PERSPECTIVAS: Detrás del “puro cuento”, la palabra propia (psicología de la discapacidad)

PERSPECTIVAS: Detrás del “puro cuento”, la palabra propia

Por Micaela Grandoso

Alicia Fainblum, docente de la carrera de Psicología, conversó
con Intersecciones Psi acerca de la formación e intervención
del psicólogo en relación a la temática de discapacidad.
Destacó la necesidad de profesionales atravesados por una
cuestión ética, con una mirada que atienda la singularidad de
cada sujeto. “Efecto terapéutico sería generar una posición
sujeto, posición de autonomía respecto de la determinación
de un Otro”, aseguró.
¿Cómo surgió la cátedra de Psicología de la Discapacidad?
Presenté el proyecto de la materia hace mucho tiempo, pues
he sido parte de los muchos graduados que nada sabía de las
incumbencias de nuestra profesión en relación al trabajo con
personas con discapacidad.
¿Ya había trabajado el tema en otros ámbitos?
Sí, soy profesora de educación especial, así que en un
primer momento fui construyendo el rol del psicólogo
en el área educacional, repensando muchas cuestiones,
reelaborándolas. Siempre digo que en el profesorado, en
relación al trabajo con personas con discapacidad, he sido
producto más de la deformación que de la formación.
¿En qué sentido deformación?
En el sentido de que me “deformaron” para intervenir desde
una posición sobre la cual en este momento intento hacer
conscientes a los alumnos, respecto a las consecuencias
iatrogénicas que tiene, me refiero a una posición reeducativa,
tendiente a crear rendimientos comportamentales, desde una
perspectiva reparatoria y centrada en el déficit. Después tuve
la oportunidad, al transitar la Facultad, desde mi formación
profesional y a partir del deseo, de repensar muchas cuestiones
y así reposicionar mi mirada y con ello mis intervenciones.
¿Cómo fue el proceso tras la presentación del proyecto?
Al presentar el proyecto, encontré que en ninguna carrera de
psicología de ninguna universidad de nuestro país, ni pública
ni privada, estaba la materia. Hace 20 años, prácticamente no
había ningún tipo de especialización en el tema, situación que
también se observaba en otras disciplinas. Si bien esto fue
cambiando, no sólo al nivel académico sino también social,
estimo que la creación de la materia en nuestra Facultad
constituyó un acto fundante, porque progresivamente se fueron
generando efectos, en el sentido de nuevos espacios en los
que se dio cabida a la problemática, tanto en nuestra Facultad
como en otras unidades académicas que demandaron el
intercambio de la experiencia.
¿Había un interés en los psicólogos de aproximarse al
tema?
Sí, aunque también creo que había una cuestión bastante
resistencial respecto al tema, que tal vez hoy persiste, pero más
fuerte en aquel entonces. Esto lo identifico, por ejemplo, en la
pregunta de colegas, que me dicen: “Vos sos psicoanalista,
¿qué hacés en discapacidad?”, como suponiendo que al estar
en juego una problemática de discapacidad la persona queda
excluida de la condición de todo sujeto humano. Por ello, no
puedo dejar de leer en sus decires una cuestión que hace
resistencia. Sin embargo, el número de inscriptos a la materia
superó nuestras expectativas. Así que sí, efectivamente
había interés en los estudiantes de formarse en temas no
contemplados tradicionalmente en la formación académica.
De hecho, esta es una materia electiva que siempre ha tenido
un alto número de inscriptos.
¿Qué efecto produce en las miradas sobre la discapacidad
que estudiantes que han cursado la materia, motivados
a involucrarse más en el tema, hoy recibidos decidan
desempeñarse en este campo?
Es un efecto de reproducción que notamos muchísimo.
Entre las actividades que realizábamos en la cátedra existía
la aproximación progresiva al conocimiento de la práctica
profesional, mediante la concurrencia de los alumnos a
una institución en la que hacían una entrevista al psicólogo
y/o equipo. Se trataba de que pudieran hacer un análisis a
en la cual no nos restringimos a pensar sólo en quien tiene
una discapacidad y su familia, sino también poder pensar en
qué nos pasa a nosotros, a los sujetos que encarnamos los
profesionales, en relación al tema discapacidad. En las primeras
entrevistas con otros profesionales, identificamos que estaban
inundados de esta concepción de profesional reeducador,
mirando sólo la cuestión de la rehabilitación, con afirmaciones
muy fuertes, muy impregnadas de representaciones sociales
más que de cuestiones conceptuales. Con el tiempo, nos
fuimos encontrando cómo los graduados de nuestra Facultad
que hicieron la materia estaban trabajando en un gran
número de instituciones, y cómo en ellos habían hecho marca
cuestiones de la transmisión que aparecían reproduciéndose
en lo institucional.
