Sueños típicos
Antes de rechazar esta idea por monstruosa es preciso También aquí considerar las relaciones reales entre padres e hijos. Hay que distinguir entre la piedad que la cultura exige en esta relación y lo que la observación cotidiana nos presenta de hecho. En la relación entre padres e hijos se esconde más de un motivo de hostilidad; hay sobradas condiciones para que emerjan deseos que no pasan la prueba de la censura. Detengámonos primero en la relación entre padre e hijo. Creo que la sacralidad de que hemos investido a los preceptos del Decálogo embotan nuestra percepción de la realidad. Quizá no osamos notar que la mayor parte de la humanidad se sustrae de la obediencia al cuarto mandamiento. As en los estratos más bajos como en los más altos de la sociedad humana, la piedad filial suele ceder el pasoña otros intereses. Las oscuras noticias que de los tiempos primordiales de la sociedad humana han llegado a nosotros en la mitología y las sagas nos trasmiten una triste idea del despotismo del padre y de la inmisericordia con que use de él. Cronos devora a sus hijos como el jabalí a sus cachorros, y Zeus castra al padre y lo suplanta como señor. Cuanto más irrestricto fue el poder del padre en la familia antigua, tanto más debió el hijo, llamado a sucederle, situarse como su enemigo y sentir la impaciencia de alcanzar la dominación por la muerte del padre. Aun en nuestra familia burguesa, el padre, negando a su hijo la independencia y los medios para procurarla, suele favorecer el desarrollo del germen natural de hostilidad contenido en esa relación. El médico observa hartas veces en el hijo que el dolor ante la pérdida del padre no puede sofocar su satisfacción por la libertad al fin alcanzada. Los padres suelen aferrarse espasmódicamente a lo que en nuestra sociedad queda de la ya anticuada poteístas patris familias, y todo poeta que, como lbsen, ponga en el primer plano de su f bula la lucha inmemorial entre padre e hijo puede estar seguro de la impresión que causar . Los motivos de conflictos entre madre e hija surgen cuando esta crece y encuentra en la madre la guardiana que estorba su anhelo de libertad sexual, mientras que el florecimiento de la hija anuncia a la madre que es llegado el tiempo en que deber renunciar a cualquier reclamo sexual. Todas estas constelaciones están ah bien patentes para el que quiera verlas, pero no nos hacen adelantar en nuestro intento de explicar los sueños de muerte de los padres sobrevenidos en personas en quienes la piedad filial se ha vuelto desde hace mucho algo sacrosanto. Es verdad que, por las elucidaciones anteriores, estamos preparados a derivar de la primera infancia el deseo de que los padres mueran. Los análisis de psiconeuróticos confirman con total certidumbre, respecto de estos, tal conjetura. Llegamos a saber que los deseos sexuales del niño -si es que en ese estado germinal merecen tal nombre- despertaron muy temprano, y que la primera inclinación de la niña atendió al padre y los primeros apetitos infantiles del varón apuntaron a la madre. As , para el varón el padre y para la ni a la madre devinieron competidores estorbosos, y ya respecto de los hermanos puntualizamos cuán poco se necesita para que este sentimiento lleve al deseo de muerte. Es regla que la preferencia sexual se imponga ya en los propios padres; un impulso natural vela por que el hombre halague a su peque a y la madre favorezca al varón, al paso que ambos, donde el ensalmo del sexo no enturbia su juicio, se empeñan con rigor en la educación de sus hijos. Él ni o advierte muy bien la preferencia y se revuelve contra el miembro de la pareja parental que se le opone. Para l, hallar amor en el adulto no es Sólo la satisfacción de una necesidad particular; También significa que su voluntad ser obedecida en todo lo demás. As, cuando elige a uno de sus progenitores en el mismo sentido en que ellos lo hacen, cede a su propia pulsión sexual, renovando