Vigencia: Silencio hospital. La materialización del biosujeto

Vigencia: Silencio hospital. La materialización del biosujeto

Vigencia: Silencio hospital. La materialización del biosujeto

Bruno Bonoris*

En el siguiente escrito se relata un caso en el trabajo de interconsulta desde el punto de vista del psicólogo tratante. A partir de la narrativa en primera persona se pretende revisar no sólo los sentimientos y pensamientos del autor, sino también las reflexiones teóricas que surgen a partir del encuentro con la relación médico-paciente en el dispositivo de interconsulta. Con este fin se utilizan las elaboraciones de M. Foucault y J. Butler sobre el biopoder y la producción de subjetividades hasta hace poco inéditas.

Siempre pienso en la misma imagen mientras camino por los pasillos del hospital. No recuerdo haberla observado, por lo tanto no puedo confirmar si es producto de mis ensueños diurnos o una representación reprimida que se muestra desfigurada en mi conciencia. El hecho es que siempre me acuerdo de ella: es una mujer joven, de unos treinta años; tiene los ojos exageradamente abiertos y el pelo negro recogido bajo un sombrero blanco con forma de barco de papel. Por último, su boca, que parece a punto de silbar, se cruza cautelosamente con un dedo índice que pide silencio: por favor, cállese.

Esta “amena” prohibición parece —por lo menos en primera instancia— justificada. Los hospitales son sitios muy alborotados. El permanente murmullo de los peatones hospitalarios, el semitonal y agudísimo ruido de las ambulancias que vienen y van, el sonido uniforme de los viejos respiradores artificiales, y el gruñir, a veces agonizante, de los enfermos, forman un cuadro, por momentos patético y ensordecedor. Desde esta perspectiva la foto de una bonita enfermera solicitándonos amablemente silencio no debería molestar a nadie. Los enfermos deben descansar, nos dicen, deben permanecer acostados, tranquilos y en silencio.  De eso se trata la clínica, la klinike: mantener a los pacientes en su cama, sin que nada ni nadie los fastidie.

Sin embargo, esta imagen que ya no descansa en ninguna pared pero que forma parte de nuestras representaciones compartidas me disgusta, me incomoda, me inquieta. ¿Qué nos está pidiendo la enfermera cuando nos convoca al silencio? ¿A quién se lo pide? La imagen se presentifica, la mirada de la joven me interpela y con un efecto pseudoalucinatorio se transforma en un interrogante; es entonces cuando me veo siendo visto y me pregunto qué significa ese “silencio hospital”.

El problema no tardó en desplegarse

Tenía que ir a visitar a un paciente que se encontraba internado por un carcinoma y que cursaba un episodio depresivo; así lo describía, en una receta pequeña e ilegible, el médico tratante.

En principio elegí desconfiar del diagnóstico psicológico por el cual me habían consultado. En verdad, lo hago invariablemente; nominaciones como depresión, ansiedad, psicosis, angustia, etc. suelen ser demasiado vagas y poco significativas a la hora de resolver un problema complejo. No contaba con muchos más datos, exceptuando el nombre, la edad y la cama.

Este tipo de situaciones son habituales en el trabajo de interconsulta: información mutilada, mensajes interrumpidos, partes de un rompecabezas que difícilmente podamos llegar a completar. Y si de un puzzle se trata, siempre es bueno comenzar por los márgenes, por las marginalidades.

Entré a la sala y observé con detenimiento las dos hileras de camas blancas que se extendían hasta casi perderse de vista. El paisaje era anticuado y sobrio, mejor dicho, austero: estaban los catres con el suero al lado y una pequeña mesa “multiuso”. En el medio de la sala había un gran tablón de madera plastificada donde médicos y enfermeros evolucionaban las historias clínicas, y por último, un viejísimo placar cerrado con candando en donde estaban los fármacos más importantes. El marco del cuadro, es decir, las paredes de la sala, eran de cerámico celeste.

Era muy temprano por la mañana y algunos de los pacientes desayunaban té en un vaso descartable y lo acompañaban con galletitas de agua; otros, dormían profundamente o parecían perdidos en sus propios pensamientos, como si estuviesen realmente en otro lado. Todos estaban en silencio, el ruido de la sala parecía no importunarlos, no existía comunicación entre ellos pese a su proximidad física. Muchos se encontraban desnudos y no parecía importarles mostrarse de ese modo ante los visitantes, sea cual fuere su género. Pensé que el acostumbramiento a la falta de privacidad había arrebatado el pudor de los pacientes; pensé también que la habituación, la repetición incansable, puede llevárselo todo. Pensé eso y sentí una gran tristeza. Quizá a este sentimiento alguien lo hubiese llamado depresión, por eso no confío en el diagnóstico por telegrama.

