Sobre la psicoterapia de la histeria (Freud) contin.4

Sobre la psicoterapia de la histeria (Freud) contin.4

Son estratos de resistencia, creciente esta última hacia el n cleo, y con ello zonas de igual alteración de conciencia dentro de las cuales se extienden los temas singulares. Los estratos más perifricos contienen, de diversos temas, aquellos recuerdos (o fasc culos) que se rememoran con facilidad y fueron siempre claramente concientes; cuanto más hondo se cala, con mayor dificultad se disciernen los recuerdos a orantes, hasta que, en la proximidad del ncleo, se tropieza con aquellos que el paciente desmiente aun en la reproducción. Es esta peculiaridad de la estratificación conc ntrica del material psíquico pat geno la que confiere, como veremos, sus rasgos característicos a la trayectoria de tales análisis. Nos resta ahora por consignar un tercer tipo de ordenamiento, el más esencial y sobre el cual resulta más difcil formular un enunciado universal. Es el ordenamiento seg n el contenido de pensamiento, el enlace por los hilos lgicos que llegan hasta el n cleo, enlace al cual en cada caso puede corresponderle un camino irregular y de mltiples vueltas. Ese ordenamiento posee un carácter dinmico, por oposición al morfolgico de las dos estratificaciones antes mencionadas. Mientras que estas podr an figurarse, en un esquema espacial, mediante unas lneas uniformes, ya fueran curvas o rectas, uno tendr a que seguir la marcha del encadenamiento lgico con una l nea quebrada que por los más enredados caminos fuera de los estratos superficiales a los profundos, y regresara a los primeros, si bien avanzando en general desde la periferia hasta el n cleo central, vindose as obligada a tocar todas las estaciones; semejante, pues, a la lnea zigzagueante que describe la solución de un gambito de caballo en el tablero de ajedrez. Retengo esta última comparación sólo por un momento, a fin de poner de relieve un punto en que ella no da razón de las propiedades del trmino comparado. El nexo l gico no se corresponde con una lnea quebrada en zigzag, sino más bien con un sistema de lneas ramificadas, y muy en particular convergentes. Tiene puntos nodales en los que coinciden dos o más hilos, que desde ah vuelven a devanarse unidos; y en el n cleo desembocan por regla general varios hilos de trayectorias separadas o que muestran a trechos conexiones laterales. Para decirlo con otras palabras: es muy notable cun a menudo un síntoma es de determinismo mltiple, de comando m ltiple {mehrlach determiniert, berbestimmt.}. Me falta introducir una sola complicación más para terminar mi ensayo de volver intuible la organización del material psíquico pat geno. Puede ocurrir que en el material patgeno haya en juego más de un ncleo, por ejemplo cuando toca analizar un segundo estallido hist rico que tiene su propia etiología, pero se entrama con un primer’ estallido de histeria aguda, superado a os atrs. Es f cil imaginar cuntos estratos y caminos de pensamiento vendr n a sumarse para establecer una conexin entre ambos n cleos patgenos. Anudar todavía algunas pocas puntualizaciones a la imagen as obtenida de la organización del material pat geno. Acerca de este material hemos enunciado que se comporta como un cuerpo extrao; y la terapia opera también como la remoción de un cuerpo extra o del tejido vivo. Ahora estamos en condiciones de inteligir en qu falla esta comparación. Un cuerpo extrao no entra en ninguna clase de conexi n con los estratos tisulares que lo rodean, si bien los altera, los constrie a la inflamación reactiva. Nues tro grupo psíquico pat geno, en cambio, no se puede extirpar limpiamente del yo, pues sus estratos más externos traspasan omnilateralmente hacia sectores del yo normal, y en verdad pertenecen a este último no menos que a la organización pat gena. La frontera entre ambos es trazada por el análisis ora aqu , ora all, de una manera puramente convencional, y en ciertos puntos ni siquiera se la puede indicar. Los estratos internos se enajenan del yo más y más, sin que la frontera visible de lo Pat geno comience en parte alguna. La organización pat gena no se comporta genuinamente como un cuerpo extrao, sino, mucho más, como una infiltración. En este s mil, debe suponerse que la resistencia esólo que infiltra. La terapia no consiste entonces en extirpar algo -hoy la psicoterapia es incapaz de tal cosa- , sino en disolver la resistencia y as facilitar a la circulación el camino por un mbito antes bloqueado. (Me sirvo aqu de una serie de smiles, todos