El trabajo del sueño (continuación): Ejemplos. Cuentas y dichos en el sueño. (parte II)
En este uso nuevo, a menudo deja de lado el sentido que las palabras tenían en los pensamientos oníricos y presta a su literalidad un sentido por completo novedoso. (1) En un estudio más atento, distinguimos en los dichos de los sueños unos ingredientes más nítidos, compactos, de otros que sirven como medios de unión y probablemente se completaron como solemos hacerlo en la lectura con las letras y sílabas omitidas. Así, el dicho del sueño tiene la estructura de una roca de brecha, en que grandes fragmentos de diversos materiales se cohesionaron mediante una masa intermediaria endurecida. Empero, esta descripción es válida en sentido estricto solamente para aquellos dichos {Rede} que tienen algo del carácter sensible del habla {Rede} y pueden describirse como «proferencias» {«Rede»}. Los otros, los que por así decir no se percibieron como oídos o como pronunciados (no tienen en el sueño ninguna inflexión acústica o motriz), son simplemente pensamientos como los que acuden a nosotros en la actividad mental de vigilia y pasan inalterados a muchos sueños. Para el material de dichos que en el sueño aparecen con carácter de indiferentes, la lectura parece ser también una fuente copiosa y difícil de rastrear. Pero, por otro lado, todo aquello que en el sueño se destaca llamativamente de un modo cualquiera como un dicho admite ser reconducido a dichos reales, pronunciados por uno mismo u oídos. Ejemplos de esta derivación de los dichos del sueño hallamos ya en análisis que comunicamos con otros fines. Así, en el «inocente sueño del mercado» de, donde el dicho «De eso no tenemos más» sirve para que la soñante me identifique con el carnicero, mientras que un fragmento del otro dicho: «A eso no lo conozco y no lo llevo», no hace sino cumplir la tarea de volver inocente al sueño. En efecto, la víspera la soñante había replicado a su cocinera, frente a alguna insinuación de esta, con las palabras: «A eso no lo conozco, pórtese decorosamente»; y ocurrió que de este dicho se recogió en el sueño el primer fragmento, que sonaba indiferente, a fin de aludir así al segundo fragmento, el cual conviene muy bien a la fantasía que está en la base del sueño pero también la habría delatado. Vaya un ejemplo parecido en remplazo de muchos, puesto que todos desembocan en lo mismo: Un vasto patio donde se incineran cadáveres. El soñante dice: «Yo me voy {geh’ ich weg}, no puedo ver eso». (Esto no es un dicho nítido.) Después encuentra a dos aprendices de carnicero y pregunta: «Vaya, ¿gustó eso?», Y uno responde: «Qué va, no estaba bueno». Como si hubiera sido carne humana. He aquí la ocasión inocente de ese sueño: Después de cenar hace con su mujer una visita a los honrados, pero en modo alguno apetitosos, vecinos. La anciana y hospitalaria dama se encuentra justamente en su comida nocturna y lo fuerza (entre hombres se usa jocosamente para ello una palabra compuesta, de acento sexual) (2) a probar algo. El se rehusa, ya no tiene más apetito. «Pero ándele {gehn S’ weg}, todavía podrá digerirlo», o cosa parecida. Debe entonces probar, y después le elogia lo ofrecido: «Pero está bueno». De nuevo a solas con su mujer, echa pestes contra la importuna insistencia de la vecina y también contra la calidad del manjar que hubo de probar. «No puedo ver eso», tampoco en el sueño emerge como algo genuinamente dicho; es un pensamiento que se refiere a los encantos físicos de la invitante dama, y habría que traducirlo diciendo que no está ganoso de mirarlos. Más instructivo resultará el análisis de otro sueño que comunico aquí a causa del dicho muy nítido que forma su punto central, pero que sólo será esclarecido cuando consideremos los afectos en los sueños. Soñé con mucha claridad: He ido de noche al laboratorio de Brücke y abro la puerta, después que golpearon suavemente, al (difunto) profesor Fleischl quien entra con varios amigos y luego de algunas palabras se sienta a su mesa. Sigue otro sueño: Mi amigo FI. [Fliess] ha llegado a Viena en julio, de incógnito; lo encuentro por la calle en coloquio con mi (difunto) amigo P., y voy con ellos a alguna parte, donde se sientan a una pequeña mesa frente a frente, y yo en la cabecera, sobre el lado más angosto de la mesita. FI. cuenta acerca de su hermana v dice: «En tres cuartos de hora quedó muerta», y después algo como «Ese es el umbral». Como P. no le entiende, El. se vuelve a mí y me pregunta cuánto de sus cosas he comunicado entonces a P. Y tras eso yo, presa de extraños afectos, quiero comunicar a FI. que P. (nada puede saber porque él) no está con vida. Pero digo, notando yo mismo el error: «NON VlXIT». Miro entonces a P. con intensidad, y bajo mi mirada él se torna pálido, difuso, sus ojos se ponen de un azul enfermizo . . . y por último se disuelve. Ello me da enorme alegría, ahora comprendo que también Ernst Fleischl era sólo un aparecido, un resucitado (3), y hallo enteramente posible que una persona así no subsista sino por el tiempo que uno quiere, y que pueda ser eliminada por el deseo del otro. Este bello sueño reúne en ~u contenido tantos caracteres enigmáticos -la crítica ejercida en el sueño mismo, que repare en mi error de decir «Non vixit» en lugar de «Non vivit» (4), el trato despreocupado con difuntos que el sueño mismo declara taIes, lo absurdo de la conclusión final y el gran contento que me depara- que bien querría yo, «daría la vida», por comunicar la solución completa de este enigma. Pero en la realidad soy incapaz de sacrificar a mi orgullo, como hago en el sueño, el miramiento por personas tan queridas. Ahora bien, un escamoteo cualquiera echaría a perder el sentido del sueño, que yo bien conozco. Por eso me contentaré con extraer, primero aquí y más adelante luego, algunos elementos del sueno para interpretarlos. El centro del sueño lo forma una escena en que yo aniquilo a P. con una mirada. Sus ojos se ponen entonces extraña y siniestramente azules, y al final se disuelve. Esta escena es la copia inequívoca de una realmente vivenciada. Yo era ayudante en el Instituto de Fisiología, cumplía mi servicio desde la mañana temprano, y Brücke se había enterado de que algunas veces yo llegaba tarde al laboratorio pedagógico. Entonces, en una ocasión llegó puntualmente para abrir y me esperó. Lo que me dijo fue breve y categórico; pero no importaban las palabras. Lo imponente eran los terribles ojos azules con que me miró y ante los cuales quedé aniquilado … como P. en el sueño que, para mi alivio, ha trocado los papeles. Quien recuerde los ojos maravillosamente bellos del gran maestro, que conservó aun de anciano, y alguna vez lo haya visto encolerizado, con facilidad revivirá los afectos del joven pecador. Pero por mucho tiempo no hubo caso de poder derivar el «Non vixit» con que en el sueño dicto aquella sentencia; hasta que al fin recordé que estas dos palabras, no como oídas o proferidas, sino como vistas, habían tenido suma nitidez en el sueño. Y al punto supe su proveniencia. En el pedestal del monumento que en el Palacio Imperial de Viena recuerda al emperador José se leen estas hermosas palabras:
«Saluti patriae vixit non diu sed totus». (5)
De esa inscripción saqué yo lo que convenía a una de las series -hostil- de los pensamientos oníricos; ella pudo ser: «El tipo ya no está para contar el cuento, él no está con vida». Y entonces hube de recordar que el sueño me sobrevino pocos días después que se descubrió el monumento a Fleischl en el peristilo de la Universidad; (6) con ese motivo había vuelto a ver el monumento a Brücke y (en el inconciente) debió de apesadumbrarme que mi amigo P., tan altamente dotado y consagrado por entero a la ciencia, hubiese perdido por su muerte prematura la fundada pretensión a un monumento en ese lugar. Entonces le erigí ese monumento en el sueño; mi amigo P. se llamaba Josef {José}. (6) Empero, por las reglas de la interpretación de los sueños no estaría aún justificado para sustituir el «Non vivit» que necesito por «Non vixit», que el recuerdo del monumento a José pone a mi disposición. Algún otro elemento de los pensamientos oníricos tiene que haber contribuido a posibilitar ese paso. Ahora bien, hay aquí algo que me obliga a reparar en que la