PERSPECTIVAS: Familia, terapia y posmodernidad

PERSPECTIVAS: Familia, terapia y posmodernidad

Martín Wainstein

La familia es uno de los primeros contextos sociales del
desarrollo humano. Sin embargo, ha tenido escasa presencia
en los currículos universitarios tradicionales. Hoy la terapia
familiar se encuentra ante el desafío de cumplir la expectativa
social de ser un lugar de referencia en un contexto descreído
de las creencias de validez general.
A partir del siglo XIX, la antropología, la etnología y la
sociología se interesaron por la familia como motivo de
estudio, comparando su existencia y diversidad en diferentes
regiones geográficas y culturas y en distintas épocas
históricas. El conocimiento científico se introducía en un tema
que hasta ese entonces, como otros muchos temas, había
sido patrimonio de la religión.
Las teorías sobre su origen y el sentido de su constitución
admitieron varias versiones. El estudio comparativo de
la familia entre los diferentes pueblos y culturas suscitó
polémicas y llamativos cambios de orientación en el corazón
del pensamiento antropológico.
Durante el siglo XIX y principios del siglo XX, los antropólogos
trabajaban bajo la influencia del evolucionismo biológico.
Su idea era ordenar los datos de forma que coincidieran
las instituciones de los pueblos más simples con una de
las primeras etapas de la evolución de la humanidad,
mientras que las de la modernidad corresponderían a las
etapas más avanzadas de la evolución. Así, por ejemplo,
la familia basada sobre el matrimonio monógamo —que en
nuestra sociedad se consideraba la institución más loable
y apreciada— no podía encontrarse en las sociedades
salvajes, eso era propio de las sociedades típicas de los
albores de la humanidad. Se inventó, caprichosamente,
una periodización de la historia en etapas «primigenias» en
las que rigió el «matrimonio de grupo» y la «promiscuidad».
Se acudió, por consiguiente, a una distorsión y a una
interpretación errónea de los hechos. El inicio de los
tiempos se explicaba por el contraste de una sociedad
bárbara que desconocía las sutilezas de la vida social,
presentadas como propias del hombre civilizado posterior
y actual. Las diferencias entre culturas se catalogaban
cuidadosamente como vestigios de un tipo más ancestral
de organización social.
A medida que los estudios de arqueólogos, antropólogos
e historiadores avanzaron, la acumulación de nuevos datos
hizo evidente que el tipo de familia característico de la
civilización actual basado en una pareja monógama, unida
mediante algún ritual específico de matrimonio, establecida
independientemente, cultivadora del afecto mutuo y hacia
sus hijos, si bien muchas veces se presentaba sumergida
en una trama de relaciones más extensas, fue siempre
predominante. Esto ocurría más allá de la simpleza o
complejidad de la organización social o del nivel tecnológico
alcanzado (Levy-Strauss, 1983).
El saber actual concluye que más allá de lo que pudiera
haber ocurrido en un origen aun hoy inaccesible, con pocas
variaciones, la vida familiar estuvo presente y está presente
en prácticamente todas las sociedades humanas.
“Papá, mamá y los chicos” es un fenómeno predominante de las
relaciones humanas, aun en la más amplia diversidad cultural.
Las excepciones a esta regla indican que si bien posiblemente
no es la familia una necesidad imperiosa o natural de la vida
social, ha sido históricamente una necesidad general.
Los patrones de conducta que definen rituales de unión,
reproducción y crianza, compartidos de algún modo en
un marco de derechos y prohibiciones sexuales, legales,
económicas y en un régimen de lealtades afectivas
sustentadas en el amor, el temor y un código de respetos
mutuos legitimadas por la tradición y las costumbres, han
registrado transformaciones, en general relacionadas con el
modo de producción y el trabajo. Pero aun así persisten y
constituyen invariantes que permiten pensar a la familia como
un universal.
Familia y Psicología
El origen de la inquietud por lo psicológico se pierde en los
tiempos remotos, en la mitología, la filosofía y la religión.
Aquellos origenes estaban signados por la preocupacion en
las relaciones del hombre con los dioses y luego en nuestro
mundo y con Dios.
Podria decirse que el ghombreh (que entonces, obviamente era
un varon) primero busco un lugar entre los dioses del Olimpo,
luego, mediante la filosofia cristiano aristotelica, se preocupo
por como cultivar su alma dentro de un cuerpo imperfecto y,
a partir del cartesianismo, se fragmento en una conciencia
pensante separada de su cuerpo. Ese gindividuoh dividido
en biologia y espiritu era basicamente una conciencia llena
de ideas o pensamientos que el asociacionismo hobbesiano
busco convertir en la base explicativa de toda vida social.