los cuales poseen sólo una semejanza muy limitada con mi tema y ni siquiera se concilian entre s. Lo s , y no corro el riesgo de sobrestimar su valor. Pero me gua el prop sito de volver intuible desde diversos ngulos un objeto de pensamiento en extremo complejo y que nunca hab a sido expuesto. Por eso solicito la licencia de seguir esparciendo aqu y all , en las pginas que siguen, unas comparaciones de esa ndole, en verdad no inobjetables.) Si, tras una tramitación completa, uno pudiera exhibir a un tercero el material pat geno en toda su compleja organización multidimensional, ahora discernida, l tendra todo el derecho de preguntar c mo pas semejante camello por el ojo de la aguja. Es que no se est equivocado al hablar de un estrechamiento de la conciencia. El trmino cobra sentido y vida para el médico que realiza un análisis de esa ndole. Nunca puede ingresar en el, yo-conciencia {Ich-Bewusstsein} más que un nico recuerdo; el enfermo, ocupado en la reelaboración {Durcharbeitung} de ese solo, no ve nada de lo que esfuerza detr s y olvida lo que ya ha pasado. Y si el dominio sobre este solo recuerdo patgeno tropieza con dificultades, por ejemplo si el enfermo no relaja la resistencia a l, si quiere reprimirlo o mutilarlo, entonces ese paso de estrechura, por as decir, se obstruye; el trabajo se atasca, nada más puede pasar por ah, y ese recuerdo solo que se encuentra en el pasadizo permanecer ante el enfermo hasta que lo haya aceptado en la anchura del yo. De tal suerte, toda la masa, espacialmente extensa, del material patgeno se filtrar como por una estrecha hendidura, y as alcanzar la conciencia como descompuesta en fragmentos o jirones. Es tarea del psicoterapeuta recomponer desde ah la organización conjeturada. Quien siga gustando de las comparaciones, puede acordarse aqu de un juego de rompecabezas. Si se est por iniciar un análisis de este tipo, en que uno tiene derecho a esperar una organización del material patgeno como la descrita, puede aprovecharse de los siguientes resultados de la experiencia: Es totalmente infructuoso avanzar en forma directa hasta el n cleo de la organización pat gena. Y aunque uno fuera capaz de colegirla, el enfermo no sabra qu hacer con el esclarecimiento que se le obsequia, ni sera alterado psíquicamente por este último. No tenemos más remedio que mantenernos al comienzo en la periferia del producto psíquico pat geno. Uno empieza por hacer que el enfermo cuente lo que sabe y recuerda, en lo cual uno ya dirige su atención y supera resistencias leves aplicando el procedimiento de la presión. Toda vez que por medio del presionar uno haya abierto un nuevo camino, puede esperar que durante un trecho el enfermo avanzar libre de nueva resistencia. Cuando se ha trabajado un tiempo de esta manera, suele moverse en el enfermo un empe o de colaborar. Se le ocurren una multitud de reminiscencias sin que sea preciso hacerle preguntas o proponerle tareas; es que acaba de facilitarse el camino dentro de un estrato interno, en el cual el enfermo dispone ahora espontneamente del material de igual resistencia. Se har bien en dejarlo reproducir durante algn tiempo sin ejercer influjo sobre l; es cierto que l mismo no es capaz de descubrir importantes nexos, pero es conveniente dejar en sus manos el desmontar materiales dentro del mismo estrato. Las cosas que aporta de ese modo parecen a menudo inconexas, pero proporcionan el material que cobrar vida mediante un nexo discernido más tarde. Aqu es preciso guardarse en general de dos cosas. Si uno inhibe al enfermo en la reproducción de las ocurrencias que le afluyen, es posible que quede enterrado mucho de lo que luego ser preciso, empero, liberar con gran trabajo. Por otra parte, no es lícito sobrestimar su inteligencia쎮� inconciente ni confiarle la gua de todo el trabajo. Si quisiera yo esquematizar el modo de trabajar, podr a decir, tal vez, que uno toma a su cargo la apertura de estratos más internos, el avance en el sentido radial, mientras que el enfermo se encarga del ensanchamiento perif rico. Ese avance se produce superando resistencias de la manera ya indicada. Pero por regla general es preciso resolver antes otra tarea. Hay que aduearse de un tramo del hilo l gico, pues sólo con su gu a puede uno esperar adentrarse en. lo interior. No se espere que las comunicaciones libres del enfermo, el material de los estratos que las más de las veces son los superficiales, faciliten al analista discernir los lugares desde donde penetrar en lo profundo, los puntos a que