escena del sueño conjuga una corriente de pensamientos hostiles y otra de pensamientos tiernos hacia mi amigo P.; de ellas la primera es superficial, la segunda está escondida, y logran su figuración en idénticas palabras: «Non vixit». Porque ha hecho méritos científicos le erijo un monumento; pero porque se hizo culpable de un mal deseo (que se expresa al final del sueño) lo aniquilo. Acabo de formar una frase de cuño muy particular, para lo cual tiene que haberme influido algún modelo. ¿Y dónde hay una antítesis parecida, en que se ponen una junto a la otra dos reacciones contrapuestas hacia la misma persona, y ambas pretenden estar plenamente justificadas y no obstante dicen no estorbarse una a la otra? En un único pasaje que se graba profundamente en el lector; en el discurso justificatorio de Bruto, en el julio César de Shakespeare [acto III, escena 2]: «Porque César me amó, lloro por él; porque fue afortunado, regocíjome; porque fue valiente, lo venero; mas porque fue ambicioso lo maté». ¿No es esta la misma construcción de las frases y la misma oposición de ideas incluidas en el pensamiento onírico que yo he descubierto? Hago entonces de Bruto en el sueño. ¡Si pudiera descubrir en el contenido de este alguna otra pista que corroborase este sorprendente enlace colateral! Creo que podría ser la siguiente: Mi amigo FI. vino a Viena en julio. Pero este detalle no encuentra apoyo ninguno en la realidad. Que yo sepa, mi amigo Jamás estuvo en Viena en el mes de julio. Pero el mes de julio se llama así por julio César, y muy bien podría ser este el subrogado de la alusión que busco al pensamiento intermediario, el de que yo hago el papel de Bruto. (7) Y, cosa extraña, en la realidad hice una vez de Bruto. Ante un auditorio infantil representé la escena de Bruto y César, tomada de una obra de Schiller (8); fue cuando yo tenía catorce años, y lo hicimos junto con mi sobrino, un año mayor que yo, que por entonces había venido a visitarnos de Inglaterra; era también un revenant, pues con él reaparecía el compañero de juegos de mi primera infancia. Hasta mi tercer año cumplido fuimos inseparables, nos amábamos y reñíamos, y esta relación infantil, como señalé, fue determinante para todos mis sentimientos posteriores en el trato con personas de mi edad. Desde entonces mi sobrino John (9) encontró muchas encarnaciones que revivían ora este aspecto, ora estotro, de su ser fijado de manera indeleble en mi recuerdo inconciente. Por momentos ha de haberme tenido muy a mal traer, y yo debo de haber dado muestras de arrojo contra mi tirano, pues años después me fue contado muchas veces un breve dicho justificatorio con que me defendía cuando mi padre -su abuelo- me pedía cuentas: «¿Por qué le pegaste a John?». Y venía la justificación, en el lenguaje del niño que aún no llegaba a los dos años: «Le pegué porque él me pegó». Debe ser esta escena infantil la que desvía el «Non vivit» al «Non vixit», pues en el lenguaje de los niños mayores «pegar» {«Schlagen»} se dice «Wichsen» {«sobar»; se pronuncia «vixen»}; el trabajo onírico no desdeña usar tales conexiones. La hostilidad, tan poco fundada en la realidad, hacia mi amigo P., quien muchas veces me venció y por eso pudo espejar una reedición de los juegos infantiles, retrocede con seguridad hasta mi compleja relación infantil con John (10). Como he dicho, volveré luego sobre este sueño.
Sueños absurdos. Las operaciones intelectuales en el sueño. (11)
En las interpretaciones de sueños emprendidas hasta aquí tropezamos tantas veces con el elemento de lo absurdo en el contenido onírico que no queremos posponer por más tiempo el estudio de su origen y su eventual significado. Recordamos bien que lo absurdo de los sueños proporcionó a sus menospreciadores un argumento clave para no ver en ellos más que productos sin sentido de una actividad mental aminorada y fragmentada. Empiezo con algunos ejemplos en que lo absurdo del contenido del sueño no es sino una apariencia que se desvanece enseguida cuando se profundiza mejor en el sentido de aquel. Son algunos que versan -por azar, según parece al comienzo- sobre el padre muerto.