al mismo tiempo la incitación que partió de ellos. Los signos de estas inclinaciones infantiles suelen pasar inadvertidos. No obstante, algunos pueden observarse después del primer a o de vida. Una niña de ocho años que yo conozco aprovechó una oportunidad en que la madre se ausentó de la mesa para proclamarse su sucesora: Ahora quiero ser la mamá. Karl, quieres más legumbres? Tómalas, te lo ruego, etc. Una ni a de cuatro años, muy dotada y muy vivaz, en quien es particularmente claro este rasgo de la psicología infantil, declara sin ambages: Ahora mamita puede marcharse, después papito debe casarse conmigo y yo quiero ser su mujer. En la vida infantil este deseo en modo alguno excluye que la ni a ame tiernamente a su madre. Si el varoncito tuvo permiso para dormir junto a su madre mientras el padre estaba de viaje, y después que este regresó tuvo que volver a su habitación con una persona que le gusta mucho menos, es fácil que forme el deseo de que el padre está siempre ausente a fin de que l pueda conservar su sitio junto a la mamá querida, a la mamá linda, y un medio para alcanzar ese deseo es, manifiestamente, que el padre muera, pues esto es lo que su experiencia le ha enseñado: las personas muertas, por ejemplo el abuelo, están siempre ausentes, nunca regresan. Si bien tales observaciones de niños peque os concuerdan sin violencia con la interpretación propuesta, no engendran la convicción plena que imponen al médico los psicoanálisis de neuróticos adultos. En estos, la comunicación de los sueños correspondientes se produce con tales preámbulos que es imposible no interpretarlos como sueños de deseo. Cierto día encontraría una señora afligida y llorosa. Dijo: No quiero ver más a mis familiares, tengo que causarles horror. Y después contó casi sin transición que se acordaba de un sueño cuyo significado desde luego no conocía. Le ocurrió soñarlo a los cuatro años, y era así : Un lince {Luchs} o un zorro {Fuchs} va a pasearse por el tejado, después algo cae o ella se cae de allí , y después sacan a la madre muerta de la casa, frente a lo cual ella rompe a llorar dolorida. Apenas le hube comunicado que este sueño tena que significar el deseo infantil de ver a la madre muerta, y que a causa de ese deseo se le ocurría que sus familiares se horrorizaran de ella, la mujer proporción algún material para el esclarecimiento del sueño. Ojo de lince fue un insulto que, siendo ella muy pequeñita, le dirigió un chico de la calle; además, cuando ella ten a tres años, a su madre le cayó sobre la cabeza un ladrillo del tejado, de cuya herida sangró mucho. Otra vez tuve ocasión de estudiar a fondo a una joven que atravesó por diversos estados psíquicos. En el estado de excitación confusional con que se inició la enfermedad, mostró particular repulsión hacia su madre, a quien golpeaba e insultaba cada vez que se acercaba a su cama, mientras que al mismo tiempo se comportaba amorosa y dócilmente con una hermana mucho mayor. después siguió un estado más despejado, pero algo aptico, con serias perturbaciones del dormir; en esta fase empecé el tratamiento y analicé sus sueños. Una buena cantidad de estos versaban de manera más o menos encubierta sobre la muerte de la madre; ora asistía al entierro de una mujer vieja, ora se vea a la mesa con su hermana, vestidas ambas de luto; no cabía duda alguna sobre el sentido de estos sueños. Cuando avanzó en su mejora, aparecieron fobias histéricas; la más martirizante era que pudiese sucederle algo a su madre. Dondequiera que estuviese, debía correr hasta su casa para convencerse de que la madre aún vivía. Este caso, combinado con mis otras experiencias, me resultó muy instructivo; mostraba en traducción a varias lenguas, por así decir, diversos modos de reacción del aparato psíquico frente a la misma representación excitante. En el estado de confusión, que yo concebí como avasallamiento de la segunda instancia psíquica por la primera, que normalmente