SOBRE VIOLENCIA SOCIAL, TRAUMA Y MEMORIA (Modelos teórico y escenarios de lo traumático)

SOBRE VIOLENCIA SOCIAL, TRAUMA Y MEMORIA

Susana Griselda Kaufman *
Facultad de Psicología, UBA

Modelos teóricos y escenarios de lo traumático:

Las diferentes catástrofes sociales causantes de efectos traumáticos en sujetos, grupos y comunidades tienen formas y organizaciones diferentes: el frente con el enemigo cerca y los bombardeos de la gran guerra, las guerras, la organización de la vida y de la muerte en los campos, el secuestro, la tortura y desaparición, las migraciones forzosas. Lo común a éstas son el sufrimiento humano, las heridas traumáticas y las preguntas aún vigentes sobre los daños, sus causas y responsabilidades. Sus consecuencias se hacen presentes en los interrogantes sobre la violencia, los efectos del accionar y del discurso autoritarios, la irrupción catastrófica en el orden del cuerpo y de la organización psíquica de los sujetos.
Hablar de consecuencias de catástrofes sociales, a causa de procesos autoritarios, refiere a un fenómeno que desarticula las relaciones sociales, que cambia los códigos de interacción, que instala el miedo en vez del sostén en la relación con el “otro”, que invierte el orden de la ley por el discurso único y dominante. Desde el punto de vista subjetivo, la sensación de incertidumbre y de inseguridad son fuertes. Con el tejido social amenazado, las defensas psicológicas se debilitan e inhiben, la capacidad de discriminar se fragiliza y aparecen miedos, dificultad para discernir e incongruencias y confusiones de discursos.
1-Neurosis de guerra. Neurosis traumática.
Desde comienzos de este siglo el interés de la psiquiatría por los desórdenes y síntomas psíquicos a consecuencia de situaciones traumáticas se ha multiplicado y ha ocupado distintas categorías diagnósticas y una creciente preocupación teórica.
La magnitud de las consecuencias de la gran guerra sobre combatientes y poblaciones civiles llevó a especialistas de la medicina, de la psiquiatría y del psicoanálisis a profundizar en el estudio de las causas y de los modos de operar sobre las víctimas de hechos traumáticos, y a observar los diferentes síndromes de ansiedad, miedos, vivencias de pérdida de identidad, y de desamparo psíquicos de los cuales las categorías diagnósticas anteriores y recursos terapéuticos no daban cuenta. Estos estudios, si bien aparecen en la psiquiatría de distintas tradiciones durante la primera parte del siglo, adquieren mayor sistematización a partir de la Segunda Guerra Mundial. Incluían un espectro de patologías derivadas de efectos de combate, bombardeos, éxodos forzosos de poblaciones y deportaciones. También trastornos y enfermedades posteriores al combate cuyos efectos daban lugar a neurosis, psicosis y a diferentes formas de difusión y trastornos de identidad tanto en los soldados como en la población civil.
Se observó en los soldados que habían participado de combates un patrón de síntomas y conductas características por efectos traumáticos. La amenaza de perder la vida, el peligro de la cercanía del enemigo, implicaban vivencias de extrema desprotección, miedo, horror y efectos posteriores: la evitación de recordar y estados de ansiedad extremos. Una situación fuera del rango de la experiencia humana cotidiana.
El propósito de la investigación de este síndrome apuntaba primero a lograr que pudiesen permanecer en el cumplimiento de su deber y luego ayudarlos a que se reintegraran a la sociedad civil. Los hallazgos provenientes de la práctica clínica –en la llamada neurosis de guerra– mostraban que la diferencia de padecimientos se explicaban tanto por la reacción del sujeto ante el hecho como por la masividad del hecho mismo, estableciendo este principio el enlace entre la constitución psíquica y las experiencias previas con el hecho traumático y la singularidad de los efectos patológicos.
La situación de lucha cuerpo a cuerpo en las trincheras y las patologías contingentes ha dado lugar a la descripción de las neurosis de guerra. Médicos y psiquiatras estaban también muy cerca del frente en la atención inmediata de los soldados traumatizados por bombardeos y muertes a su alrededor, sometidos a la tensión y al miedo a la muerte continuos. En este sentido la neurosis de guerra representaba el paradigma de la neurosis traumática.
Respecto de las diferencias conceptuales entre estados de angustia, miedo y terror. Freud designa a la angustia como un estado de expectativa y de una cierta preparación frente a la inminencia del peligro, habiendo en este efecto algo que protege o al menos prepara al yo para afrontarlo. El miedo, a diferencia del estado de terror, está referido a un objeto y es necesaria su presencia para sentirlo, mientras que el terror se refiere a un estado en el que se cae cuando el peligro de manera sorpresiva invade al yo sin señal previa.
La caracterización del cuadro de las N.T, aun con matices diferenciados, y como punto de partida teórico, que en el caso de la guerra tiene sus particularidades propias, la describe como un estado que sobreviene a raíz de contusiones mecánicas, choques u otros accidentes, que llevan aparejado el riesgo de muerte, sin que haya habido ningún aviso ni ningún discernimiento del acontecimiento que se avecina. El sujeto, sin ninguna señal de peligro previa, se ve sumergido en una situación que provoca una conmoción que desestructura su mundo psíquico. El cuadro que se desencadena puede presentar síntomas de orden motriz, indicios de padecimiento subjetivo y evidencias de debilitamiento o destrucción de las operaciones psíquicas. (Freud, 1920)