I
Sueño de un paciente que perdió a su padre seis años antes: Al padre le ocurrió una gran desgracia. Viajaba en el tren nocturno, se produjo un descarrilamiento, los asientos se entrechocaron y le aplastaron la cabeza de través. Lo ve yacente en el lecho, con una herida sobre el arco superciliar izquierdo, que corre verticalmente. Le asombra que el padre se haya malogrado (pues ya está muerto, según completa en el relato). Y los ojos están tan claros. De acuerdo con el criterio imperante acerca de los sueños, habría que esclarecer así el contenido de este: El soñante olvidó primero, mientras se representaba el accidente de su padre, que este desde mucho antes vacía en la tumba; cuando el sueño prosigue, ese recuerdo se evoca y hace que él, soñando todavía, se asombre de su propio sueño. Pero el análisis enseña que es notoriamente superfluo recurrir a tales explicaciones. El soñante había encargado a un artista un busto de su padre, y dos días antes del sueño había ido a mirarlo. Este fue el que se le antojó malogrado. El escultor nunca había visto a su padre y trabajaba según fotografías que le presentaron. Y aun el día anterior al sueño el piadoso hijo había enviado al atelier a un vicio servidor de la familia para probar si también él pronunciaba el mismo fallo sobre la cabeza marmórea, a saber, que se la veía demasiado estrecha en el sentido trasversal, de una sien a la otra. Y ahora sigue el material mnémico que contribuyó a la construcción de este sueño. El padre tenía el hábito, cuando el cuidado de sus negocios o las dificultades familiares lo abrumaban, de oprimirse las sienes con ambas manos, como si su cabeza se le pusiese demasiado ancha y quisiera comprimirla. – Siendo un niño de cuatro años, cupo a nuestro soñante ver cómo el disparo de una pistola accidentalmente cargada ponía negros los ojos del padre (Los ojos están tan claros). – En el lugar donde el sueño muestra la herida del padre, exhibía él en vida, cuando estaba pensativo o triste, una profunda arruga longitudinal. Y que esta arruga se sustituyera en el sueño por una herida apunta a la segunda ocasión del sueño. El soñante había tomado una fotografía a su hijita; la placa se le cayó de la mano y cuando la recogió exhibía una resquebrajadura sobre la frente de la pequeña, como una arruga vertical que corría hasta la ceja. Entonces no pudo evitar una premonición supersticiosa, pues un día antes de la muerte de su madre se le había rayado la placa fotográfica con su imagen. Por tanto, lo absurdo de este sueño no es sino el resultado de un descuido de la expresión lingüística, que no quiere distinguir de las personas los bustos y las fotografías. Todos nosotros solemos decir [ante una imagen tal]: «No se lo ve bien a papá, ¿no te parece?». Sin duda, habría sido fácil evitar la apariencia de absurdo en este sueño. Si hubiera derecho a juzgar por una experiencia única, se diría que esta apariencia de absurdo es consentida o deliberada.
