RAZONES E HISTORIA DE ESTA OBRA
La aversión al psicoanálisis se expresa en ocasiones con ironías respecto a su lenguaje. En realidad, los psicoanalistas no buscan el empleo abusivo o intempestivo de palabras técnicas que oculten la confusión del pensamiento. Pero, como cualquier otra profesión o ciencia, el psicoanálisis precisa disponer de términos propios. Siendo un método de investigación y de tratamiento, una teoría del funcionamiento normal y patológico del aparato psíquico, ¿cómo habría podido formularse la novedad de sus descubrimientos y concepciones sin recurrir a palabras nuevas? Es más, puede decirse que todo descubrimiento científico se forma, no amoldándose al sentido común, sino a pesar o en contra del sentido común; el escándalo provocado por el psicoanálisis se debe menos a la importancia que atribuyó a la sexualidad, que a la introducción de la fantasía inconsciente en la teoría del funcionamiento mental del hombre en sus relaciones con el mundo y consigo mismo; el lenguaje usual carece de palabras para designar las estructuras y movimientos psíquicos que, a la luz del sentido común, no existen: ha sido, pues, necesario inventar palabras (entre doscientas y trescientas) cuyo número varía según el rigor de la lectura de los textos y los criterios acerca del carácter técnico de los términos. Aparte la lectura de los trabajos psicoanalíticos, existen muy pocas fuentes para captar el sentido de tales palabras: algunos vocabularios que figuran al final de obras didácticas, ciertas definiciones en los diccionarios de psicología y de psicopatología publicados hace veinte o treinta años, pero, prácticamente, casi no existe un instrumento de trabajo especial y completo; la empresa que más se aproxima a este objetivo ha sido el Handwórterburh der Psychoanalyse, del Dr. Richard F. Sterba, cuya
redacción se interrumpió, por determinadas circunstancias, en la letra L, y la impresión, en la palabra Gróssenwáhn. «No sé —me escribió el Dr. Richard F. Sterba— si ésta se refiere a mi megalomanía o a la de Hitler»; el Dr. Sterba tuvo la amabilidad de enviarme los cinco fascículos publicados de dicha obra, rara o imposible de encontrar (Internationale Psychoanalytische Verlag, 1936-1937); citaré también un libro de concepción totalmente distinta, que constituye una compilación alfabética de textos freudianos, traducidos al inglés y publicada por Fodor y Gaynor, en 1950, con un prólogo de Theodor Reik (Fodor N. y Gaynor F., Freud: Dictionary of Psychoanalysis, prólogo de Theodor Reik, Nueva York, Philosophical Library, 1950, XII + 208 páginas).
La terminología técnica del psicoanálisis es, en su mayor parte, obra de Freud; y se fue enriqueciendo al mismo tiempo que sus descubrimientos y su pensamiento. A diferencia de lo sucedido en la historia de la
psicopatología clásica, Freud tomó pocas palabras del latín y del griego; ciertamente, recurrió a la psicología, a la psicopatología y a la neurofisiología de su época; pero sus palabras y fórmulas las extrajo sobre todo del alemán, utilizando los recursos y facilidades que le proporcionaba su propia lengua. Es por ello que una traducción fiel resulta difícil y la terminología analítica produce entonces una impresión insólita, que la lengua de Freud no produce, al no haberse explotado al máximo los recursos que ofrece la lengua del traductor; en otros casos, es la sencillez de la expresión freudiana lo que hace olvidar su carácter técnico. Pero la verdadera dificultad no es ésta; sólo en un plano secundario es de tipo lingüístico. Si bien Freud, como escritor, se mostró inventivo, cuidó poco la perfección de su vocabulario. Sin enumerar los tipos de dificultades que se presentan, baste decir que en la terminología analítica sucede como en muchas lenguas, en las que no faltan la polisemia y las imbricaciones semánticas; distintas palabras no siempre evocan ideas muy diferentes.
