A lo largo de toda la vida, esa capacidad para el goce y la
gratitud hace posible una variedad de intereses y placeres. En el desarrollo
normal, con la creciente integración del yo disminuyen los procesos de
división, y la mayor capacidad para comprender la realidad externa y, en
cierto grado, para conciliar los impulsos infantiles contradictorios, lleva
también a una mayor síntesis de los aspectos buenos y malos del objeto.
Ello significa que es posible amar a la gente a pesar de sus defectos y que el
mundo no se ve sólo en términos de blanco y negro.
En mi criterio, el superyó -esa parte del yo que critica y controla los
impulsos peligrosos, y que Freud ubicó en líneas generales en el quinto año
de vida- actúa desde mucho antes. Según mi hipótesis, en el quinto o sexto
mes después del nacimiento el bebé comienza a temer el daño que sus
impulsos destructivos y su avidez podrían causar -o haber causado- a sus
objetos amados. Pues aún no puede distinguir los deseos e impulsos de sus
efectos reales. Experimenta sentimientos de culpa y el anhelo de proteger
esos objetos y de repararlos por el daño causado. La ansiedad adquiere
ahora un carácter predominantemente depresivo; y considero que las
emociones acompañantes, así como las defensas que surgen contra ellas,
forman parte del desarrollo normal: lo que he llamado "posición depresiva".
Los sentimientos de culpa, que en ocasiones surgen en todos nosotros,
tienen raíces muy profundas en la infancia, y la tendencia a reparar
desempeña un papel importante en nuestras sublimaciones y relaciones de
objeto.
Cuando observamos niños muy pequeños desde este ángulo, vemos
que a veces parecen deprimidos sin ninguna causa externa particular. En esa
etapa tratan de complacer a quienes los rodean en todas las formas
posibles: sonrisas, gestos juguetones, incluso intentos de alimentar a la
madre colocándole la cuchara con comida en la boca. Al mismo tiempo,
éste es también el período en que muchas veces aparecen pesadillas e
inhibiciones respecto de la comida, y todos esos síntomas alcanzan su
culminación en el momento del destete. En el caso de niños mayores, la
necesidad de manejar los sentimientos de culpa se expresa de manera más
clara: diversas actividades constructivas se utilizan con tal fin y, en relación
con los padres y hermanos, hay una necesidad excesiva de complacer y
cooperar, todo lo cual expresa no sólo amor, sino también necesidad de
reparar.
Freud postuló que el proceso de elaboración constituye una parte
esencial del procedimiento psicoanalítico. Para decirlo en pocas palabras,
ello significa lograr que el paciente vuelva a experimentar sus emociones,
ansiedades y situaciones pasadas una y otra vez, en relación con el analista
y con las distintas personas y situaciones en la vida pasada y presente del
enfermo. Sin embargo, cierta medida de elaboración tiene lugar en el
desarrollo normal del individuo. La adaptación a la realidad externa es cada
vez mayor y, con ello, el niño logra un cuadro menos fantástico del mundo
circundante. La experiencia repetida del alejamiento y retorno de la madre
torna su ausencia menos atemorizante y, por lo tanto, disminuye su temor
de que lo abandone. En esa forma, el niño elabora gradualmente sus
tempranos temores y logra un equilibrio entre sus impulsos y emociones
conflictuales. En esta etapa predomina la ansiedad depresiva y disminuye la
ansiedad persecutoria. Opino que muchas manifestaciones aparentemente
extrañas, fobias inexplicables e idiosincrasias que pueden observarse en los
niños pequeños, constituyen indicaciones, así como maneras, de la
elaboración de la posición depresiva. Si los sentimientos de culpa que
surgen en el niño no son excesivos, el deseo de reparar y otros procesos
que forman parte del crecimiento traen aparejado alivio. No obstante, las
ansiedades depresivas y persecutorias nunca se superan del todo; pueden
reaparecer temporariamente bajo alguna presión interna o externa, si bien
una persona relativamente normal es capaz de hacer frente a esa reaparición
y recuperar su equilibrio. Pero si la presión es demasiado grande, puede
malograrse el desarrollo de una personalidad fuerte y bien equilibrada.