Es necesario diferenciar el cuadro psicopatológico de las N.T. de la cualidad de traumático que adquieren ciertos estímulos cuando irrumpen en la realidad psíquica de un sujeto y que no pueden procesarse adecuadamente, provocando estados de desvalimiento que actualizan condiciones de “cierta inmadurez”, característicos de los primeros momentos de la vida; es decir, que retrotraen por el impacto y el estado de terror a la desprotección experimentada en estadios evolutivos anteriores de necesidad de cuidado y fusión para su sobrevivencia.
El que padece de N.T. en la vida de vigilia no recuerda el acontecimiento y se puede esforzar para no pensar en él o para evitar su recuerdo. Y esto describe el trauma, como reacciones de defensa, tendientes a no recordar nada de la situación padecida masivamente. La vida onírica, en cambio, lleva una y otra vez al momento del accidente. Entonces la fijación, así como la compulsión a la repetición, hacen presente la escena, determinando la vigencia del trauma. (Freud, 1939)
Desde el punto de vista fenoménico, la compulsión a la repetición se vincula al proceso de elaboración de aquello que por efecto traumático resulta intolerable y reaparece en la conducta, en los sueños, en los síntomas. Es el mecanismo que lleva al sujeto a caer inevitablemente en situaciones de características semejantes a las del pasado. Las vivencias traumáticas del pasado pueden ocupar el mundo intrapsíquico de manera latente, reeditarse en un presente que trae lo ocurrido una y otra vez, repitiendo lo doloroso y sus desplazamientos. La compulsión a la repetición puede ser entendida como una manera y un intento de ligar la experiencia traumática a una nueva situación vital e interpersonal que la recrea. En la repetición el yo actualiza de manera activa y en tiempos diferentes lo que en la situación traumática vivenció pasivamente y en un intento por aliviar lo penoso, puede traerlo y repetirlo, a veces sin registro afectivo y disociado del mismo.
El sueño puede ser el campo donde el trauma circula y en el que a través de la compulsión a la repetición busca recuperar su dominio. El cuerpo también suele ser el escenario privilegiado de manifestaciones para el despliegue del trauma, generando síntomas. Este adquiere así, representación psíquica y, como en el sueño, trata de tramitar el exceso de estimulación imposible de ser tolerada o simbolizada.
2-Lo traumático como forma de organización de la vida
Con referencia a la vida en los campos nazis, las descripciones de los testimonios, las narrativas, al igual que los resultados de investigaciones y trabajos teóricos realizados con y sobre sobrevivientes y familiares de sobrevivientes y de sus hijos, hicieron posible reconstruir las formas de vida, de administración de la muerte y del uso de las defensas psicológicas para el sostenimiento yoico en los campos.
La vida en el campo era un cotidiano amenazado y sin futuro, en el cual quienes no fueron exterminados enseguida fueron sometidos a condiciones extremas de desprotección que incluían hambre, castigo y humillaciones, separación familiar, amenazas, ser testigos de abuso físico y psicológico, y de la muerte de quienes los rodeaban. Luego del abandono forzoso de lugares y pertenencias, de aquello constitutivo de la propia identidad, relatado en la trilogía de Primo Levi, devenía un estado de uniformización, despojo de rasgos como el cabello y todo aquello del orden de lo singular, en que el impacto traumático se extendía al único espacio de referencia identitario, el propio reconocimiento corporal .
Los prisioneros debían soportar una rutina que llevaba a conductas automatizadas, a veces a la apatía emocional o a la indolencia, a la depresión y en muchos casos a la falta de una actitud de pelea que conlleva la anulación del deseo, lo que aceleraba el deterioro y la muerte.
Sin relaciones causales claras entre conductas sociales y psicológicas y las posibilidades de sobrevivencia, algunos prisioneros que lograban una mayor fuerza yoica o que se identificaban con un grupo político determinado retomaban una actitud de lucha o de resistencia y lograban otorgar más sentido a su propia vida.
Para Bruno Bettelheim el proceso dentro del campo incluía varias etapas: una inicial de conmoción por el encarcelamiento ilegal, el transporte hasta el campo y las primeras experiencias, y la fase posterior del proceso lento de cambio en la personalidad del prisionero. La adaptación ponía en juego múltiples situaciones y mecanismos psicológicos de umbral límite: dormirse por cansancio, desmayarse por hambre o por los castigos físicos que ponían la vida en peligro. Mantenerse despiertos, tolerar las separaciones, las noticias sobre la muerte de familiares, ponían a prueba al máximo las funciones yoicas.