¿Qué cuestiones intentan transmitir en el ámbito de la
materia?
Nuestro interés es no sólo transmitir un bagaje teórico,
que es necesario e ineludible, sino generar un efecto de
formación que pueda ir más allá, en el sentido de provocar
un reposicionamiento respecto a la temática, que el alumno
pueda ser atravesado por una cuestión ética. También,
transmitir el valor de una práctica reflexiva. La idea es que el
alumno pueda valorar la posición de un profesional que se
interrogue respecto a las cuestiones del propio “qué-hacer”.
Ahora bien, cuando digo ética hablo especialmente de una
ética desde la que se da el respeto y la consideración del
sujeto; ética que entendemos como el fundamento que haría
de brújula a todo acto profesional.
Psicología de la Discapacidad está asociada a la Práctica
Profesional “Discapacidad: Intervenciones en la Niñez
y Adolescencia”, ¿por qué consideraron necesario un
espacio para la práctica?
La Práctica fue producto del interés de los alumnos, que
preguntaban cómo seguir en el tema, porque la cursada,
desde ya, no agota la temática, ya que el campo de la
clínica de la discapacidad es amplio y complejo como para
agotar su desarrollo en un cuatrimestre; por ello, la materia
sería una apertura hacia ciertas cuestiones centrales e
interrogaciones que nos plantea la problemática abordada.
En ese entonces, habíamos firmado un convenio con la
CONADIS (Comisión Nacional Asesora para la Integración de
las Personas con Discapacidad), donde se diagnosticaba la
falta de profesionales en general y de psicólogos en particular
formados en el tema. Fue así que la Facultad decidió crear
la Práctica Profesional encomendándome la elaboración del
proyecto de esta materia y su puesta en acción.
Se trata de un acercamiento mayor y directo al rol del psicólogo,
interviniendo interdisciplinariamente en el trabajo con
personas con discapacidad a través de distintos dispositivos:
Centro de Día, Estimulación Temprana, Escuela de Educación
Especial, Equipo de Integración Escolar. Si bien las materias
no son correlativas entre sí, se advierte esta necesariedad
entre teoría y práctica. Por supuesto, intentamos que no haya
un abismo entre la teórica y la práctica, pero el orden de la
diferencia siempre está, hiancia que posibilita que podamos
anclar la reflexión de los alumnos y a partir de allí promover
en los mismos la elaboración de posibles nuevas estrategias
y propuestas.
¿Por qué Psicología de la Discapacidad?, ¿desde qué
posicionamientos se orientan?
El nombre de la materia me gustaría aclararlo, porque puede
deslizarse hacia una idea equivocada acerca de nuestra
posición. Hay una diferencia entre la Psicología de las
Discapacidades y la Clínica de las Discapacidad. La Psicología
de las Discapacidades, que sostienen muchos profesionales
y con la cual disentimos, es aquella que postula ciertas
características de personalidad a partir de la discapacidad,
ciertas características por igual a partir del diagnóstico
orgánico, es decir, esta idea de la “psicología del ciego”, la
“psicología del sordo” o la “psicología del down”. Esta postura
de la “Psicología de las Discapacidades”, que postula ciertas
características psíquicas por igual a partir del déficit orgánico
es una falacia, y lo es porque, desde ya, lo psíquico no es
una consecuencia directa de lo orgánico. Esta perspectiva
implica desconocer la singularidad que caracteriza a todo
sujeto humano, tenga o no tenga discapacidad. Implica
afirmar efectos fijos y anticipables a partir de un diagnóstico
médico, haciendo posible, entonces, que “el diagnóstico
haga destino”. Quienes adhieren a esta perspectiva, desde un
saber anticipado, suelen condicionar los caminos; al clasificar,
generalizan excluyendo toda consideración de la singularidad
subjetiva, homogenizando a partir del diagnóstico y generando
efectos iatrogénicos desubjetivantes. Por eso entendemos
la “Psicología de la Discapacidad” como Clínica de la
Discapacidad, pero no en el sentido tradicional de “clínica”,
de vertiente médica de intervención psicoterapéutica, sino
clínica en el sentido de la mirada clínica, del caso por caso,
de la singularidad. Es decir, la Psicología de la Discapacidad
en términos de una Clínica de la Discapacidad incluye la
psicoterapia, pero la excede, abarcando una diversidad de
intervenciones.
