Series: una interpretación del síntoma

Series: una interpretación del síntoma

Mariana Gómez, Juan Jorge Michel Fariña*

Universidad Nacional de Córdoba, Universidad de Buenos Aires

Fuente: Ética y Cine Journal (Revista Académica Cuatrimestral) | Vol. 2 | No. 2 | 2012 | pp. 9-10

¿Cuál es el género artístico de mayor alcance mundial?

En una conferencia reciente el especialista en multimedios

argentino-israelí Yair Dori, fue claro al respecto:

las novelas y series televisivas, que tienen una audiencia

diaria de dos mil millones de personas. Un tercio

de la humanidad se nutre de este fenómeno mediático,

que modela la subjetividad de la época mucho más que

otros que gozan sin embargo de mayor prestigio y consideración.

La televisión, se sabe, es cada vez más una maquinaria al

servicio de la inmediatez contemporánea. Tal vez también

su símbolo más ominoso. El carácter persuasivo de

las imágenes, junto a un discurso simplificado al extremo,

generan este efecto perentorio en los espectadores.

Dispositivos como el rating minuto a minuto o programas

como los reality shows son ejemplos patéticos de

esta degradación.

Asistimos hoy a la época de la fragmentación. Marie-

Hélène Brousse (2009) plantea la hipótesis de que el Yo

ideal va reemplazando cada vez más al Ideal del yo –los

cuerpos constantemente observados en su banalidad a

través de Gran hermano son una evidencia de ello. El

avance tecnológico va modificando los organismos y

optimizando sus imágenes, y en consecuencia menos

fuertes son los ideales tradicionales, los significantes

amos que, en otra época, se inscribían en el discurso

de Otro sobre el cuerpo y el goce. Su correlato es el

imperio de la escritura científica, significantes parciales,

fascinantes pero incapaces de producir pensamiento

alguno.

En este contexto, sugiere Gerard Wacjman, la serie

americana funda una gramática nueva y singular que rompe con las formas del relato propias del

cine, la novela

o la pintura e instituye un “relato del mundo”, que

da cuenta de la época –nuestro mundo estaría entonces

estructurado como una serie americana (Wacjman, 2009).

La serie, se sabe, propone una estructura de relato que

se va produciendo a través de elementos recurrentes

alineados de manera aparentemente desordenada y que

terminan anudándose. Un género en el que la trama y

el desarrollo de la historia no están dirigidos por los

personajes sino más bien por los objetos. En la secuencia

sugerida por Ignacio Lewkowicz del fragmento a la

situación (Lewkowicz, 2001), estamos ahora frente al

triunfo del fragmento. Los sujetos y las historias, son

a la vez múltiples y dispersos, lo que lleva a Wacjman a

plantear a la serie como obra del malestar en la cultura,

Serie-síntoma.

Cuando la televisión decide esta modalidad, cuando

produce series o unitarios pensados desde una

perspectiva Otra a la del aburrimiento, ingresa en

una apuesta que merece le dediquemos la pausa de

una reflexión. Ante todo, porque desafía la lógica del

automaton, aunque su efecto a largo plazo no dependa

únicamente de la calidad de la obra artística, sino de

la capitalización social que se pueda hacer de ella. En

palabras de Lewkowicz, de las posibilidades de hacer de

un producto comercial, empresa de pensamiento.

Tomemos un ejemplo tratado en el presente número de

Etica&Cine. Hace exactamente veinte años, en agosto

de 1992, se estrenaba Twin Peaks: el diario de Laura

Palmer, que se convertiría en un film de culto para

los seguidores de David Lynch y para los amantes del

buen cine alrededor del mundo. La película venía a cerrar la serie televisiva que había tenido en vilo a los

espectadores durante las temporadas 1990-91, en torno

a los misteriosos crímenes en un pueblito del noroeste

de los Estados Unidos. Se ha dicho, con justicia, que

la audiencia de Twin Peaks estuvo siempre restringida

a un puñado de intelectuales y cinéfilos, sobre todo

comparada con fenómenos posteriores como House,

que sólo en los Estados Unidos alcanzó una audiencia

de 40 millones de personas… Pero no es menos cierto

que marcó un hito crucial: un anudamiento posible

entre el cine y la televisión. El primero aportando su

técnica, sus grandes guionistas, actores y directores; la

segunda, nada menos que la inmensa pantalla hogareña.