Habiendo descrito -si bien temo que en forma demasiado
simplificada- las ansiedades depresivas y paranoides y sus implicaciones,
quisiera considerar la influencia de los procesos mencionados sobre las
relaciones sociales. Me he referido a la introyección del mundo externo y he
sugerido que ese proceso continúa durante toda la vida. Toda vez que
admiramos y amamos a alguien -o que odiamos y despreciamos a alguien-
también incorporamos algo de esa persona en nosotros mismos, y nuestras
actitudes más profundas se ven modificadas por tales experiencias. En el
primer caso, nos enriquece y se convierte en una base para recuerdos
preciosos; en el otro, sentimos a veces que el mundo exterior se nos ha
arruinado y que el interior ha quedado, por lo tanto, empobrecido.
Aquí sólo puedo referirme someramente a la importancia de las
experiencias reales favorables y desfavorables a las que el niño se ve
sometido desde el comienzo, en primer lugar por sus padres y más tarde
por otra gente. Las experiencias externas son de importancia fundamental a
lo largo de la vida. Sin embargo, aun en el niño, mucho depende de la forma
en que éste interpreta y asimila las influencias externas; y esto, a su vez,
depende en gran medida de la fuerza con que actúan los impulsos
destructivos y las ansiedades persecutorias y depresivas. De idéntico modo,
nuestras experiencias adultas sufren la influencia de nuestras actitudes
básicas, las cuales nos ayudan a enfrentar las desgracias, o bien, si estamos
demasiado dominados por la sospecha y la autocompasión, convierten las
menores desilusiones en desastres.
Los descubrimientos de Freud acerca de la infancia han aumentado la
comprensión de los problemas relativos a la crianza, pero más de una vez
han sido objeto de interpretaciones erróneas. Si bien es cierto que una
educación demasiado severa fortalece la tendencia del niño a reprimir,
debemos recordar que una indulgencia excesiva puede ser casi tan dañina
como un exceso de restricción. La llamada "autoexpresión plena" puede
ofrecer grandes desventajas tanto para los padres como para el niño.
Mientras que, en épocas anteriores, el niño era con frecuencia una víctima
de la actitud severa de los padres, hoy día éstos pueden llegar a ser las
víctimas de sus hijos. Una conocida broma nos habla de un hombre que
nunca probó pechuga de pollo pues en su infancia la comían sus padres y,
cuando creció, se la daba a sus hijos. En el trato con nuestros hijos es
esencial mantener un equilibrio entre el exceso y la ausencia de disciplina.
Cerrar los ojos ante una pequeña travesura es una actitud muy sana, pero si
la travesura se convierte en una continua falta de consideración, es
necesario expresar desaprobación y exigir al niño un cambio.
La excesiva indulgencia de los padres debe considerarse, asimismo,
desde otro ángulo: si bien el niño puede sacar ventajas de la actitud de sus
progenitores, también experimenta sentimientos de culpa por explotarlos y
siente la necesidad de una cierta restricción que le proporcionaría seguridad.
Ello también le permitiría sentir respeto por sus padres, lo cual es esencial
para una buena relación con ellos y para desarrollar el respeto hacia otras
personas. Además, no debemos olvidar que los padres que sufren
demasiado bajo la autoexpresión incontrolada del niño -por más que
intenten someterse a ella- experimentan inevitablemente algún resentimiento
que se infiltrará en su actitud para con el niño.
He descrito ya al niño pequeño que reacciona violentamente contra
toda frustración -y no hay educación posible sin alguna inevitable
frustración- y que tiende a sentirse profundamente agraviado ante cualquier
falla o defecto de su ambiente y a subestimar la bondad recibida. Como
consecuencia, proyectará sus agravios en la gente que lo rodea. Son bien
conocidas las actitudes similares en los adultos. Si comparamos los
individuos capaces de tolerar la frustración sin demasiado resentimiento y
de recuperar sin tardanza su equilibrio después de una desilusión, con
aquellos que se inclinan a atribuir toda la culpa al mundo exterior, podemos
observar el efecto nocivo de la proyección hostil. Pocos de nosotros
tenemos la tolerancia necesaria para soportar la acusación, aunque ésta no
se exprese con palabras, de que, en cierto sentido, somos la parte culpable.
