Sigmund FreudíaUTOBIOGRAFA 1924 [1925]

Sigmund FreudíaUTOBIOGRAFA 1924 [1925]

 

I

VARIOS colaboradores de esta colección inician sus trabajos haciendo resaltar la espinosa singularidad de su contenido. Para m resulta a n más ardua la labor, pues en los repetidos trabajos de este género que tengo ya publicados he tropezado siempre con que la especial naturaleza del tema obligaba a hablar de m mismo más de lo que generalmente es costumbre o se juzga necesario.
Mi primera exposición del desarrollo y el contenido del psicoanálisis quedó integrada en las cinco conferencias que la Clark University, de Worcester (Estados Unidos), me invitó a pronunciar en sus aulas durante las fiestas con que celebró el vigésimo aniversario de su fundación (1909). Recientemente he escrito para una publicación americana, Los comienzos del siglo XX, cuyos lectores hicieron honor a la importancia de nuestra disciplina reservándola en un capítulo especial otro trabajo análogo. En el mismo intervalo, la revista Jahrbuch der Psychoanalyse publicó un ensayo mío, titulado Historia del psicoanálisis, que contiene ya todo lo que aquí pudiera comunicar. Siéndome imposible contradecirme, y no queriendo repetir sin modificación lo ya expuesto en otros lugares, habrá de intentar establecer en el presente trabajo una nueva proporción de elementos subjetivos y objetivos, fundiendo lo biográfico con lo histórico.

Nací el año 1856 en Freiberg (Moravia), pequeña ciudad de la actual Checoslovaquia. Mis padres eran judíos, confesión a la que continúo perteneciendo. De mis ascendientes por línea paterna creo saber que vivieron durante muchos años en Colonia; emigraron en el siglo XIV o XV hacia el Este obligados por una persecución contra los judíos, y retornaron luego en el siglo XIX a través de Lituania y Galitzia, establecióndose en Austria. Cuando tenía yo cuatro años me trajeron mis padres a Viena, ciudad en la que he seguido todos los grados de instrucción.

En el Gymnasium conserv durante siete años el primer puesto, gozando as de una situación privilegiada y sindome dispensados casi todos los ex menes. Aunque nuestra posición econ mica no era desahogada, quera mi padre que para escoger carrera atendiese nicamente a mis inclinaciones. En aquellos años juveniles no sent a predilección especial ninguna por la actividad m dica, ni tampoco la he sentido despus. Lo que me dominaba era una especie de curiosidad relativa más bien a las circunstancias humanas que a los objetos naturales, y que no haba reconocido a n la observación como el medio principal de satisfacerse.

Mi profunda dedicación a los escritos bblicos (iniciada casi al tiempo que aprend el arte de la lectura) tuvo, como lo reconoc mucho después, un prolongado efecto en la lnea de mis intereses. Bajo la poderosa influencia de una amistad escolar con un ni o mayor que yo, que lleg a ser un destacado pol tico, se me form el deseo de estudiar leyes como l y de obligarme a actividades sociales.

La teora de Darwin, muy en boga por entonces, me atra a extraordinariamente porque quera prometer un gran progreso hacia la comprensi n del mundo. La lectura del ensayo goethiano La Naturaleza, escuchada en una conferencia de vulgarización cient fica, me decidi por ltimo a inscribirme en la Facultad de Medicina.
La Universidad, a cuyas aulas comenc a asistir en 1873, me procur al principio sensibles decepciones. Ante todo, me preocupaba la idea de que mi permanencia a la confesin israelita me colocaba en una situación de inferioridad con respecto a mis condiscpulos, entre los cuales resultaba un extranjero. Pero pronto rechac con toda energa tal preocupación.

Nunca he podido comprender por qu habr a de avergonzarme de mi origen o, como entonces comenzaba ya a decirse, de mi raza. Asimismo renunci sin gran sentimiento a la connacionalidad que se me negaba. Pens , en efecto, que para un celoso trabajador siempre habra un lugar, por peque o que fuese, en las filas de la Humanidad laboriosa, aunque no se hallase integrado en ninguno de los grupos nacionales. Pero estas primeras impresiones universitarias tuvieron la consecuencia importantsima de acostumbrarme desde un principio a figurar en las filas de la oposición y fuera de la mayoría compacta, dot ndome de una cierta independencia de juicio.

Descubr también en estos primeros años de Universidad que la peculiaridad y la limitación de mis aptitudes me vedaban todo progreso en algunas disciplinas cientficas, cuyo estudio hab a emprendido con juvenil impetuosidad. De este modo se me impuso la verdad de la advertencia del Mefistfeles goethiano: En vano vag is por los dominios de la ciencia; nadie aprende sino aquello que le est dado aprender.
En el laboratorio fisiol gico de Ernest Brcke logr por fin tranquilidad y satisfacción completas, hallando en l personas que me inspiraban respeto, y a las que poda tomar como modelos: el mismo gran Br cke y sus ayudantes Sigmund Exner y Ernst Fleischl von Marxow . Brcke me encarg de una investigación, relativa a la histolog a del sistema nervioso; trabajo que llev a cabo a satisfacción suya, y continu luego por mi cuenta. Permanec en este Instituto desde 1876 a 1882, con pequeas interrupciones, y se me consideraba destinado a ocupar la primera vacante de auxiliar que en l se produjera. Los estudios propiamente médicos -excepción hecha de la psiquiatría- no ejercían sobre m gran atención, y retrasndome as en mi carrera, no obtuve el ttulo de doctor hasta 1881.

Pero en 1882 mi venerado maestro rectific la confiada ligereza de mi padre, llamndome urgentemente la atención sobre mi mala situación econ mica, y aconsejndome que abandonase mi actividad, puramente teórica. Siguiendo sus consejos, dej el laboratorio fisiol gico y entr de aspirante en el Hospital General. Al poco tiempo fui nombrado interno del mismo, y serv en varias de sus salas, pasando más de seis meses en la de Meynert, cuya personalidad me hab a interesado ya profundamente en mis años de estudiante.

Sin embargo, permanec en cierto modo fiel a mis primeros trabajos. Brcke me hab a indicado al principio, como objeto de investigación, la m dula espinal de un pez de los más inferiores (el Ammocoetes pethomyzon), y de este estudio pas al del sistema nervioso humano, sobre cuya complicada estructura acababan de arrojar viva luz los descubrimientos de Flechsig. El hecho de elegir nica y exclusivamente al principio la medulla oblongata como objeto de investigación, fue también una consecuencia de la orientación de mis primeros estudios, en absoluta oposición a la naturaleza difusa de mi labor durante los primeros años universitarios, se desarroll en m una tendencia a la exclusiva concentración del trabajo sobre una materia o un problema nicos. Esta inclinación ha continuado si ndome propia y me ha valido luego el reproche de ser excesivamente unilateral.

En el laboratorio de anatoma cerebral continu trabajando, con la misma fe que antes en el fisiolgico. Durante estos años redact varios trabajos sobre la medulla oblongata, que merecieron la aprobación de Edinger; Meynert, que me haba abierto las puertas del laboratorio aun antes de hallarme bajo sus rdenes, me invit un día a dedicarme definitivamente a la anatoma del cerebro, prometi ndome la sucesin en su c tedra, pues se senta ya muy viejo para profundizar en los nuevos m todos. Atemorizado ante la magnitud de tal empresa, declin la proposición. Probablemente, sospechaba ya que aquel hombre genial no se hallaba bien dispuesto para conmigo.

La anatoma del cerebro no representaba para m , desde el punto de vista práctico, ning n progreso con relación a la fisiología. As, pues, para satisfacer las exigencias materiales, hube de dedicarme al estudio de las enfermedades nerviosas. Esta especialidad era por entonces poco atendida en Viena. El material de observación se hallaba diseminado en las diversas salas del hospital, y de este modo se careca de toda ocasión de estudio, vindose uno obligado a ser su propio maestro. Tampoco Nothnagel, a quien la publicación de su obra sobre la localización cerebral hab a llevado a la ctedra, diferenciaba la Neuropatolog a de las demás ramas de la Medicina interna. Atra do por el gran nombre de Charcot, que resplandeca a lo lejos, form el plan de alcanzar el punto de docente en la rama de enfermedades nerviosas, y trasladarme luego por algún tiempo a París, con objeto de ampliar all mis conocimientos.

Durante los años en que fui médico auxiliar publiqué varias observaciones casusticas sobre enfermedades orgánicas del sistema nervioso. Poco a poco fui dominando la materia, y llegu a poder localizar tan exactamente un foco en la medulla oblongata, que la autopsia no a ada detalle alguno a mis afirmaciones. De este modo fui el primer m dico de Viena que envi a la sala de autopsias un caso con el diagn stico de polineuritis aguda. La fama de mis diagnsticos, confirmados por la autopsia, me atrajo el interés de varios médicos americanos, a los que comenc a dar, en un chapurreado ingls, un cursillo sobre tales temas, utilizando como material de observación a los enfermos de mi sala. Pero no tena el menor conocimiento de la neurosis; y as , cuando un da present a mis oyentes un neurtico con ininterrumpido dolor de cabeza y diagnostiqu el caso de meningitis circunscrita crnica me abandonaron todos, pose dos de una justificada indignación cr tica, dando all fin mi prematura actividad pedag gica. Sin embargo, alegar en mi disculpa que grandes autoridades m dicas de Viena solan a n diagnosticar por aquel entonces la neurastenia como un tumor cerebral.

En la primavera de 1885 me fue conferida la plaza de docente de Neuropatologa en m rito de mis trabajos histolgicos y cl nicos. Poco despus me consigui Brcke una generosa pensi n para realizar estudios en el extranjero, y al otoo siguiente me trasladía Pars.
Confundido entre los muchos médicos extranjeros que se inscriban como alumnos en la Salp trire, no se me dedic al principio atención ninguna especial. Pero un día o expresar a Charcot su sentimiento por no haber vuelto a tener noticia alguna desde la pasada guerra del traductor alem n de sus conferencias. Luego agreg que le agradar a mucho encontrar una persona de garanta que se encargase de la traducción alemana de sus Nuevas conferencias. Al da siguiente me ofrec para ello en una carta, en la que recuerdo haber escrito que slo padec a la aphasie motrice, pero no la aphasie sensorielle du franais. Charcot acept mi ofrecimiento, me admiti a su trato privado y me hizo participar desde entonces directamente en todo aquello que en la clínica suceda.

Hall ndome dedicado a la redacción del presente trabajo he recibido de Francia numerosos ensayos y artículos que testimonian de una violenta resistencia a la aceptación del psicoanálisis y contienen a veces afirmaciones totalmente inexactas relativas a mi situación como respecto a la escuela francesa. As , leo, por ejemplo, que aprovech mi estancia en París para familiarizarme con las teoras de P. Janet, huyendo luego con mi presa. Contra esta afirmación he de hacer constar que durante mi estancia en la Salptri re nadie nombraba an para nada a P. Janet.

De todo lo que vi al lado de Charcot, lo que más me impresion fueron sus últimas investigaciones sobre la histeria, una parte de las cuales se desarroll a n en mi presencia, o sea la demostración de la autenticidad y normalidad de los fen menos histricos (Introite et hic dii sunt) y de la frecuente aparición de la histeria en sujetos masculinos, la creación de par lisis y contracturas históricas por medio de la sugesti n hipntica y la conclusi n de que estos productos artificiales muestran exactamente los mismos caracteres que los accidentales y espontneos, provocados con frecuencia por un trauma. Algunas de las demostraciones de Charcot despertaron al principio en m , como en otros de los asistentes, cierta extraeza y una tendencia a la contradicción, que intentbamos apoyar en una de las teor as por entonces dominantes. El maestro discuta siempre nuestras objeciones con tanta paciencia y amabilidad como decisi n, y en una de estas discusiones pronunci la frase ‘a n’empche pas d’exister, para m inolvidable.

No todo lo que por entonces nos ense Charcot se mantiene an en pie. Parte de ello aparece ahora muy discutible, y otra parte ha sucumbido por completo a la acción del tiempo. Pero, sin embargo, queda an mucho que ha pasado a integrar duraderamente el contenido de la ciencia. Antes de abandonar París trac con Charcot el plan de un estudio comparativo de las par lisis históricas con las orgánicas. Me propona demostrar el principio de que las par lisis y anestesias históricas de las diversas partes del cuerpo se delimitan conforme a la representación vulgar (no anatmica) del hombre. El maestro se mostr de acuerdo conmigo, pero no era difícil adivinar que, en el fondo, no se sent a inclinado a profundizar en la Psicología de las neurosis. Su punto de partida habr a sido, en efecto, la Anatoma.

Antes de regresar a Viena permanec varias semanas en Berlín dedicado a adquirir algunos conocimientos sobre las enfermedades de la infancia pues el doctor Kassowitz, de Viena, que dirigía un Instituto de enfermedades de la niñez, me hab a prometido establecer una sala destinada a las enfermedades nerviosas infantiles. En Berlín fui amablemente acogido por Adolf Baginsky. Durante mi actividad en el Instituto de Kassowitz publiqu luego varios trabajos sobre las parlisis cerebrales de los niños. A estos trabajos se debi más tarde, en 1897, el encargo que me hizo Nothnagel de tratar esta materia en su magno Manual de la terapia general y especial.

En otoo de 1886 me establec como médico en Viena y contraje matrimonio con la mujer que era, hac a ya más de cuatro años, mi prometida, y me esperaba en una lejana ciudad. Por cierto que, siendo an novia m a, me hizo perder una ocasión de adquirir fama ya en aquellos años juveniles. En 1884 lleg a interesarme profundamente el alcaloide llamado coca na por entonces muy poco conocido, y lo hice traer de Merck en cierta cantidad para estudiar sus efectos fisiolgicos. Hall ndome dedicado a esta labor, se me present ocasión de hacer un viaje a la ciudad donde resida mi novia, a la que no ve a haca ya dos años, y puse trmino r pidamente a mi publicación prediciendo que no tardar an en descubrirse amplias aplicaciones de aquel alcaloide. Antes de salir de Viena encargu a mi amigo el doctor K nigstein, oculista, que investigase en qu medida resultaban aplicables las propiedades anest sicas de la cocana en las intervenciones propias de su especialidad. A mi vuelta encontr que no Knigstein, sino otro de mis amigos, Carl Koller (actualmente en Nueva York), al que también haba hablado de la coca na, haba llevado a cabo decisivos experimentos sobre sus propiedades anest sicas, comunicndolos y demostr ndolos en el Congreso de Oftalmologa de Heidelberg. Koller es, por tanto, considerado, con razón, como el descubridor de la anestesia local por medio de la cocana, tan importante para la peque a ciruga. Por mi parte, no guardo a mi mujer rencor alguno por la ocasión perdida.

Mi establecimiento como neurlogo en Viena data, como antes indiqu , del otoo de 1886. A mi regreso de París y Berlín me hallaba obligado a dar cuenta en la Sociedad de médicos de lo que haba visto y aprendido en la clínica de Charcot. Pero mis comunicaciones a esta Sociedad fueron muy mal acogidas. Personas de gran autoridad, como el doctor Bamberger, presidente de la misma, las declararon increbles. Meynert me invit a buscar en Viena casos anlogos a los que describ a y a presentarlos a la Sociedad. Mas los médicos en cuyas salas pude hallar tales casos me negaron la autorización de observarlos. Uno de ellos, un viejo cirujano, exclam al o rme: Pero cmo puedes sostener tales disparates? Hysteron (sic) quiere decir tero. Cmo, pues, puede un hombre ser hist rico? En vano alegu que no pedía la acepción de mis diagn sticos, sino tan slo que se me dejara disponer de los enfermos que eligiera. Por fin encontr , fuera del hospital, un caso clsico de hemianestesia histórica en un sujeto masculino y pude presentarlo y demostrarlo ante la Sociedad de médicos. Esta vez tuvieron que rendirse a la evidencia, pero se desinteresaron en seguida de la cuesti n. La impresión de que las grandes autoridades m dicas habían rechazado mis innovaciones, obtuvo la victoria, y me vi relegado a la oposición con mis opiniones sobre la histeria masculina y la producción de par lisis históricas por medio de la sugesti n. Cuando poco despus se me cerraron las puertas del laboratorio de Anatom a cerebral y me vi falto de local en el que dar mis conferencias, me retir en absoluto de la vida acad mica y de relación profesional. Desde entonces no he vuelto a poner los pies en la Sociedad de médicos.