estar a sofocada, la hostilidad inconsciente hacia la madre adquirió poder en el plano motor; después, cuando sobrevino el primer apaciguamiento y, ya sofocada la revuelta, se restableció el imperio de la censura, esa hostilidad Sólo encontró franco el reino de los sueños para realizar el deseo de que aquella muriese; y acentuada la normalidad, dio origen a la exagerada preocupación por la madre como contrarreacción histérica y fenómeno de defensa. Dentro de esta concatenación ya no es inexplicable que las jóvenes histéricas muestren un apego tan tierno hacia su madre. También pude penetrar en profundidad la vida anímica de un joven a quien una neurosis obsesiva le impedía casi la existencia: no poda andar por la calle porque lo martirizaba la prevención de que asesinara a todos los que encontrase. Pasaba los d as urdiendo su coartada para el caso de que se lo acusase de alguno de los asesinatos ocurridos en la ciudad. Huelga decir que era un hombre de fina cultura y acendrada conciencia moral. El análisis -que por lo demás culminó con su curación- descubrió que la raíz de esa penosa representación obsesiva eran sus impulsos de matar a su padre, severo con algún exceso; para su asombro, tales impulsos se habían exteriorizado en la conciencia cuando ten a siete años, pero desde luego su origen se remontaba a la primera infancia. Después que murió su padre tras una dolorosa enfermedad, y teniendo l treinta y un años, emergió el reproche obsesivo que se tradujo en la forma de esa fobia a los extraños. De quien fue capaz de querer despeñar a su propio padre a los abismos, es creíble que tampoco perdonar la vida a los que pasan; bien haré, pues, en encerrarse en su habitación. Según mis experiencias, y ya son muchas, los padres desempeñan el papel principal en la vida anímica infantil de todos los que después serán psiconeuróticos; y el enamoramiento hacia uno de los miembros de la pareja parental y el odio hacia el otro forman parte del material de mociones psíquicas configurado en esa poca como patrimonio inalterable de enorme importancia para la sintomatología de la neurosis posterior. Pero no creo que los psiconeuróticos se distingan grandemente en esto de los otros niños que después serán normales; que se creen algo por entero nuevo y propio de ellos. Mucho más verosímil, y abonado por observaciones ocasionales de niños normales, es que aquellos nos den a conocer, en forma extrema, esos deseos enamoradizos u hostiles hacia los padres que con menor nitidez e intensidad ocurren en el alma de casi todos los niños. En apoyo de esta idea la Antigüedad nos ha legado una saga cuya eficacia total y universal sólo se comprende si es También universalmente válida nuestra hip tesis sobre la psicología infantil. Me refiero a la saga de Edipo rey y al drama de Sófocles que lleva ese título. Edipo, hijo de Layo (rey de Tebas) y de Yocasta, es abandonado siendo niño de pecho porque un oráculo había anunciado a su padre que ese hijo, todavía no nacido, ser a su asesino. Es salvado y criado como hijo de reyes en una corte extranjera, hasta que, dudoso de su origen, recurre también al oráculo y recibe el consejo de evitar su patria porque le está destinado ser el asesino de su padre y el esposo de su madre. Entonces se aleja de la que cree su patria y por el camino se topa con el rey Layo, a quien da muerte en una disputa repentina. Después llega a Tebas, donde resuelve el enigma propuesto por la Esfinge que le ataja el camino. Agradecidos, los tebanos lo eligen rey y lo premian con la mano de Yocasta. Durante muchos años reina en paz y dignamente, y engendra en su madre, no sabiendo quién es ella, dos varones y dos mujeres, hasta que estalla una peste que motiva una nueva consulta al oráculo de parte de los tebanos. Aquí comienza la tragedia de Sófocles. Los mensajeros traen la respuesta de que la peste cesar cuando el asesino de Layo sea expulsado del país. Pero, quién es él? Pero