Sobre la psicoterapia de la histeria (Freud) contin.5

Sobre la psicoterapia de la histeria (Freud)

 

Ahora bien, esta oscilación de la intensidad del síntoma hist rico se repite cada vez que uno ataca un recuerdo nuevo, patgeno respecto de ese síntoma; este se mantiene durante todo el tiempo, por as decir, en el orden del d a. Si uno se ve constreido a abandonar por un lapso el hilo del que ese síntoma depende, también este retrocede a las sombras para reaflorar en un per odo posterior del análisis. Este juego dura hasta que en virtud del acabado del material pat geno se procura tramitación definitiva a este síntoma. En rigor, ese comportamiento del síntoma hist rico no difiere del de la imagen mnmica o el pensamiento reproducido que uno conjura bajo la presión de la mano. Aqu como all , la misma pertinacia obsesionante en el retorno dentro del recuerdo del enfermo, de ese recuerdo que aguarda tramitación. La diferencia reside sólo en el afloramiento en apariencia espontneo de los síntomas histéricos, mientras que uno se acuerda bien de haber provocado las escenas y ocurrencias. Pero, en la realidad, una serie ininterrumpida lleva desde los restos mn micos de vivencias y actos de pensamiento henchidos de afecto hasta los síntomas histéricos, sus smbolos mn micos. El fenmeno de la respuesta del síntoma histérico en el curso del análisis conlleva un inconveniente práctico con el cual es preciso hacer que el enfermo se reconcilie. Es de todo punto imposible analizar un síntoma de un tirn o distribuir las pausas en el trabajo de tal suerte que ellas coincidan con puntos de reposo en la tramitación. Al contrario, la interrupción obligatoriamente prescrita por las circunstancias que rodean al tratamiento, lo avanzado de la hora, etc., suelen caer en los lugares más inoportunos, justamente cuando uno pudo acercarse a una decisin o emerg a un tema nuevo. Son los mismos inconvenientes que en las gacetas crea la lectura de los cotidianos fragmentos de alguna novela por entregas, cuando se lee Continuar tras el parlamento decisivo de la hero na o la detonación del arma. En nuestro caso, el tema removido pero no liquidado, el síntoma al comienzo reforzado y an no explicado, subsisten en la vida an mica del enfermo y acaso lo aquejan de manera más enojosa que de ordinario. Pero uno tiene que avenirse a esa situación, es imposible disponer las cosas de mejor manera. Hay enfermos que en el curso de uno de estos análisis son por completo incapaces de soltarse de un tema una vez que se lo ha tocado; los obsesiona aun en el intervalo entre dos sesiones de tratamiento y, puesto que ellos solos no avanzan en su tramitación, al comienzo sufren más que antes de emprender el tratamiento. Incluso tales pacientes terminan por aprender a esperar al médico, a trasladar a las horas de terapia todo el inters que tienen en la tramitación del material patgeno, y as empiezan a sentirse más liberados en los per odos intermedios. también parece merecer consideración el estado general del enfermo en el curso de un análisis as . Durante algn tiempo, no influido todav a por el tratamiento, aquel sigue siendo expresin de los factores antes eficientes; pero luego llega un momento en que el enfermo es captado, su inter s es cautivado, y a partir de ah su estado general pasa a depender cada vez más de la situación a que se ha llegado en el trabajo. Cada vez que se adquiere un esclarecimiento nuevo, que se alcanza un tramo importante dentro de la articulación del trabajo, el enfermo se siente aliviado, goza como de un presentimiento de la liberación que se acerca; y a cada detención del trabajo, a cada enredo que amenaza, aumenta la carga psíquica que lo oprime, se acrecienta su sensación de desdicha, su improductividad. Ambas cosas, en verdad, sólo por breve lapso; en efecto, el análisis sigue adelante, desdea gloriarse de ese momento de bienestar y pasa, sin hacerles caso, por los per odos de empeoramiento. Uno en general se alegra si ha sustituido las oscilaciones espontneas en el estado del enfermo por otras que uno mismo ha provocado y que comprende, como también si en lugar del relevo espontneo de los síntomas ve surgir aquel orden del da que corresponde al estado del análisis. De ordinario, el trabajo se vuelve al comienzo tanto más oscuro y dif cil mientras más profundamente se penetra en los productos psíquicos estratificados que ya hemos descrito. Pero una vez que uno se ha abierto paso hasta el ncleo, se hace la luz y ya no cabe temer ningún empeoramiento intenso en el estado del enfermo. Ahora bien, la recompensa del trabajo, el cese de los síntomas patológicos, no se puede esperar antes que para cada síntoma