Pero si quera vivir del tratamiento de los enfermos nerviosos hab a de ponerme en condiciones de presentarles algún auxilio. Mi arsenal terapéutico no comprenda sino dos armas, la electroterapia y la hipnosis, pues el env o del enfermo a unas aguas Medicinales despus de una nica visita no constitua una fuente suficiente de rendimiento. Por lo que respecta a electroterapia, me confi al manual de W. Erb, que integraba prescripciones detalladas para el tratamiento de todos los sntomas nerviosos. Desgraciadamente, comprob al poco tiempo que tales prescripciones eran ineficaces y que me haba equivocado al considerarlas como una cristalización de observaciones concienzudas y exactas, no siendo sino una arbitraria fantasa. Este descubrimiento de que la obra del primer neuropat logo alemn no tenga más relación con la realidad que un libro egipcio sobre los sue os, como los que se venden en baratillos, me fue harto doloroso pero me ayudía libertarme de un resto de mi ingenua fe en las autoridades. As , pues, ech a un lado el aparato el ctrico, antes que Moebius declarara decisivamente que los resultados del tratamiento elctrico de los enfermos nerviosos no eran sino un efecto de la sugesti n del médico.

La hipnosis era ya otra cosa. Siendo a n estudiante, asista a una sesi n pblica del magnetizador Hansen y observ que uno de los sujetos del experimento palideca al entrar en el estado de rigidez catal ptica y permaneca l vido hasta que el magnetizador le haca volver a su estado normal. Esta circunstancia me convenci de la legitimidad de los fenmenos hipn ticos. Poco despus hall esta opinin en Heindenhain, su representante científico, circunstancia que no le impidi a los profesores de Psiquiatr a continuar afirmando que el hipnotismo era una farsa peligrosa y despreciando a los hipnotizadores. Por mi parte, haba visto emplear sin temor alguno, en París, el hipnotismo, para crear sntomas y hacerlos luego desaparecer. Poco después lleg a nosotros la noticia de que en Nancy hab a surgido una escuela que utilizaba ampliamente la sugestión, con hipnotismo o sin l, para fines terapéuticos logrando sorprendentes resultados. Todas estas circunstancias me llevaron a hacer de la sugesti n hipntica mi principal instrumento de trabajo -aparte de otros m todos psicoterpicos más casuales y menos sistemticos- durante mis primeros años de actividad mdica.

Esto supon a la renuncia al tratamiento de las enfermedades nerviosas orgnicas, pero tal renuncia no significaba gran cosa, pues en primer lugar la terapia de tales estados no ofrec a porvenir ninguno, y en segundo, el número de enfermos de este g nero resultaba peque simo, comparado con el de los neurticos, n mero que aparece, además, multiplicado por el hecho de que los pacientes pasan de un m dico a otro sin hallar alivio. Por ltimo, el hipnotismo daba a la labor m dica considerable atractivo. El médico se libertaba por vez primera del sentimiento de su impotencia, y se ve a halagado por la fama de obtener curas milagrosas. más tarde descubr los inconvenientes de este procedimiento, pero al principio slo podía reprocharle dos defectos: primeramente, no resultaba posible hipnotizar a todos los enfermos, y en segundo lugar, no estaba al alcance del médico lograr, en determinados casos, una hipnosis tan profunda como lo creyese conveniente. Con el prop sito de perfeccionar mi técnica hipn tica, fui en 1889 a Nancy, donde pas varias semanas. Vi all al anciano Libault, en su conmovedora labor con las mujeres y niños de la población obrera, y fui testigo de los experimentos de Bernheim con los enfermos del hospital, adquiriendo intensas impresiones de la posible existencia de poderosos procesos anímicos que permanecan, sin embargo, ocultos a la consciencia. Pensando que ser a valioso persuadía una de mis pacientes a seguirme a Nancy. histórica, mujer distinguida y de geniales dotes, que haba acudido a m despus de no haber hallado alivio alguno en las prescripciones de otros médicos. Por medio de la sugestión hipn tica consegu procurarle una existencia soportable, logrando extraerla de su miserable estado. El hecho de que al cabo de algún tiempo recayese siempre, lo atribu, en mi desconocimiento de las circunstancias verdaderas, a que su hipnosis no hab a llegado a alcanzar nunca el grado de sonambulismo con amnesia. Bernheim intent también hipnotizarla profundamente, pero tampoco lo consiguió, confesando luego sinceramente que sus grandes éxitos terapéuticos habían sido siempre con pacientes de su sala del hospital, nunca con enfermos de su consulta privada. Durante mi estancia en Nancy tuve con l varias interesant simas conversaciones y acept el encargo de traducir al alem n sus dos obras sobre la sugestión y sus efectos terapéuticos.

De 1886 a 1891 abandon casi por completo la investigación cientfica y apenas publiqu algo. Tuve, en efecto, que dedicar todo mi tiempo a afirmarme en mi nueva actividad y a asegurar la existencia material de mi familia, que iba creciendo rpidamente. En 1891 publiqu mi primer trabajo sobre las parlisis cerebrales infantiles, escrito en colaboración con el doctor Oskar Rie, mi amigo y ayudante. Asimismo fui invitado a encargarme de la parte referente a la teora de la afasia, dominada entonces por el punto de vista de la localización, sostenido por Wernicke y Lichtheim en una obra de Medicina. Un librito crtico-especulativo, titulado Sobre la afasia, fue el fruto de esta labor. Pasar ahora a describir cmo la investigación cientfica volvi a constituir el inters capital de mi vida.

II

COMPLETANDO la exposición que precede, aadir que desde un principio me serv del hipnotismo para un fin distinto de la sugesti n hipntica. Lo utilic , en efecto, para hacer que el enfermo me revelase la historia de la gnesis de sus síntomas, sobre la cual no poda muchas veces proporcionarme dato alguno hall ndose en estado normal. Este procedimiento, a más de entra ar una mayor eficacia que los simples mandatos y prohibiciones de la sugestión, satisfac a la curiosidad cientfica del m dico, el cual posea un indiscutible derecho a averiguar algo del origen del fen meno, cuya desaparición intentaba lograr por medio del mon tono procedimiento de la sugestión.

A este otro procedimiento llegué del modo siguiente: Hallndome aún en el laboratorio de Brcke conocí al doctor José Breuer, uno de los médicos de cabecera más considerados de Viena, que poseé a además un pasado científico, pues era autor de varios valiosos trabajos sobre la fisiología de la respiración y sobre el rgano del equilibrio. Era Breuer un hombre de inteligencia sobresaliente, catorce años mayor que yo. Nuestras relaciones se hicieron pronto ntimas, y Breuer llev su amistad hasta auxiliarme en situaciones difíciles de mi vida. Durante muchos años compartimos todo inters científico, siendo yo, naturalmente, a quien este intercambio beneficiaba más. El desarrollo del psicoanálisis me cost después su amistad. Muy difícil me fue prescióndir de ella, pero result inevitable.

Antes de mi viaje a Pars me hab a comunicado ya Breuer un caso de histeria, sometido por l desde 1880 a 1882 a un tratamiento especial, por medio del cual hab a conseguido penetrar profundamente en la motivación y significación de los sntomas hist ricos. Esto suceda en una poca en la que los trabajos de Janet pertenecan a n al futuro. Breuer me ley varias veces fragmentos del historial cl nico de dicho caso, que me dieron la impresión de constituir un progreso decisivo en la inteligencia de las neurosis. Durante mi estancia en París di cuenta a Charcot de los descubrimientos de Breuer, pero el maestro no demostr interesarse por ellos.

De retorno a Viena, hice que Breuer me comunicase más detalladamente sus observaciones. La paciente era una muchacha de ilustración y aptitudes nada comunes, cuya dolencia hab a comenzado a manifestarse en ocasión de hallarse dedicada al cuidado de su padre, gravemente enfermo. Cuando acudi a la consulta de Breuer, ofreca un variado cuadro sintom tico: parlisis, con contracciones, inhibiciones y estado de perturbación psíquica. Una observación casual revel al m dico que la paciente poda ser libertada de tales perturbaciones de la consciencia cuando se le hac a dar una expresin verbal a la fantas a afectiva que de momento la dominaba. De este descubrimiento dedujo Breuer un método terapéutico. Sumiendo a la sujeto en un profundo sueo hipn tico, la haca relatar lo que en aquellos instantes oprim a su nimo. Dominados as los accesos de perturbación depresiva, emple el mismo procedimiento para provocar la desaparición de las inhibiciones y de los trastornos som ticos. Durante el estado de vigilia, la paciente era tan incapaz como otros enfermos de indicar la gnesis de sus síntomas y no encontraba conexin alguna entre ellos y algunas impresiones de su vida. Pero en la hipnosis hallaba inmediatamente el enlace buscado. Result as que todos sus síntomas se hallaban relacionados con intensas impresiones, recibidas durante el tiempo que pas cuidando a su padre, enfermo, y que, por tanto, pose an un sentido, correspondiendo a restos o reminiscencias de tales situaciones afectivas. Generalmente resultaba que en ocasión de hallarse junto al lecho de su padre hab a tenido que reprimir un pensamiento o un impulso, en cuyo lugar y representación hab a luego aparecido el sntoma. Mas, por lo regular, cada síntoma no constitua el residuo de una sola escena traum tica, sino el resultado de la adición de numerosas situaciones an logas. Cuando luego en la hipnosis recordaba la sujeto aluciónatoriamente una tal situación y realizaba a posteriori el acto ps quico antes reprimido, dando libre curso al efecto correspondiente, desaparecía definitivamente el síntoma. Por medio de este procedimiento consigui Breuer, después de una larga y penosa labor, libertar a la enferma de todos sus sntomas.

La sujeto quedías curada, y no volvi a experimentar perturbación alguna del orden hist rico, habindose demostrado luego capaz de importantes rendimientos intelectuales. Pero el desenlace del tratamiento quedaba envuelto para m en una ciertañoscuridad, que Breuer no quiso nunca disipar. también me era imposible comprender por qu haba mantenido secreto durante tanto tiempo su descubrimiento, que yo consideraba inestimable, en lugar de hacerlo p blico, en provecho de la ciencia. La nica objeción admisible era la de si deba generalizar un hecho comprobado tan s lo en un nico caso; pero las circunstancias descubiertas me parecían de naturaleza tan fundamental, que una vez demostradas en un caso de histeria, tenan, a mi juicio, que aparecer integradas en todo enfermo de este orden. Ahora bien: siendo sta una cuestin que s lo la experiencia poda decidir, comenc a repetir con mis pacientes las investigaciones de Breuer, no empleando con ellos método ninguno distinto, sobre todo después que mi visita a Bernheim en 1889 me hubo revelado los lmites eficaces de la sugesti n hipntica, y al cabo de varios años, durante los cuales no hall un solo caso de histeria que siendo accesible a dicho m todo no confirmase los descubrimientos de Breuer, habiendo reunido un importante material de observaciones anlogas a las suyas, le propuse publicar un trabajo com n sobre la materia, cosa a la que comenz por resistirse tenazmente. Por ltimo, cedi a mis instancias cuando ya Janet se hab a adelantado, publicando en sus trabajos una parte de los resultados anteriormente obtenido por Breuer; esto es, la referencia de los sntomas hist ricos a impresiones de la vida del sujeto y su supresin por medio de la reproducción hipntica in statu nascendi. As pues, dimos a la estampa en 1893 una comunicación interna, titulada Sobre el mecanismo ps quico de los fenmenos hist ricos, y en 1895, nuestro libro Estudios sobre la histeria.

El contenido de este libro es, en su parte esencial, de Breuer, circunstancia que siempre he declarado honradamente y que hago constar aqu una vez más. En la teora que en l se intenta elaborar trabaj en una medida cuya determinación no es ya hoy posible. Esta teora se mantiene dentro de l mites modestsimos, no yendo mucho más all de una expresi n inmediata de las observaciones realizadas. No intenta fijar la naturaleza de la histeria, sino tan slo esclarecer la g nesis de sus sntomas. En esta labor acent a la significación de la vida afectiva y la importancia de la distinción entre actos psíquicos inconscientes y conscientes (o mejor, capaces de consciencia) e introduce un factor din mico, haciendo nacer el sntoma del estancamiento de un afecto y un factor econ mico, considerando al mismo sntoma como el resultado de la transformación de un montante de energa, utilizado normalmente de un modo distinto (la llamada conversi n). Breuer dio a nuestro método el calificativo de cat rtico, y declar que su fin terapéutico era el de afecto, utilizado para mantener el sntoma, y que por haber emprendido un camino falso se hallaba estancado a los caminos normales, que podían conducirle a una descarga. Este método cat rtico alcanz excelentes resultados. Los defectos que más tarde demostr entra ar son los inherentes a todo tratamiento hipntico. Todav a actualmente hay muchos psicoterapeutas que continan empleando este m todo tal y como Breuer lo empleaba. En el tratamiento de las neurosis de guerra en el Ejrcito alem n durante la conflagración europea, lo ha utilizado E. Simmel con xito satisfactorio como procedimiento curativo abreviado. La sexualidad no desempeñaba en la teor a de la catarsis papel importante ninguno. En los historiales clínicos aportados por m a los Estudios sobre la histeria intervienen ciertamente factores de la vida sexual; pero apenas se les concede un valor distinto del de las restantes excitaciones afectivas. De su primera paciente, que ha llegado a adquirir celebridad, cuenta Breuer que lo sexual se hallaba en ella sorprendentemente poco desarrollado. Por los Estudios sobre la histeria no sera f cil adivinar la importancia de la sexualidad en la etiologa de las neurosis.

He descrito ya varias veces tan detalladamente el estadio inmediato de nuestra disciplina, o sea, el paso desde la catarsis al psicoanálisis propiamente dicho, que ha de serme difícil consignar aqu nada nuevo. El suceso que inici esta transición fue el retraimiento de Breuer de nuestra colaboración, quedando desde este momento en mis manos la administración de su herencia. Ya anteriormente habían surgido entre nosotros algunas diferencias de opini n; pero no habían sido suficientes para separarnos. Para el problema de cu ndo se hace patgeno un proceso anímico, esto es, de cundo queda excluido de un desenlace normal, prefer a Breuer una teora que pudi ramos calificar de fisiolgica. Opinaba que los procesos que escapaban a su destino normal eran aquellos que nac an en estados anmicos extraordinarios (estados hipnoidesퟎ�). Pero esta solución no hac a sino plantear un nuevo problema: el de cul podr a ser el origen de tales estados hipnoides. Por mi parte, supona, en cambio, la existencia de un juego de fuerzas, esto es, del efecto de intenciones y tendencias an logas a las observables en la vida anormal, oponiendo as a la histeria hipnoideퟎ� de Breuer la neurosis de defensa. Pero estas y otras diferencias no hubieran llevado nunca a Breuer a abandonar sus trabajos si no hubiesen venido a agregarse a ellas otros factores. En primer lugar, su extensa clientela le impeda dedicar, como yo, toda su actividadía la labor cat rtica, y, además, influy sobre l la mala acogida que nuestro libro obtuvo. Su confianza en s mismo y su capacidad de resistencia no se hallaban a la altura de su restante organización espiritual. Cuando, por ejemplo, dedica Str mpell una dursima cr tica a nuestro libro, pude yo dejarla resbalar sobre m, d ndome cuenta de la absoluta incomprensin del ex geta; pero Breuer se irrit y comenz a sentirse descorazonado. De todos modos, lo que más contribuy a su decisin fue la imposibilidad de familiarizarse con la nueva orientación que tomaron mis trabajos.