Cuando hacia fines del siglo XIX Wundt le da a la disciplina un
estatuto propio, le define una perspectiva experimentalista y
una social. De ambas perdurara la experimental y persistira
como paradigma predominante un sesgo individualista de
subjetividad personal y privada. Se trate del Funcionalismo,
el Conductismo, la Escuela Rusa de Bechterev y Pavlov, la
Gestalttheorie o el Psicoanalisis, el individuo, la conducta
individual y la subjetividad privada seran el objetivo de un
pensamiento que no se extendera mucho mas alla del estudio
y la determinacion de diferencias individuales. El contexto en
el que ese individuo habitaba, quedaba en las teorias reducido
al ambiente, al estimulo o a un factor desencadenante de un
mundo de complejas representaciones ginternash.
Mientras durante la primera mitad del siglo XX la familia fue
tema de estudio y de investigacion de la antropologia, la
sociologia, la historia y la historia social moderna, la psicologia
permanecio ausente, aun en su rama mas gsocialh, la
psicologia social. Esto sorprende, pues probablemente todo
psicologo compartiria la nocion de que a la persona hay que
comprenderla y estudiarla teniendo en cuenta su contexto
social y su mundo de relaciones. Tambien el psicologo medio
aceptaria el lugar comun de que la familia es el contexto
fundacional de la vida humana y el sitio donde las personas
pasan la mayor parte de esa vida.
La familia en el mundo academico
La sorpresa no es menor cuando nos acercamos al mundo
academico; alli resulta que hla familiah, uno de los primeros
contextos sociales del desarrollo humano y de los principales
predictores del ajuste psicosocial de la persona, ha tenido
tradicionalmente escasa o casi nula presencia en los
curriculos universitarios.
Aunque las actuales aplicaciones profesionales de la
psicologia se han extendido y abarcado disciplinas e
instituciones como la comunidad, la escuela, las migraciones,
el derecho de familia y la minoridad o problemas como las
adicciones, la violencia familiar y de genero, la inclusion social
de jovenes, etc., la familia permanece excluida o apenas
nombrada como un item en los programas de Psicologia del
Desarrollo o Psicologia Clinica.
El lector curioso puede remitirse a los manuales mas
actualizados de la disciplina o leer las propuestas de regulacion
academica de ensenanza de la Psicologia mas actuales en
nuestro pais. En ellas el topico apenas se menciona. Si se
compara su presencia con una gran cantidad de otros temas
en lo que hace a los criterios de intensidad en la formacion
practica y los estandares de contenidos minimos curriculares
para la formacion del psicologo, la familia no es un tema
especifico de estudio, como si lo son el grupo y el liderazgo,
las instituciones, las organizaciones y la comunidad (Boletin.
Oficial, 2009).
Si intentamos buscar el tema por el lado de la Psicologia
Social academica, una perspectiva singular de la Psicologia
en la cual se abordan un cumulo de contenidos, entre los que
se entrecruzan aspectos sociales, historicos, psicologicos y
biologicos, es obvio que la familia debiera estar presente como
un tema de estudio gestrellah en el campo. Llamativamente, no
es asi. Hace apenas diez anos, ante la ausencia del tema en
la Psicologia Social gtradicionalh estadounidense, Crosbie-
Burnett y Lewis (1993) afirmaban con ironia que la Psicologia
Social estudiaba glos grupos no familiares de individuosh. En
Espana (Gracia,Musitu; 2000) llamaban la atencion sobre gsu
pobre estatus frente a otras asignaturash.
La familia como agente terapeutico
Han pasado algo mas de cien anos desde que en 1896
Lightner Witmer establecio la primera clinica psicologica en
la Universidad de Pennsylvania y „Ÿpoco despues„Ÿ fundo la
primera revista especializada en el tema, proponiendo una
nueva profesion con el nombre de gPsicologia Clinicah. En
estos cien anos, cada teoria psicoterapeutica que surgio se
auto postulo como basada en ciertas verdades fundamentales
sobre el ser humano. Todas fueron renuentes a autoevaluarse
como emergentes y contribuyentes de su contexto historico
cultural y del espiritu de su tiempo. Las teorias se convirtieron
en gescuelash, con toda la resonancia institucional, cultural,
profesional y de intereses que el concepto conlleva. Esto
motivo que algunos anos atras, Gergen (1991) propusiera
contemplar las psicoterapias como enmarcadas en corrientes
culturales. Se referia a las teorias psicologicas y a sus
practicas psicoterapeuticas como un reflejo de corrientes
culturales que le hacian de contexto a su produccion. Abrio
algunas hipotesis especificas acerca de la Psicologia y la
Psicoterapia desde una perspectiva sociologica similar a la
que utilizo Kuhn para explicar la existencia y cambios de las
teorias cientificas en general.