Luego busqué en los carteles que se encontraban arriba de las camas el número que coincidiera con el de mi paciente, lo encontré y vi a lo lejos un grupo de médicos reunidos alrededor suyo. Me acerqué a ellos pero preferí no interrumpir, ya que estaban realizando el pase de sala. Un hombre mayor, vestido muy elegantemente, se dirigía a los jóvenes médicos y les explicaba con evidente autoridad el padecimiento de ese hombre que se encontraba apenas a unos centímetros. Los residentes escuchaban concentrados al longevo doctor y escribían, como si les estuviera dictando. No notaban mi extranjera presencia, ni la del paciente, que miraba hacia el lado opuesto, respirando con dificultad. Nunca se dirigieron a él, no hubo palabras, ni miradas, ni contacto. El cuerpo tendido del paciente era para ellos una historia clínica, el resultado de un laboratorio, las imágenes de una radiografía, texto muerto. El paciente tampoco se dirigió a ellos. Tuve la extraña sensación de haber reunido en una misma imagen dos escenas que en la realidad se encontraban a kilómetros de distancia, una condensación freudiana de un mal sueño.

Pero en verdad no se trataba de un cuerpo invisible, no era un problema perceptivo; era más bien la presencia de un cuerpo vivo pero no vital, un saco de órganos, una entidad insensible, un objeto no humano.

Al terminar el discurso, el clínico caminó unos pocos pasos hacia la próxima cama y los jóvenes residentes lo imitaron. El paciente no se inmutó y continuó con la mirada ausente sobre la pared de cerámicos celestes. Yo me detuve por un instante para preguntarme cómo había sido posible la materialización de unos cuerpos sin voz, sin mirada, sin escucha. Comprendí que estos médicos (y probablemente muchos más) trabajaban con sujetos sin historia, sin significaciones, sin sentimientos; sujetos-órgano, biosujetos, cuerpos impensables, abyectos, invivibles, cuerpos que son el límite mismo de la inteligibilidad y el exterior constitutivo de los otros cuerpos (Butler, 2008), el mío y el de los médicos.

¿Cómo había sido posible la naturalización de un contrato así?, ¿por qué los médicos ignoraban al que yacía enfrente suyo?, ¿por qué el paciente no se enfurecía y emprendía una queja radical frente a esa indiferencia?, ¿cómo se había conformado esa relación “silenciosa” entre ambos participantes de la escena?

En definitiva: ¿cómo funciona el poder que efectúa la materialización del biosujeto?, ¿se trata de la posesión de un bien por parte de los médicos y a partir del cual ejercen el dominio de los pacientes?

No pienso sostener aquí la ridícula idea de que los médicos se han deshumanizado con el paso del tiempo. Atribuirles una falta de sensibilidad clínica y acusarlos de apatía moral sólo obstaculiza la vía hacia una respuesta sensata.  Si los médicos ignoran un gran aspecto de la salud de sus pacientes no es porque sean necios, desinteresados o perezosos; simplemente no pueden visibilizar el problema. Al igual que sus pacientes, los médicos son el resultado de prácticas discursivas y perceptivas que los fundan, y que ellos mismos reproducen sin saberlo.

En definitiva, los médicos no poseen el poder sobre sus pacientes. El poder no es un atributo capaz de poseerse, no puede ser pensado en términos de sustancia o cualidad; el poder es una forma de relación, y su funcionamiento no tiene un carácter limitante o represivo, es más bien una realidad positiva que, enlazada con el saber, produce subjetividades y dispone de los cuerpos favoreciendo conductas en su potencialidad o virtualidad; no se actúa sobre el otro sino sobre sus acciones (Foucault, 2008). Butler afirma que “no hay ningún poder que actúe, sólo hay actuación reiterada que se hace poder en virtud de su persistencia e inestabilidad” (2008, p.28), la materialidad de los cuerpos sólo se construye por medio de la repetición ritualizada de normas, a través del poder reiterativo del discurso y de prácticas no discursivas para producir los fenómenos que regula e impone. “Los cuerpos sólo surgen, sólo perduran, sólo viven dentro de las limitaciones productivas de ciertos esquemas reguladores en alto grado generalizados” (Butler, 2008, p.14). Y estas restricciones producen la distinción de los cuerpos que importan de los que no importan, los inteligibles de los ininteligibles, los de adentro de los de afuera, los del centro de los que están en los márgenes, los humanos de los inhumanos.