La teora que hab amos intentado edificar en los Estudios era muy incompleta. Sobre todo, apenas habamos rozado el problema de la etiolog a, o sea, el de la base del proceso patgeno. Posteriormente hube de comprobar con mayor evidencia cada vez que detr s de las manifestaciones de la neurosis no actuaban excitaciones afectivas de naturaleza indistinta, sino precisamente de naturaleza sexual, siendo siempre conflictos sexuales actuales o repercusiones de sucesos sexuales pasados. He de hacer constar que no me hallaba preparado a tal descubrimiento, totalmente inesperado para m, que no llev a la investigación de los sujetos neuróticos prejuicio alguno de este orden. Cuando en 1914 escrib la Historia del movimiento psicoanal tico surgi en m el recuerdo de algunos dichos de Breuer, Charcot y Chrobak, que podan haberme orientado en este camino. Mas por entonces no comprend bien lo que tales autoridades queran decir, y sus afirmaciones dormitaron en m hasta que con ocasión de las investigaciones cat rticas, resurgieron bajo la forma de descubrimiento propio. Tampoco saba en aquella poca que al referir la histeria a la sexualidad haba retrocedido a los tiempos más antiguos de la Medicina y me haba agregado a un juicio de Plat n. Esto ltimo me lo revel mucho despus la lectura de un trabajo de Havelock Ellis.

Bajo la influencia de mi sorprendente descubrimiento di un paso que ha tenido amplias consecuencias. Traspas los lmites de la histeria y comenc a investigar la vida sexual de los enfermos llamados neurastnicos, que acudían en gran número a mi consulta. Este experimento me cost gran parte de mi clientela; pero me procur diversas convicciones, que hoy día, cerca de treinta años después, conservan toda su fuerza. Era, desde luego, necesario vencer la infinita hipocresa con la que se encubre todo lo referente a la sexualidad; pero una vez conseguido esto, se hallaban en la mayoría de estos enfermos importantes desviaciones de la función sexual. Dada la gran frecuencia tanto de dichas desviaciones como de la neurastenia, no presentaba su coincidencia gran fuerza probatoria; pero posteriores observaciones, más penetrantes, me hicieron descubrir en la abigarrada colección de cuadros patol gicos, reunida bajo el concepto de neurastenia, dos tipos fundamentalmente diferentes que podan surgir, mezclados en muy variadas proporciones, pero que también se ofrecan aislados a la observación. En uno de estos tipos era el ataque de angustia el fenmeno central, con sus equivalentes formas rudimentarias y síntomas sustitutivos crnicos, por todo lo cual le di el nombre de neurosis de angustia, limitando al otro tipo la denominación de neurastenia. Una vez hecho esto, fue fcil determinar que a cada uno de estos tipos correspondía una distinta anormalidad de la vida sexual como factor etiolgico (coitus interruptus, excitación frustrada y abstinencia sexual en un caso, y masturbación excesiva y poluciones frecuentes en el otro). En algunos casos, especialmente instructivos, en los que tenía efecto una sorprendente transición del cuadro patol gico desde uno de los dos tipos al otro, consegu demostrar que dicha transición se hallaba basada en un cambio correlativo del rgimen sexual. Cuando se lograba hacer cesar la anormalidad y sustituirla por una actividad sexual normal, mejoraba considerablemente el estado del sujeto.

De este modo llegu a considerar las neurosis, en general, como perturbaciones de la función sexual, siendo las llamadas neurosis actuales una expresi n txica directa de dichas perturbaciones, y las psiconeurosis, una expresi n psíquica de las mismas. Mi conciencia m dica qued satisfecha con este resultado, pues esperaba haber llenado una laguna de la Medicina, la cual no admit a, con relación a una función tan importante biolgicamente como sta, otras perturbaciones que las causadas por una infección o por una grosera lesi n anatmica.

Aparte de esto, mi teor a se hallaba de acuerdo con la opinin m dica de que la sexualidad no es simplemente algo psquico, sino que tiene también su faceta somtica, debi ndose atribuirle un quimismo especial y derivar la excitación sexual de la presencia de determinadas materias a n desconocidas. El hecho de que las neurosis espontneas, propiamente dichas, no mostrasen tanta analog a con ningn grupo de enfermedades como con los fen menos de intoxicación y abstinencia provocados por la introducción o sustracción de ciertas materias t xicas o con la enfermedad de Basedow, cuya dependencia del producto de la glndula tiroides es generalmente conocida, tenía también que poseer algún fundamento.

Posteriormente no he tenido ocasión de volver sobre las investigaciones de las neurosis actuales. No ha habido tampoco nadie que haya continuado esta parte de mi labor. Volviendo hoy la vista a los resultados entonces obtenidos, reconozco en ello una primera y burda esquematización de un estado de cosas probablemente mucho más complicado; pero Continúo considerndolos exactos. Me hubiera complacido someter al análisis psicoanaltico en pocas posteriores del desarrollo de nuestra disciplina otros casos de neurastenia pura, juvenil; pero, como ya indiqu antes, no he tenido ocasión para ello.

Para evitar equivocadas interpretaciones har constar que estoy muy lejos de negar la existencia del conflicto ps quico y de los complejos neurticos en la neurastenia. Me limito a afirmar que los síntomas de estos enfermos no se hallan determinados psíquicamente ni son susceptibles de supresi n por medio del análisis, debiendo ser considerados como consecuencias t xicas directas de la perturbación del quimismo sexual.
Cuando en los años siguientes a la publicación de los Estudios llegu a estos resultados referentes al papel etiolgico de la sexualidad en las neurosis, los expuse en varias conferencias, tropezando con la general incredulidad y oposición. Breuer intent una vez más apoyarme con todo el peso de su autoridad personal; pero nada consigui, tanto más cuanto que no era difícil adivinar que la aceptación de la etiologa sexual era también contraria a sus inclinaciones. Hubiera podido desorientarme y dar armas a la crtica alegando el caso de su primera paciente, en la que no parecía haber intervenido para nada el factor sexual. Pero jamás utiliz tal argumento, circunstancia que no llegu a comprender hasta que algún tiempo despus pude interpretar acertadamente dicho caso y reconstruir el punto de partida de su tratamiento bas ndome en las observaciones que sobre l me hab a comunicado Breuer. Terminada la labor de amor de transferencia, y no acertando Breuer a relacionar dicho estado en la enfermedad, hubo de cortar, lleno de confusin, su trato con la sujeto, result ndole desde aquel momento muy penoso todo lo que le recordaba este incidente, al que consideraba como una infortunada casualidad. Su conducta para conmigo oscil repentinamente entre el reconocimiento de mis afirmaciones y su más acerba crtica. Luego surgieron, como siempre en estas situaciones, circunstancias fortuitas que acabaron provocando nuestra separación.

Mi estudio de las formas de la nerviosidad general me llev asimismo a modificar la técnica catrtica. Abandon la hipnosis e intent sustituirla por otro m todo, buscando superar la limitación del tratamiento a los estados histeriformes. Además, haba comprobado dos graves insuficiencias del empleo del hipnotismo, incluso en su aplicación a la catarsis. En primer lugar, los resultados terapéuticos obtenidos desaparecían ante la menor perturbación de la relación personal entre médico y enfermo. Volv an ciertamente a aparecer una vez conseguida la reconciliación; pero se demostraba as que la relación personal afectiva -factor imposible de dominar- era más poderosa que la labor catrtica. Además, lleg un día en el que me fue dado comprobar algo que sospechaba ya desde mucho tiempo atrs. Una de mis pacientes más dciles, con la cual hab a obtenido por medio del hipnotismo los más favorables resultados, me sorprendi , un da que hab a logrado libertarla de un doloroso acceso refirindolo a su causa inicial, ech ndome los brazos al cuello al despertar del sueo hipn tico. Una criada que llam a la puerta en aquellos momentos nos evit una penosa explicación; pero desde tal día renunciamos, por un acuerdo tcito, a la continuación del tratamiento hipntico. Suficientemente modesto para no atribuir aquel incidente a mis atractivos personales, supuse haber descubierto con l la naturaleza del elemento mástico que actuaba detr s del hipnotismo. Para suprimirlo o, por lo menos, aislarlo tena que abandonar el procedimiento hipn tico.

Pero el hipnotismo haba prestado al tratamiento cat rtico extraordinarios servicios, ampliando el campo de la consciencia del sujeto y proporcionndole un conocimiento del que carec a en estado de vigilia. No parecía, pues, nada f cil hallar con qu sustituirlo. En esta perplejidad, record un experimento del que haba sido testigo durante mi visita a Bernheim. Cuando el sujeto despertaba del sonambulismo, parecía haber perdido todo recuerdo de lo sucedido durante dicho estado. Pero Bernheim afirmaba que saba perfectamente cu ndo haba pasado, y cuando le invitaba a recordarlo, insistiendo en que nada de ello ignoraba, debiendo decirlo, y colocaba la mano sobre la frente del sujeto, acababan por surgir los recuerdos olvidados, vacilantemente primero, y luego con absoluta fluidez y claridad. Decid , pues, emplear este mismo procedimiento. Mis pacientes tenan también que saber lo que antes les haca accesible la hipnosis, y mi insistencia en este sentido hab a de tener el poder de llevar a la consciencia los hechos y conexiones olvidados.

Este procedimiento habra de ser más trabajoso que el hipntico, pero también más instructivo. Abandon , pues, el hipnotismo y slo conserv de l la colocación del paciente en decbito supino sobre un lecho de reposo, situ ndome yo detrs de l de manera a verle sin ser visto.

III

MIS esperanzas se cumplieron por completo. Abandon el hipnotismo; pero el cambio de t ctica trajo consigo un cambio de aspecto de la labor catrtica. El hipnotismo hab a encubierto un juego de fuerzas que se evidenciaba ahora y cuyo descubrimiento proporcionaba a la teora una base firmásima.
Cul podr a ser la causa de que los enfermos hubiesen olvidado tantos hechos de su vida interior y exterior y pudiesen, sin embargo, recordarlos cuando se les aplicaba la técnica antes descrita? La observación daba a esta pregunta respuesta más que suficiente. Todo lo olvidado hab a sido penoso por un motivo cualquiera para el sujeto, siendo considerado por las aspiraciones de su personalidad como temible, doloroso o avergonzado. Haba, pues, que pensar que deb a precisamente a tales caracteres el haber cado en el olvido, esto es, el no haber permanecido consciente. Para hacerlo consciente de nuevo era preciso dominar en el enfermo algo que se rebelaba contra ello, imponi ndose as al m dico un esfuerzo. Este esfuerzo variaba mucho segn los casos, creciendo en razón directa de la gravedad de lo olvidado, y constitua la medida de la resistencia del enfermo. De este modo surgi la teora de la represión.

Fcilmente podía reconstituirse ya el proceso patgeno. Describiremos, como ejemplo, un caso sencillo: Cuando en la vida an mica se introduce una tendencia a la que se oponen otras muy poderosas, el desarrollo normal del conflicto anmico as surgido consistira en que las dos magnitudes din micas -a las que para nuestros fines presentes llamaremos instinto y resistencia- lucharan durante algún tiempo ante la intensa expectación de la consciencia hasta que el instinto quedase rechazado y sustra da a su tendencia la carga de energa. Este ser a el desenlace normal. Pero en la neurosis, y por motivos an desconocidos, habr a hallado el conflicto un distinto desenlace. El yo se habra retirado, por decirlo as , ante el impulso instintivo repulsivo, cerrndose el acceso a la consciencia y a la descarga motora directa, con lo cual habr a conservado dicho impulso toda su carga de energa. A este proceso, que constitu a una absoluta novedad, pues jamás se hab a descubierto en la vida anmica nada an logo, le di el nombre de represión. Era, indudablemente, un mecanismo primario de defensa comparable a una tentativa de fuga y precursor de la posterior solución normal por enjuiciamiento y condena del impulso repulsivo. A este primer acto de represión se enlazaban diversas consecuencias. En primer lugar, tenía el yo que protegerse por medio de un esfuerzo permanente, o sea, de una contracarga, contra la presin, siempre amenazadora, del impulso reprimido, sufriendo as un empobrecimiento. Pero, además, lo reprimido, devenido inconsciente, podía alcanzar una descarga y una satisfacción sustitutiva por caminos indirectos, haciendo, por tanto, fracasar el prop sito de la represión. En la histeria de conversi n llevaba dicho camino indirecto a la inervación som tica, y el impulso reprimido surga en un lugar cualquiera y creaba los síntomas, que eran, por tanto, resultados de una transacción, constituyendo, desde luego, satisfacciones sustitutivas, pero deformadas y desviadas de sus fines por la resistencia del yo.

La teor a de la represión constituy la base principal de la comprensin de las neurosis e impuso una modificación de la labor teraputica. Su fin no era ya hacer volver a los caminos normales los afectos extraviados por una falsa ruta, sino descubrir las represiones y suprimirlas mediante un juicio que aceptase o condenase definitivamente lo excluido por la represión. En acatamiento a este nuevo estado de cosas, di al método de investigación y curación resultante el nombre de psicoanálisis en sustitución del de catarsis.

Podemos partir de la represión como punto central y enlazar con ella todas las partes de la teora psicoanal tica. Pero antes quiero consignar una observación de car cter polmico. Seg n Janet era la histórica una pobre criatura que a consecuencia de una debilidad constitucional no podía mantener en coherencia sus actos anmicos, sucumbiendo as a la disociación ps quica y a la disminución de la consciencia. Pero, conforme a los resultados de las investigaciones psicoanal ticas, eran estos fenmenos el resultado de factores din micos del conflicto psquico y de la represión realizada. A mi juicio, es esta diferencia lo suficientemente amplia para poner fin a la infundada afirmación, tantas veces repetida, de que lo nico importante del psicoanálisis es lo que ste ha tomado de las teoras de Janet. La exposición que hasta aqu vengo realizando ha de haber mostrado claramente al lector que el psicoanálisis es totalmente independiente, desde el punto de vista histrico, de los descubrimientos de Janet, siendo, además, su contenido muy distinto y mucho más amplio. De los trabajos de Janet no hubieran podido deducirse jamás las consecuencias que han dado al psicoanálisis una tan amplia importancia en los dominios de la ciencia, atray ndole el inters general. En todos mis trabajos he hablado de Janet con el mayor respeto, pues sus descubrimientos coincidieron en muchas partes con los de Breuer, realizados con anterioridad, aunque publicados después. Pero cuando el psicoanálisis comenz a discutirse también en Francia, Janet se condujo con poca corrección, mostrando muy escaso conocimiento de la materia y utilizando argumentos ilegtimos. Por ltimo, ha disminuido todo el valor de su obra, declarando que cuando hablaba de actos psíquicos inconscientesퟎ�, ello no constitua sino fa on de parler.

En cambio, el psicoanálisis se vio obligado, por el estudio de las represiones pat genas y de otros fenmenos que más adelante mencionaremos, a conceder una extraordinaria importancia al concepto de lo inconsciente. Para el psicoanálisis todo es, en un principio, inconsciente, y la cualidad de la consciencia puede agregarse después o faltar en absoluto. Estas afirmaciones tropezaron con la oposición de los fil sofos, para los que lo consciente y lo psquico son una sola cosa, result ndoles inconcebible la existencia de lo psquico inconsciente. El psicoanálisis tuvo, pues, que surgir adelante sin atender a esta idiosincrasia de los filsofos, bas ndose en observaciones realizadas en material patolgico absolutamente ignoradas por sus contradictores y en las referentes a la frecuencia y poder o de impulsos de los que nada sabe el propio sujeto, el cual se ve obligado a deducirlos como otro hecho cualquiera del mundo exterior. Poda alegarse, además, que lo que haca no era sino aplicar a la propia vida an mica la forma en que nos representamos la de otras personas. A stas les adscribimos actos psíquicos de los cuales no poseemos una consciencia inmediata, tenindolo que deducir de las manifestaciones del individuo de que se trata. Ahora bien: aquello que creemos acertado cuando se trata de otras personas, tiene que serlo también con respecto a la propia. Continuando el desarrollo de este argumento y deduciendo de l que los propios actos ocultos pertenecen a una segunda consciencia, llegaremos a la concepción de una consciencia de la que nada sabemos, o sea, de una consciencia inconsciente, resultando an más difícilmente admisible que la hip tesis de la existencia de lo psquico inconsciente. Si, en cambio, decimos con otros fil sofos que reconocemos los fenmenos patol gicos, pero que los actos en los que dichos fenmenos se basan no pueden ser calificados de psíquicos, sino de psicoides, no haremos sino iniciar una discusin verbal totalmente infructuosa, cuya mejor solución ser siempre, además, el mantenimiento de la expresin psiquismo inconsciente. Surge entonces el problema de qu es lo que puede ser este psiquismo inconsciente, problema que no ofrece ventaja ninguna con respecto al anteriormente planteado sobre la naturaleza de lo consciente.

más difícil sera exponer sint ticamente cmo el psicoanálisis ha llegado a articular el psiquismo inconsciente, cuya existencia reconoce, descomponindolo en un psiquismo preconsciente y un psiquismo propiamente inconsciente. Creemos bastar hacer constar que parece legtimo completar aquellas teor as que constituyen la expresin directa de la experiencia emp rica con hipótesis adecuadas al dominio de la materia relativa a circunstancias que no pueden ser objeto de la observación inmediata. No de otro modo suele procederse en disciplinas cientficas más antiguas que la nuestra. La articulación de lo inconsciente se halla enlazada con la tentativa de representarnos el aparato anímico compuesto por una serie de instancias o sistemas de cuya relación entre s hablamos desde un punto de vista espacial, independiente en absoluto de la anatoma real del cerebro. Es ste el punto de vista que calificamos de tpico. Estas y otras ideas an logas pertenecen a una superestructura especulativa del psicoanálisis, cada uno de cuyos fragmentos puede ser sacrificado o cambiado por otro, sin perjuicio ni sentimiento alguno, en cuanto resulte insuficiente.