De hecho, muchas veces nos hace rechazar a quienes nos acusan y
entonces aparecemos tanto más como sus enemigos; en consecuencia,
experimentan hacia nosotros mayores sospechas y sentimientos
persecutorios, y las relaciones se perturban más y más.
Una manera de hacer frente a la sospecha excesiva es tratar de
apaciguar a los enemigos supuestos o reales. Es raro que el intento tenga
éxito. Naturalmente, muchas personas se dejan ganar por la adulación y el
apaciguamiento, en particular si sus propios sentimientos persecutorios
engendran en ellos la necesidad de ser apaciguados. Pero una relación de
ese tipo se quiebra fácilmente y se transforma en hostilidad mutua. De paso,
quisiera mencionar las dificultades que pueden provocar en los asuntos
internacionales esas fluctuaciones en las actitudes de los principales
estadistas.
Cuando la ansiedad persecutoria no es tan fuerte y la proyección al
atribuir a los demás principalmente buenos sentimientos, se convierte en la
base de la empatía, la respuesta del mundo exterior es muy distinta. Todos
conocernos personas que tienen la capacidad de hacerse querer, pues
tenemos la impresión de que nos tienen confianza, lo cual, a su vez,
despierta en nosotros un sentimiento de simpatía. No me refiero a la gente
que trata de conquistar popularidad en una forma insincera. Por el contrario,
creo que son las personas sinceras y que obran de acuerdo con sus
convicciones las que, a la larga, despiertan respeto y aun afecto.
Un ejemplo interesante de la influencia de las primeras actitudes a lo
largo de toda la vida es el hecho de que la relación con las primeras figuras
sigue reapareciendo y que los problemas infantiles no resueltos se reviven,
si bien en forma modificada. Por ejemplo, la actitud hacia un subordinado o
un superior repite, hasta cierto punto, la relación con un hermano menor o
con uno de los progenitores. Si conocemos a una persona mayor amistosa
y servicial, revivimos de modo inconsciente la relación con un progenitor o
un abuelo amado; mientras que un individuo mayor altanero y desagradable
vuelve a provocar las actitudes rebeldes del niño hacia sus padres. No es
necesario que esas personas sean física o mentalmente similares a las
figuras originales, o siquiera que tengan parecida edad real; basta algo en
común en su actitud. Cuando alguien se encuentra enteramente bajo el
influjo de situaciones y relaciones tempranas, es inevitable que sus juicios
respecto de personas y hechos estén perturbados. Normalmente la
revivencia de situaciones tempranas está limitada y rectificada por el juicio
objetivo. Es decir, todos podemos sufrir la influencia de factores
irracionales, pero en la vida normal éstos no nos dominan.
La capacidad de amor y devoción, en primer lugar hacia la madre, se
transforma de múltiples modos en devoción hacia diversas causas que se
sienten como buenas y valiosas. Ello significa que el goce que el bebé podía
experimentar en el pasado al sentir que amaba y era amado, se transfiere
más tarde no sólo a las relaciones con la gente, lo cual es muy importante,
sino también a su trabajo y a todo lo que se considera valioso. Significa,
asimismo, un enriquecimiento de la personalidad y de la capacidad de
disfrutar con el trabajo, y abre caminos de acceso a múltiples fuentes de
satisfacción.
En este esfuerzo por alcanzar nuestras metas, así como en nuestra
relación con la gente, el temprano deseo de reparar se une a la capacidad de
amar. He dicho ya que en nuestras sublimaciones, originadas en los más
tempranos intereses infantiles, las actividades constructivas adquieren un
mayor ímpetu porque el niño siente inconscientemente que, en esa forma,
repara a las personas amadas que ha dañado. Este ímpetu nunca pierde su
fuerza, aunque muchas veces no se lo reconozca en la vida diaria. El hecho
irrevocable de que ninguno de nosotros está nunca enteramente libre de
culpa tiene aspectos muy valiosos, porque implica el deseo jamás agotado
de reparar y de crear en cualquier forma que podamၯs.
Todas las formas de ayuda social se benefician con ese anhelo. En
los casos extremos, los sentimientos de culpa impulsan a la gente hacia el
total sacrificio de sí misma por una causa o por sus semejantes, y pueden
conducir al fanatismo. Con todo, sabemos que algunas personas arriesgan
su vida para salvar a otras, y esa acción no corresponde necesariamente al
mismo orden. En tales casos, no es tanto la culpa lo que podría actuar
como la capacidad de amor y generosidad y una identificación con nuestro
semejante en peligro.