Gergen definio las teorias psicoterapeuticas como vinculadas
a dos visiones del ser humano dependientes del momento
histórico y de ciertos modos de organización social, una
romántica y otra moderna. La psicología clínica romántica
promovía una perspectiva teórica de difícil contrastación
empírica y fundada en la creencia en una tendencia innata,
inconsciente y trascendente encaminada a una realización
existencial del ser humano. En sus supuestos epistemológicos,
el sujeto de esa psicoterapia encierra un conflicto atemporal
e inobservable, de características trágicas, del cual como un
solitario gaucho de la pampa podrá emerger únicamente
ayudándose en la soledad de su propio proceso terapéutico.
El psicoanálisis y las terapias humanísticas coinciden con esa
descripción. El terapeuta es más un testigo abstinente que un
operador proactivo.
Los modelos modernistas o racionalistas se ubicaban en el
otro polo, contraponiendo lo insondable con lo contrastable,
observable y sujeto a verificación empírica. Inicialmente, en su
forma radical, los emuladores del conductismo metodológico
habían suprimido lo mental arrojando el niño con el agua de
la bañera o, al decir irónico de William James, esa psicología
suprimió la mente y perdió la cabeza. El paciente parecía
convertirse en un manojo de reflejos. Cuando esta reducción
ya se hacía insostenible, el surgimiento de la psicoterapia
cognitivo-conductual en los años sesenta abrió una vía para
saltar estas dificultades. Aun así, la familia no entró en sus
técnicas principales.
Cerradas sus puertas en la psicoterapia individual tradicional,
prácticamente debió entrar por la ventana. Ya fuera en
los Estados Unidos o en la Argentina, el establishment
psicoanalítico prohibía la inclusión de los parientes. En la
década del cincuenta, los primeros tratamientos con parejas
y familiares se realizaban (o simulaban) como investigaciones.
Se comenzó a desarrollar una antropología de la vida hogareña
y cotidiana de la que algunos clínicos y otros profesionales se
pusieron a la cabeza. Se había empezado a hacer visible el
marco familiar de los trastornos psiquiátricos.
Al trabajar los pioneros con la hipótesis de una matriz socialfamiliar
en los problemas mentales, el marco teórico de
referencia los trasladó primero hacia la Microsociología y la
Psicología Social y luego a la necesidad de una teoría que
pudiera dar cuenta del efecto que las palabras tenían en
las interacciones reales, la comunicación humana en la que
se delineaba la crianza y la vida cotidiana de las personas
(Bateson, 1951).
Con dificultad para trabajar con las familias usando los
conceptos provenientes de una psicología de conductas
individuales y de subjetividades “intracraneales”, los noveles
“terapeutas familiares” eligieron para acercarse al “nuevo”
objeto de estudio las novedosas ideas científicas que
cuestionaban los enfoques tradicionales de la ciencia positiva
vigente. Introdujeron en el estudio de las personas y sus
familias los conceptos de la Teoría General de los Sistemas, la
Cibernética, la Teoría de la Información, la Nueva Lingüística
y reconstruyeron la Teoría de la Comunicación, tendiendo un
puente entre esas nuevas ideas y las cuestiones psicosociales
y convirtiendo la familia en un laboratorio de investigación
psicológica y psicoterapéutica (Bateson,1972).
La familia empezaba a ser descripta como una
“mente” compleja, un sistema constituido por patrones
comunicacionales observables, recursivos y relativamente
estables. Un sistema que mediatizaba las relaciones entre
el ser humano, sus pensamientos y creencias y el entorno
de la vida social más amplia, un sistema que se desarrollaba
en un ciclo vital familiar que entrelazaba lo biológico con
lo social, constituyendo la individualidad psíquica del ciclo
vital personal a lo largo de toda la vida. Un sistema que, en
continua adaptación a su entorno, muchas veces generaba
dificultades funcionales cuyo resultado eran malestares
significativos (o patologías) instalados en alguno o algunos
de sus miembros.