He indicado ya que la investigación de las causas y fundamentos de la neurosis nos llev, con frecuencia cada vez mayor, al descubrimiento de conflictos entre los impulsos sexuales del sujeto y la resistencia contra la sexualidad. En la busca de las situaciones pat genas en las cuales se habían producido las represiones de la sexualidad, y de las cuales procedían los sntomas, surgidos como productos sustitutivos de lo reprimido, llegamos hasta los años más tempranos de la vida infantil del sujeto. Result as algo que los poetas y psic logos han afirmado siempre, esto es, que las impresiones de este temprano período de vida, no obstante sucumbir en su mayor parte a la amnesia, dejan huellas perdurables en el desarrollo del individuo, determinando, sobre todo, la predisposición a ulteriores enfermedades neurticas. Pero dado que en estas impresiones infantiles se trataba siempre de excitaciones sexuales y de la reacción contra ellas, nos encontramos ante el hecho de la sexualidad infantil, que significaba otra novedad contraria a los más en rgicos prejuicios de los hombres. Se acepta, en efecto, generalmente que la infancia es inocente, hallndose libre de todo impulso sexual, y que el combate contra el demonio de la sensualidadퟎ� no comienza hasta la agitada poca de la pubertad. Los casos de actividad sexual observados en sujetos infantiles eran considerados como signos de degeneración o corrupción prematura o como curiosos caprichos de la Naturaleza. Son muy pocos los descubrimientos del psicoanálisis que han tropezado con una repulsa tan general y provocado tanta indignación como la afirmación de que la función sexual se inicia con la vida misma y se manifiesta ya en la infancia por important simos fenmenos. Y, sin embargo, ning n otro descubrimiento psicoanaltico puede ser demostrado tan f cil y completamente como ste.

Antes de adentrarme más en el estudio de la sexualidad infantil he de recordar un error, al que sucumb durante algún tiempo, y que hubiese podido serme fatal. Bajo la presin del procedimiento t cnico que entonces usaba, reproducan la mayoría de mis pacientes escenas de su infancia cuyo contenido era su corrupción sexual por un adulto. En las mujeres este papel de corruptor aparecía atribuido, casi siempre, al padre. Dando fe a estas comunicaciones de mis pacientes, supuse haber hallado en estos sucesos de corrupción sexual durante la infancia las fuentes de las neurosis posteriores. Algunos casos en los que tales relaciones con el padre, el t o o un hermano mayor habían continuado hasta años cuyo recuerdo conservaba clara y seguramente el sujeto, robustecieron mi convicción. No extra ar que ante estas afirmaciones sonr a irnicamente algún lector tachndome de demasiado cr dulo; pero he de hacer constar que esto suceda en una poca en la que impona intencionadamente a mi juicio cr tico una estrecha coerción para obligarle a permanecer imparcial ante las sorprendentes novedades que el naciente m todo psicoanaltico me iba descubriendo. Cuando luego me vi forzado a reconocer que tales escenas de corrupción no habían sucedido realmente nunca, siendo tan s lo fantasas imaginadas por mis pacientes, a los que quiz se las haba sugerido yo mismo, qued perplejo por algún tiempo. Mi confianza en mi técnica y en los resultados de la misma recibi un duro golpe. Hab a llegado, en efecto, al conocimiento de tales escenas por un camino tcnico que me parecía correcto, y su contenido se hallaba evidentemente relacionado con los sntomas de los que mi investigación haba partido. Pero cuando logr reponerme de la primera impresión deduje en seguida de mi experiencia las conclusiones acertadas, o sea, las de que los síntomas neurticos no se hallaban enlazados directamente a sucesos reales, sino a fantas as optativas, y que para la neurosis era más importante la realidad ps quica que la material. Tampoco creo haber podido sugerir a mis pacientes tales fantasas de corrupción. Fue ste mi primer contacto con el complejo de Edipo, que después haba de adquirir tan extraordinaria importancia para el psicoanálisis; pero entonces no llegu a vislumbrarlo debajo de su fant stico disfraz. De todos modos, la corrupción efectuada en la infancia conserv un lugar, aunque más modesto, en la etiolog a de la neurosis. En estos casos reales los corruptores habían sido casi siempre niños de más edad.

La función sexual exista, pues, desde un principio, se apoyaba primeramente en las demás funciones importantes para la conservación de la vida y se hac a luego independiente, pasando por un largo y complicado desarrollo hasta llegar a constituir lo que conocemos con el nombre de vida sexual normal del adulto. Se manifestaba primero como actividad de toda una serie de componentes instintivos dependientes de zonas somticas er genas, componentes que aparecían en parte formando pares antit ticos (sadismo-masoquismo, instinto de contemplación-exhibicionismo), part an, independientemente uno de otros, a la conquista del placer y encontraban generalmente su objeto en el propio cuerpo. De este modo, la función sexual no se hallaba al principio centrada y era predominantemente autoer tica. más tarde tenían efecto en ella diversas sntesis. Un primer grado de organización aparecía bajo el predominio de los componentes orales; luego segu a una fase sdicoanal, y s lo la tercera fase, posteriormente alcanzada, traa consigo la primac a de los genitales, con lo cual entraba la función sexual al servicio de la reproducción. Durante este desarrollo quedaban desechados o dedicados a otros usos determinados factores instintivos, que demostraban ser intiles para dicho fin ltimo, siendo otros desviados de sus fines y transferidos a la organización genital. La energ a de los instintos sexuales, y slo de ellos, recibi el nombre de libido, y hube de suponer que esta libido no realizaba siempre, sin defecto ninguno, la evolución antes descrita.

A consecuencia de la superior intensidad de algunos componentes, o de satisfacciones prematuras, se producen, efectivamente, fijaciones de la libido a determinados lugares del desarrollo. Hacia estos lugares retorna luego la libido cuando tiene efecto una represión posterior (regresin). Observaciones posteriores demostraron que el lugar de la fijación es también decisivo para la elección de neurosis, o sea, para la forma que adopta la enfermedad ulterior.
Paralelamente a la organización de la libido se desarrolla el proceso del hallazgo de objeto, proceso al que se halla adscrita una important sima misin en la vida an mica. El primer objeto ertico posterior al estadio del autoerotismo es, por ambos sexos, la madre, cuyo rgano alimenticio no fue distinguido al principio del propio cuerpo. más tarde, pero a n en los primeros años infantiles, se establece la relación del complejo de Edipo, en la cual concentra el nio, sobre la persona de la madre, sus deseos sexuales y desarrolla impulsos hostiles contra el padre, considerado como un rival. sta es también, mutatis mutandis, la actitud de la ni a. Todas las variaciones y consecuencias del complejo de Edipo son importantsimas. La constitución bisexual innata interviene también y multiplica el n mero de las tendencias simultneamente dadas. Transcurre bastante tiempo hasta que el ni o se da clara cuenta de la diferencia de los sexos, y durante esta poca de investigación sexual crea, para su uso particular, teoras sexuales t picas que, dependiendo de la imperfecta organización som tica infantil, mezclan lo verdadero con lo falso, sin conseguir solucionar los problemas de la vida sexual (el enigma de la Esfinge, o sea, el de la procedencia de los niños). La primera elección de objeto infantil es, pues, incestuosa. Toda la evolución aqu descrita es efectuada rpidamente. El car cter más singular de la vida sexual humana es su división en dos fases, con una pauta intermedia. Alcanza su primer punto culminante en el cuarto y quinto años de la vida, pasados los cuales desaparece esta temprana floración de la sexualidad y sucumben a la represión las tendencias hasta entonces muy intensas, surgiendo el período de latencia, que dura hasta la pubertad, y en cuyo transcurso quedan edificadas las formaciones reactivas de la moral, el pudor y la repugnancia. Esta divisin del desarrollo sexual parece ser privativa del hombre y constituye quiz la condición biol gica de su disposición a la neurosis. Con la pubertad quedan reanimadas las tendencias y las cargas de objeto de las pocas tempranas, incluso los ligmenes sentimentales del complejo de Edipo. En la vida sexual de la pubertad luchan entre s los impulsos de la primera fase y las inhibiciones del período de latencia. Hall ndose an l desarrollo sexual infantil en su punto culminante, se form una especie de organización genital; pero en ella slo desempeñaba un papel el genital masculino, permaneciendo ignorado el femenino. Es esto lo que conocemos con el nombre de primacia flica. La ant tesis de los sexos no equivala entonces a la de masculino y femenino, sino a la del poseedor de un pene y el castrado. El complejo de la castración, enlazado con esta circunstancia, es importantsimo para la formación del carcter y de la neurosis.

En esta exposición abreviada de mis descubrimientos sobre la vida sexual humana he reunido, para su mejor comprensin, muchas cosas que pertenecen a diversas pocas de la investigación psicoanal tica y que han ido siendo integradas como un complemento o una justificación de las afirmaciones contenidas en mi obra Tres ensayos para una teor a sexual en las sucesivas ediciones de este libro. No creo difícil deducir de ellas la naturaleza de la tan discutida ampliación que del concepto de la sexualidad ha llevado a cabo el psicoanálisis. Esta ampliación es de dos gneros. En primer lugar, hemos desligado la sexualidad de sus relaciones demasiado estrechas con los genitales describi ndola como una función som tica más comprensiva que tiende ante todo hacia el placer, y s lo secundariamente entra al servicio de la reproducción. Pero, además, hemos incluido entre los impulsos sexuales todos aquellos simplemente cariosos o amistosos para los cuales empleamos en el lenguaje corriente la palabra amor, que tantos y tan diversos sentidos encierra. A mi juicio, esta ampliación no constituye innovación alguna, sino una reconstitución limitada a la supresin de inadecuadas restricciones del concepto de la sexualidad paulatinamente establecidas. El hecho de desligar de la sexualidad los rganos genitales presenta la ventaja de permitirnos considerar la actividad sexual de los niños y de los perversos desde el mismo punto de vista que al de los adultos normales. De estas actividades sexuales -la infantil y la perversa- era la primera completamente desatendida y condenada la segunda con gran indignación moral, pero sin comprensin alguna. Para la concepción psicoanalítica también las más extra as y repugnantes perversiones constituyen una manifestación de instintos sexuales parciales que se han sustra do a la primaca del rgano genital y aspiran independientemente al placer, como en las pocas primitivas del desarrollo de la libido. La más importante de estas perversiones o sea la homosexualidad, merece apenas el nombre de tal. Depende de la bisexualidad constitucional y de la repercusin de la primac a flica. Pero, además, el psicoanálisis nos demuestra que todo individuo entra a algo de una elección de objeto homosexual.

Si hemos calificado a los niños de polimrficamente perversos, ello no constitu a sino una descripción efectuada en t rminos generalmente usados, pero no una valoración moral. Tales valoraciones se hallan muy lejos del psicoanálisis.
La segunda de las indicadas ampliaciones del concepto de la sexualidad queda justificada por aquella investigación psicoanal tica que nos demuestra que todos los sentimientos cariosos fueron originariamente tendencias totalmente sexuales, coartadas después en su fin o sublimadas. En esta posibilidad de influir sobre los instintos sexuales reposa también la de utilizarlos para funciones culturales muy diversas, a las cuales aportan una important sima ayuda.

Los sorprendentes descubrimientos relativos a la sexualidad del nio debieron su origen, en un principio, al análisis de los adultos, pero pudieron ser luego confirmados en todos sus detalles por observaciones directa de sujetos infantiles. Realmente, es tan fcil convencerse de las actividades sexuales regulares de los niños, que nos vemos obligados a preguntarnos con asombro cmo ha sido posible que los hombres no hayan advertido antes hechos tan evidentes y contin en defendiendo la leyenda de la asexualidad infantil. Este hecho debe depender, indudablemente, de la amnesia que la mayoría de los adultos padece por lo que respecta a su propia ni ez.

IV

LAS teoras de la resistencia y de la represión de lo inconsciente, de la significación etiol gica de la vida sexual y de la importancia de los sucesos infantiles son los elementos principales del edificio terico psicoanal tico. Lamento no haber podido descubrirlos aqu sino por separado, sin entrar en su composición y relación; pero es ya tiempo de que dediquemos atención a las modificaciones que poco a poco han ido introducióndose en la técnica del procedimiento analtico.

El vencimiento de la resistencia por medio de la presi n ejercida sobre el enfermo fue un primer método indispensable para proporcionar al m dico una orientación en la materia; pero a la larga se hac a demasiado penoso, tanto para el médico como para el enfermo, y no parecía libre de ciertos graves defectos. Hubimos, pues, de sustituirlo por otro método, contrario en cierto sentido. En lugar de llevar al paciente a manifestar algo relacionado con un tema determinado, le invitamos ahora a abandonarse a la asociación libre, esto es, a manifestar todo aquello que acuda a su pensamiento, abstenindose de toda represión final consciente. Ahora bien: el paciente tiene que obligarse a comunicar realmente todo lo que su autopercepción le ofrezca, sin ceder a las objeciones cr ticas que tienden a rechazar algunas de sus ocurrencias por carecer de importancia, de conexin con el tema tratado o de todo sentido. Esta absoluta sinceridad del paciente es condición indispensable de la cura analítica. Puede parecer extra o que este procedimiento de la asociación libre, con observancia de la regla fundamental psicoanal tica, diera el rendimiento que de l se esperaba, llevando a la consciencia los elementos reprimidos mantenidos lejos de ella por las resistencias. Pero hemos de tener en cuenta que la asociación libre no entraa realmente una completa libertad. El paciente permanece bajo la influencia de la situación analítica, aun cuando no dirija su actividad mental hacia un tema determinado. Tenemos derecho a suponer que no se le ocurrir nada que no se halle relacionado con dicha situación. Su resistencia contra la reproducción de lo reprimido se manifestar ahora en dos formas distintas. Ante todo, por aquellas objeciones cr ticas a las que responde la regla psicoanalítica fundamental; pero si el enfermo logra dominar tales objeciones siguiendo dicha descripción, la resistencia adoptar una segunda forma, consiguiendo que las ocurrencias del paciente no contengan jamás lo reprimido, sino slo algo como una alusi n a ello, y cuanto mayor sea la resistencia, más se alejar la ocurrencia sustitutiva comunicada de los elementos reprimidos buscados. El analista que escucha recogidamente, pero sin esforzarse, al enfermo puede entonces utilizar en dos formas distintas el material que el mismo le proporciona. Puede, en efecto, conseguir, dada una resistencia no demasiado intensa, adivinar por las ocurrencias del enfermo los elementos reprimidos, y puede también, cuando se trata de una resistencia más enrgica, deducir de las ocurrencias, que parecen alejarse del tema, la naturaleza de dicha resistencia misma, naturaleza que descubrir entonces al paciente. Este descubrimiento de la resistencia es el primer paso para su vencimiento. Tenemos, pues, dentro del cuadro de la labor analítica, un arte de interpretación, cuyo acertado empleo requiere tacto y costumbre, pero que no es difícil de aprender. El m todo de la asociación libre presenta grandes ventajas con respecto al anterior, aparte de resultar menos penoso. Impone, en efecto, al analizado una violencia m nima, no pierde jamás el contacto con la realidad presente y ofrece amplias garant as de que en ningn momento puede perder el m dico de vista la estructura de la neurosis o integrar en ella algo que no le pertenece. En l se abandona casi por completo al paciente la función de determinar la marcha del análisis y la ordenación de la materia, razón por la cual se hace imposible la elaboración sistemtica y aislada de los diversos síntomas y complejos. En oposición a lo que sucede en los m todos hipnticos o sugestivos, el m dico averigua cosas ntimamente enlazadas ente s en diversos momentos y lugares del tratamiento. Para un espectador -inadmisible en las sesiones de tratamiento- representara la cura anal tica un aspecto totalmente incomprensible.