He señalado la importancia de la identificación con los padres y, más
tarde, con otras personas, para el desarrolló del niño pequeño, y ahora
deseo acentuar un aspecto particular de la identificación exitosa que se
prolonga hacia la adultez. Cuando la envidia y la rivalidad no son demasiado
grandes, se torna posible disfrutar en forma vic ariante de los placeres
ajenos. En la infancia, la hostilidad y la rivalidad del complejo edípico están
neutralizadas por la capacidad de disfrutar substitutivamente de la felicidad
de los padres. En la vida adulta, los padres pueden compartir los placeres
de la infancia y evitar interferirlo porque son capaces de identificarse con
sus hijos: pueden contemplar sin envidia el crecimiento de sus hijos.
Esta actitud cobra particular importancia a medida que se envejece y
que los placeres de la juventud se tornan cada vez menos accesibles. Si la
gratitud por las satisfacciones pasadas no se ha desvanecido, las personas
de edad pueden disfrutar de todo aquello que está aún a su alcance.
Además, esa actitud, que da origen a la serenidad, les permite identificarse
con los jóvenes. Por ejemplo, quien se dedica a descubrir talentos jóvenes y
ayuda a desarrollarlos -sea en su capacidad de maestro o crítico, o, en
épocas pasadas, como patrón de las artes y la cultura- puede hacerlo
precisamente porque le es posible identificarse con los demás; en cierto
sentido, repite su propia vida y, a veces, logra en forma sustitutiva la
realización de aspiraciones frustradas en su propia vida.
En todas las etapas, la capacidad de identificarse hace posible la
felicidad que surge cuando se es capaz de admirar el carácter o los logros
de los demás. Si no podemos permitirnos apreciar las realizaciones y las
cualidades de otras personas -lo cual significa que no somos capaces de
tolerar la idea de que nunca podremos emularlas- nos vemos privados de
fuentes de enorme felicidad y enriquecimiento. El mundo nos parecería un
lugar mucho más pobre si no tuviéramos oportunidad de percibir la
grandeza que existe y seguirá existiendo en el futuro. Tal admiración
también despierta algo en nosotros y aumenta de manera indirecta nuestra fe
en nosotros mismos. Esta es una de las múltiples formas en que las
identificaciones originadas en la infancia se convierten en una parte
importante de nuestra personalidad.
La capacidad de admirar los logros de otra persona es uno de los
factores que hacen posible el trabajo eficaz en equipo. Si la envidia no es
demasiado grande, podemos experimentar placer y orgullo por el hecho de
trabajar con personas que a veces superan nuestras propias capacidades,
pues nos identificamos con esos miembros destacados del equipo.
Sin embargo, el problema de la identificación es muy complejo.
Cuando Freud descubrió el superyó, lo consideró como una parte de la
estructura mental resultante de la influencia de los padres sobre el niño, una
influencia que entra a formar parte de las actitudes infantiles fundamentales.
Mi trabajo con niños pequeños me ha mostrado que, incluso desde los
primeros meses de vida, se incorporan en el sí-mismo la madre y, poco
después, otras personas que rodean al niño, y ello constituye la base para
una variedad de identificaciones, favorables y desfavorables. He citado
antes ejemplos de identificaciones que son útiles tanto para el niño como
para el adulto. Pero la influencia vital del ambiente original hace también que
los aspectos desfavorables de las actitudes del adulto para con el niño
perjudiquen su desarrollo, porque despiertan en él odio y rebelión o bien un
excesivo sometimiento. Al mismo tiempo, el niño internaliza esta actitud
adulta hostil y colérica. A partir de tales experiencias, un progenitor
excesivamente severo o carente de comprensión y amor influye por
identificación sobre la formación del carácter del niño, y puede llevarlo a
repetir en su vida posterior lo que él mismo ha sufrido. Por lo tanto, un
padre usa a veces con sus hijos los mismos métodos erróneos que su padre
empleó con él. Por otro lado, la rebelión contra las injusticias
experimentadas en la infancia puede llevar a la reacción opuesta de hacer
todas las cosas en forma distinta de la que utilizaron los padres. Esto
conduciría al otro extremo, por ejemplo, a la excesiva indulgencia a la que
me referí antes. Aprender de nuestras experiencias infantiles y, por ende, ser
más comprensivos y tolerantes con nuestros propios hijos y con las
personas ajenas al círculo familiar, constituye un signo de madurez y de
sano desarrollo. Pero ser tolerante no significa ser ciego a los defectos
ajenos, sino reconocer esas fallas y, no obstante, conservar la propia
capacidad para cooperar con los demás o incluso para experimentar amor
hacia algunas personas.