Nosotros no incluimos en el universo de lo que se considera
discapacidad a algunas patologías que, desde nuestra
perspectiva, no son de origen orgánico. Hoy en día está muy en
boga, con el auge de las neurociencias y la vertiente cognitiva,
este discurso sobre el autismo, el TGD y sus causas orgánicas.
Por el momento, lo desecho. Que haya una disposición, que
se considere lo constitucional de las series complementarias
es toda una cuestión que no se excluye, pero están en juego
factores de otro orden, no orgánico. Por eso, no incluimos en
el universo de discapacidad graves patologías psíquicas como
el autismo o la psicosis.
¿Podría decirse que esta tendencia a la generalización y
clasificación atraviesa todo el discurso social en relación
a la discapacidad y no solamente a la Psicología? ¿Cómo
deconstruir, como profesional, esta concepción?
Sobre los profesionales yo suelo decir que muchos transforman
la teoría en el lecho de Procusto. Procusto es un personaje
de la mitología griega que invitaba a los viajantes a pernoctar
en su lecho y los recortaba a la medida del mismo; al que
era alto le recortaba lo que le sobresalía y al otro lo laminaba
a la medida del lecho. A veces los profesionales operan con
la teoría como Procusto con el lecho. No sólo en cuanto a
discapacidad, sino en otras cuestiones; es esta idea de “un
neurótico tiene que responder a esto, esto y esto”. Es un
querer modificar la realidad para que coincida con la teoría,
entonces poder sentir que no falta nada por saber, cuando
en relación al sujeto, cuando hablamos del caso por caso,
inevitablemente hay que enfrentarse con la incertidumbre,
con acceder a un saber que está en el otro. Esto es una
general de la ley, pero en el campo de la discapacidad, como
irrumpe de una manera muy real esto del límite, la falta, lo
que los psicoanalistas referimos como la castración, hay una
tendencia a generalizar y a atribuirse un saber acerca del otro,
como una manera de tapar esa angustia que suele generar la
falta. Es un campo en el que hay que advertir un poco más
esta tendencia, que no está presente sólo en los psicólogos,
sino también en los profesionales de otras disciplinas y en el
discurso social en general, por eso en la materia trabajamos
las representaciones sociales en relación a discapacidad.
¿Cuáles son aquellas representaciones sociales con las
cuales trabajan?
Las abordamos no solo identificándolas, sino analizando su
vertiente defensiva, como aquella construcción social desde
la cual se suele asignar a quien tiene una discapacidad
determinadas características que suelen ubicar al destinatario
en los márgenes de lo específicamente humano, sea por la
atribución de algo positivo como de algo negativo. Si revisamos
un poco la historia, siempre estuvo presente esta tendencia a
pensar a las personas que tienen una discapacidad en una
posición de naturaleza diferente, porque si tienen naturaleza
diferente “entonces a mí no me va a pasar”. En ese sentido
es una cuestión defensiva, que sirve para ubicar al otro en
el lugar de la carencia; como el otro carece,yo tengo para
darle. También existe desde las representaciones sociales una
tendencia a la infantilización; generalmente, cuando se habla
de discapacidad se habla del niño y quienes no son ya niños
son mirados desde esa perspectiva no reconociéndoselos
en su condición de joven o adulto. La impronta de esta
representación social se pone de manifiesto en la escasez
de escritos y desarrollos en el campo teórico acerca de
adolescentes y adultos. Asimismo, otra cuestión que suele
quedar ignorada es la sexualidad, en relación a la cual circulan
representaciones. Es así que se hace necesario revisar estas
concepciones, que son del sentido común, que no tienen
fundamento epistemológico y que pueden ponerse en juego
en los sujetos profesionales, desvirtuando las intervenciones.
¿Cómo pueden hacer los nuevos profesionales para
correrse de esas concepciones?
Yo suelo decirles a los alumnos, que a veces vienen con
la idea de recibir recetas, que no hay tal cosa, pero lo que
sí creo que hay es un trabajo continuo e ineludible, en la
práctica, en la clínica, de repensar nuestro rol en un marco
interdisciplinario, de interpelar a un otro, de intercambiar, de
compartir la reflexión, de revisar los presupuestos. Nada se
agota en la mirada de una disciplina; ni en el trabajo aislado y
solitario. Es necesario reconocer los límites propios, los de la
propia disciplina y la necesidad de intercambio con los otros.