Otra de las ventajas del método es que, en realidad, no puede fallar nunca. teóricamente tiene que ser siempre posible al enfermo producir una ocurrencia, dado que no se fija ni limita en absoluto la naturaleza de la misma. Sin embargo, esta falta de ocurrencia se presenta siempre en un caso determinado; pero precisamente por tratarse de un caso aislado, resulta también fácilmente interpretable.
Llegamos ahora a la descripción de un factor que a ade al cuadro del psicoanálisis un rasgo esencial e integra, tanto técnica como teóricamente, la mayor importancia. En todo tratamiento anal tico se establece sin intervención alguna de m dico una intensa relación sentimental del paciente con la persona del analista, inexplicable por ninguna circunstancia real. Esta relación puede ser positiva o negativa y vara desde el enamoramiento más apasionado y sensual hasta la rebelin y el odio más extremo. Tal fenmeno, al que abreviadamente damos el nombre de transferencia, sustituye pronto en el paciente el deseo de curación e integra, mientras se limita a ser carioso y mesurado, toda la influencia m dica, constituyendo el verdadero motor de la labor analítica. más tarde, cuando se hace apasionado o se transforma en hostilidad, llega a constituir el instrumento principal de la resistencia, y entonces cesan, en absoluto, las ocurrencias del enfermo, poniendo en peligro el resultado del tratamiento. Pero sera insensato querer eludir este fen meno. Sin la transferencia no hay análisis posible. No debe creerse que el análisis cree la transferencia y que sta s lo aparece en l. Por el contrario, el análisis se limita a revelar la transferencia y a aislarla. Trtase de un fen meno generalmente humano que decide el xito de toda influencia m dica, y domina, en general, las relaciones de una persona con las que le rodean. Fcilmente se descubre en l el mismo factor dinmico al que los hipnotizadores han dado el nombre de sugestibilidadퟆ�, factor que entraa el rapport hipn tico, y cuya falta de garantas constitu a el defecto del método cat rtico. En los casos en que esta tendencia a la transferencia sentimental falta o ha llegado a ser totalmente negativa, como en la demencia precoz y en la paranoia, desaparece también la posibilidad de ejercer una influencia ps quica sobre el enfermo.

Es indudable que también el psicoanálisis labora por medio de la sugestión, como todos los demás métodos psicoter picos. Pero se diferencia de ellos en que no abandona la decisin del resultado terapéutico a la sugestión o a la transferencia. Por el contrario, es utilizada para mover al enfermo a realizar una labor ps quica -el vencimiento de sus resistencias de transferencia-, labor que significa una duradera modificación de su econom a anmica. La transferencia es hecha consciente al enfermo por el analista y queda suprimida, convencióndole de que en su conducta de transferencia vive de nuevo relaciones sentimentales que proceden de sus más tempranas cargas de objeto realizadas en el período reprimido de su niñez. Por medio de esta labor pasa la transferencia a constituir el mejor instrumento de la cura anal tica, despus de haber sido el arma más importante de la resistencia. Su aprovechamiento y manejo constituye, de todos modos, la parte más difícil e importante de la técnica anal tica.

Con ayuda del procedimiento de la asociación libre y del arte de interpretación a l correspondiente consiguió el psicoanálisis algo que no parecía muy importante desde el punto de vista práctico, pero que en realidad lo condujo a una situación y significación completamente nuevas en los dominios científicos. Se hizo posible demostrar que los sueos poseen un sentido y adivinar ste. Los sueos fueron considerados en la antig edad clsica como profec as; pero la ciencia moderna no quera saber nada de ellos, los abandonaba a la superstición y los declaraba un acto simplemente somtico, una especie de contracción de la vida anmica dormida. parecía totalmente imposible que alguien que hubiera llevado a cabo un serio trabajo científico pudiera surgir luego como onirocr tico. Pero desechando una tal ordenación de los sue os, tratndolos como un incomprendido síntoma neurtico o como una idea delirante u obsesiva, prescióndiendo de su contenido aparente y haciendo objeto de la asociación libre a cada uno de sus diversos cuadros, llegamos a un resultado totalmente distinto. Las numerosas ocurrencias del sujeto del sueo nos llevaron, en efecto, al conocimiento de un producto mental que no podía ya ser calificado de absurdo ni de confuso, producto que equivala a un rendimiento ps quico completo y del cual no constitua el sue o manifiesto sino una traducción deformada, abreviada y mal interpretada, compuesta generalmente de im genes visuales. Estas ideas latentes del sueo contenían el sentido mismo, no siendo el contenido manifiesto del sueo sino un enga o, una fachada, que poda ser enlazada con la asociación, pero no con la interpretación.

Plante base as toda una serie de problemas, entre los cuales los más importantes se referan a la existencia de un motivo de la formación de los sueos, a las condiciones en las que la misma se desarrollaba y a los caminos que conduc an desde las ideas latentes del sueo, plenas de sentido, al sue o mismo, con frecuencia totalmente insensato. En mi obra La interpretación de los sue os, publicada en 1900, he intentado resolver todos estos problemas. Aqu no me cabe dar cuenta de tales investigaciones. Si examinamos las ideas latentes que el análisis del sueo nos ha revelado, encontramos una que resalta decididamente entre las demás, razonables y conocidas por el sujeto.

Estas otras ideas son restos de la vida despierta (restos diurnos). En cambio, en la idea aislada reconocemos un impulso optativo, muy repulsivo a veces, ajeno a la vida despierta del soador, el cual niega con asombro o indignación haberlo abrigado nunca. Este impulso es el que ha provocado el sueo, ofreciendo la energ a necesaria para su producción y sirvi ndose del material constituido por los restos diurnos. El sueo as surgido presenta una situación que integra la satisfacción de tal impulso, constituyendo una realización de deseos. Este proceso no hubiera sido posible si no hubiese habido algo favorable a l en la naturaleza del estado de reposo. La condición ps quica del estado de reposo es la obediencia del yo al deseo de dormir y la sustracción de las cargas de todos los intereses vitales. Dada la simult nea oclusin de los accesos a la motilidad, puede el yo disminuir el esfuerzo, con el que en toda otra ocasión mantiene las represiones. Esta negligencia nocturna de la represión es aprovechada por el impulso inconsciente para llegar a la consciencia por medio del sue o. La resistencia de represión del yo no queda, sin embargo, suprimida durante el estado de reposo, sino simplemente disminuida, y una parte de ella queda en pie, como censura on rica, y prohbe al impulso optativo inconsciente manifestarse en la forma que le es propia. A causa de la severidad de la censura on rica, tienen que someterse las ideas onricas latentes a modificaciones y debilitaciones que disfrazan por completo el prohibido sentido del sue o. Queda explicada as la deformación onrica, a la que debe el sue o manifiesto sus más singulares caracteres. Podemos, pues, decir justificadamente que el sue o es la realización (disfrazada) de un deseo (reprimido), y vemos que se halla construido como un síntoma neurtico, siendo el producto de una transacción entre las aspiraciones de un impulso instintivo reprimido y la resistencia de un poder del yo, que ejerce la censura. A consecuencia de esta identidad de gnesis resulta tan incomprensible como el síntoma, y precisa como l, de una interpretación.

No es difícil hallar la función general del sueo. Sirve para anular aquellos est mulos exteriores o interiores que haran despertar al sujeto, protegiendo as el estado de reposo contra tales perturbaciones. El estmulo exterior queda rechazado por medio de una transformación de su sentido y por su inclusin en una cualquiera situación inocente. En cambio, el estmulo interior de la aspiración instintiva es admitido por el durmiente, el cual le permite llegar a la satisfacción por medio de la formación de un sueo siempre que las ideas latentes no intenten eludir la censura.

Pero cuando surge tal peligro y el sue o se hace demasiado preciso, lo interrumpe el durmiente, despertando asustado (sueo de angustia). Este mismo fallo de la función onrica surge cuando el est mulo exterior se hace tan intenso que no puede ser ya rechazado. El proceso que transforma con la colaboración de la censura las ideas latentes en el contenido manifiesto ha sido denominado por m elaboración on rica, y consiste en una elaboración especial del material ideol gico preconsciente, por lo cual quedan condensados los componentes de dicho material, desplazados sus acentos psíquicos, transformado su conjunto en im genes visuales, o sea, dramatizado, y completado por una elaboración secundaria, que lo hace irreconocible. La elaboración onrica es un excelente ejemplo de los procesos que se desarrollan en los más profundos estratos inconscientes de la vida anmica, procesos que se diferencian considerablemente de los procesos intelectuales normales que nos son conocidos. Tal elaboración presenta también una serie de rasgos arcaicos; por ejemplo el empleo de un simbolismo predominantemente sexual que ya hemos hallado exento de este car cter en otros dominios de la actividad espiritual.

La conexin del impulso instintivo inconsciente del sue o con un resto diurno da al sueo por l provocado un doble valor para la labor analítica. La interpretación muestra, en efecto, que, además de constituir la realización de un deseo reprimido, puede el sueo haber continuado la actividad mental preconsciente diurna e integrar otro contenido cualquiera, dando expresi n a un propsito, a una advertencia, a una reflexi n o nuevamente a una realización de deseos. El análisis lo utiliza en ambos sentidos, tanto para el conocimiento de los procesos conscientes del analizado como de sus procesos inconscientes, y aprovecha asi mismo la circunstancia de que el sueo logra el acceso a los elementos olvidados de la vida infantil para vencer la amnesia infantil por medio de la interpretación onrica. El sue o lleva aqu a cabo una parte de la función que antes encomendbamos al hipnotismo. En cambio, no hecho jamás la afirmación que con frecuencia se me atribuye de que la interpretación onrica demostraba que todos los sue os poseen un contenido sexual se refieren a energas instintivas sexuales. Es f cil observar que el hambre, la sed y otras necesidades crean sueos de satisfacción, del mismo modo que cualquier impulso reprimido, sexual o egosta. Los sue os de los niños peque os nos ofrecen una fcil demostración de la exactitud de nuestra teora. En estos sujetos infantiles, en los cuales no se hallan a n precisamente diferenciados los sistemas psíquicos ni desarrolladas profundamente las represiones, comprobamos con frecuencia sue os que no son sino satisfacciones no disfrazadas de impulsos optativos no satisfechos durante el da. Bajo la influencia de necesidades imperativas pueden producir también los adultos tales sueos de tipo infantil.

Del mismo modo que de la interpretación onrica se sirve el análisis del estudio de los frecuentsimos actos fallidos y sintom ticos de los hombres, actos a los cuales he dedicado una investigación, publicada en 1904 bajo el t tulo de Psicopatologa de la vida cotidiana. Esta obra, que ha sido muy le da, integra la demostración de que tales fen menos no tienen nada de casuales, siendo susceptibles de una explicación que va más all de lo puramente fisiol gico, poseyendo un sentido perfectamente interpretable y reposando en impulsos intenciones retenidas o reprimidas. Pero el valor principal de la interpretación on rica y de este estudio de los actos fallidos y sintomticos no consiste en el apoyo que prestan a la labor anal tica sino en otra de sus cualidades. Hasta ahora, el psicoanálisis se hab a ocupado solamente de la solución de fen menos patolgicos, habi ndose visto obligado a edificar para su esclarecimiento hipótesis, cuyo alcance se hallaba fuera de relación con la importancia de la materia tratada. Pero el sueo, del que se ocup despus, no era ning n sntoma patol gico, sino un fenmeno de la vida an mica normal, propio de todo hombre sano. Si el sueo se halla construido como un síntoma, y si su explicación exige las mismas hip tesis, o sea, las referentes a la represión de impulsos instintivos, a la formación de sustituciones y transacciones y a la diferenciación de los sistemas psíquicos para la localización de lo consciente y lo inconsciente, resultar que el psicoanálisis no es ya una ciencia auxiliar de la Psicopatolog a, sino el principio de una Psicología nueva y más fundamental, indispensable también para la comprensi n de lo normal. Podemos, pues, transferir sus hipótesis y resultados a otros dominios de lo ps quico, quedndose as abiertos los caminos que conducen al inters general.

V

INTERRUMPIENDO la exposición del crecimiento interno del psicoanálisis, volveremos la vista a sus destinos exteriores. Aquello que hasta aqu he comunicado es en grandes rasgos el resultado de mi labor; pero he incluido también en mi exposición descubrimientos posteriores, y no he separado las aportaciones de mis discpulos y adeptos de las m as propias.
Durante más de diez años, contados a partir de mi separación de Breuer, no tuve ni un solo partidario, hall ndome totalmente aislado. En Viena se me evitaba y el extranjero no tena noticia alguna de m . Mi Interpretación de los sue os, publicada en 1900, apenas fue mencionada en las revistas técnicas. En mi ensayo sobre la Historia del movimiento psicoanal tico he incluido como ejemplo de la actitud de los crculos psiqui tricos de Viena una conversación que tuve con un m dico, autor de un libro contra mis teoras, que me confes no haber ledo mi Interpretación de los sueos. Le habían dicho en la clínica que no merec a la pena. Este individuo que ha llegado despus al puesto de profesor extraordinario, se ha permitido negar el contenido de aquella conversación y, en general, la fidelidad de mi recuerdo de ella. Por mi parte, he de mantener aqu una vez más la exactitud de su reproducción.

Mi susceptibilidadíante la cr tica fue disminuyendo conforme comprend las razones interiores de su actitud. Poco a poco fue terminando también mi aislamiento. Al principio se reuni en Viena, a mi alrededor, un peque o crculo de disc pulos, y despus de 1906 se supo que el psiquiatra de Zurich, E. Bleuler, su ayudante, C. G. Jung, y otros médicos suizos se interesaban extraordinariamente por el psicoanálisis. Iniciadas las relaciones personales, los amigos de la naciente disciplina celebraron en 1908 una reuni n en Salzburgo, y convinieron la repetición regular de tales congresos privados y la publicación de una revista, que, bajo el ttulo de Jahrbuch f r psychopathologische und psychoanalytische Forschungen, sera editada por Jung. Los directores ser amos Bleuler y yo. Esta revista muri al comenzar la guerra europea. Al mismo tiempo que en Suiza comenz también a surgir en Alemania el interés hacia el psicoanálisis, el cual fue objeto de numerosas ex gesis literarias y de vivas discusiones en los congresos científicos. Pero jamás se le acoga ben volamente. Despus de un breve examen del psicoanálisis se manifest la ciencia alemana un nimemente contraria a l.

Naturalmente, no puedo saber hoy cu l ser el juicio definitivo de la posteridad sobre el valor del psicoanálisis para la psiquiatría, la psicología y las ciencias del espritu; pero creo que cuando la fase por la que hemos atravesado encuentre su historiador, habr ste de confesar que la conducta de los cr ticos anteriores no fue muy honrosa para la ciencia alemana. No me refiero con esto al hecho mismo de la repulsa ni a la ligereza con la que se adopt tal decisi n, pues ambas cosas son fcilmente comprensibles y no pueden arrojar ninguna sombra entre el car cter del adversario; mas para el exceso de orgullo, el desprecio absoluto de la lgica, la groser a y el mal gusto demostrados en los ataques no hay disculpa alguna. As, cuando años despus, y durante la guerra europea, fue acusada Alemania de barbarie por sus enemigos, hubo de serme muy doloroso no hallar en mi propia experiencia razones que me impulsaran a contradecir tal acusación.

