Parte Teórica (Breuer
En el sentido inverso, el pensar conciente no puede influir sobre estas representaciones subconcientes, ni rectificarlas. Muchas veces se trata de vivencias que han perdido desde entonces su contenido: miedo a sucesos que no ocurrieron, un terror que se resolvió en risas o júbilo tras la salvación. Tales desenlaces quitan toda afectividad al recuerdo para el pensar conciente; pero dejan enteramente intacta a la representación subconciente, la cual provoca fenómenos somáticos. Permítasenos traer otro ejemplo: Una joven señora tuvo durante algún tiempo viva preocupación por el destino de su hermana, menor que ella. Bajo esta impresión, se le prolongó durante dos semanas el período, que solía tenerlo regular; le apareció una sensación dolorosa en el hipogastrio izquierdo, y por dos veces la paciente, saliendo de un «desmayo», se halló tiesa sobre el piso. A ello siguió una neuralgia ovárica del lado izquierdo, con manifestaciones de una peritonitis grave. Pero la falta de fiebre, la contractura de la pierna izquierda (y de la espalda), caracterizaron la enfermedad como seudoperitonitis; cuando años después la paciente falleció y se le hizo la autopsia, sólo se halló «degeneración microcística» en ambos ovarios, sin huella alguna de que hubiera pasado por una peritonitis. Las manifestaciones graves desaparecieron poco a poco, dejando como secuela la neuralgia ovárica, la contractura de los músculos de la espalda, de suerte que el tronco lo tenía tieso como un palo, y la contractura de la pierna izquierda. Esto último se eliminó en la hipnosis mediante sugestión directa. Pero no se pudo influir sobre la contractura de la espalda. Entretanto, el asunto de la hermana se había ordenado por completo y desaparecido todo temor. No obstante, los fenómenos histéricos, que tenían que haberse derivado de ahí, persistieron inmutables. Pareció natural conjeturar que eran unas alteraciones de la inervación que habían cobrado autonomía, y ya no estaban ligadas a la representación ocasionadora. Pero cuando en la hipnosis la paciente fue compelida a contar toda la historia hasta que contrajo su «peritonitis» (lo cual hizo de muy mala gana), inmediatamente después de hacerlo se incorporó en el lecho y la contractura de la espalda desapareció para siempre. (La neuralgia ovárica, cuyo origen primero era sin duda más antiguo, permaneció incólume.) Así, durante meses la representación angustiada patógena había persistido viva y eficaz, completamente inasequible a cualquier rectificación por obra de los acontecimientos. Ahora bien, si debemos reconocer la existencia de complejos de representación que nunca ingresan en la conciencia de vigilia y sobre los cuales el pensar conciente no influye, con ello ya debemos admitir, aun para una histeria tan simple como la recién descrita, la escisión de la psique en dos partes relativamente independientes. No afirmo que todo cuanto es llamado histérico tenga por base y condición semejante escisión de la psique, pero sí que «aquella escisión de la actividad psíquica, tan llamativa en los casos consabidos de double conscience, existe de manera rudimentaria en toda «gran» histeria; y la aptitud e inclinación para esa disociación es el fenómeno fundamental de esta neurosis». Pero antes de entrar en el examen de estos fenómenos, debo agregar una puntualización con referencia a las representaciones inconcientes que ocasionan manifestaciones somáticas. Como la contractura del caso recién mencionado, muchos de los fenómenos histéricos son de larga y continua duración. ¿Debemos y podemos admitir que durante todo ese tiempo la representación ocasionadora permanezca siempre viva, y de presencia actual? Yo creo que sí. Es cierto que en las personas sanas vemos que su actividad psíquica se consuma con rápidos cambios de vía de las representaciones. Sin embargo, vemos al enfermo de melancolía grave abismado durante largo tiempo y de manera continua en la misma representación penosa, que permanece siempre viva, actual. Y aun tenemos derecho a suponer que también en la persona sana una preocupación grave está siempre presente, pues ella le gobierna la expresión del rostro, aunque su conciencia se llene de otros pensamientos. Y aquella parte escindida de la actividad psíquica que en el histérico suponemos llena por las representaciones inconcientes está, las más de las veces, tan pobremente investida por ellas, y es tan inasequible al cambio de vía de las impresiones exteriores, que podemos creer en la posibilidad de que aquí una representación mantenga vividez