Por eso, lo que intentamos transmitir para la futura práctica
de nuestros psicólogos es que si bien es imprescindible una
formación teórica sólida, no alcanza sólo con eso. Proponemos
un profesional reflexivo, reflexivo no sólo acerca de lo que le
pasa al otro sino de lo que le pasa a uno mismo en relación
a ese otro. Intentamos que este trabajo se realice desde una
ética que privilegia al otro como sujeto singular. Creo que si hay
algo que en la intervención concreta intentamos transmitir es
el trabajo continuo, el constante volver a preguntarse acerca
del propio qué-hacer. Como profesionales, no podemos
saber todo por anticipado, sino que se trata de abrirse
a lo inesperado. Al intervenir, se produce un efecto que es
necesario retomar para poder ser luego repensado.
¿Cuáles son los efectos terapéuticos del trabajo clínico?
Ya sea que trabajemos en el ámbito educativo o en otros
espacios, los efectos de la clínica de la discapacidad son
terapéuticos no en el sentido de una psicoterapia, sino que
son terapéuticos siempre que haya un efecto de autonomía
en el sujeto, de posibilidad de conectarse con lo propio, de
desarrollar la posibilidad de sostener la palabra propia, de
elección y responsabilidad subjetiva. Generalmente hay una
suerte de cuestión de quienes se arrogan el saber de la vida
del otro, de lo que siente, de lo que quiere, de lo que es mejor
para él. Efecto terapéutico sería generar una posición sujeto,
posición de autonomía respecto de la determinación de un
Otro.
En “Discapacidad. Una perspectiva clínica desde el
psicoanálisis”, usted se refiere a la terapia psicoanalítica
en pacientes con sordera…
Discapacidad intelectual y sordera son casos paradigmáticos
que se han excluido del campo del psicoanálisis. A esto yo lo
leo como algo defensivo y resistencial. Cada discapacidad nos
abre interrogantes y particularidades: ¿Es lo mismo escuchar
que oír?, ¿es lo mismo ver que mirar? Quien tiene sordera
no oye, pero ¿no escucha? Esto trabajo en el libro. Muchos
profesionales (no por causas sensoriales) no escuchan,
identificamos que presentan un punto ciego o una sordera que
no son de orden de orden sensorial sino psíquico.
Respecto a la sordera, históricamente, ha habido un modelo
hegemónico de la oralización, con todas las consecuencias
nefastas, iatrogénicas que tiene. En este sentido —ya que
estuvimos hablando del discurso social—
se habla de “el sordo
mudo”; yo diría, “el sordo, ¿mudo?”. Esta idea es una falacia.
El problema es que lo podemos enmudecer. El psicoanalista
que trabaja con sujetos con sordera, a la par de su deseo de
analizar, es necesario que conozca la lengua de señas. Acá, al
igual que en cada campo, —por suerte—hay un gran debate.
¿Y en cuanto a la discapacidad intelectual?
En estos casos muchos profesionales eligen trabajar sólo
con las familias, como si no hubiera un sujeto allí donde
está presente un déficit a nivel intelectual. Acá se abre otra
discusión: una cosa es la discapacidad intelectual y otra
cuestión es la debilidad mental, que la puede presentar
alguien que no tiene discapacidad. Al debilitamiento subjetivo
—esto de sostener al otro— lo pensamos como inducido
por las intervenciones profesionales que mencionamos y por
ciertas cuestiones propias, que conducirían a que se instale
este posicionamiento, entendido como sobreagregado, es
decir, que no es patognómico de la discapacidad, sino que
se trata de otorgarle valor de verdad a la palabra del Otro,
de claudicar y renunciar a lo propio muy rápidamente, de
no habilitarse, de pedir la autorización constante del otro
para lo que fuere, para poder emitir una palabra propia. En
Discapacidad. Una perspectiva clínica desde el psicoanálisis
hay un texto muy paradigmático de esto, que se titula “Del
puro cuento a la palabra que cuenta”; es el hecho de que una
persona con discapacidad, para establecer algún lazo social,
para ser mirado y reconocido en algún lugar, renuncia aun a lo
más propio y se identifica allí en el lugar que el discurso social
suele determinar, en el lugar que el otro espera. Creo que la
intervención terapéutica pasa por la reconexión con lo propio.
Detrás del puro cuento hay otra cuestión, la palabra propia.
Alicia Fainblum es psicoanalista, especialista en clínica de la
discapacidad y profesora adjunta de la materia “Psicología de
la Discapacidad” y de la Práctica Profesional: “Discapacidad:
Intervenciones en la Niñez y en la Adolescencia –El Proceso
de Integración” en la Facultad de Psicología de la Universidad
de Buenos Aires.