Uno de mis adversarios se vanagloriaba de que haca callar a sus pacientes cuando los mismos comenzaban a hablarle de cosas sexuales, y derivaba de esta técnica un derecho a juzgar la importancia etiolgica de la sexualidad en las neurosis. Dejando aparte las resistencias afectivas, que la teor a psicoanalítica nos explica perfectamente, me pareci hallar el obstculo principal a la comprensi n de la nueva disciplina en el hecho de que sus adversarios se negaban a ver en ella otra cosa que un producto de mi fantasa especulativa, sin reparar en la paciente y continuada labor, falta de todo antecedente, cuyo resultado era. Dado que, a juicio suyo, el análisis no tena contacto alguno con la observación ni con la experiencia, se consideraron con derecho a rechazarlo sin una propia experiencia contraria. Otros, que no abrigaban una tan segura convicción, repitieron la cl sica maniobra de no asomarse al microscopio para no ver aquello que habían discutido. Es singular cu n incorrectamente se conduce la mayoría de los hombres cuando ha de juzgar algo nuevo y original. Todav a hoy leo en algunos crticos ben volos que el psicoanálisis tiene razón hasta determinado punto, pero que a partir de l empieza ya a exagerar o a generalizar injustificadamente. Nada más difícil, sin embargo, que establecer una tal delimitación, sobre todo cuando el que la establece no tena semanas antes conocimiento ninguno sobre la materia.

El anatema oficial contra el psicoanálisis tuvo la consecuencia de hacer más ntima y compacta la unin de los analistas. En el segundo Congreso, celebrado en Nurenberg (1910), se constituy , a propuesta de S. Ferenczi, la Asociación Psicoanal tica Internacional, dividida en grupos locales, bajo la dirección de un presidente. Esta Asociación ha sobrevivido a la guerra; existe an hoy en día, y comprende los siguientes grupos: Viena, Berlín, Budapest, Zurich, Londres, Holanda, Nueva York, Panam rica, Mosc y Calcuta. El primer presidente fue, a mi propuesta, C. G. Jung; elección muy desafortunada, como despus se demostr . El psicoanálisis fund entonces una segunda revista -Zentralblatt fr Psychoanalyse-, redactada por Adler y Stekel , y poco después, una tercera -Imago-, dirigida por los analistas no médicos H. Sachs y O. Rank, y dedicada a las aplicaciones del análisis a las ciencias espirituales. Poco despus public Bleuler su escrito en defensa del psicoanálisis (El psicoanálisis de Freud, 1910). Por muy agradable que me fuese ver entrar por fin en liza a la equidad y a la honrada lgica, el trabajo de Bleuler no lleg a satisfacerme por completo. Aspiraba, en efecto, con exceso, a una apariencia de imparcialidad, recordndome que no en vano deb a el psicoanálisis a este autor la introducción del valioso concepto de la ambivalencia. En posteriores trabajos ha observado Bleuler una conducta tan contraria a las teoras anal ticas, y ha puesto en duda o rechazado principios tan importantes, que llegu a preguntarme con asombro en qu poda consistir su adhesi n a nuestras opiniones. Sin embargo, posteriormente ha hecho manifestaciones muy favorables a la Psicología de las profundidades y ha fundado en ella su exposición de las esquizofrenias. Bleuler permaneci poco tiempo dentro de la Asociación Psicoanalítica Internacional, que abandon a causa de diferencias de criterio con Jung y Burghlzli y se perdi para el análisis.

La oposición oficial no ha podido evitar la difusin del psicoanálisis en Alemania y en otros pases. En otro lugar -Historia del movimiento psicoanal tico- he seguido las etapas de sus progresos y citado a sus principales representantes. En 1909 fuimos invitados Jung y yo por G. Stanley Hall para dar en la Clark University, de Norteamrica, cuyo presidente era, varias conferencias en alem n durante las fiestas con que dicha Universidad celebraba el vigsimo aniversario de su fundación. Hall era un psiclogo y pedagogo muy reputado justificadamente, y hab a integrado el psicoanálisis en sus ense anzas haca ya varios años, pues era muy aficionado a introducir novedades y a elevar sobre el pavs nuevas autoridades, sin perjuicio de derrocarlas después. En Norteamrica encontramos también a James J. Putnam, neurlogo de Harvard, que, a pesar de su avanzada edad, abrigaba un caluroso entusiasmo por el psicoanálisis, y defendi con todo el peso de su personalidad generalmente respetada, el valor cultural de la nueva disciplina y la pureza de sus intenciones. En este excelente hombre que como reacción a una disposición a la neurosis obsesiva hab a adoptado una orientación predominantemente tica nos contrariaba slo su deseo de agregar el psicoanálisis a un determinado sistema filosfico y colocarle al servicio de aspiraciones morales. Mi encuentro con el fil sofo William James me dej también una duradera impresión. Yendo un día de paseo con l, se detuvo de repente, me entreg una cartera que llevaba en la mano y me pidi que me adelantase, prometiendo alcanzarme en cuanto dominara el ataque de angina de pecho, que sent a prximo. Un a o despus mor a en uno de estos ataques, y desde entonces me he deseado un anlogo valor ante la muerte.

Por entonces tenía yo cióncuenta y tres años; me sent a joven y sano, y mi corta estancia en el Nuevo Mundo me tonific considerablemente, aumentando mi confianza en m mismo. En Europa me parecía sentirme bajo los efectos de un anatema, y en cambio, en Am rica me vi acogido como un igual por aquellos a quienes yo consideraba y respetaba más. Cuando sub a la ctedra de la Universidad de Worcester para pronunciar mis conferencias sobre psicoanálisis crea asistir a la realización de una inverosmil fantas a optativa.

El psicoanálisis no era ya, pues un ente de razón, sino una valiosa realidad.
Desde mi visita no ha disminuido en Amrica el interés que el psicoanálisis inspiraba ya. Se ha hecho popular entre los profanos y es reconocido por muchos psiquiatras oficiales como un importante elemento de la ense anza mdica. Desgraciadamente, también ha sufrido algunas injustificadas atenuaciones, y algo que nada tiene que ver con l se cubre a veces con su nombre. Cierto es que los médicos americanos carecen en su pas de medios de ilustrarse en lo que respecta a la técnica y a la teora psicoanal ticas. Por ltimo, se tropieza con el behaviourism americano, que se vanagloria ingenuamente de haber suprimido por completo el problema psicol gico.

En Europa hubo, de 1911 a 1913, dos movimientos de separación del psicoanálisis, iniciados por personas que hasta entonces habían desempeñado un papel considerable en la reción aparecida ciencia. Me refiero a Alfredo Adler y a C. G. Jung. Ambas defecciones fueron harto peligrosas y agruparon en derredor de sus iniciadores n cleos importantes; pero no deban su fuerza a su contenido propio, sino al deseo de emanciparse de ciertos resultados del psicoanálisis, aun aceptando el material de hechos en el que se basaban. Jung intent una traducción de los hechos analíticos a lo abstracto e impersonal, traducción por medio de la cual crea ahorrarse el reconocimiento de la sexualidad infantil y del complejo de Edipo y la necesidad del análisis de la infancia. Adler pareci alejarse a n más del psicoanálisis, negando en absoluto la importancia de la sexualidad, refiriendo la formación del car cter y de las neurosis a la aspiración de poder o de los hombres y a su necesidad de compensar su inferioridad constitucional, y anulando todas las nuevas adquisiciones psicolgicas del psicoanálisis. Pero todo lo que entonces rechaz ha forzado luego la entrada de su cerrado sistema, cambiando nicamente de nombre. La crtica fue muy benigna para ambos her ticos, y, por mi parte, slo pude alcanzar que tanto Adler como Jung renunciaran a dar a sus teor as el nombre de psicoanálisis. Actualmente, transcurridos diez años, puede comprobarse que ninguna de estas dos tentativas ha causado perjuicio alguno al psicoanálisis.

Cuando una comunidad se halla fundada en una coincidencia sobre determinados puntos cardinales es natural que salgan de ella aquellos que han abandonado dicho terreno com n. Sin embargo, se ha atribuido con frecuencia la defección de antiguos disc pulos mos a mi intolerancia o se ha visto en ella la expresi n de una fatalidad especial que sobre m pesaba. Contra esto indicar exclusivamente que frente a aquellos que me han abandonado, como Jung, Adler, Stekel y otros se alza gran número de personas -tales como Abraham, Eitingon, Ferenczi, Rank, Jones, Brill, Sachs, Pfister, Van Emden, Reik y otros- que me son adeptos desde hace más de quince años, durante los cuales han colaborado fielmente conmigo, y con los que vengo manteniendo una ininterrumpida amistad. Cito aqu nicamente a aquellos disc pulos mos más antiguos que se han creado ya un nombre en la literatura del psicoanálisis, y la omisi n de otros más modernos no significa en modo alguno una menor estimación, pues entre ellos hay inteligencias en las que pueden fundarse grandes esperanzas. Un hombre intolerante y absorbente no hubiera podido conservar en derredor suyo una tan numerosa legin de personas de alta intelectualidad, sobre todo no poseyendo, como no poseo, medio alguno práctico de atracción.

La guerra europea, que ha destruido tantas otras organizaciones, no pudo nada contra nuestra Asociación. La primera reunin que celebramos después de la guerra tuvo efecto en terreno neutral (La Haya,1920), quedando reconocidsimos a la acogida que la hospitalidad holandesa dispens a los hombres de ciencia de la Europa central, empobrecidos y depauperados por la catstrofe mundial. Fue sta que yo sepa, la primera vez que despus de la guerra se sentaron a una misma mesa, unidos por intereses científicos, alemanes e ingleses. La guerra haba intensificado en Alemania y en las naciones orientales el interés hacia el psicoanálisis. La observación de las neurosis de guerra haba abierto, por fin, los ojos a los médicos sobre la importancia de la psicognesis en las perturbaciones neur ticas, y algunas de nuestras concepciones psicolgicas se hicieron pronto populares. Al Congreso anterior, celebrado en Budapest en 1918, antes del colapso alem n, habían enviado los Gobiernos de la Europa central representantes oficiales que prometieron el establecimiento de clínicas psicoanalíticas para el tratamiento de los neuróticos de guerra, proyecto que no lleg a la práctica. también los planes de uno de nuestros mejores miembros, el doctor Anton von Freund, que quer a crear en Budapest una clínica central para la ense anza y terapia psicoanalíticas, naufragaron en medio de los trastornos pol ticos, y luego por la muerte de nuestro insustituible amigo. Parte de ellos fue realizada despus por Max Eitingon, que cre en 1920 la Policlínica Psicoanal tica de Berlín. Durante el corto predominio bolchevique en Hungr a pudo desarrollar Ferenczi una fructfera actividad pedag gica, como representante oficial del psicoanálisis en la Universidad. Al terminar la guerra se sirvieron anunciar nuestros adversarios que la experiencia hab a ofrecido un argumento definitivo contra la exactitud de las afirmaciones analíticas. Las neurosis de guerra habían proporcionado, segn ellos, una prueba de la superfluidad de los factores sexuales en la etiolog a de las afecciones neurticas; pero esto fue un triunfo moment neo, pues por un lado nadie haba podido llevar a cabo el análisis fundamental de un caso de neurosis de guerra, y, por tanto, nada seguro se saba sobre su motivación ni poda deducirse conclusi n alguna de tal ignorancia, y por otro, el psicoanálisis hab a establecido haca ya mucho tiempo el concepto del narcisismo y de las neurosis narcisistas, cuyo contenido era la adherencia de la libido al propio yo en lugar de a un objeto. As , pues, se haca en general al psicoanálisis el reproche de haber ampliado indebidamente el concepto de la sexualidad; pero cuando en la polmica resultaba c modo, se olvidaba este reproche y se proceda como si el psicoanálisis no hubiera llevado jamás a cabo tal aplicación.

La historia del psicoanálisis se divide, para m , en dos períodos, prescióndiendo de su prehistoria cat rtica. En el primero me hallaba totalmente aislado, y tena que llevar a cabo toda la labor. Este período dur desde 1895 hasta 1907. En el segundo, que se extiende desde esta última fecha hasta la actualidad, han ido creciendo en importancia las aportaciones de mis discpulos y colaboradores; de manera que hoy, advertido de mi pr ximo fin por una grave enfermedad, puedo pensar serenamente en el trmino de mi propio rendimiento. Pero precisamente por tal razón no me es posible tratar en este trabajo de los progresos del psicoanálisis en el segundo período con la misma minuciosidad con que he tratado de su paulatina edificación en el primero, lleno exclusivamente de actividad propia. No me siento con derecho a mencionar aqu sino aquellos nuevos descubrimientos en los que me ha correspondido una amplia participación, o sea, las referentes a la teor a de los instintos y a la aplicación de nuestra disciplina a las psicosis.

He de a adir que nuestra creciente experiencia nos ha demostrado cada vez con mayor evidencia que el complejo de Edipo constituye el ndulo de la neurosis, siendo el punto culminante de la vida sexual infantil y el foco del que parten todos los desarrollos ulteriores. Esta circunstancia dio fin a la esperanza de hallar por medio del análisis un factor especfico de la neurosis, y hubimos de reconocer que las neurosis no poseen ning n contenido especial exclusivamente peculiar a ellas, y que los neurticos sucumben bajo el peso de circunstancias que los normales logran dominar felizmente. Este descubrimiento no constituy para nosotros sorpresa alguna, pues se armonizaba perfectamente con el anteriormente realizado de que Psicología de las profundidadesퟎ�, fruto del psicoanálisis, no era sino la psicología de la vida anmica normal. No hab a, pues, sucedido lo que a los qumicos cuando comprobaron que las grandes diferencias cualitativas de los productos se reduc an a modificaciones cuantitativas en las proporciones de la combinación de los mismos elementos.

En el complejo de Edipo se nos mostr enlazada la libido a la representación de los progenitores del sujeto; pero ste pas antes por una poca en la que careca de todo objeto. De esta circunstancia dedujimos la existencia de un estado en el que la libido llena el propio yo, habi ndolo tomado como objeto. Este estado poda denominarse narcisismoퟎ�, y no era difícil adivinar que en realidad subsiste siempre, y que el yo contin a siendo a travs de toda la vida el gran dep sito de libido, del cual emanan las cargas de objeto, y al cual puede retornar la libido desde dichos objetos. As pues, la libido narcisista se transforma continuamente en libido objetiva, y viceversa. El enamoramiento sexual o sublimado, que llega hasta el sacrificio del sujeto, nos ofrece un excelente ejemplo de la magnitud que esta transformación puede alcanzar. Hasta este momento slo hab amos atendido en el proceso de la represión a lo reprimido, pero a partir de l nos fue ya posible llegar al conocimiento de los elementos represores. Sabamos ya que la represión era efectuada por los instintos de conservación que actuaban en el yo (instintos del yo), y reca a sobre los instintos libidinosos. Ahora, al reconocer los instintos de conservación como de naturaleza libidinosa, esto es, como libido narcisista, vemos que el proceso de la represión se desarrolla dentro de la libido misma. La libido narcisista se opone a la libido objetiva, y el inters de la propia conservación se defiende contra las exigencias del amor objetivo.

Nada tan necesario en Psicología como la existencia de una teor a bsica, sobre la que pueda continuarse edificando. Falto de toda base de este orden, ha tenido el psicoanálisis que crear por medio de sucesivos tanteos una teora de los instintos. As , estableci primero la ant tesis de instintos del yo (conservación-hambre) e instintos libidinosos (amor), sustituy ndola despus por la de libido narcisista y libido objetiva. Pero tampoco dijo con esto su última palabra, pues ciertas reflexiones de naturaleza biolgica parecían prohibirle satisfacerse con la hipótesis de una nica especie de instintos.