duradera. Si, como a Binet y Janet, la escisión de una parte de la actividad psíquica nos parece situada en el centro de la histeria, estamos obligados a buscar sobre este fenómeno toda la claridad posible. Con gran facilidad se cae en el hábito de pensamiento de suponer tras un sustantivo una sustancia, de ir comprendiendo poco a poco «conciencia», «conscience», como si tras ese término hubiera una cosa. Y cuando uno se ha acostumbrado a usar por vía metafórica referencias localizadoras como «subconciencia», con el tiempo se constituye en efecto una representación en que la metáfora es olvidada, y uno la manipula como si se tratara de una representación objetiva. Entonces queda hecha la mitología. En todo nuestro pensar se nos imponen, como acompañantes y auxiliadoras, unas representaciones espaciales, y hablamos con metáforas espaciales. Por ejemplo, cuando nos referimos a las representaciones que se encuentran en el ámbito de la conciencia luminosa, y a las inconcientes, que nunca ingresan en la claridad de la autoconciencia, es casi fatal que nos acudan las imágenes del árbol, con su tronco que se eleva en la luz y sus raíces sumergidas en lo oscuro, o del edificio y sus tenebrosos sótanos. Pero si tenemos siempre presente que todo lo espacial es aquí metáfora, y no nos dejamos llevar a localizarlo en el encéfalo, por ejemplo, podemos seguir hablando, a pesar de lo dicho, de una conciencia y una subconciencia. Pero sólo con esa reserva. Estaremos a salvo del peligro de dejarnos engañar por nuestras propias figuras de lenguaje si recordamos siempre que es, por cierto, el mismo encéfalo, y con alta probabilidad la misma corteza cerebral, el lugar donde se generan las representaciones tanto concientes como inconcientes. No sabemos decir cómo es ello posible. Pero nuestro conocimiento sobre la actividad psíquica de la corteza cerebral es tan escaso que una nueva complicación enigmática apenas si significa un aumento de nuestra infinita ignorancia. Nos vemos precisados a reconocer el hecho de que en los histéricos una parte de la actividad psíquica permanece inasequible a su percepción por la autoconciencia de la persona despierta y, así, está escindida de la psique. Un caso consabido de esta división de la actividad psíquica es el ataque histérico en muchas de sus formas y estadios. El pensar conciente suele borrarse por completo cuando aquel empieza; pero luego despierta poco a poco. Muchos enfermos inteligentes nos confiesan que durante el ataque su yo conciente ha estado ahí con toda claridad y observaba con curiosidad y asombro los desatinos que ellos hacían y decían. Tales enfermos sustentan incluso la opinión (errónea) de que con buena voluntad habrían podido inhibir el ataque, y se inclinan a atribuirse la culpa por él. «No habría debido hacerlo». (También las autoacusaciones de simulación descansan en buena parte en esta sensación.) Pero al siguiente ataque, el yo conciente es tan incapaz como antes de gobernar los procesos. – He ahí, pues, al pensar y representar del yo conciente de vigilia junto a las representaciones que, a pesar de residir de ordinario en la oscuridad de lo inconciente, han conseguido el gobierno sobre la musculatura y el lenguaje, y aun sobre buena parte de la actividad de representación: es manifiesta la escisión de la psique. Sin embargo, es verdad que los hallazgos de Binet y Janet merecen el nombre de escisión no sólo de la actividad psíquica, sino de la conciencia; como es sabido, estos observadores han conseguido entrar en relación con la «subconciencia» de sus enfermos, con aquella parte de la actividad psíquica de la cual el yo conciente de vigilia nada sabe; y en muchos casos han pesquisado ahí todas las funciones psíquicas, incluida la autoconciencia. En efecto, hallaron el recuerdo de procesos psíquicos anteriores. Esta medía psique es entonces por entero completa, es conciente dentro de ella misma. En nuestros casos, la parte escindida de la psique ha sido «reducida a las tinieblas» como los titanes han sido recluidos en el cráter del Etna; ellos pueden sacudir la Tierra, pero nunca salen a la luz. En los casos de Janet, en cambio, se ha consumado una división completa del reino. Claro que con diferencias de rango. Pero aun estas desaparecen cuando las dos mitades de conciencia alternan, como en los casos notorios de double conscience, donde no se distinguen por su capacidad de rendimiento. Pero volvamos a aquellas representaciones que hemos pesquisado en nuestros enfermos como causas de sus fenómenos histéricos. No podríamos, ni mucho