II
Ahora un segundo ejemplo, en un todo semejante, tomado de mis propios sueños (he perdido a mi padre en 1896): Mi padre ha desempeñado después de su muerte un papel político entre los magiares, los ha avenido políticamente. En relación con esto veo una pequeña imagen, no nítida: Una multitud como en el Parlamento, una persona de pie sobre una o dos sillas, y otras le hacen rueda, Me acuerdo de que en su lecho de muerte se lo veía tan parecido a Garibaldi, v me regocija que este augurio se haya hecho verdadero. Es bastante absurdo. Lo soñé en la época en que los húngaros se quedaron sin legislación por obra de la obstrucción parlamentaria y atravesaron aquella crisis de que los libró Koloman Széll (12). La nimia circunstancia de que la escena vista en el sueño constase de imágenes tan pequeñas no deja de tener importancia para esclarecer este elemento. Nuestros pensamientos oníricos son figurados corrientemente en imágenes visuales que parecen tener, más o menos, el tamaño de las cosas vividas; pero mi imagen onírica es la reproducción de una xilografía, inserta en el texto de una historia ilustrada de Austria, que figura a María Teresa en el Parlamento de Presburgo; es la famosa escena del «Moriamur pro rege nostro» (13). Como allí María Teresa, así está mi padre en el sueño rodeado por la multitud; pero está de pie sobre una o dos sillas {Stuhl} y, por tanto, como juez que preside {Stuhlrichter; literalmente, «juez de la silla»}. (El los ha avenido; acude en relación con esto el giro {alemán}: «No necesitaremos de ningún juez».) Que en su lecho de muerte se lo veía tan parecido a Garibaldi, todos los que lo rodeábamos lo observamos en la realidad. Tuvo un aumento de temperatura posmortal, sus mejillas se encendieron Poniéndose cada vez más rojas. (… ) Sin quererlo proseguimos:
«Und hinter ihm, in wesenlosem Scheine lag, was uns alle bändigt, das Gemeine».(14)
Esta exaltación de nuestros pensamientos nos prepara [en el análisis] para que tengamos que ocuparnos precisamente de eso «ordinario». La elevación «posmortal» de la temperatura corresponde a las palabras «después de su muerte» que aparecen en el contenido onírico. Lo más torturante de su enfermedad fue la total parálisis intestinal («obstrucción parlamentaria») de las últimas semanas. Con esto se anudan toda una serie de pensamientos irreverentes. Uno de mis compañeros, que perdió a su padre siendo él todavía estudiante secundario, motivo por el cual yo, profundamente conmovido, le ofrecí mi amistad, me contó cierta vez con sarcasmo el dolor de una parienta cuyo padre murió en la calle y lo llevaron a la casa, donde después, desvistiendo al cadáver, se encontró que en el momento de la muerte o posmortalmente se había producido una evacuación del vientre {Stuhlentleerung}. Ese odioso detalle causó en la hija tan profunda desazón que hubo de enturbiarle la memoria de su padre. Hemos avanzado así hasta el deseo que se corporiza en este sueño: Yacer después de la muerte limpio y grande ante los hijos, ¿quién podría no desearlo? ¿Y en qué ha parado lo absurdo de este sueño? Su apariencia de tal se engendra solamente por el hecho de que un giro idiomático por completo lícito, en el que estamos habituados a descuidar la absurdidad que pueda estar presente entre sus elementos, es figurado en el sueño al pie de la letra. Tampoco aquí podemos evitar la impresión de que la apariencia de lo absurdo es querida, producida adrede.
La frecuencia (15) con que en el sueño personas ya muertas se presentan como vivas, actúan y tratan con nosotros ha provocado improcedente asombro y dado lugar a extrañas explicaciones, que echan viva luz sobre nuestra incomprensión del sueño. Y no obstante, el esclarecimiento de tales sueños está al alcance de la mano. Harto corriente es que pensemos: «Si mi padre viviera, ¿qué diría de esto?». A ese «si» el sueño no puede figurarlo como no sea mediante la presencia [de la persona en cuestión] dentro de una situación determinada. Así, un joven a quien su abuelo ha dejado una gran herencia, en una oportunidad en que hubo de reprocharse un importante desembolso soñó que el abuelo estaba de nuevo con vida y le pedía cuentas. Eso que juzgamos una sublevación contra el sueño, la protesta -dictada por nuestro mejor saber- de que esa persona ya ha muerto, es en realidad, o bien el pensamiento consolador de que