Al describir el desarrollo del niño he acentuado en particular la
importancia de la avidez. Consideremos ahora el papel que desempeña la
avidez en la formación del carácter y su influencia sobre las actitudes del
adulto. Es fácil observar el papel de la avidez como un elemento muy
destructivo en la vida social. La persona ávida quiere siempre más y más,
aun a expensas de quienes la rodean; no es realmente capaz de
consideración y generosidad hacia ellos. No me refiero aquí sólo a las
posesiones materiales, sino también al status y el prestigio.
Es probable que el individuo ávido sea muy ambicioso. El papel de la
ambición, en sus aspectos útiles y perturbadores, se pone de manifiesto
dondequiera que observemos la conducta humana. No cabe duda de que la
ambición da. nuevo ímpetu a la capacidad de realización, pero, si se
convierte en la principal fuerza impulsora, pone en peligro la cooperación
con los demás. A pesar de todos sus éxitos, el individuo muy ambicioso
permanece siempre insatisfecho, tal como ocurre con un bebé ávido. Es
bien conocido el tipo de figura pública que, hambrienta de éxitos cada vez
mayores, nunca parece satisfecha con lo que ha logrado. Una de los rasgos
de esa actitud -en la que la envidia desempeña también un papel importante-
es la incapacidad para permitir que los demás alcancen una posición
destacada. Quizá se les permita desempeñar un papel secundario siempre
que no hagan peligrar la supremacía de la persona ambiciosa. Asimismo
observamos que esas personas no pueden ni quieren estimular y alentar a
los jóvenes, porque algunos de ellos podrían llegar a ser sus sucesores. Un
motivo de la falta de satisfacción frente a éxitos aparentemente grandes
proviene de que su interés no está centrado tanto en el campo en que actúan
como en su prestigio personal. Ello implica la conexión entre la avidez y la
envidia. El rival aparece no sólo como alguien que nos ha despojado y
privado de nuestras propias posiciones o bienes, sino también como el
poseedor de cualidades valiosas que provocan envidia y el impulso a
dañarlas.
Cuando la avidez y la envidia no son excesivas, incluso una persona
ambiciosa puede encontrar satisfacción en ayudar a los demás a realizar su
tarea. Tenemos aquí una de las actitudes subyacentes al liderazgo exitoso.
En cierta medida, esto también puede observarse ya en etapas muy
tempranas. Un niño es capaz de enorgullecerse por los progresos de un
hermano menor y hacer todo lo posible por ayudarlo. Algunos niños
incluso ejercen un efecto integrador sobre toda la vida familiar; al mostrarse
predominantemente amistosos y cooperativos, mejoran la atmósfera
familiar. He visto que madres muy impacientes e intolerantes ante las
dificultades han mejorado gracias a la influencia de un hijo con esa actitud.
Lo mismo se aplica a la vida escolar, donde a veces bastan uno o dos niños
para ejercer un efecto benéfico sobre la actitud de los demás, a través de
una especie de liderazgo moral basado en una relación cordial y cooperativa
con los otros niños, sin ningún intento de hacerlos sentir inferiores.
Volviendo al liderazgo: si el líder -y esto también puede aplicarse a
cualquier miembro de un grupo- sospecha que es objeto de odio, ese
sentimiento aumenta todas sus actitudes antisociales. Observamos que las
personas incapaces de soportar una crítica, porque ésta afecta de inmediato
su ansiedad persecutoria, son no sólo víctimas del sufrimiento, sino que
también tienen dificultades en relación con los demás e incluso pueden
poner en peligro la causa por la que luchan, cualquiera que sea su campo de
actividades; exhibirán una gran incapacidad para corregir sus errores y
aprender de los demás.