él, dónde está él? Dónde hallar la oscura huella de la antigua culpa?. La acción del drama no es otra cosa que la revelación, que avanza pasoña paso y se demora con arte -trabajo comparable al de un psicoanálisis-, de que el propio Edipo es el asesino de Layo pero También el hijo del muerto y de Yocasta. Sacudido por el crimen que cometió sin saberlo, Edipo ciega sus ojos y huye de su patria. El oráculo se ha cumplido. Edipo rey es una de las llamadas tragedias de destino; su efecto trágico, se dice, estriba en la oposición entre la voluntad omnipotente de los dioses y la vana resistencia que a ella oponen los hombres amenazados por la desgracia; los espectadores, conmovidos hondamente, aprenderán en el drama a someterse a la voluntad de los dioses y a comprender su propia impotencia. De acuerdo con esto, creadores modernos intentaron producir un efecto trágico parecido urdiendo esa misma oposición en una f bula inventada por ellos. Sólo que los espectadores asistieron sin inmutarse al fatal cumplimiento de una maldición o una predicción del oráculo en hombres inocentes que en vano se debatieron contra ella; después de Edipo rey, las tragedias de destino no produjeron efecto. Si Edipo rey sabe conmover a los hombres modernos con no menor intensidad que a los griegos contemporáneos de Sófocles, la nica explicación es que el efecto de la tragedia griega no reside en la oposición entre el destino y la voluntad de los hombres, sino en la particularidad del material en que esa oposición es mostrada. Tiene que haber en nuestra interioridad una voz predispuesta a reconocer el imperio fatal del destino de Edipo, mientras que podemos rechazar, por artificiosos, argumentos como los de Die Ahnfrau [de Grifiparzer] o de otras tragedias de destino. Y, en efecto, un factor as está contenido en la historia de Edipo. Su destino nos conmueve nicamente porque podría haber sido el nuestro, porque antes de que naciéramos el oráculo fulminó sobre nosotros esa misma maldicen. Quiz s a todos nos estuvo deparado dirigir la primera moción sexual hacia la madre y el primer odio y deseo violento hacia el padre; nuestros sueños nos convencen de ello. El rey Edipo, que dio muerte a su padre Layo y desposa su madre Yocasta, no es sino el cumplimiento de deseo de nuestra infancia. Pero más afortunados que l, y siempre que no nos hayamos vuelto psiconeuróticos, hemoSólogrado después desasir de nuestra madre nuestras pulsiones sexuales y olvidar los celos que sentimos por nuestro padre. Retrocedemos espantados frente a la persona en quien ese deseo primordial de la infancia se cumplió, y lo hacemos con todo el monto de represión que esos deseos sufrieron desde entonces en nuestra interioridad. Al paso que el poeta en aquella investigación va trayendo a la luz la culpa de Edipo, nos va forzando a conocer nuestra propia interioridad, donde aquellos impulsos, aunque sofocados, siguen existiendo. El contraste con el cual el coro se despide de nosotros, miradle: es Edipo, el que resolvió los intrincados enigmas y ejerció el más alto poder; aquel cuya felicidad ensalzaban y envidiaban todos los ciudadanos. Vedle sumirse en las crueles olas del destino fatal!, esa admonición nos hiere en nuestro orgullo -a nosotros, que en sabiduría y en fortaleza nos creíamos tan lejos de nuestra infancia-. Como Edipo, vivimos en la ignorancia de esos deseos que ofenden la moral, de esos deseos que la naturaleza forzó en nosotros, y tras su revelación bien querríamos todos apartar la vista de las escenas de nuestra niñez. En el texto mismo de la tragedia de Sófocles hay un indicio inconfundible de que la saga de Edipo ha brotado de un material onírico primordial cuyo contenido es la penosa turbación de las relaciones con los padres por obra de las primeras mociones sexuales. A n no esclarecido Edipo, pero ya caviloso con el recuerdo del oráculo, Yocasta lo consuela mención índole un sueño que tantísimos hombres sueñan, pero sin que