Se lucha, pues, con palabras, pero no por las palabras. Tras éstas hace falta encontrar hechos, ideas, es decir, la organización conceptual del psicoanálisis. Esta tarea resulta laboriosa, tanto por la fértil y prolongada evolución del pensamiento de Freud, como por la extensión de una literatura cuyos títulos llenan ya nueve volúmenes de la bibliografía de Grinstein. Además, al igual que las ideas y juntamente con éstas, las palabras no se limitan a nacer, sino que tienen un destino; algunas caen en desuso o se utilizan cada vez menos, cediendo su frecuencia a otras que responden a nuevas orientaciones de la investigación y de la teoría. Con todo, lo esencial de la terminología freudiana ha resistido el paso del tiempo; las innovaciones, por lo demás poco numerosas, se han introducido sin alterar su organización ni su matiz. Por ello, un diccionario no puede limitarse a dar definiciones que distingan los diversos sentidos que han podido poseer los términos psicoanalíticos; es preciso que un comentario, basado en referencias y citas, justifique las conclusiones a que se llega. Un comentario de este tipo implica una amplia consulta de la literatura, pero, sobre todo, el conocimiento de los textos freudianos, ya que en éstos se encuentran las bases de la conceptualización y de la terminología, y las dimensiones que alcanza la literatura psicoanalítica escapan a las posibilidades de un investigador aislado o de un equipo numeroso. Por consiguiente, un diccionario de esta naturaleza no puede basarse en la mera erudición, sino que exige especialistas familiarizados con la experiencia psicoanalítica. Con todo, una orientación que trascienda las palabras para buscar los hechos y las ideas, no debe inducir a caer en un diccionario de conocimientos. En suma, se trata de hacer un censo de los empleos de las palabras, de explicar unos por los otros y señalar las dificultades, sin pretender resolverlas, introduciendo pocas innovaciones, por ejemplo, para proponer traducciones más fieles. El método más conveniente es el histórico-crítico, utilizado ya en el Vocabulaire technique et critique de la Philosophie, de André Lalande. Tales eran los criterios iniciales hacia los años 1937 a 1939, cuando se inició el proyecto de un diccionario de psicoanálisis. Los datos recogidos se perdieron; las circunstancias, otras tareas y la falta de documentación, condenaron a aquel proyecto al sueño, si no al abandono; sueño incompleto, en el sentido de que las preocupaciones terminológicas no faltaron en diversos trabajos.
Hasta 1958 no se produjo el despertar, siempre en el espíritu histórico crítico del Vocabulaire de la Philosophie, de Lalande, aunque con diferentes modalidades.
Tras algunos tanteos, las necesidades de la obra y el deseo de llevarla a cabo hallaron respuesta en la colaboración de J. Laplanche y J.B. Pontalis. La consulta de la literatura psicoanalítica y la reflexión sobre los textos, la redacción de los proyectos de artículos, la revisión de estos proyectos y su definitiva puesta a punto, les exigieron casi ocho años de trabajo; trabajo fecundo, ciertamente, pero también apremiante y, en ocasiones, fastidioso. La mayor parte de los proyectos de artículos fueron
leídos y discutidos entre nosotros, y yo conservo un vivo recuerdo de la animación de estos coloquios, durante los cuales la buena armonía no impedía las discrepancias de criterio ni un rigor sin concesiones. Sin el esfuerzo de «pioneros», de Laplanche y de Pontalis, el proyecto concebido veinte años antes no habría llegado a convertirse en este libro.
Durante estos años de labor, sobre todo en los últimos, no ha dejado de producirse un cambio de orientación en la obra, lo cual no es signo de debilidad, sino de vitalidad. Así fue como Laplanche y Pontalis centraron cada vez más sus investigaciones y sus reflexiones en torno a los escritos freudianos, recurriendo de buen grado a los primeros textos psicoanalíticos y al Proyecto de una psicología científica, de 1895, que acababa de ser publicado. El hecho de que se conceda la máxima importancia al origen de las ideas y de las palabras, no ha disminuido la preocupación por su destino y su alcance. El Diccionario de Psicoanálisis lleva, pues, el sello personal de Laplanche y de Pontalis, sin faltar a los
principios que inspiraron el proyecto inicial de una tal obra.
Su finalidad fue y sigue siendo el responder a un deber, a una necesidad sentida por nosotros, reconocida por otros, raramente ignorada.
Deseamos que resulte útil, que se convierta en instrumento de trabajo para los investigadores, estudiantes de psicoanálisis y otros especialistas, así como para los aficionados. A pesar de haber sido elaborado con esfuerzo y escrupulosidad, los lectores informados, atentos y exigentes descubrirán, sin duda, lagunas y errores de hecho o de interpretación; si estos lectores nos comunican sus críticas, éstas no serán desatendidas, sino acogidas calurosamente y estudiadas con interés. Por lo demás, el objeto, el contenido y la forma de este Diccionario no parecen impedir su traducción a otros idiomas. Observaciones, críticas y traducciones responderán a una segunda ambición: que el Diccionario de Psicoanálisis no sea tan sólo un «instrumento de trabajo», sino también un «documento de trabajo».
D. L