el difunto no tuvo necesidad de vivir eso, o bien la satisfacción por el hecho de que ya no pueda contar el cuento. Otra clase de absurdo que se encuentra en sueños sobre deudos muertos no expresa escarnio y sarcasmo, sino que sirve a la repulsa más extrema, a la figuración de un pensamiento reprimido que preferiríamos considerar impensable (16). Sueños de esta clase sólo se tornan resolubles si recordamos que el sueño no hace diferencia entre lo deseado y lo real. Así, un hombre que había cuidado a su padre durante la enfermedad de este, y sufrió mucho a causa de su muerte, tuvo tiempo después este sueño disparatado: El padre estaba de nuevo con vida y hablaba con él como solía, pero (esto era lo asombroso) estaba no obstante muerto, sólo que no lo sabía. Se comprenderá este sueño si a continuación de «estaba no obstante muerto» se agrega «a causa del deseo del soñante», y si se completa «sólo que no lo sabía» así: el soñante «no sabía que tenía este deseo». Mientras asistía a su padre enfermo, el hijo había deseado repetidas veces que él muriese, vale decir, había engendrado el pensamiento verdaderamente piadoso de que por fin viniese la muerte a poner término a esa tortura. Sobrevenida la muerte, y durante el duelo, este mismo deseo del hijo compasivo devino reproche inconciente, como si con él hubiera contribuido realmente a acortar la vida del enfermo. Y por el despertar de las más tempranas mociones infantiles contra el padre fue posible que ese reproche se expresara como sueño; pero precisamente a causa de la oposición inconmensurable entre el excitador del sueño y el pensamiento onírico debió cobrar aquel una apariencia tan bsurda. (17)
Los sueños sobre muertos queridos plantean en general a la interpretación difíciles tareas, cuya solución satisfactoria no siempre se alcanza. La razón de ello puede buscarse en el sentimiento de ambivalencia, fuertemente impreso, que preside la relación del soñante con el muerto. Es muy común que en tales sueños primero se trate al difunto como si viviese y después se diga de pronto que está muerto, pero en la continuación del sueño vuelva a vivir. Esto mueve a perplejidad. Por fin he colegido que esta alternancia de muerte y vida está destinada a figurar la indiferencia del soñante («Me da lo mismo que viva o esté muerto»). Desde luego, esa no es una indiferencia real, sino deseada; lleva el propósito de ayudar a desmentir las actitudes afectivas del soñante, muy intensas y a menudo contradictorias, y así pasa a ser la figuración onírica de su ambivalencia. Para otros sueños en que se tiene trato con muertos, la siguiente regla ha servido muchas veces de orientación: Cuando en el sueño no se advierte que el muerto está muerto, es que el soñante se iguala al muerto, sueña con su propia muerte. El recuerdo que con asombro emerge de pronto en el sueño: «¡Pero si ha muerto hace tiempo!» opera como cautela contra esta comunidad y rechaza ese significado, el de la muerte del propio soñante (18). Pero he de confesar esta impresión: falta mucho para que la interpretación de los sueños arranque todos sus secretos a los de este contenido.
III
En el ejemplo que ahora expongo puedo sorprender al trabajo del sueño fabricando con deliberación un absurdo para el cual no hay ocasión alguna en el material. Proviene del sueño que me provocó el encuentro con el conde Thun antes de emprender mí viaje de vacaciones. Viajo en un cabriolé y doy al cochero la orden de llevarme a una estación de ferrocarril. «Por la vía férrea no puedo desde luego viajar con usted», le digo, después que él hizo una objeción como si yo lo hubiera extenuado; y en eso es como si ya hubiera viajado con él un trayecto que normalmente se recorre en tren. Sobre esta historia confusa y disparatada, el análisis me da los siguientes esclarecimiento s: Ese día había tomado un cabriolé que debía llevarme a Dornbach (19) a una calle apartada. Pero el cochero no conocía el camino, y no obstante, al estilo de estas buenas gentes, siguió viaje, hasta que yo reparé en ello y le indiqué el rumbo, sin dejar de hacerle algunas observaciones burlonas. Desde este cochero se urde una conexión de pensamiento hasta los aristócratas; nos toparemos después con ella {en el análisis}. Provisionalmente es sólo la indicación de que a nosotros, la plebe de los ciudadanos, nos resulta llamativa la