En los trabajos de mis ltimos años (más all del principio del placer, Psicología de las masas y análisis del yo y El yo y el Ello) he dejado libre curso a mi tendencia a la especulación, contenida durante mucho tiempo, y he intentado una nueva solución del problema de los instintos. He reunido la conservación del individuo y de las especies bajo el concepto de Eros, oponiendo a ste el instinto de muerte o de destrucción, que labora en silencio. El instinto es concebido, en general, como una especie de elasticidad de lo animado; esto es, como una aspiración a reconstituir una situación que existi ya una vez, y fue suprimida por una perturbación exterior.

Esta naturaleza esencialmente conservadora de los instintos queda explicada por los fen menos de la repetición obsesiva. La colaboración y el antagonismo del Eros con el instinto de muerte constituyen para nosotros la imagen de la vida.
La cuestin es que esta construcción teórica se demuestra til. Aspira esencialmente a fijar una de las representaciones teóricas más importantes del psicoanálisis, pero traspasa considerablemente los l mites de esta disciplina. De nuevo he tenido que oir la despectiva afirmación de que no puede confiarse en una ciencia cuyos conceptos superiores son tan poco precisos como el de la libido y el del instinto en el psicoanálisis, pero este reproche se funda en un total desconocimiento de la cuestin. Los conceptos fundamentales claros y las definiciones precisamente delimitadas no son posibles en las disciplinas cient ficas, sino cuando las mismas intentan integrar un conjunto de hechos dentro del cuadro de una construcción sistemática intelectual. En las ciencias naturales, a las cuales pertenece la Psicología, es in til e imposible llegar a una tal claridad de los conceptos superiores. La Zoología y la Bot nica no han comenzado con definiciones correctas y suficientes del animal y de la planta, y la Biologa no ha establecido a n un concepto fijo de lo animado. La Fsica hubiera sacrificado todo su desarrollo si hubiese tenido que esperar, para emprenderlo, a dar claridad y precisi n a los conceptos de materia, fuerza y gravitación. Las representaciones b sicas o conceptos superiores de las ciencias naturales aparecen siempre al principio muy imprecisos, quedando determinados interinamente por la mera indicación del campo de fen menos a que pertenecen, y slo el progresivo análisis ulterior del material de observación llega a darles la precisi n deseada. (Adición de 1935):

Yo siempre he sentido como una gran injusticia que la gente reh se considerar al psicoanálisis como cualquier otra ciencia. Este rechazo tiene su expresi n en el surgimiento de las objeciones más obstinadas. Constantemente se le reprocha al psicoanálisis por sus insuficiencias y por ser incompleto, aunque sea claro que una ciencia basada en la observación no tiene otra alternativa que estudiar fragmentariamente sus hallazgos y resolver sus problemas paso a paso. A n más, cuando me esforc en darle a la función sexual el reconocimiento que durante tanto tiempo se le hab a desconocido, se acus a la teor a psicoanalítica de `pansexualismo’. Y cuando puse énfasis en la hasta entonces desatendida importancia del rol jugado por las tempranas impresiones traumticas en la ni ez, se me dijo que el psicoanálisis estaba negando los factores constitucionales y hereditarios, lo que nunca so hacer. Es un caso de contradecir a cualquier precio y por cualquier m todo.

Ya en fases anteriores de mi producción llev a cabo la tentativa de alcanzar, partiendo de la observación psicoanal tica, puntos de vista generales. En 1911 acentu en un peque o trabajo -Formulierungen ber die zwei Prinzipien des psychischen Geschehens-, y de modo ciertamente nada original, el predominio del principio del placer y el displacer en la vida an mica y su sustitución por el llamado principio de la realidad. más tarde me atrev a intentar la construcción de una MataPsicología, dando este nombre a una disciplina en la que cada uno de los procesos psíquicos era considerado conforme a las tres coordenadas de la dinmica, la t pica y la econmica y viendo en ella el fin ltimo asequible a la Psicología. Esta tentativa no lleg a completarse, quedando interrumpida despus de varios ensayos (1915-7): `Los instintos y sus destinos’, `La represión’, `Lo inconsciente’, `Duelo y melancolía’; pues reconocí que no era an el momento de una tal empresa teórica. En mis ltimos trabajos especulativos he intentado descomponer nuestro aparato ps quico basndome en la elaboración analítica de los hechos patol gicos, y lo he dividido en un yo, un Ello y un super-yo (El yo y el Ello). El super-yo es heredero del complejo de Edipo y el representante de las aspiraciones ticas del hombre.

No debe creerse que en este ltimo período he vuelto la espalda a la observación, entregándome por completo a una actividad especulativa. Continúo siempre en íntimo contacto con el material anal tico y no he abandonado nunca el estudio de temas especiales clínicos o técnicos, Aun en los casos en que me he alejado de la observación he evitado aproximarme a la Filosof a propiamente dicha. Una incapacidad constitucional me ha facilitado esta abstención. Siempre me han atra do, sin embargo, las ideas de G. Th. Fechner, pensador al que debo interesantsimas sugestiones. Las amplias coincidencias del psicoanálisis con la filosofa de Schopenhauer el cual no s lo reconoci la primac a de la efectividad y la extraordinaria significación de la sexualidad, sino también el mecanismo de la represión, no pueden atribuirse a mi conocimiento de su teor as, pues no he ledo a Schopenhauer sino en poca muy avanzada ya de mi vida. A Nietzsche, otro filsofo cuyos presagios y opiniones coinciden con frecuencia, de un modo sorprendente, con los laboriosos resultados del psicoanálisis, he evitado leerlo durante mucho tiempo, pues más que la prioridad me importaba conservarme libre de toda influencia.

Las neurosis fueron el primero objeto del psicoanálisis, y durante mucho tiempo el nico. Para todo analista es evidente que la práctica mdica se equivoca al alejar estas afecciones de la psicosis, agreg ndolas a las enfermedades nerviosas orgnicas. La Neurolog a pertenece a la psiquiatría, y es indispensable para penetrar en ella. El estudio anal tico de las psicosis parece excluido de todo resultado médico, dada la inaccesibilidad terap utica de estas enfermedades. El enfermo psquico carece, en general, de la facultad de una transferencia positiva, quedando as embotado el instrumento principal de la técnica anal tica; pero, de todos modos, puede llegarse a l por otros caminos. La transferencia no queda excluida, a veces, tan por completo, que no pueda utilizarse durante algún tiempo. En las depresiones cclicas, en las modificaciones paranoicas leves y en la esquizofrenia hemos conseguido resultados indudables mediante el análisis. Por lo menos, ha sido ventajoso para la ciencia el que en muchos casos puede vacilar el diagnstico durante mucho tiempo entre la psiconeurosis y la demencia precoz, pues la tentativa terap utica emprendida nos proporcion importantes descubrimientos antes de tener que ser interrumpida. Pero lo principal es que en las psicosis resulta evidente aquello que en las neurosis s lo muy trabajosamente se logra extraer a la superficie. Para muchas afirmaciones analíticas ofrece la clínica psiquiátrica excelentes demostraciones. No podía, pues, pasar mucho tiempo sin que el análisis encontrara el camino de los objetos de la observación psiquiátrica. Ya en 1896 descubr en un caso de demencia paranoica los mismos factores etiolgicos que en las neurosis y la existencia de tales complejos afectivos. Jung ha explicado enigmáticas estereotipias de sujetos dementes refirindolas a sucesos de su vida, y Bleuler ha descubierto en diversas psicosis mecanismos an logos a los que el análisis ha revelado en los neuróticos. Desde entonces no han cesado los esfuerzos de los analistas por llegar a una comprensin de las psicosis. Sobre todo desde que trabajamos con el concepto del narcisismo, se nos va haciendo posible iniciar ciertos descubrimientos. Abraham es el que más ha avanzado por este camino con su explicación de las melancol as. En este dominio no queda an transformado el conocimiento en poder terapéutico; pero también las simples conquistas técnicas son importantes, y esperamos que hallarn algún da su aplicación práctica. Los psiquiatras no podr n resistirse ya mucho tiempo a la fuerza probatoria de sus propias observaciones clínicas. En la psiquiatr a alemana tiene efecto actualmente una especie de penetración pac fica de los puntos de vista analíticos. Acentuando constantemente que no son psicoanal ticos ni pertenecen a la escuela ortodoxa, cuyas exageraciones no comparten, sobre todo en lo que respecta al poder absoluto del factor sexual, van apropindose, sin embargo, la mayoría de los jvenes investigadores esta o aquella parte de la teor a analítica, aplic ndolas a su manera. Existen, pues, mltiples indicios de un amplio y pr ximo desarrollo de nuestra disciplina en esta dirección.

VI

SIGO ahora, desde lejos, los síntomas de la reacción provocada por la introducción del psicoanálisis en la nación francesa, durante tanto tiempo refractaria a nuestra disciplina. Este espectculo act a en m como una reproducción de cosas ya vividas; pero presenta, sin embargo, rasgos que le son peculiares. Llegan, en efecto, hasta m objeciones de incre ble ingenuidad tal como la de que la tosca pedantera de la terminolog a psicoanalítica repugna a la sensibilidad est tica francesa. Ante esta objeción no podemos menos de recordar al inmortal caballero Riccaut de la Marlini re, creado por Lessing. Otra de las manifestaciones contrarias a nuestra disciplina presenta un aspecto más fundamental y ha sido acogida por un profesor de psicología de la Sorbona. Me refiero a la de que para el gnie latin resulta insoportable la manera de pensar del psicoanálisis. Este reproche recae en parte sobre los anglosajones, amigos y aliados de Francia, que han aceptado generalmente dicha manera de pensar. Ante tales manifestaciones podra creerse que el g nie teutonique ha acogido al psicoanálisis con los brazos abiertos desde su mismo nacimiento.

En Francia han sido los literatos quienes primero se han interesado por el psicoanálisis. Se explica esto recordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la interpretación de los sue os, las fronteras mdicas. Entre su aparición en Alemania y su actual introducción en Francia han surgido sus diversas aplicaciones a los dominios de la literatura del arte a la historia de las religiones y a la Prehistoria, a la Mitolog a, la Etnografa y la Pedagogía, etc. Todas estas disciplinas tienen poco que ver con la ciencia mdica y han sido precisamente enlazadas con ella por el psicoanálisis. No tengo, pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestin; pero no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para formarse una representación exacta del valor y de la esencia del psicoanálisis, y, además, la especial naturaleza de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella. La mayoría de estas aplicaciones tiene, en efecto, en mi labor personal su punto de partida. En ocasiones he dado yo también algún paso por este camino para satisfacer dicho interés ajeno a la Medicina. Otros hombres de ciencia han seguido despus mis huellas y penetrado más profundamente en tales dominios. Pero como quiero limitarme a exponer mis propias aportaciones a la aplicación del psicoanálisis, no he de presentar al sector sino un esquema muy insuficiente de su extensin e importancia.

El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido reconociendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de sugestiones. La elección y la creación del tema de la tragedia, enigmáticas siempre, y el efecto intenssimo de su exposición potica, as como la esencia misma de la tragedia, cuyo principal personaje es el Destino, se nos explican en cuanto nos damos cuenta de que en el poema trgico se halla integrada toda la normatividad de la vida ps quica con su plena significación afectiva. La fatalidad y el or culo no eran sino materializaciones de la necesidad interior. El hecho de que el hroe peque sin saberlo y contra su intención, constituye la exacta expresin de la naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales. De la comprensi n de la tragedia provocada por el Destino pasamos a la inteligencia de la tragedia de carcter con el análisis del Hamlet shakespeariano, obra que vena siendo admirada durante trescientos años sin que nadie hubiese llegado a penetrar en su sentido ni en los motivos del poeta. Era singular que este neurtico creado por el poeta naufragase bajo el peso del complejo de Edipo, como tantos seres reales. El problema que se plantea a Hamlet es, en efecto, el de vengar en una tercera persona aquellos dos hechos que constituyen el contenido de la tendencia de Edipo, venganza en cuya ejecución queda paralizado su brazo por su propio y oscuro sentimiento de culpabilidad. Shakespeare escribi esta tragedia poco después de la muerte de su padre. Mis indicaciones para el análisis de esta obra han sido aplicadas y ampliamente elaboradas después por Ernest Jones, y también Otto Rank hizo de ellas el punto de partida de sus investigaciones sobre la elección de materia por los poetas dramticos, demostrando en su libro sobre el motivo del incesto con cu nta frecuencia eligen precisamente los poetas los motivos del complejo de Edipo y persiguiendo las variaciones y atenuaciones de esta materia a travs de la literatura mundial.

De aqu no haba más que un paso hasta el análisis de la creación potica y art stica. Se reconoci que el reino de la fantas a era un dispositivo creado con ocasión de la dolorosa transición desde el principio del placer al de la realidad para permitir la constitución de un sustitutivo de la satisfacción instintiva a la cual se haba tenido que renunciar en la vida real. El artista se hab a refugiado, como el neurtico, en este mundo fant stico, huyendo de la realidad poco satisfactoria; pero, a diferencia del neurtico, supo hallar el camino del retorno desde dicho mundo de la fantas a hasta la realidad. Sus creaciones, las obras de arte, eran satisfacciones fantsticas de deseos inconscientes, an logamente a los sueos con los cuales compart an el carcter de transacción, pues tenan también que evitar el conflicto con los poderes de la represión. Pero a diferencia de los productos on ricos, asociales y narcisistas, estn destinadas a provocar la participación de otros hombres y pueden reanimar y satisfacer en estos ltimos los mismos impulsos optativos inconscientes. Además, se sirve del placer de la percepción de la belleza formal como prima de atracción. Los elementos de que el psicoanálisis puede disponer en esta labor son la incorrelación de las impresiones de la vida del artista, sus destinos, sus obras, su constitución y los impulsos instintivos que en l actan; esto es, lo generalmente humano. Con tal prop sito hice a Leonardo de Vinci objeto de un estudio que reposa sobre un nico recuerdo infantil comunicado por l en sus anotaciones y tiende esencialmente hacia la explicación de su cuadro Santa Ana con la Virgen y el Ni o, existente en el Museo del Louvre. Mis amigos y discpulos han emprendido numerosos análisis semejantes de artistas y obras de arte. El placer esttico del que gozamos ante una obra de arte no queda disminuido por su comprensi n analítica obtenida en esta forma. Mas para aquellos profanos que funden aqu esperanzas excesivas en el psicoanálisis habremos de advertir que hay dos problemas sobre los cuales no arroja luz ninguna y que son precisamente los que más pueden interesarle. El análisis no consigue explicar las dotes del artista ni descubrir los medios con los que el mismo trabaja, o sea, los pertenecientes a la técnica artstica.

En una peque a novela, carente en s de gran valor, La Gradiva, de W. Jensen pude demostrar que el sue o imaginado literariamente admite igual interpretación que el real, o sea, que en la producción del poeta actan aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elaboración onrica.
Mi libro sobre El chiste y su relación con lo inconsciente, 1905, parte también de la interpretación de los sueos. El nico amigo a quien por entonces interesaban mis trabajos me haba hecho observar que mis interpretaciones on ricas hacan con frecuencia una impresi n chistosa. Para aclarar esta impresión emprend la investigación del chiste y encontr qu su esencia residía en sus medios técnicos los cuales no eran sino los empleados por la elaboración onrica, o sea, la condensación, el desplazamiento, etc. A esto se enlaz la investigación econmica relativa al nacimiento del placer en el oyente del chiste. La solución de este problema fue la de que dicho placer naca por la supresi n momentnea del esfuerzo de represión provocado por la influencia de una prima de atracción ofrecida (placer preliminar).