singular se haya operado el análisis pleno; y toda vez que los síntomas, singulares est n atados entre s por m ltiples formaciones nodales, ni siquiera xitos parciales durante el trabajo pueden darle aliento a uno. En virtud de las profusas conexiones causales existentes, cada representación patgena todav a no tramitada acta como motivo para creaciones enteras de la neurosis, y sólo con la última palabra del análisis desaparece el cuadro clnico en su totalidad, en un todo semejante esto al comportamiento del recuerdo singular reproducido. Si el trabajo del análisis descubre e introduce en el yo un recuerdo patgeno o un nexo pat geno que antes se sustraa al yo-conciencia, uno observa, en la personalidad psíquica as enriquecida, diversas maneras de exteriorizarse sobre esa su ganancia. Con particular frecuencia ocurre que los enfermos, despu s que uno los ha constreido trabajosamente a tomar noticia de algo, declaran: A eso lo he sabido siempre; habr a podido decrselo antes. Los de intelección más integral lo disciernen luego como un autoenga o, y se acusan de ingratitud. En el caso general, la toma de posición del yo frente a la adquisición nueva depende del estrato del análisis del cual esta última provenga. Lo oriundo de los estratos más externos se reconoce sin dificultad; hab a permanecido dentro del patrimonio del yo, y sólo su nexo con los estratos más profundos del material patgeno era para el yo una novedad. En cuanto a lo que es sacado a luz desde estos estratos más profundos, halla también discernimiento y reconocimiento, pero muy a menudo sólo tras prolongadas vacilaciones y dudas. Desde luego que la desmentida de imgenes mn micas visuales es aqu más difcil que la de huellas mn micas de meras ilaciones de pensamiento. No es raro que el enfermo diga al comienzo: Es posible que yo haya Pensado eso, pero no puedo acordarme, y que el discernimiento llegue sólo despu s de una familiaridad más prolongada con este supuesto; se acuerda entonces de que realmente ha tenido alguna vez ese pensamiento, y lo confirma mediante enlaces colaterales. Ahora bien, yo considero obligatorio durante el análisis atenerse a cada reminiscencia y apreciarla independientemente de que el enfermo la admita. No me cansar de repetir que estamos obligados a aceptar todo lo que salta a la luz con nuestros métodos. De ser algo inautntico o incorrecto, ya la trama ense ar a excluirlo más tarde. Dicho de pasada: apenas s alguna vez he tenido ocasión de sustraer con posterioridad el reconocimiento a una reminiscencia provisionalmente admitida. Todo cuanto afloraba, no obstante que presentara la más enga osa apariencia de ser una contradicción evidente, probaba ser luego lo correcto. Las representaciones que vienen de la profundidad máxima, las que constituyen el ncleo de la organización patgena, son las que con mayor dificultad reconoce el enfermo como recuerdos. Aun cuando todo ya ha pasado, cuando el enfermo, dominado por la compulsión lgica y convencido por el efecto curativo que acompa a justamente al afloramiento de esta representación; cuando el enfermo, digo, acepta l mismo que tuvo que haber pensado esto y aquello, suele agregar: Pero no puedo recordar que lo haya pensado. En tal caso es fcil entenderse con l: eran pensamientos inconcientes. Ahora bien, cómo debe uno registrar ese estado de cosas en sus intuiciones psicol gicas? Hay que pasar por alto ese discernimiento rehusado del enfermo, que no tiene motivo alguno puesto que el trabajo ya acab? Se debe suponer que se trata realmente de pensamientos nunca producidos, y para los cuales exist a una mera posibilidad de existencia, de suerte que la terapia consistira en la consumación de un acto psíquico interceptado entonces? Es evidentemente imposible enunciar algo sobre esto, o sea, sobre el estado del material pat geno antes del análisis, hasta que uno no se haya aclarado a fondo sus visiones psicol gicas bsicas, ante todo acerca de la esencia de la conciencia. Lo que s hay es un hecho digno de reflexin, a saber: que en tales análisis una ilación de pensamiento es perseguida desde lo conciente hasta lo inconciente (vale decir, no es discernida como un recuerdo); desde ah uno la vuelve a llevar un trecho a travs de lo conciente, y otra vez puede verla terminar en lo inconciente, sin que esa alternancia de la iluminación psíquica importe cambio alguno en la ilación misma, en su consecuencia lgica, en la trabaz n de sus partes singulares. Una vez que yo tengo ntegra frente a m esa ilación de pensamiento, no podr a colegir cul fragmento era discernido por el enfermo como un recuerdo, y cual no. sólo veo, por as decir, los picos de la ilación de pensamiento