La idea de una nueva forma de terapia surgía de hecho:
si la familia podía construir la insania o los problemas,
también podría participar en la construcción de la cordura
o las soluciones. Como la desensibilización sistemática, la
interpretación de los sueños o la corrección de esquemas de
pensamiento inadaptativos, la familia ingresó al conjunto de
los recursos terapéuticos.
Estas ideas eran excéntricas al establishment de la
psicoterapia, tanto como los primeros terapeutas eran
también marginales a él: un fotógrafo-bibliotecario como
Jay Haley, un antropólogo y epistemólogo como Gregory
Bateson, un ingeniero industrial como John Weakland, un
hipnólogo famoso tanto por la rareza de sus intervenciones
como por los éxitos de sus tratamientos como Milton
Erickson, un famoso psicoanalista de niños neoyorkino
que entró en herejía como Nathan Ackerman, el irreverente
y solitario psiquiatra Carl Whitaker y Salvador Minuchin, un
exótico médico argentino recién llegado en 1950 a Nueva
York desde Entre Ríos, vía Haifa, que trabajaba con familias
neoyorkinas sin casi conocer el inglés, fueron algunos de los
que sentaron las bases de una “escuela de la Costa Este” y
una mitológica “escuela de Palo Alto” en la costa Oeste de los
Estados Unidos.
Un poco por el inicial aislamiento político-profesional en un
contexto científico behaviorista y psicoanalítico, otro poco
por la tendencia de todas las ideas nuevas a agruparse
en “escuelas” para sobrevivir los avatares de las luchas
interprofesionales, en el movimiento de terapia familiar
predominó cierto dogmatismo que los llevó a plantear la
necesidad de una hegemonía de la terapia familiar y cierta
desvalorización de toda otra forma de terapia en el tratamiento
y la resolución de los problemas mentales.
La hegemonía de la terapia familiar, reemplazando a la
psicoterapia, fue un sueño corto. Lo que efectivamente ocurrió
fue que se esparció por el mundo como un procedimiento
elegido en exclusividad por algunos terapeutas y como
auxiliar de casi todas las formas de psicoterapia ejercidas
por otros. Se convirtió también en una variante de la terapia
que aplicó a su quehacer como lo había sido desde su
nacimiento las ideas más actualizadas del desarrollo general
del conocimiento de cada momento posterior.
El impacto de la postmodernidad
La idea de una etapa histórica concreta llamada posmodernidad
está tan difundida como discutida. De todos modos, el
concepto hizo lugar a la idea de que desde la posguerra
mundial se desarrolló y predomina hoy cierta cultura que
desacraliza las grandes creencias y teorías, incluidas aquellas
que caen en la denominación de “religiones” y “ciencia”.
Se cuestiona la búsqueda –heredada de la Ilustración de
una verdad y predomina un relativismo amparado en el
descreimiento, la ambigüedad y cierto desencanto por la
ideas de razón, legitimidad, estabilidad, progreso o libertad
que hasta entonces guiaban las instituciones.
Entre los pocos años que transcurrieron desde la posguerra a
la actualidad, se asistió también a varios fenómenos como la
modernización tecnológica, la proliferación de los medios de
comunicación de masas y las telepresencias, la urbanización
acelerada y los procesos migratorios masivos y veloces.
Cuánto y cómo afecta esto la conducta humana es un tema
de conversación cotidiano en gran parte del planeta.
Cuánto y cómo esto afectó la vida de la familia tiene su
reflejo en las interacciones familiares de cada día. La rutina
de la familia rural de hace cien años recibió el impacto de
las migraciones a las grandes urbes, de la duplicación de la
esperanza de vida, del control de la fecundidad natural y el
desarrollo de la fecundidad asistida en sus múltiples variantes
que incluyen hoy una potencial clonación de seres humanos,
del fin del amor religioso y romántico “como amor para toda
la vida”, de la legitimación del matrimonio homosexual, del
surgimiento de las familias mono parentales, homo parentales,
ensambladas, etc.
Así, la familia va a tono con un estado de saturación social y
diversidad de discursos en los que, más allá de las discusiones
epistemológicas, la antigua pregunta humana por la verdad
de las cosas se disuelve en el caos social, familiar y en el de la
misma reflexividad de cada persona individual. El surgimiento
de voces e identidades singulares que reclaman verdades
particulares se nutrió de la duda y la quiebra de la confianza
otorgada a la razón hasta los principios del siglo XX. Esa
verdad que debía guiar los pasos de la humanidad, anhelada
y buscada por los empiristas de los siglos XVIII y XIX, cuyo
camino fiable parecía ser el método científico, pasó a ser
tanto en los círculos de pensamiento como en la vida familiar
una cuestión de perspectivas o puntos de vista.