menos, llamarlas a todas directamente «inconcientes» e «insusceptibles de conciencia». Desde la representación por entero conciente que desencadena un reflejo insólito, hasta aquella que nunca ingresa en la conciencia durante la vigilia, sino sólo durante la hipnosis, corre una escala apenas discontinua por todos los grados de penumbra y oscuridad. A pesar de ello, damos por demostrado que en grados más altos de la histeria existe aquella escisión de la actividad psíquica, y sólo ella parece posibilitar una teoría psíquica de la enfermedad. Ahora bien, ¿que se puede enunciar o conjeturar con verosimilitud sobre la causa y la génesis de este fenómeno? Janet, a quien tantísimo debe la doctrina sobre la histeria, y con quien estamos de acuerdo en la mayoría de los puntos, ha desarrollado sobre esto una visión que no podemos hacer nuestra. Janet sostiene que la «escisión de la personalidad» descansa en una endeblez mental originaría («insuffisance psychologique»); toda actividad mental normal presupone una cierta ;aptitud para la «síntesis», la posibilidad de conectar varias representaciones en un complejo. Afirma que una actividad sintética así es, ya, la fusión de las diversas percepciones sensoriales para formar una imagen del medio circundante; y en muchos histéricos esta operación de la psique se halla muy por debajo de la norma. Un hombre normal, si su atención es máxima en un punto, por ejemplo sí se dirige a la percepción por medio de un solo sentido, perderá provisionalmente la aptitud para apercibir impresiones de los otros sentidos, vale decir, para recogerlas en el pensar conciente. Eso es lo que ocurre en los histéricos, pero sin que medie una particular concentración de la atención. Cuando perciben algo, las otras percepciones sensoriales se les vuelven inasequibles. Más aún: ni siquiera son capaces de aprehender en unidad las impresiones de un solo sentido. Por ejemplo, pueden apercibir sólo las percepciones táctiles de un lado del cuerpo; las del otro lado llegan, sí, al centro, son utilizadas para la coordinación de los movimientos, pero no son apercibidas. Un hombre así es hemianestésico. En el hombre normal, una representación llama a la conciencia, por vía asociativa, una gran multitud de otras que mantienen con la primera alguna relación; por ejemplo, la apoyan o la inhiben; y sólo las representaciones de vividez máxima son tan hiperintensas que sus asociaciones permanecen por debajo del umbral de la conciencia. En los histéricos, en cambio, esto último es siempre el caso. Cada representación les confisca el todo de su escasa actividad mental; esto condiciona la afectividad hipertrófica de los enfermos. Janet designa «estrechamiento del campo de conciencia», por analogía con el «estrechamiento del campo visual», a esta propiedad de la psique de los histéricos. Las impresiones sensoriales no apercibidas y las representaciones que fueron evocadas pero no entraron en la conciencia se extinguen la mayoría de las veces sin más consecuencias, pero en muchas ocasiones forman agregados y complejos: el estrato psíquico sustraído de la conciencia, la subconciencia. La histeria, basada en lo esencial en esta escisión de la psique, sería, según Janet, «une maladie de faiblesse»; y por eso se desarrollaría de preferencia cuando sobre una psique originariamente endeble operan otros influjos debilitadores, o cuando se le plantean requerimientos elevados en relación con los cuales la fuerza mental aparece más pequeña todavía. En esta exposición de sus puntos de vista, Janet tiene dada ya su respuesta a la importante pregunta por la predisposición a la histeria, o sea por el typus hystericus (tomando estos términos en el mismo sentido en que se habla de typus phthisicus, entendiéndose por tal el tórax largo y estrecho, el corazón pequeño, etc.). Para Janet, la predisposición a la histeria es una determinada forma de endeblez mental. Frente a ello, nosotros formularíamos nuestra propia visión en estos términos sintéticos: la escisión de la conciencia no sobreviene porque los enfermos sean débiles mentales, sino que ellos lo parecen porque su actividad psíquica está dividida y el pensar conciente dispone sólo de una parte de la capacidad operativa. Nosotros no podemos considerar una debilidad mental como typus hystericus, co mo conjunto de los rasgos predisponentes a la histeria. Acaso un ejemplo ilustre lo que queremos dar a entender con nuestra primera tesis. Muchas veces pudimos observar en una de nuestras enfermas (la señora Cäcilie M.) el siguiente circuito: En un estado de relativo