zambullndose en lo inconciente, a la inversa de lo que se ha aseverado respecto de nuestros procesos psíquicos normales. Por último, tengo que tratar un tema que en la ejecución de un análisis catártico de esta ndole desempe a un papel indeseadamente grande. Ya he admitido como posible que el procedimiento de la presin fracase, que no promueva reminiscencia alguna por más que se reasegure y esfuerce al enfermo. En tal caso, he dicho, caben dos alternativas: la primera, que en el lugar donde uno investiga no haya realmente nada para recoger; esto lo discierne uno por el gesto de total calma del enfermo; o bien que se haya tropezado con una resistencia que sólo más tarde se podr vencer, que se est frente a un nuevo estrato en el que an no se puede penetrar: y también a esto se lo lee en el gesto del enfermo, gesto tenso y que testimonia esfuerzo intelectual. Ahora bien, es posible además un tercer caso que de igual modo significa un obst culo, pero no de contenido, sino externo. Este caso sobreviene cuando el vnculo del enfermo con el médico se ve perturbado, y significa el más enojoso obst culo con que se pueda tropezar. En todo análisis de alguna gravedad es preciso tomarlo en cuenta. Ya he indicado el importante papel que corresponde a la persona del médico en la creación de motivos destinados a derrotar la fuerza psíquica de la resistencia. En no pocos casos, en particular en mujeres y donde se trata de aclarar unas ilaciones de pensamiento erticas, la colaboración de los pacientes pasa a ser un sacrificio personal que tiene que ser recompensado mediante algn subrogado del amor. Las fatigas y la amistosa tolerancia del médico tienen que bastar como tal subrogado. Si esa relación de la enferma con el médico es perturbada, también se deniega su buena disposición; cuando el mdico, quiera averiguar la siguiente idea pat gena, a la enferma se le cruzar la conciencia de los cargos que se han acumulado contra aquel. Hasta donde llega mi experiencia, ese obst culo sobreviene en tres casos principales: 1. El de una enajenación personal, cuando la enferma se cree relegada, menospreciada, afrentada, o ha escuchado cosas desfavorables sobre el médico y el método de tratamiento. Es el caso menos grave; se puede superar f cilmente por va de declaración y esclarecimiento, si bien la susceptibilidad y la inquina histéricas pueden cobrar en ocasiones una dimensión insospechada. 2. Cuando la enferma es presa del miedo de acostumbrarse demasiado a la persona del mdico, perder su autonom a frente a l y hasta caer en dependencia sexual de l. Este caso es más importante porque su condicionamiento es menos individual. La ocasión para este obstculo est contenida en la naturaleza del cuidado teraputico. La enferma tiene aqu un nuevo motivo de resistencia, que no se exterioriza sólo a raíz de una cierta reminiscencia, sino de cualquier ensayo de tratamiento. Harto a menudo la enferma se queja de dolor de cabeza cuando se emprende el procedimiento de la presin. Es que su nuevo motivo de resistencia permanece las más de las veces inconciente, y lo exterioriza mediante un síntoma hist rico de nueva producción. El dolor de cabeza significa la renuencia a dejarse influir. 3. Cuando la enferma se espanta por trasferir a la persona del médico las representaciones penosas que afloran desde el contenido del análisis. Ello es frecuente, y aun de ocurrencia regular en muchos análisis. La trasferencia sobre el mdico acontece por enlace falso. Aqu me veo precisado a dar un ejemplo: Origen de un cierto síntoma hist rico era, en una de mis pacientes, el deseo que acariciara muchos años atr s, y enseguida remitiera a lo inconciente, de que el hombre con quien estaba conversando en ese momento se aprovechara osadamente y le estampara un beso. Pues bien, cierta vez, al trmino de una sesión, aflor en la enferma ese deseo con relación a mi persona; ello le causa espanto, pasa una noche insomne y en la sesin siguiente, si bien no se rehusa al tratamiento, est por completo incapacitada para el trabajo. Tras enterarme yo de] obstculo y removerlo, el trabajo vuelve a progresar, y hete aqu que el deseo que tanto espanta a la enferma aparece como el recuerdo siguiente, el recuerdo patgeno exigido ahora por el nexo l gico. Las cosas haban ocurrido, pues, del siguiente modo: Primero hab a aflorado en la conciencia de la enferma el contenido del deseo, pero sin los recuerdos de las circunstancias colaterales que podran haberlo resituado en el pasado; y en virtud de la compulsión a asociar, dominante en la conciencia, el deseo ahora presente fue enlazado con mi persona, de quien era lícito que la enferma se ocupara; a raíz de esta másalliance -yo la llamo enlace falso- despierta el mismo afecto que en su momento esforz a la enferma a proscribir ese deseo prohibido. Desde que tengo averiguado esto, puedo presuponer, frente a cualquier parecido requerimiento a mi persona, que se han vuelto a producir una trasferencia y un enlace falso. Curiosamente, la enferma volva a caer v ctima del espejismo a cada nueva ocasin. No se puede llevar a t rmino ningún análisis si uno no sabe habrselas con la resistencia que resulta de los tres hechos mencionados. Ahora bien, uno halla el camino apropiado si se forma el designio de tratar a este síntoma, neoproducido segn un modelo antiguo, lo mismo que a un síntoma antiguo. La primera tarea es volverle conciente al enfermo ese obstculo. En una de mis enfermas, por ejemplo, de pronto fracas el procedimiento de la presin y yo ten a razones para suponer una idea inconciente como las mencionadas en el pargrafo 2; tan pronto apareci la tom por sorpresa. Le dije que por fuerza debi haber surgido un obstculo para la continuación del tratamiento, pero que el procedimiento de la presin ten a por lo menos el poder de mostrar ese obstculo, y le apliqu la presin sobre su cabeza. Ella dijo asombrada: Lo veo a usted sentado aqu , en el silln; pero eso es un disparate, qu puede significar?. Y entonces pude brindarle el esclarecimiento. En otra paciente, el obstculo no sol a mostrarse a la presin de una manera directa, pero todas las veces pude pesquisarlo reconduciendo a la enferma hasta el momento en que l se haba generado. El procedimiento de la presión nunca nos rehusaba recobrar ese momento. Con descubrir y pesquisar el obstculo quedaba removida la primera dificultad, pero subsist a una todavía mayor. Consist a en mover a la enferma a comunicar dnde entraban en cuenta unas relaciones en apariencia personales, donde coincida la tercera persona con la del médico. Al principio me incomodaba mucho esta multiplicación de mi trabajo psíquico, hasta que aprend a inteligir lo sujeto a ley de todo este proceso, y despu s ech de ver que esa trasferencia no supone un considerable recargo de trabajo. Para la paciente, el trabajo sigue siendo el mismo: superar el afecto penoso por haber podido abrigar semejante deseo por un momento; y para el xito del trabajo pareca indiferente que ella tomara como tema esa repulsión psíquica en el caso hist rico o en el reciente conmigo. también las enfermas aprend an poco a poco a inteligir que en tales trasferencias sobre la persona del mdico hay una compulsión y un espejismo que se disiparn al terminar el análisis. Y en cuanto a las veces en que he fracasado en mostrarles la naturaleza del obstculo, opino que simplemente les he sustituido un síntoma desarrollado espontneamente por otro síntoma histérico, si bien más benigno. Ya son bastantes, creo, las indicaciones sobre la realización de tales análisis y sobre las experiencias que uno hace en ellos. Acaso hayan hecho aparecer muchas cosas más complicadas de lo que en realidad son; buena parte de lo dicho se vuelve evidente por s mismo cuando uno se encuentra en medio de un trabajo como ese. No he enumerado sus dificultades para despertar la impresin de que sólo en rarsimos casos, dadosólos requerimientos que se plantean a médico y enfermo, vale la pena emprender un análisis catártico. En mi acción m dica me guo por la premisa contraria. Es cierto que no puedo formular las indicaciones más precisas para la aplicación del método teraputico aqu descrito sin entrar en la apreciación del tema, más sustantivo y abarcador, de la terapia de las neurosis en general. Entre m he comparado a menudo la terapia catártica con una intervención quir rgica, designado a mis curas como unas operaciones psicoteraputicas, y seguido las analog as con la apertura de una cavidad llena de pus, la extirpación de una regi n cariada, etc. Esa analoga encuentra su legitimación no tanto en la remoción de lo patológico cuanto en el establecimiento de mejores condiciones para que el decurso del proceso lleve a recobrar la salud. Repetidas veces he tenido que escuchar de mis enfermos, tras prometerles yo curación o alivio mediante una cura catártica, esta objeción: Usted mismo lo dice; es probable que mi sufrimiento se entrame con las condiciones y peripecias de mi vida; usted nada puede cambiar en ellas, y entonces, de qu modo pretende socorrerme?. A ello he podido responder: No dudo de que al destino le resultara por fuerza más fcil que a m librarlo de su padecer. Pero usted se convencer de que es grande la ganancia s conseguimos mudar su miseria histérica en infortunio ordinario. Con una vida an mica restablecida usted podr defenderse mejor de este último.