se anudan los nexos de pensamiento buscados. Al contrario; eso, justamente, se oculta con todo cuidado, la exposición del enfermo suena como completa y en scongruente. Frente a ella se est primero como frente a una pared que bloquea toda perspectiva y no deja vislumbrar si detrs se esconde algo, ni qu puede esconderse. Ahora bien, si se escruta con ojo crtico la exposición que se ha recibido del enfermo sin gran trabajo ni resistencia, se descubrirn en ella, infaliblemente, lagunas y fallas. Aqu es visible que el nexo se ha roto y el enfermo lo completa como puede, con un giro, con un expediente insatisfactorio; all, se tropieza con un motivo que en un hombre normal se designar a pueril. El enfermo no quiere reconocer estas lagunas cuando se le llama la atención sobre ellas. Pero el médico har bien en buscar por detr s de esos puntos dbiles el acceso al material de los estratos más hondos, si justamente aqu espera hallar los hilos de la trama que pesquisa mediante el procedimiento de la presión. Uno le dice entonces al enfermo: Se equvoca usted; es imposible que lo que se ala tenga algo que ver con lo pertinente. Aqu por fuerza tropezaremos con alguna otra cosa que a usted se le ocurrir bajo la presin de mi mano. En efecto, es l cito plantear a una ilación de pensamiento en un hist rico, por más que ella alcance hasta lo inconciente, los mismos requerimientos de enlace l gico y motivación suficiente que se pedir an en el caso de un individuo normal. Un aflojamiento de tales vnculos no es de incumbencia de la neurosis. Si los enlaces entre representaciones de los neuróticos y, en especial, de los histéricos causan una impresión diversa; si aqu la relación entre las intensidades de diferentes representaciones no parece explicable a partir de condiciones psicolgicas solamente, ya nos hemos anoticiado de la razón de esa apariencia y sabemos nombrarla como existencia de motivos escondidos, inconcientes. Tenemos derecho, pues, a conjeturar tales motivos secretos dondequiera que se registre uno de aquellos saltos en la trama, o que se trasgreda la medida de una motivación justificada normalmente. Desde luego, en ese trabajo es preciso librarse del prejuicio te rico de que uno tratara con cerebros anormales de d gn rs {degenerados} y d squilibr s {desequilibrados}, que poseeran como un estigma la licencia para desechar las leyes psicol gicas ordinarias de la conexin de representaciones, y en quienes una representación cualquiera podra devenir hiperintensa sin motivo alguno, y otra permanecer indestructible sin razón. Para la histeria, la experiencia muestra lo contrario; desovillados los motivos escondidos que a menudo han permanecido inconcientes, y tomados ellos en cuenta, nada resta de enigmtico ni de contrario a la regla en el enlace hist rico de los pensamientos. De esa manera, pues, por las pistas que ofrecen unas lagunas en la primera exposición del enfermo, a menudo encubiertas por enlaces falsos, pilla tino cierto tramo del hilo l gico en la periferia y desde ah, mediante el procedimiento de la presión, facilita {bahnen) el ulterior camino. Es muy raro que se logre llegar hasta lo interior por ese mismo hilo; las más de las veces este se corta antes, pues la presión falla, no brinda resultado alguno o lo brinda tal que ni con todo empeo se puede aclarar o proseguir. Uno aprende enseguida a guardarse, en ese caso, de los equ vocos que acechan. Son los gestos del enfermo los que han de decidir si en efecto se ha llegado a un cabo o se ha tropezado con un caso que no ha menester de esclarecimiento psíquico, o bien si es una hipertr fica resistencia la que impone la detención del trabajo. sióno se puede eliminar esta última enseguida, es lícito suponer que uno ha perseguido el hilo hasta un estrato que por ahora sigue siendo impenetrable. Uno lo abandona para tomar otro hilo que acaso perseguir hasta ah mismo. Y si con todos los hilos uno ha dado en ese estrato, y tiene ah descubiertos los nudos en razn de los cuales cada hilo aislado no se podía perseguir más, puede proponerse un nuevo asalto a la inminente resistencia. Es f cil imaginar cun complicado puede volverse un trabajo semejante. Superando de continuo resistencias, uno esfuerza el ingreso a estratos internos, obtiene noticia sobre los temas almacenados en ese estrato y sobre los hilos que lo recorren, tienta hasta donde puede avanzar con los medios de que hasta el presente dispone y las noticias cobradas, se procura una primera familiarización con el contenido de los estratos veciónos