Si contemplamos nuestro mundo adulto desde el punto de vista de
sus raíces en la infancia, comprenderemos la forma en que nuestra mente,
nuestros hábitos y nuestros enfoques se han ido construyendo a partir de
las más tempranas fantasías y emociones infantiles, hasta llegar a las
manifestaciones adultas más complejas y elaboradas. Aun cabe extraer otra
conclusión, y es que nada que haya existido alguna vez en el inconsciente
llega a perder por completo su influencia sobre la personalidad.
Queda aun por considerar otro aspecto del desarrollo del niño; la
formación del carácter. He citado algunos ejemplos del efecto perturbador
que ejercen los impulsos destructivos, la envidia y la avidez, y las
ansiedades persecutorias resultantes, sobre el equilibrio emocional y las
relaciones sociales del niño. Asimismo, me he referido a los aspectos
benéficos de un desarrollo opuesto y he tratado de mostrar la forma en que
surgen. Intenté poner de manifiesto la importancia de la interacción entre los
factores innatos y la influencia del ambiente. Al atribuir a esa interacción
toda su importancia real logramos una comprensión más profunda de la
forma en que se desarrolla el carácter del niño. Los cambios favorables que
sufre el carácter del paciente, en el curso de un análisis exitoso, han
constituido siempre un aspecto de suma importancia en la labor
psicológica.
Una de las consecuencias de un desarrollo equilibrado es la integridad
y la fuerza del carácter. Dichas cualidades tienen un efecto de largo alcance
tanto sobre la autoconfianza del individuo como sobre su relación con el
mundo exterior. Es fácil observar la influencia que ejerce sobre la gente un
carácter realmente sincero y genuino. Incluso quienes no poseen esas
mismas cualidades se sienten impresionados y no pueden dejar de
experimentar cierto respeto por la integridad y la sinceridad. Pues dichas
cualidades despiertan en ellos una imagen de lo que ellos mismos habrían
podido llegar a ser o quizás aún puedan llegar a ser. Ese tipo de
personalidad hace surgir en la gente alguna esperanza acerca del mundo en
general y una mayor confianza en la bondad.
He concluido este trabajo con una referencia a la importancia del
carácter porque opino que éste constituye el fundamento para toda
realización humana. El efecto de un buen carácter sobre los demás está en la
raíz de todo desarrollo social sano.
POST SCRIPTUM
En ocasión de discutir mis criterios sobre el desarrollo del carácter
con un antropólogo, éste rechazó mi supuesto de una base general para el
desarrollo del carácter. Adujo que en su experiencia de trabajo de campo
había encontrado una evolución del carácter completamente distinta. Por
ejemplo, había trabajado en una comunidad donde se consideraba
admirable estafar a los demás. También describió, respondiendo a algunas
de mis preguntas, que en la misma comunidad la misericordia para con un
enemigo constituía un signo de debilidad. Le pregunté si no había alguna
circunstancia en la que se exhibiera cierta misericordia. Me replicó que si
una persona lograba colocarse detrás de una mujer en forma tal que quedara
cubierto hasta cierto punto por su pollera, se le perdonaba la vida. Ante
algunas otras preguntas, me contó que si el enemigo lograba introducirse en
la tienda de un hombre, no se lo mataba, y que también encontraba refugio
en el interior de un santuario.
El antropólogo estuvo de acuerdo conmigo cuando sugerí que la
tienda, la pollera y el santuario eran símbolos de la madre buena y
protectora. También aceptó mi interpretación de que la protección materna
incluía a un hermano odiado -el hombre oculto detrás de la pollera de la
mujer- y que la prohibición de matar dentro de la propia tienda estaba
vinculada a las normas de hospitalidad. Mi conclusión relativa a este último
punto es que, fundamentalmente, la hospitalidad está relacionada con la vida
familiar, con los lazos entre los hijos y, en particular, con la madre, pues,
como sugerí antes, la tienda representa a la madre que protege a la familia.
Cito esta conversación para sugerir posibles vínculos entre culturas
que parecen ser completamente distintas y para indicar que tales vínculos
aparecen en la relación con el objeto original, la madre, cualesquiera que
sean las formas en que las distorsiones del carácter se acepten y aun se
admiren.
