepción de Aristóteles, que predominaba en el pensamiento antiguo y medieval, garantizaba la verdad por una apelación contemplativa a las formas sensibles. Por ejemplo, para esta concepción, el agua es una sustancia, líquida, incolora, insípida e inodora. Este es un régimen de verdad y sería difícil decir que es falso, que el agua no es eso. Pero el desarrollo de la química moderna, habla de otra cosa, porque instaura un nuevo régimen de verdad, que no se asienta en la evidencia sensible, sino en el análisis sistemático y que, al menos en el caso del paradigma científico que estamos introduciendo, apela a la forma del cálculo y a la expresión matemática de principios, leyes y relaciones, como un modelo ideal de conocimiento. Para decirlo rápidamente, se trata del reemplazo de un régimen sensible por un régimen matemático de constitución de la verdad. Si hay algo que unifica distintas obras filosóficas, científicas, en este proceso que hemos empezado a situar desde el siglo XVII al XVIII, es que giran alrededor de una exaltación, de una hegemonía de esta construcción matemática de la verdad.
Esta formulación matemática supone que el descubrimiento de la verdad adquiere un carácter progresivo. Ya no se trata del encuentro de una verdad que se descubre globalmente, bajo la forma de la analogía, que era una forma característica del conocimiento antiguo. El nuevo estatuto de verdad rompe esta formulación analógica de la relación para pensarla en términos de cálculo y de aproximación progresiva, que entonces no puede menos que encontrarse con verdades parciales. En el viejo paradigma el mundo es pensado básicamente como un mundo de formas sensibles y el modo de conocimiento opera bajo la forma de comparaciones. Al mismo tiempo, el régimen de verdad aparece fuertemente asentado sobre cierta sacralización de los textos: la verdad está en los textos. En cambio, la ciencia físico-matemática rompe con la tradición del texto sagrado para buscar a la verdad desplegada en un mundo que ya no es el de la experiencia sensible, sino el mundo transformado y construido por el método físico matemático. Interesa destacar estas consecuencias directamente detectables en el orden de la constitución y el progreso de la ciencia que aluden a una posición intelectual diferente frente al mundo como objeto de conocimiento.
La naturaleza. La naturaleza pregalileana es básicamente el conjunto armónico de formas sensibles y particularmente de formas vivientes. Hasta nosotros ha llegado también, por distintas vías, esa idea que asocia la naturaleza sobre todo al mundo orgánico, sobre todo a través de la tradición romántica, que ve a la naturaleza fundamentalmente como impulso, vida y movimiento. Allí, en ese conjunto de formas armónicas se daban, para el pensamiento antiguo, las posibilidades de una relación de conocimiento por analogía. Si la naturaleza es un conjunto de formas armónicamente relacionadas, el conocimiento de algunas de esas formas naturales permite, por comparación, sacar conclusiones o afirmar verdades respecto de otras formas. Además, esta idea de la naturaleza supone una concepción jerárquica y por lo tanto cerrada, de un mundo que tiene un límite, la referencia al límite de la esfera celeste, más allá de la cual están los dioses muestra algo de esta concepción de un mundo cerrado.
A partir de la revolución científica, la naturaleza va a significar otra cosa. En primer lugar, porque ya no es aquello que se ofrece a la experiencia inmediata, sino que es lo que se opone como objeto de conocimiento; y si presupone la existencia de un orden es bajo la forma de un sistema, que ya no es un conjunto armónico, sino que es un conjunto sometido a leyes que regulan de modo preciso las relaciones de los cuerpos. Para entender esto, veamos una de las formulaciones que más arraigo ha tenido en el pensamiento moderno, la fórmula cartesiana. La naturaleza para Descartes es la extensión (la "res extensa") y el orden de la naturaleza es un orden espacial: extensión más movimiento. Todo el orden de la naturaleza se reduce entonces a esta condición de extensión y movimiento. Es un modelo de tipo mecánico, esa parte de la física que se ocupa de los movimientos recíprocos de los cuerpos. El universo newtoniano es un gran mecanismo donde todas las relaciones de movimiento entre los cuerpos son traducibles a las fórmulas matemáticas de gravitación, que ponen en relación la masa de los cuerpos y las distancias que los separan. Se piensa la complejidad de fenómenos en el orden de la naturaleza en términos mecánicos, con lo cual el nuevo paradigma científico puede construir una realidad formulable en términos matemáticos.
El modelo mecánico de la naturaleza terminó por imponer a las concepciones de la biología contemporánea obstáculos que tuvieron que ser superados para producir los desarrollos fundamentales que tuvo en el siglo XIX bajo otro paradigma científico, el evolucionismo. Pero hay que ver lo que esa idea del funcionamiento del cuerpo viviente como una máquina hizo posible en el siglo XVII y XVIII. Por ejemplo, la circulación de la sangre, descubierta por Harvey, que es contemporáneo de Galileo, fue posible por la aplicación de ese modelo mecánico.
El sujeto. Lo importante, para pensar las condiciones de una psicología como ciencia de la subjetividad, es que el cambio en el conocimiento del mundo, en la idea de verdad y naturaleza supone también un cambio en el concepto del sujeto del conocimiento. La revolución del pensamiento en la ciencia moderna necesariamente debe problematizar la función del conocimiento: la filosofía moderna traslada la pregunta por el ser a la pregunta por el conocer. En todo caso, en ese camino del conocimiento se construye al mismo tiempo un cierto sujeto de la ciencia. Lo vemos en las proposiciones de Canguilhem: la concepción de la naturaleza como extensión y movimiento, sometida al cálculo matemático, riguroso, analítico, construye un sujeto pensante calculador, analítico y racional, que no es el sujeto psicológico. Se pueden establecer las equivalencias entre los rasgos que definen esta nueva imagen del mundo y las condiciones que debe cumplir el sujeto capaz de acceder a esa empresa de conocimiento. Si esto es así, cada nueva transformación, cada crisis del pensamiento, cada transformación de paradigmas científicos y filosóficos trae aparejados también cambios correlativos en la concepción del sujeto. El sujeto así constituido, a partir de este primer paradigma de la ciencia moderna, no necesariamente debe ser pensado bajo la forma de una identidad continuada respecto de otros paradigmas científicos y cambios civilizatorios a lo largo de la historia moderna y hasta nuestros días. El sujeto del que habla Descartes o Hume no es el mismo del que habla Darwin o autores más contemporáneos.
En la constitución de la ciencia moderna nace también la problematización del hombre en tanto sujeto de conocimiento. Es decir, si la verdad en este nuevo estatuto de la ciencia no se brinda espontáneamente al conocimiento sino que es el correlato de una actividad del sujeto sobre el objeto, la cuestión del sujeto de conocimiento se convierte en un problema fundamental. Y los principios del método, se convierten en una dimensión que debe ser ineludiblemente resuelta, para poder dar cuenta de los criterios de verdad que este paradigma así define; pero allí hay una consecuencia a extraer y es que la problemática posible de la naturaleza humana va a ser abordada por el lado de esta función de conocimiento.