mediante el procedimiento de la presión, abandona los hilos y vuelve a retomarlos, los persigue hasta los puntos nodales, de continuo los enhebra de nuevo y, si sigue la huella de un fascculo de recuerdo, todas las veces alcanza un camino colateral que, al cabo, tiene también su desembocadura. Por último se llega tan lejos que se puede abandonar el trabajo por estratos y avanzar por una v a rega, directamente, hasta el n cleo de la organización patol gica. Con ello se gana la lucha, mas no est acabada todav a. Es preciso recoger los otros hilos, agotar el material; pero ahora el enf ermo presta enrgico auxilio, su resistencia ya se ha quebrantado en su mayor parte. En estos ulteriores estadios del trabajo es til colegir el nexo y comunicarlo al enfermo antes de descubrirlo en l. Si uno ha colegido rectamente, la marcha del análisis se acelera; pero también se saca provecho de una hip tesis incorrecta constriendo al enfermo a tomar partido y sonsac ndole unas enrgicas desautorizaciones que por s mismas denotan una mejora cierta. Uno se convence entonces con asombro de que es imposible instilarle al enfermo nada acerca de las cosas que presuntamente él no sabe o influir sobre los resultados del análisis excitándole expectativas. jamás me ha ocurrido alterar ni falsear la reproducción de los recuerdos o la trama de los sucesos mediante mis previsiones, puesto que ello se habra denunciado por fuerza en alguna contradicción dentro de la ensambladura. Y toda vez que acert en mi previsión, mltiples e insospechables reminiscencias probaron que hab a dado en lo justo. Por eso no hay que temer manifestar ante el enfermo alguna opinin sobre el nexo que se acerca; ello es inocuo. Otra observación, que uno tiene oportunidad de repetir en todos los casos, se refiere a las reproducciones autnomas del enfermo. Se puede aseverar que en el curso de un análisis as no aflora ninguna reminiscencia singular que no posea su significado. En verdad nunca se produce la intromisión de imgenes mn micas carentes de toda pertinencia, que estuvieran sólo asociadas de alg n modo con las importantes. Cabe postular una excepción, pero que no contradice la regla, para aquellos recuerdos que, si bien carecen en s de importancia, son indispensables como unos elementos de trasmisin, puesto que sólo a travs de ellos pasa la asociación entre dos recuerdos de plena pertinencia. El tiempo que un recuerdo permanece en el paso estrecho ante la conciencia del paciente mantiene una relación directa, como ya dijimos, con su significado. Una imagen que no quiere borrarse pide ser apreciada todav a; un pensamiento que no se deja desmontar quiere ser perseguido an más. Una reminiscencia nunca retorna por segunda vez si ha sido tramitada; una imagen apalabrada nunca más se volver a ver. Y s ello empero acontece, se est plenamente autorizado a esperar que la segunda vez se anude a la imagen un nuevo contenido de pensamiento, o a la ocurrencia, una nueva consecuencia; vale decir que la tramitación no hab a sido completa. En cambio, es frecuente un retorno con intensidad diferente: primero como indicación, luego con luminosidad plena; pero ello no contradice la aseveración formulada. Cuando entre las tareas del análisis se encuentra la eliminación de un síntoma susceptible de acrecentamiento en su intensidad o de retorno (dolores, síntomas por estmulo como el v mito, sensaciones, contracturas), durante el trabajo se observa, de este síntoma, el interesante y no indeseado fen meno de la intromisin {mitsprechen}. El síntoma en cuestión reaparece, o surge con intensidad reforzada, tan pronto como uno ha entrado en la regin de la organización patgena que contiene la etiología de este síntoma, y entonces sigue acompa ando al trabajo con unas oscilaciones caractersticas e instructivas para el médico. La intensidad del síntoma (una inclinación al vmito, digamos) se incrementa cuanto más hondo se entre en uno de los recuerdos patgenos pertinentes, alcanza la altura máxima poco antes de que estos últimos sean declarados, y desciende de repente tras una declaración completa, o aun desaparece por entero durante un tiempo. Si en virtud de una resistencia el enfermo dilata mucho la declaración, la tensión de la sensación (la inclinación al vmito) se vuelve insoportable y, si uno no puede forzar la declaración, sobreviene realmente el vmito. As se cobra una impresin pl stica de que el vomitar reemplaza a una acción psíquica (aqu, la de declarar), tal como lo afirma para la histeria la teor a de la conversin.