Un ejemplo local que sacó provecho de esta inflexión

fue la telenovela Montecristo (Telefé, 2006), que se valió

de las técnicas más sofisticadas de marketing televisivo

–bombardeo publicitario, actores taquilleros, horario

pico– pero para generar un producto trascendente a

tales pautas inmediatistas.

Este número de Etica&Cine Journal propone una reflexión

sobre este género, telenovela y serie, ocupándose

de un arco que va desde la pionera Twin Peaks hasta la

más reciente entre nosotros, actualmente en proceso de

rodaje, Historias de diván, inspirada en la obra de Gabriel

Rolón. En el medio, comentarios sobre el primer acontecimiento

narrativo sólido y con alcance masivo, Los Soprano,

y también sobre Be Tipul, In Treatment, En terapia,

The Big C, Okupas, El Puntero, The Big Bang Theory.

En todos los casos, el abordaje no es técnico

cinematográfico sino analítico. Una de los hallazgos más sorprendentes de Twin Peaks fue la

profusión de escenas

inquietantes, oníricas y surrealistas, infrecuentes en la

pantalla chica. Como la breve aparición del actor David

Bowie, en la piel del agente Phillip Jeffries, la del enano,

o la del niño enmascarado –encarnado por el propio

hijo de David Lynch. Escenas estas que permitieron a

Slavoj Zizek, proponer algunas de sus más interesantes

hipótesis sobre lo real en el cine, iniciadas con sus

célebres comentarios sobre la obra de Hitchcock y

luego sobre Terciopelo azul y otras del propio Lynch.

(Zizek, 2001).

Una de las afirmaciones más revulsivas de Wajcman es

que el arte moderno, que él localiza como un producto

de la crisis de la representación que estalla en occidente

a partir de la Shoah, tiene la potencia de hacer ver aquello

ante lo que quisiéramos más bien cerrar los ojos. El arte

se acercaría de ese modo a una función interpretativa:

mostrar lo que uno se niega a ver. Podría ser así una

definición bastante aceptable de la interpretación analítica

(Wajcman, 2001).

Nótese que una gran parte de estas series –House, Nick/

tuck, The Big C, Grey´s Anatomy, CSI, E.R., The Big

Bang Theory, entre otras.– toman escenarios médicoforenses

que dan cuenta del avance tecnológico sobre

los cuerpos. Pero para sostener al espectador en esta

fascinación por la ciencia, introducen siempre la

dimensión amorosa –la relación entre los tres científicos

y la sugerente vecinita en The Big Bang Theory es tal

vez el ejemplo más divertido. La imposible, inexistente

relación sexual, resulta ser así el motor de la sensualidad

que mitiga la sordidez de los tiempos.

Referencias

Brousse, M. H. (2009) “Cuerpos lacanianos: novedades contemporáneas sobre el estadio del

espejo” en Colofón 29. Boletín de la

federación Internacional de Bibliotecas de la Orientación Lacaniana.

Lewkowicz, I. (2001). Del fragmento a la situación. Buenos Aires: Grupo Editor Altamira.

Wajcman, G. (2001) El objeto del siglo. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Wajcman, G.(2010). “Tres notas para introducir la forma ‘serie’”. Revista del Departamento de Estudios Psicoanalíticos sobre la Familia

– Enlaces [ICF – CICBA]. Año 12 Nº 15. Buenos Aires: Grama Ediciones.

Zizek, S. (2001) El espinoso sujeto. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.