predilección que siente la aristocracia por ocupar el lugar del cochero. Y es el caso que el conde Thun conduce el carro del Estado en Austria. Pero la frase que sigue en el sueño se refiere a mi hermano, a quien, por tanto, identifico con el cochero del cabriolé. Ese año yo me había rehusado a viajar con él a Italia («Por la vía férrea no puedo desde luego viajar con usted»), y esa negativa fue una suerte de castigo por sus continuas quejas de que yo en esos viajes solía extenuarlo (expresión que alcanzó al sueño inmodificada) obligándolo a desplazamientos demasiado rápidos y a ver demasiadas bellezas en un solo día. Mi hermano me había acompañado esa tarde a la estación, pero poco antes de llegar a la estación del Oeste descendió en la del ferrocarril metropolitano, con el propósito de viajar por él hasta Purkersdorf (20). Le hice notar que podría acompañarme todavía un rato si no viajaba hasta Purkersdorf por el ferrocarril metropolitano, sino por el del Oeste. En el sueño, esto fue a dar en que yo recorro en cabriolé un trayecto que normalmente se recorre en tren. En la realidad ocurrió a la inversa (y «salió justamente al revés» («Umgekehrt ist auch gefabren»}); había dicho a mi hermano: «El trayecto que recorres en el metropolitano puedes recorrerlo también en mi compañía, con el ferrocarril del Oeste». Yo armé todo el enredo del sueño remplazando «metropolitano» por «cabriolé», lo que por otra parte me venía de perillas para compendiar al cochero con mi hermano. Así me procuro en el sueño algo disparatado, que tal como se lo declara no parece desentrañable, y además entra en contradicción con mi dicho anterior («Por la vía férrea no puedo viajar con usted»). Ahora bien, puesto que en modo alguno me hacía falta confundir ferrocarril metropolitano y cabriolé, tengo que haber fabricado a propósito toda esta enigmática historia del sueño. Pero, ¿con qué propósito? Ahora nos enteraremos de lo que significa lo absurdo en el sueño y de los motivos por los cuales se lo consiente o se lo crea. La solución del secreto en el presente caso es la siguiente: Me hace falta en el sueño un absurdo y algo incomprensible en conexión con el «viajar» («Fabren»}, pues en los pensamientos oníricos tengo cierto juicio que pide figuración. Durante una velada en casa de aquella dama acogedora y espiritual que en otra escena del mismo sueño aparece como «gobernanta», me hicieron dos adivinanzas que no pude resolver.
Continúa en ¨El trabajo del sueño (continuación): Cuentas y dichos en el sueño (parte III)¨
Notas:
1- Nota agregada en 1909. La neurosis se conmporta de igual manera que el sueño. Conozco a una paciente que padece de lo siguiente: oye (alucina) canciones o fragmentos de canciones sin quererlo y contra su voluntad, y no comprende el significado que puedan tener para su vida anímica. Digamos de pasada que no es paranoica. El análisis muestra que hace un uso impropio de estas canciones, permitiéndose ciertas licencias. En el verso [del aria de Agata, en Freischütz, de Weberl «Leise, leise, fromme Weise!» {literalmente, «¡Quedo, quedo, piadosa melodía!»}, las últimas palabras son tomadas por su inconciente como si dijeran «fromme Waise» {«piadosa huérfana»}, y esta es ella misma. «0 du selige, o du fröhlicbe» {«Oh bienaventurada, oh dichosa … »} es el comienzo de una canción de Navidad; ella no la prosigue hasta «Navidad», y así la convierte en una canción de bodas, etc. – El mismo mecanismo de desfiguración puede imponerse, por lo demás, sin que medie alucinación, como mera ocurrencia. ¿Por qué uno de mis pacientes era asediado por el recuerdo de un poema que había aprendido en su juventud: «NüchtIicb ain Busento lispe1n … » {«Silbando de noche en Busento… »} [primeros versos de un célebre poema de Ven Platenl? Porque su fantasía se contentaba con un fragmento de esa cita: «Nächtlich am Busen» {«De noche en el pecho»}.
Es sabido que el chiste paródico no ha renunciado a este artilugio. La Fliegende Blätter [conocida revista humorística] trajo una vez entre sus ilustraciones de «clásicos» alemanes una referida a «Siegesfest», de Schiller; la cita había sido truncada:
«Und des Irisch erkämpften Weibes
Freut sich der Atrid und strickt… »
{«Y el Atrida se regocija por la mujer que acaba de conquistar, y teje. . . »}.
La continuación era:
«Um den Reiz des schönen Leibes Seine Arme hochbeglückt».