Es que una bacteria o un virus, un hígado o un pulmón, o la mismísima piel que pretendidamente lo delimita, no es el cuerpo humano. Es organismo, es biología pura, es carne (de cañón), es vida reducida al funcionamiento de un músculo que bombea sangre o a conexiones sinápticas de una red neuronal.

Quizá se trate del paroxismo del biopoder, el ejercicio del poder que tiene por objeto la vida biológica del hombre, ese “conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello, que en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política” (Foucault, 2006, p.15). Un “hacer vivir” como fin sin medios, sin significaciones y, finalmente, sin padecimiento subjetivo. Un organismo reacciona, responde, pero no habla; y por ello el silencio, otra vez el silencio, el mismo que me invadió cuando fui testigo de la escena que disparó estas asociaciones.

Pero “los cuerpos nunca acatan enteramente las normas mediante las cuales se impone su materialización” (Butler, 2008, p.18). En el proceso de producción existen posibilidades de rematerialización de los cuerpos. Algunas grietas, aperturas, permiten producir nuevas articulaciones que resistan a la hegemonía de las leyes reguladoras que crean al biosujeto. ¿Será ese mi trabajo como interconsultor psicológico?  No es eso lo que se me pide, aún así, esta parece ser un labor acertada.

Me acerqué a la cama, llamé al paciente por su nombre, e interrumpí la perplejidad en la que parecía sumido. Puso sus ojos desorbitados sobre mí e hizo un leve gesto como aceptando la invitación. Le pregunté por qué estaba internado y si sabía su diagnóstico. Me respondió que no estaba seguro, que lo estaban estudiando y que los médicos le habían realizado muchos exámenes. Le pregunté qué tipo de exámenes, pero no supo responderme. Me dijo que se sentía incómodo y triste, y que deseaba con urgencia regresar a su casa. Me pregunté por qué este hombre no se preguntaba lo mismo que yo, cómo podía ser posible que no tuviera una rabiosa curiosidad por saber acerca de su sufrimiento, y si la tenía, por qué no la manifestaba. Luego recordé la habituación, la repetición forzada del las relaciones de mutismo y de custodia de la información que constituían la dupla médico-paciente (y probablemente muchas más duplas y redes de relaciones en múltiples instancias).

Recordé, esta vez voluntariamente, la imagen de la joven enfermera que solicitaba silencio, y pensé que era una buena idea colgar en las paredes de los hospitales réplicas del cuadro “El grito” de Munch. Tal vez el silencio es ese ruido mudo que se precipita allí donde el grito produce un abismo (Lacan, 2011).

Conversé con el paciente durante media hora. Me contó sintéticamente sobre algunos pilares de su vida: su familia, su trabajo y su malestar físico. Le dije que era importante que hablara con sus médicos, que les preguntase sobre su diagnóstico y su enfermedad, si así lo deseaba. También le prometí que hablaría con ellos y que les pediría que intentaran transmitirle lo más fácilmente posible sobre los procedimientos que le realizaban y sobre su pronóstico.

Luego me fui con el compromiso de retornar en los próximos días y con la firme creencia de que los problemas complejos a veces pueden tener un principio de solución sencillo. Finalmente, al biosujeto, a ese cuerpo desdichado, a ese organismo silencioso, se lo embiste con la palabra. Frente al silencio hospital, un grito de sentido. Y eso no es suficiente, pero es necesario.

Referencias bibliográficas

BUTLER, J. (2007). El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad. Paidós, Barcelona, España.

BUTLER, J. (2008). Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y discursivos del «sexo». Paidós, Buenos Aires, Argentina.

FOUCAULT, M. (2000). Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976). Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina.

FOUCAULT, M. (2006). Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France (1977-1978). Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina.

FOUCAULT, M. (2008). Historia de la sexualidad 1: la voluntad de saber. Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires, Argentina.

LACAN, J (2011). El Seminario, libro XII: Problemas cruciales para el psicoanálisis. Versión electrónica en Lacan Textual Versión 3.1.2

* Bruno J. Bonoris. Licenciado en Psicología. Residencia completa en Psicología Clínica del Hospital Ramos Mejía. Miembro de Apertura Sociedad Psicoanalítica. Maestrando en Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Docente de Psicopatología Cátedra II, Universidad de Buenos Aires. Investigador tesista en el proyecto UBACyT: La libertad en psicoanálisis. Su incidencia en la concepción de sujeto y la causalidad en la obra de J. Lacan. Consecuencias clínicas y éticas. Código SIGEVA: 20020110200143. Desde el 01-07-2012 hasta 30-06-2014. Director del proyecto: Pablo Muñoz.