eso, ella dice, importe nada: Son muchos los hombres que se han visto en sueños cohabitando con su madre: pero aquel para quien todo esto es nada, soporta sin pesadumbre la carga de la vida. El sueño de tener comercio sexual con la madre sobreviene, hoy como entonces, a muchos hombres, quienes lo cuentan indignados y at nitos. Es, bien se entiende, la clave de la tragedia y la pieza complementaria del sueño de la muerte del padre. La f bula de Edipo es la reacción de la fantasía frente a esos dos sueños típicos, y as como los adultos los vivencian con sentimientos de repulsa, as la saga tiene que recoger en su contenido el horror y la autopunición. En lo demás, su configuración procede de un malentendido en la elaboración secundaria del material, al que procura poner al servicio de un propósito teológico. Desde luego, en este material como en cualquier otro, el intento de armonizar la omnipotencia divina con la responsabilidad humana tiene que malograrse. En el mismo suelo que Edipo rey hunde sus raíces otra de las grandes creaciones trágicas, el Hamlet de Shakespeare. Pero en el diverso modo de tratar idéntico material se manifiesta toda la diferencia de la vida anímica en esos dos períodos de la cultura, tan separados en el tiempo: se muestra el progreso secular de la represión en la vida espiritual de la humanidad. En Edipo, como en el sueño, la fantasía del deseo infantil subterráneo es traída a la luz y realizada; en Hamlet permanece reprimida, y sólo averiguamos su existencia -las cosas se encadenan aquí como en una neurosis- por sus consecuencias inhibitorias. Cosa extraña: quedarse totalmente a oscuras acerca del carácter del héroe en nada perjudicó el efecto subyugante del más reciente de esos dos dramas. La pieza se construye en torno de la vacilación de Hamlet en cumplir la venganza que le está deparada; las razones o motivos de esa vacilación, el texto no los confiesa; tampoco los ensayos de interpretación, que son tantos y tan diversos, han podido indicarlos. Según la concepción abonada por Goethe, y que es todavía hoy la prevaleciente, Hamlet representa el tipo de hombre cuya virtud espontánea para la acción ha sido paralizada por el desarrollo excesivo de la actividad de pensamiento (debilitada por la palidez del pensamiento). Otros sostienen que el poeta quiso pintar un carácter enfermizo, irresoluto, que cae en el campo de la neurastenia. Pero la trama de la pieza nos enseña que Hamlet en modo alguno se presenta como una persona incapaz para cualquier acción. Por dos veces lo vemos entrar en acción, una llevado por un súbito estallido de furia, cuando se abate sobre el que lo espía escondido tras los tapices, y la otra con un plan meditado, y aun pérfido, cuando con el total desprejuicio de un príncipe del Renacimiento brinda a los dos cortesanos la misma muerte que habían maquinado para él. Qué lo inhibe, entonces, en el cumplimiento de la tarea que le encargó el espectro de su padre? Aquí se nos ofrece de nuevo la conjetura: es la particular índole de esa tarea. Hamlet lo puede todo, menos vengarse del hombre que eliminó a su padre y usurpó a este el lugar junto a su madre, del hombre que le muestra la realización de sus deseos infantiles reprimidos. As , el horror que debería moverlo a la venganza se trueca en autorreproche, en escrúpulo de conciencia: lo detiene la sospecha de que l mismo, y entendido ello al pie de la letra, no es mejor que el pecador a quien deber a castigar. De tal modo he traducido a lo consciente aquello que en el alma del protagonista tiene que permanecer inconsciente; si alguien quiere llamar histérico a Hamlet, no puedo yo sino admitirlo como la consecuencia de mí :Interpretación. A ello conviene muy bien la repugnancia por lo sexual que Hamlet expresa en el coloquio con Ofelia, esa misma repugnancia que en los años siguientes se apodera cada vez más del alma del poeta hasta alcanzar su expresión culminante en T mn de Atenas.