Las ideas constructivistas y construccionistas registraron y
teorizaron que la realidad parecía construirse dentro de esas
perspectivas y que estas son productos de intercambios y
consensos surgidos en la comunicación interpersonal.
En su práctica, la terapia familiar se encontró con estos
problemas en la forma de conflictos ideológicos y de
valores generacionales y de género en el seno mismo de las
familias. ¿Cómo construir un consenso de convivencia si una
construcción de realidad es tan adecuada como cualquier
otra? ¿Cómo definir criterios de crianza o de organización
familiar si los referentes externos son ambiguos?
Los modelos narrativos, al reemplazar la idea de verdad por
la de verosimilitud y la de realidad por la de ficción facilitaron
por un lado la expresión singular y los deseos de cada uno,
pero ante las necesidades de una realidad como la familiar
parecen convocar a veces tanto hacia el nihilismo como hacia
la parálisis. Las familias se preguntan hoy: ¿Dónde poner los
niños durante el día? ¿Cuáles son las reglas de crianza ante
un mundo cada vez más complejo? ¿A qué edad se puede
cruzar la calle regulada por semáforos inciertos? ¿Cómo se
comunica a un niño que esa legalmente señora era un varón
y ahora va a tener un bebé?
La psicoterapia buscó a partir de los ochenta, desensibilizar
o “identificar” pensamientos y emociones negativas y
reemplazarlos mediante el descubrimiento guiado, el
cuestionamiento socrático, la solución de problemas o las
experiencias emocionales correctivas, es decir “poner un
argumento alternativo allí donde está el defecto”, convirtiendo
al paciente en un científico que no se equivoque.
Hace cien años se pensaba que si algo andaba mal era
porque no se lo conocía lo suficiente o no se aplicaban bien
los conocimientos disponibles, pero el siglo XXI trajo la buena
nueva de que todos somos expertos y la brecha entre ciencia
y cultura lega se va achicando a medida que se impone la
noción de que la “validez depende de las creencias” (Gergen,
1992) o de que “el yo es un cuento” y se ha vuelto algo
distribuido y dependiente de los accidentes de la trama social
(Bruner, 2003).
Se llame posmodernidad u otra cosa, la terapia familiar
–y quizás toda forma de terapia se encuentra hoy ante el
desafío de cumplir una expectativa social de ser un lugar
de referencia en un contexto descreído de las creencias de
validez general. La perspectiva sistémica construccionista
se introduce en este desafío cuando cuestiona la suposición
de que las palabras pueden hacer un mapa del mundo con
precisión u objetivamente proponiendo que no tiene mucho
sentido preguntarse si una teoría científica, una enseñanza
religiosa o un sistema de ideas –incluyendo el construccionismo
social son verdaderos o falsos. O que en la práctica clínica el
conocimiento obtenido no puede separarse del proceso de
conocer y este siempre implica una axiología (Mahoney, 1991).
Sostiene como premisa que hay verdades locales, que las
reglas de legitimidad debieran ser construidas sin obviar los
conflictos y la diversidad de voces mediante acuerdos entre
personas que piensan y viven en situaciones diversas. Le
interesa que esos acuerdos de significado implican la vida
de esas personas: ¿Cómo determinado conjunto de ideas
contribuyen a nuestro bienestar, familiar o social? ¿Cuales son
sus ventajas y desventajas? ¿Cómo contribuyen a una mayor
sumisión o autonomía de un grupo social o de una madre?
¿Cómo hacen sustentable el planeta o el hogar o lo destruyen?
El trabajo por esos acuerdos, tanto en las relaciones
familiares como en los sistemas más amplios que la familia,
como la escuela o la política, se construye dialógicamente en
una praxis social que solo parcialmente podrá satisfacer la
subjetividad personal.
Martin Wainstein. Sociólogo, Psicólogo, Doctor en
Psicología, Profesor Adjunto Regular de Psicología Social y
Profesor Adjunto a/c de Teoría y Técnica de la Clínica Sistémica
de la Facultad de Psicología de la UBA, Profesor Titular de
Psicología de la Personalidad en al Universidad de Palermo.

Referencias bibliográficas
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