En el campo estaba estipulado cuando los prisioneros podían hablar, y dependía de las horas del día o de no ser vistos poder compartir diálogos y ser escuchados. Dada la conducta de los guardias, arbitrarios aun dentro de un plan sistemático, no había garantías –dice Bettelheim– de que un mejor comportamiento asegurara a los prisioneros un mejor destino que si transgredían las reglas. También había separaciones constantes de los prisioneros entre si para que no se conociesen con mayor intimidad; la mayoría circulaba por barracas y trabajos diferentes. Los testimonios relatan que a veces la retracción por sufrimiento hacía que el interés por los otros se neutralizara y la necesidad de sobrevivir, conseguir agua o comida prevalecieran por sobre cualquier lazo de solidaridad grupal.
La organización de la vida cotidiana incluía un orden que invertía los modos de organización psicológica de seguridad y de protección elementales. La desarticulación de las defensas personales era parte de lo premeditado. Las incertidumbres de trabajos, distribución de los prisioneros y de castigos exponían al horror permanente, llegando éste al límite de lo impensable, de lo que no se puede expresar ni simbolizar.
La vivencia de lo siniestro, sensación de terror sin poder ser pensada, pasaba a ser parte de aquello con lo que había que convivir. Lo disruptivo y amenazante se incorporaba al yo, y éste disociado luchaba en medio de lo siniestro incorporado a su existencia. Quebrado el principio de orden psíquico y de lazos sociales, la inermidad y desprotección creaban un medio en que la pérdida de límites y de sensaciones de autocontención eran la condición traumática cotidiana. Muerte, alienación y desequilibrio psíquico parecían ser lo único posible frente a esas condiciones de vida.
3-Síndrome del sobreviviente de los campos
A la experiencia de haber estado sometido a sufrimientos físicos, psicológicos y éticos en la lucha por la sobrevivencia, al despojamiento material y al desarraigo del lugar de origen, se le suma el sentimiento de responsabilidad y de culpabilidad que aumenta la exigencia emocional y multiplica los efectos traumáticos.
Para B. Bettelheim, ser sobreviviente representa ser víctima de dos formas del trauma. La primera, el trauma como efecto del impacto desintegrador de la personalidad vivido durante el período en que se es prisionero del campo de concentración –tiempo en el que se destruyen los lazos sociales de sostén y afecto– sumado al sometimiento aterrador y a la amenaza de muerte constantes. La otra forma la representaban los efectos traumáticos permanentes que después de la liberación, ponían en juego recursos psicológicos de gran exigencia frente al sufrimiento y a su tolerancia. “El problema crucial de la condición del sobreviviente: como vivir en una situación existencial que no tiene solución (…) se trata de mantener la integración a pesar de los efectos de la desintegración pasada” (Bettelheim, 1981, p. 42).
Los sobrevivientes de los campos han debido tolerar haber sobrevivido a miles y miles de otros y esto implica, además de las vivencias de culpa, una particular responsabilidad. Estos sentimientos de culpa y responsabilidad suelen dominar la vida del sobreviviente y se transforman en un peso permanente, en causas traumáticas que muchos de ellos no han logrado sobrellevar: “todo trauma demuestra que, en cierto sentido, la integración que uno ha logrado no ofrece la protección adecuada” (Bettelheim, 1981, p. 45).
Bettelheim distingue entre aquellos sobrevivientes a quienes la experiencia destruyó, otros que han negado su impacto duradero y un tercer grupo que emprendió una lucha para enfrentar la dimensión de lo terrible de la experiencia traumática que duraría toda su vida.
La sintomatología estudiada se correspondería con la índole de trastornos psiquiátricos de orden depresivo o paranoide de distintos grados e intensidades que, a diferencia de otros cuadros psicopatológicos, se debía a haber estado sometidos a situaciones traumatizantes reales.
Entre los sobrevivientes que han tratado de negar el impacto de lo vivido, la modalidad adoptada fue tratar de volver a la vida anterior y poner en juego los mecanismos de negación. En la vida de estas personas siempre se trataba de mantener apartado lo vivido, o de no incluirlo, pero la imposibilidad de olvidar hacía que después de pasado el encuentro inicial con los suyos y con sus lugares habituales, apareciesen los síntomas, pesadillas, miedos, entonces se incrementaban las patologías Así, con un aparente éxito en sus vidas conseguían ocultar a los demás y a sí mismos sus inevitables recuerdos y padecimientos.
En cuanto al grupo de sobrevivientes que trataron de integrarse incluyendo las secuelas de lo vivido y del trauma, procuraron encontrar significado a la vida de reintegración. La forma de lograrlo fue la aceptación de lo traumático y el no forzamiento de los procesos de adaptación, aceptando el límite de lo traumático y de su carga moral.
La investigación y seguimiento de los sobrevivientes y de sus familiares pusieron de relieve síntomas que las propias víctimas y los observadores describían como efectos traumáticos: miedos intensos, trastornos de sueño, recuerdos traumáticos recurrentes, trastornos psicosomáticos, diferentes formas de desesperación y de dificultades en el rendimiento laboral y de desenvolvimiento en la vida cotidiana. Además, en muchos casos se multiplicaban los efectos traumatizantes por el despojo y perdidas de los lugares donde habían vivido antes de la guerra. En países migratorios como Israel, Estados Unidos, estos hechos fueron objeto de numerosos estudios y elaboraciones teóricas.

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