Concedo mayor valor que a estos estudios a mis aportaciones a la psicología de la religin iniciadas en 1907 con el descubrimiento de una sorprendente analog a entre los actos obsesivos y los ritos religiosos. Sin conocer an otras relaciones más profundas, califiqu a la neurosis obsesiva de religión privada desfigurada, y a la religin, de neurosis obsesiva universal. más tarde, en 1912, indic Jung las amplias analog as existentes entre las producciones intelectuales de los neurticos y de los primitivos, orientando este estudio mi atención hacia dicho tema. En los ensayos reunidos bajo el ttulo de Totem y tab , 1912-3, demostr que el horror al incesto es más intenso an entre los primitivos que en los hombres civilizados, habiendo hecho surgir entre los primeros especiales reglas de defensa, e investigu las relaciones de las prohibiciones tab, forma primera de las restricciones morales, con la ambivalencia sentimental, descubriendo en la concepción primitiva del mundo, o sea, en el animismo, el principio de la exageración de la realidadían mica, o sea, la omnipotencia de las ideas, sobre la cual se basa la magia. A travs de todo esto se establec a una comparación con la neurosis obsesiva y se demostraba que esta singular dolencia entra a an gran parte de las hip tesis de la vida anmica primitiva. Me atra a, sobre todo, el totemismo, primer sistema de organización de las razas primitivas, en el que los principios del orden social se muestran enlazados con una religión rudimentaria y con el implacable dominio de algunas prohibiciones tab. El ser adorado es aqu , originariamente siempre, un animal, del cual afirma descender el clan. Por diversos indicios deduje luego que todos los pueblos, incluso los que han llegado a un más alto nivel de civilización, pasaron un da por este estadio del totemismo.

La fuente literaria principal de estos trabajos est constituida por las conocidas obras de J. G. Frazer (Totemism and Exogamy y The Golden Bough), que constituyen una mina de valiossimos hechos y puntos de vista. Pero este autor no llega al esclarecimiento del problema del totemismo, habiendo cambiado varias veces de opini n sobre esta materia. Los demás etn logos e historiadores se muestran también desacordes en esta cuesti n. Mi punto de partida fue la singular coincidencia de los dos principios tab de totemismo, el de no matar al totem y evitar todo contacto sexual con las mujeres del mismo clan tot mico, con los dos contenidos del complejo de Edipo, la supresin del padre y la uni n sexual con la madre. De este modo fui llevado a equiparar al animal totmico con el padre, tal y como hac an expresamente los primitivos, adorndolo como antepasados del clan. Dos hechos psicoanal ticos vinieron en mi auxilio: una afortunada observación de Ferenczi con un sujeto infantil, observación que permiti hablar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de las tempranas zoofobias de los niños, de los cuales comprobamos que el animal objeto de la fobia era una sustitución del padre, siendo desplazado sobre l el miedo al primero, basado en el complejo de Edipo. De aqu no haba más que un paso hasta el reconocimiento del asesinato del padre como ndulo del totemismo y punto de partida de la formación de las religiones.

Estas últimas consideraciones me fueron sugeridas por la obra de Robertson Smith titulada La religión de los semitas, en la que este genial autor, fsico y exegeta b blico describe una ceremonia esencial de la religin tot mica; esto es, la llamada comida totmica. Una vez al a o era muerto y comido el animal totmico, adorado y protegido en toda otra ocasión, siendo luego llorado, festividad en la que participaban todos los miembros del clan totmico. Agregando a esto la hip tesis de Darwin de que los hombres vivan primitivamente en hordas, cada una de las cuales se hallaba bajo el dominio de un nico macho, fuerte y violento y celoso, llegu a la hip tesis, o, mejor dicho, a la visin del siguiente proceso. El padre de la horda primitiva habr a monopolizado despóticamente a todas las mujeres, expulsando o matando a sus hijos, peligrosos como rivales. Pero un día se reunieron estos hijos, asesinaron al padre, que haba sido su enemigo, pero también su ideal, y comironse el cad ver. Despus de este hecho no pudieron, sin embargo, apoderarse de su herencia, pero surgi entre ellos la rivalidad. Bajo la influencia de este fracaso y del remordimiento, aprendieron a soportarse unos a otros, unindose en un clan fraternal, regido por los principios del totemismo, que tendían a excluir la repetición del crimen, y renunciaron todos a la posesi n de las mujeres, motivo del asesinato del padre. De este modo surgi la exogamia, ntimamente enlazada con el totemismo. La comida totmica ser a la fiesta conmemorativa del monstruoso asesinato, del cual procedera la consciencia humana de la culpabilidad (pecado original), punto de partida de la organización social, la religin y la restricción moral.

Sea o no admisible históricamente tal posibilidad, dejamos aqu situada la formación de las religiones sobre la base del complejo paterno y de la ambivalencia en l predominante. Una vez abandonada la sustitución del padre por el animal tot mico, el padre primitivo, temido, odiado, adorado y envidiado, se convirti en el prototipo de la divinidad. En la vida ps quica del hijo luchabían de continuo el amor y el odio hacia el padre, produciendo continuas formaciones transaccionales, por medio de las cuales se impugnaban, por un lado, el asesinato, y se afirmaban, por otro, sus ventajas. Esta teora de la religión arroja viva luz sobre el fundamento psicolgico del cristianismo, en el cual perdura sin disfraz alguno la ceremonia de la comida tot mica en el sacramento de la comunin. He de hacer constar que esta comparación no me es propia, sino que se encuentra ya en las obras de Robertson Smith y de Frazer. Th. Reik y el etnólogo G. R heim han tomado como punto de partida de varios trabajos importantes las ideas integradas en Totem y tab, continuándolas, profundizándolas y justificándolas. Por mi parte, he vuelto sobre ellas algunas veces, con ocasión de ciertas investigaciones sobre el sentimiento inconsciente de la culpabilidad, tan importante entre los motivos de las neurosis, y asimismo en mis tentativas de enlazar más estrictamente la Psicología social y a la psicología individual. (El Yo y el Ello, Psicología de las masas y análisis del Yo.) también para la explicación de la susceptibilidad de ser hipnotizado he utilizado la herencia arcaica procedente de las hordas primitivas.

En otras explicaciones del psicoanálisis, muy dignas de interés, es más peque a mi participación. Partiendo de las fantas as del neurtico nos conduce un amplio camino a las creaciones fant sticas de las colectividades y de los pueblos, integradas en los mitos, fbulas y leyendas. Otto Rank ha hecho de la Mitolog a el objeto de su labor, y la interpretación de los mitos, su referencia a los conocidos complejos infantiles inconscientes y la sustitución de explicaciones astrales por una motivación humana han sido en muchos casos el resultado de su labor anal tica. también el tema del simbolismo ha encontrado numerosos investigadores en el c rculo de mis adeptos. El simbolismo ha despertado contra el psicoanálisis gran hostilidad, y algunos investigadores demasiado t midos no han podido perdonarle nunca este simbolismo, tal y como resultaba de la interpretación de los sue os. Pero nuestra disciplina no es responsable del descubrimiento del simbolismo, conocido ya desde haca mucho tiempo en otros dominios (el folklore, la leyenda y el mito), en los que desempeña un papel más importante a n que en el lenguaje de los sueos.

Personalmente no he aportado nada a la aplicación del análisis a la Pedagogía; pero era natural que los descubrimientos analíticos referentes a la vida sexual y al desarrollo anímico de los niños atrajeran la atención de los pedagogos y les mostraran a una nueva luz su labor educadora. En este sentido ha sido un infatigable precursor el pastor protestante 0. Pfister, de Zurich, que hall conciliable el psicoanálisis con una religiosidad sublimada. He de citar, además, a la señora Hug-Hellmuth y al doctor Bernfeld, de Viena, entre otros muchos. De la aplicación del análisis a la educación de los niños sanos y a la corrección de los no neuróticos, pero desviados en su desarrollo, ha resultado una consecuencia muy importante desde el punto de vista práctico. No es ya posible, en efecto, limitar a los médicos al ejercicio del psicoanálisis y excluir de l a los profanos.

En realidad, el médico que no ha hecho un estudio especial es también, a pesar de su ttulo, un profano por lo que respecta al psicoanálisis, y el individuo ajeno a la Medicina puede llevar perfectamente a cabo, mediante una preparación anal tica y auxiliado en algún caso por un m dico, el tratamiento analtico de las neurosis.
Por uno de aquellos desarrollos contra cuyo resultado es in til resistirse ha acabado por integrar varios sentidos la palabra psicoanálisis. Originariamente no constitu a sino el nombre de un método terapéutico especial, pero ahora ha llegado a convertirse en el nombre de una ciencia, de la ciencia de lo psquico inconsciente. Esta ciencia no es, generalmente, apta para resolver por s sola un problema, pero parece llamada a ofrecer a las más diversas disciplinas cient ficas importantsimas aportaciones. El campo de aplicación del psicoanálisis es tan amplio como el de la psicología, al que agrega un complemento de importantsimo alcance.

As pues, volviendo la vista a la labor de mi vida, puedo decir que he iniciado muchas cosas y sugerido otras, de las cuales dispondr el futuro. Por m mismo no puedo decir lo que en tal futuro llegarn a ser. (Adición de 1935): Sin embargo, puedo expresar una esperanza, de que he abierto un sendero para un avance importante de nuestro conocimiento.

VII. ADIción DE 1935

EL editor de estos estudios autobiogr ficos no tom en cuenta la posibilidad de que transcurrido un lapso pudiera escribirse una secuela de ellos, y parece ser que ha ocurrido tal suceso en la presente ocasión. Emprendo la tarea dado el deseo de mi editor americano de publicar el trabajo más corto en una nueva edición. Se public primero en Am rica en 1927 (por Brentano) bajo el titulo Un estudio autobiogrfico, pero que lamentablemente se coloc en el mismo volumen junto a otro ensayo mo que le daba el t tulo al libro (análisis profano), oscureciendo el presente trabajo.

Dos temas surcan estas p ginas: la historia de mi vida y la historia del psicoanálisis, ambos ntimamente entrelazados. Este estudio autobiogrfico revela c mo el psicoanálisis vino a constituir el sentido pleno de mi vida y afirma con propiedad que ninguna experiencia personal mía es de algún interés, comparándolas a mis relaciones con esta ciencia.
Poco antes de escribirlo me parecía que mi vida pronto llegara a su fin, dada la recidiva de una enfermedad maligna, sin embargo, la habilidad quir rgica me salvó en 1923 y fui capaz de proseguir mi vida y mi trabajo, aunque no estuve libre de dolor mucho tiempo. En el período de más de diez años transcurridos desde entonces en ningn momento dej de lado ni mi trabajo analtico ni mis escritos, como lo prueba mi duod cimo volumen de la edición alemana de mis obras (Gesammelte Schriften, 1924-34.).

Sin embargo, yo mismo siento que ha sucedido un cambio significativo. Los hilos que en el curso de mi desarrollo se habían entrelazado han comenzado ahora a separarse: intereses adquiridos en la última parte de mi vida han retrocedido, en tanto que los más originales y antiguos se han vuelto prominentes una vez más. Es verdad que en la última dcada he escrito importantes artículos de la labor analítica, tales como la revisi n del problema de la angustia en Inhibición, síntoma y angustia (1926) y la explicación del fetichismo sexual que elaboré un año después (1927). Pese a todo, sera propio decir que desde que adelanté mi hipótesis de la existencia de dos clases de Instintos (Eros y el Instinto de muerte) y desde que propuse una división de la personalidad psíquica en un Yo, un Super-Yo y un Ello (1923), no he hecho posteriormente ninguna contribución decisiva al psicoanálisis. Todo lo que he escrito desde entonces sobre esto ha sido o poco importante o pronto hubiera sido elaborado por algún otro autor. Esta circunstancia se relaciona con una alteración en mi propia persona, lo que pudiera ser descrito como una fase de desarrollo regresivo. Mi interés luego en un largo dtour en las Ciencias Naturales, la Medicina y la psicoterapia volvi a los problemas culturales que tanto me habían fasciónado largo tiempo atr s cuando era un joven apenas con la edad necesaria para pensar. En el cenit de mi labor analítica (1912) ya hab a intentado en Totem y tab emplear los nuevos hallazgos descubiertos por el análisis a objeto de investigar los orgenes de la religión y de la moral. Llev recientemente esa investigación un paso adelante en dos ltimos trabajos: El porvenir de una ilusi n (1927) y El malestar en la cultura (1930) [*]. Percib a n con más claridad que los hechos de la historia humana: las interacciones entre la naturaleza humana, el desarrollo cultural y los precipitados de experiencias primordiales (siendo la religión el ejemplo más prominente) no son otra cosa que una reflexi n de los conflictos dinmicos entre el Yo, el Ello y el Super-Yo de un individuo, estudiado anal ticamente, pero que los mismos procesos se repiten en una escala más amplia.

En El porvenir de una ilusi n expres una valoración negativa de la religin. más tarde encontr una f rmula que le hizo mayor justicia a ella, aunque an, concediendo que su poder reside en la verdad que contiene mostr que esa verdad no era material, sino histórica.
Estos estudios aunque originados en el psicoanálisis y que se alejan mucho de l, tal vez han despertado más simpata del p blico que el propio psicoanálisis. Puede que ellos han tenido su rol al crear la ef mera ilusin de que yo me contaba entre los escritores a los que una gran nación como Alemania estara pronta a escucharlos. Fue en 1929 cuando con palabras no menos f rtiles que amistosas, Thomas Mann, uno de los bien conocidos escritores alemanes, encontr un lugar para m en la historia del pensamiento moderno. Algo más tarde a mi hija Anna, actuando como mi apoderada, se le dio una recepción cvica en la Rathaus de Francfort del Meno con ocasión de haberme otorgado el premio Goethe para 1930. Ese fue el cenit de mi vida ciudadana. Poco despus, los l mites de nuestra comarca se estrecharon y la nación no sab a nada más de nosotros.

Y aqu debirase permitirme interrumpir estas notas autobiográficas. El público no tiene derecho a saber más de mis asuntos personales, de mis luchas, mis desilusiones y mis xitos. De todas maneras ya he sido más abierto y franco en alguno de mis escritos (La interpretación de los sue os y en Psicopatologa de la vida cotidiana) que lo que son corrientemente aquellos que describen sus vidas para sus contempor neos o para la posteridad. He tenido pocos agradecimientos de ello, y por mi experiencia no puedo recomendarle a otro que siga mi ejemplo.

Debiera agregar unas pocas palabras más de la historia del psicoanálisis en la última década. Ya no caben dudas que l continuar ; ha probado sus capacidades de sobrevivencia y de desarrollarse tanto como rama del saber, cuanto como método terapéutico. El número de sus adherentes (organizados en la International Psycho-Analytical Association) ha aumentado considerablemente. Además de los grupos locales de Viena, Berlín, Budapest, Londres, Holanda, Suiza y Rusia, se han formado desde entonces Sociedades en París, Calcuta, dos en Japn varias en Estados Unidos, y muy recientemente una en Jerusalén y en Sud-África y dos en Escandinavia. Aparte de sus propias reservas, estas sociedades locales mantienen (o están en el proceso de formarlos) Institutos de entrenamiento en los que se da una instrucción de la práctica del psicoanálisis seg n un plan uniforme; y ambulatorios en los que analistas experimentados y estudiantes ofrecen tratamiento gratuito a enfermos de escasos recursos. Cada dos años los miembros de la Asociación Internacional de psicoanálisis organizan un Congreso donde se leen trabajos científicos y se deciden asuntos organizativos. El decimotercero de estos congresos (a los que yo no podr asistir más) tuvo lugar en Lucerna en 1934. De lo medular de los intereses compartidos por los miembros de la asociación irradian trabajos en múltiples direcciones: unos colocando el énfasis en clarificar y profundizar nuestro conocimiento de la psicología, en tanto que otros se preocupan de mantenerse en contacto con la medicina y la psiquiatría.

Desde un punto de vista práctico, algunos analistas se han propuesto la tarea de llevar a cabo el reconocimiento del psicoanálisis en las universidades y su inclusión en el curriculum médico; mientras que otros prefieren mantenerlo fuera de esas instituciones, no aceptando que el psicoanálisis sea menos importante para el campo educacional que para el de la Medicina. Suele suceder que un analista llegue a sentirse aislado al intentar poner énfasis en uno solo; de los hallazgos o puntos de vista del psicoanálisis descartando todo lo restante. A pesar de todo, la impresión general es de satisfacción por un trabajo científico serio llevado a cabo a un alto nivel.