bienestar afloraba un síntoma histérico; por ejemplo, una alucinación martirizadora, obsesionante, o una neuralgia, cuya intensidad aumentaba durante algún tiempo. Disminuía a la vez de manera continua la capacidad de rendimiento mental, y pasados algunos días cualquier observador que no estuviera en el secreto no podría menos que calificar a la enferma de débil mental. Luego era relevada de la representación inconciente (del recuerdo de un trauma psíquico, originario a menudo de un remoto pasado), o por el médico en la hipnosis o por referir ella el asunto de repente, presa de un vivo afecto, en un estado de emoción. Tras ello, no sólo quedaba tranquila y alegre, liberada del síntoma martirizador, sino que uno se asombraba en todos los casos de su rica y clara inteligencia, de la agudeza de su entendimiento y juicio. Gustaba de jugar al ajedrez (lo hacía excelentemente), y aun dos partidas simultáneas, lo cual no podría ser un signo de carencia en la síntesis mental. Era irrecusable la impresión de que en ese circuito la representación inconciente atraía hacia sí una parte cada vez mayor de la actividad psíquica, y mientras más acontecía esto, tanto más pequeña se volvía la parte del pensar conciente, hasta que este descendía a la imbecilidad completa; pero cuando ella se «reunía» {«beisammen»; «volvía a ser una»}, para emplear la acertadísima expresión vienesa, poseía una eminente capacidad de rendimiento intelectual. Entre los estados de las personas normales, no deberíamos aducir aquí, con fines comparativos, la concentración de la atención, sino la preocupación. Cuando alguien está «preocupado» por una representación viva, por ejemplo una cuita, su capacidad de rendimiento mental se rebaja de parecida manera. Puesto que todo observador es influido sobremanera por los objetos de su observación, creeríamos que Janet ha formado su concepción, en lo esencial, sobre el estudio profundizado de aquellos histéricos débiles mentales que están en el hospital o el manicomio porque no pudieron sobrellevar en su vida ordinaria su enfermedad ni la debilidad mental por ella condicionada: nuestra observación de histéricos cultos nos impone una opinión radicalmente diversa acerca de su psique. Creemos «que entre los histéricos uno encuentra a los seres humanos de más claro intelecto, voluntad más vigorosa, mayor carácter y espíritu crítico». La histeria no excluye grado alguno de unas dotes psíquicas efectivas, de valía, si bien es cierto que en virtud de la enfermedad el rendimiento real suele volverse imposible. Y, en verdad, la patrona de la histeria, Santa Teresa, fue una mujer genial de grandísima capacidad práctica. Pero, por otra parte, ninguna medida de necedad, inutilidad o defecto de la voluntad protegen de la histeria. Aun prescindiendo de todo cuanto no es sino consecuencia de la enfermedad, es preciso admitir como harto frecuente el tipo del histérico débil mental. Sólo que tampoco aquí se trata de una estupidez letárgica, flemática, sino más bien de un grado exagerado de movilidad mental, que lo torna a uno incapaz, Volveré luego sobre el problema de la predisposición originaria. Aquí sólo debe quedar establecido lo inaceptable de la opinión de Janet, para quien una endeblez mental se encuentra en la base de la histeria y de la escisión psíquica. En total oposición al punto de vista de Janet, yo opino que en muchísimos casos hay en la base de la desagregación {Desaggregatíon} un mal rendimiento psíquico, la coexistencia habitual de dos series de representaciones heterogéneas. A menudo se ha señalado que no sólo actuamos «mecánicamente», de suerte que en nuestro pensar conciente discurren series de representaciones que nada tienen en común con nuestra actividad, sino que somos capaces de unas operaciones inequívocamente psíquicas mientras nuestros pensamientos «se ocupan de otra cosa». Por ejemplo, cuando leemos en voz alta con total corrección y con la entonación que conviene, y sin embargo no sabemos en absoluto qué hemos leído. Es sin duda grande el número de actividades, desde las mecánicas, como hacer calceta o ejecutar escalas en el piano, hasta aquellas que de alguna manera condicionan cierta operación anímica, que muchos hombres son capaces de realizar con espíritu a medias presente; en particular hombres que, por su gran vivacidad, se sienten martirizados en ocupaciones monótonas, simples, carentes de atractivos, y al comienzo se crean de una manera bien deliberada el entretenimiento de pensar en otra cosa. («Teatro privado», en el historial clínico nº 1, el de Anna O