{«. . trasportado de dicha, sus brazos en torno de los encantos de su hermoso cuerpo».}
2- {«Noizüchi¡getr», «forzar sexualmente», «violar», en lugar de «nötigen», «forzar» en el sentido común.}
3- {«Revenant»; literalmente, «alguien que regresa».}
4- {«No, ha vivido» en lugar de «No está con vida».}
5- {«Tuvo corta vida, pero la dedicó íntegra al bien de su patria».}
[Nota agregada en 1925:] La inscripción dice, en realidad:
«Saluti publicae vixit non diu sed totus».
El motivo de la operación fallida de escribir «patriae» en vez de «publicae» probablemente fue colegido con acierto por Wittels [1924, pág. 86]
6- [Esta ceremonia tuvo lugar el 16 de octubre de 1898]
7- Había otra conexión más: entre «César» y «emperador».
8- [Se trataba en realidad de un diálogo en verso que recitaba Karl Moor en el acto IV, escena 5, de la primera versión de Die Räuber, de Schiller.]
9- {O Hans, hijo mayor de su hermanastro Emmanuel, quien se trasladó con su familia de Leipzig a Manchester en 1859, cuando tanto Sigmund como Hans eran aún pequeños.}
10- Freud se refiere a sus relaciones con su sobrino John en una carta a Fliess del 3 de octubre de 1897 (Freud, 1950a, Carta 70), AE, 1, pág. 304. Otro relato, algo disfrazado, de un episodio temprano en el que figuraban John y su hermana menor, Pauline, es sin duda el incluido en «Sobre los recuerdos encubridores» (Freud, 1899a), AE, 3, págs. 303 y sigs.
11- [De aquí en adelante, hasta el final de la obra, ha de considerarse una vez más que todo el material apareció en la primera edición (1900), excepto en el caso de los pasajes para los que se menciona específicamente una fecha posterior.]
12- [En 1898-99, la formación de un gobierno de coalición dirigido por Széll había resuelto una aguda crisis política en Hungría.]
13- «¡La vida por nuestra reina!», exclamaron los nobles húngaros cuando María Teresa, tras subir al trono en 1740, les pidió su apoyo en la guerra por la sucesión de Austria. Ya no sé en qué autor hallé mencionado un sueño en que pululaban figuras inusualmente pequeñas, y resultó que su fuente era uno de los grabados de Jacques Callot, que el soñante había mirado durante el día. De hecho, estos grabados contienen innumerables figuras muy pequeñitas; una serie de ellas tratan de los horrores de la Guerra de los Treinta Años.
14- Versos pertenecientes al «Epílogo» al «Lied von der Glocke» {«Canto de la campana»}, de Schiller, escrito por Goethe para la ceremonia en homenaje de su amigo realizada el 10 de agosto de 1805. Dice allí que el espíritu de Schiller avanza hacia1a eternidad de la verdad, la bondad y la belleza, mientras que «tras él, como una apariencia insustancial, yacía lo que a todos nos ata, lo ordinario»
15- Este párrafo se agregó como nota al pie en 1909, incluyéndoselo en el texto en 1930.
16- [Este párrafo se agregó como nota al pie en 1911 y fue incluido en el texto en 1930. La primera oración implica que Freud ya ha explicado lo absurdo en los sueños como debido a la presencia de «escarnio y sarcasmo» en los pensamientos oníricos. En realidad, todavía no lo ha hecho, y esta conclusión sólo se enuncia explícitamente en el párrafo donde resume su teoría de los sueños absurdos. Es posible que el presente párrafo, en su forma original de nota al pie, haya sido introducido aquí por error, en vez de hacerlo en ese lugar.]
17- Nota agregada en 1911 Véase acerca de esto mi trabajo sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911b) [al final del cual se examina este mismo sueño. – Un sueño muy similar se analiza en la 12º de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (Freud, 1916-17), AE, 15, págs. 171-3. – El párrafo que sigue fue agregado como nota al pie en 1919 e incluido en el texto en 1930.
18- Freud señaló esto por primera vez en su escrito «Experiencias y ejemplos extraídos de la práctica analítica» (1913h)
19- En las afueras de Viena.
20- [A unos doce kilómetros de Viena.]
