Perspectivas. El psicólogo como psicoanalista: Problemas de formación y autorización

Perspectivas: El psicólogo como psicoanalista: Problemas de formación y autorización

Por María Eugenia González y Alejandro Dagfal

Resumen
Este estudio de revisión resume la historia de la figura del
psicólogo argentino como psicoanalista, poniendo el énfasis
en los problemas ligados a su formación y a su “autorización”.
El recorrido realizado se sitúa en una zona de cruces entre el
campo académico y el ámbito de las instituciones analíticas
privadas, abordando cuestiones legales y sociales, ligadas a
la habilitación, el reconocimiento y la identidad profesional de
los psicólogos.

Introducción
Hoy en día, en la Argentina, un país en el que el psicoanálisis
detenta un lugar privilegiado, la gran mayoría de aquellos
que lo practican tienen un título habilitante: el de psicólogo.
Sin embargo, ya desde Freud, la universidad no resultaba
indispensable para la formación de los analistas, que
requerían para ello de instituciones específicas, dependientes
de las asociaciones oficialmente reconocidas (Freud,
1919). Al mismo tiempo, en nuestro país, para el Estado, el
psicoanálisis no deja de ser una práctica psicoterapéutica y,
como tal, está legalmente reservada a los médicos (desde
hace más de un siglo) y a los psicólogos (desde los años
’80). En la década del 60, la figura del psicólogo-psicoanalista
surgió justamente en esta zona de cruces entre la formación
universitaria, la habilitación estatal, la autorización privada y la
legitimación social. En este artículo nos interesa examinar los
problemas que planteó (y que aún plantea) el surgimiento de
esa nueva figura profesional en esa zona de cruces.

Psicoanálisis y psicología
El psicoanálisis, como corpus teórico, como método de
investigación y como terapia, se presenta desde el vamos
como un objeto complejo, tanto en su construcción como
en sus efectos. Pero la disciplina freudiana no se deja
reducir a esas tres dimensiones (la teoría, la investigación del
inconsciente, la cura), sino que, además, al igual que Freud,
los psicoanalistas siempre han afirmado que el psicoanálisis
es también un “movimiento” (Freud, 1914). Es decir, que han
invocado su pertenencia a una formación colectiva, con
sus propios fines organizacionales, en un sentido cercano
al de los movimientos políticos o incluso religiosos, que
se encolumnan detrás de un líder (Vezzetti, 2000). Esta
dimensión queda de manifiesto en el largo siglo de vida del
psicoanálisis, el que, como todo movimiento, ha sido marcado
por escisiones, rupturas, fidelidades, traiciones, desviaciones
y retornos al hogar paterno. Casi podría decirse que la historia
de ese movimiento se ha constituido en una verdadera novela
institucional, que en el presente podría abordarse desde un
punto de vista etnológico o antropológico (en términos de
pertenencia, ritos de pasaje, reglas que rigen el acceso a
posiciones de autoridad, etc.).[i]
En todo caso, el psicoanálisis, con sus distintas vertientes y
escuelas, a lo largo del siglo XX (y en lo que va del siglo XXI),
ha marcado profundamente la cultura de Occidente (e incluso
la de algunos países de Oriente), a tal punto que sería difícil
encontrar otras formaciones de saber u otras corrientes de
pensamiento (a excepción, quizás, del marxismo) que hayan
tenido una capacidad semejante de atravesar un conjunto
comparable de formaciones disciplinares, instituciones y
representaciones culturales. En este sentido, la disciplina
freudiana ha permeado de los modos más variados el
pensamiento contemporáneo, tanto en los saberes y nociones
más difundidos en la sociedad como en la producción
intelectual “alta” y el ámbito académico.
La psicología, por su parte, preexiste al psicoanálisis y, en la
mayor parte de sus vertientes, poco ha tenido que ver con
él. En efecto, si se examina la historia de la disciplina, puede
comprobarse que la amalgama que se ha naturalizado en
nuestro país entre psicología y psicoanálisis es más bien la
excepción que la regla. A principios del siglo XX ya podían
encontrarse diversas tradiciones psicológicas que gozaban de
reconocimiento académico (como la psicología experimental
alemana, la psicología patológica francesa, la psicología
diferencial inglesa y el conductismo norteamericano) mientras
que el psicoanálisis era apenas una disciplina marginal, que
no lograba ser reconocida dentro de la medicina oficial. No
obstante, es cierto que, durante la segunda posguerra, el
psicoanálisis alcanzó un auge inusitado en el seno de las
prácticas y los saberes que constituyeron el movimiento de la
salud mental, desde la psiquiatría hasta las ciencias sociales,
pasando por la psicología clínica.
En países como Inglaterra y Estados Unidos, esta expansión
del freudismo, tanto en el sistema de salud como en la cultura,
iba a durar relativamente poco tiempo. En otros, como
Francia y Argentina, la implantación del psicoanálisis no sólo
se iba a amplificar gracias a su inclusión en el movimiento
de la salud mental, sino que se iba a multiplicar a partir de
su ingreso en las carreras de psicología. En esos países, la
asociación entre psicoanálisis y psicología no iba a resultar
un matrimonio efímero o circunstancial, sino que forjaría
una unión destinada a perdurar. De este modo, mientras
que en el resto del mundo el humanismo de la posguerra
dejaba su lugar al auge de las psicologías llamadas científicas
(particularmente al cognitivismo), en Francia, pero más aún en
Argentina, cobraba fuerza una nueva psicología de filiación
psicoanalítica.

El surgimiento del psicólogo-psicoanalista como nuevo profesional
En Francia, es conocida la influencia que tuvo Daniel Lagache
como referente identitario para los primeros psicólogos,
formados entre fines de los ’40 y principios de los ‘50. No
sólo fue médico y filósofo (como Pierre Janet y Georges
Dumas) sino que también era un reconocido psicoanalista,
que, en 1953, encabezó la primera escisión de la Société
Psychanalytique de Paris, liderando la creación de la Société
Française de Psychanalyse, junto con Jacques Lacan y
Françoise Dolto. Más aún, en 1947 fue el primer psicoanalista
en hacerse cargo de una cátedra de psicología en la
Sorbona. En efecto, ese año sucedió a Paul Guillaume (un
psicólogo científico estudioso de la Gestalt) en la cátedra de
Psicología General. La clase inaugural que Lagache dictara
en 1947, ampliada y convertida en libro, iba a transformarse
en una verdadera consigna para los psicólogos franceses.
La unidad de la psicología (así se llamó el texto) implicaba
todo un proyecto disciplinar, en el que la psicología clínica
y la psicología experimental se fundían en una única teoría
general que tenía por objeto la conducta y que reconocía
el psicoanálisis como matriz teórica fundamental (Lagache,
1949). En ese marco ecléctico (en el que la unidad era más
una expresión de deseos que un logro efectivo), se daban
cita la psicología social norteamericana (particularmente Kurt
Lewin), la tradición psicopatológica francesa (Janet, Dumas,
Blondel) y el psicoanálisis annafreudiano, por no mencionar
cierto aire filosófico humanista y Sartriano).
En Argentina, el proyecto lagachiano fue retomado por
Enrique Pichon-Rivière, uno de los miembros fundadores
de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Pero sobre todo,
fue difundido por sus discípulos más ilustres, que ocuparon
puestos destacados en las cátedras de las primeras carreras
de psicología, creadas entre 1955 y 1959. Atravesados por el
pensamiento francés, ellos hicieron una adaptación particular
de las ideas de Lagache al contexto local. José Bleger, en
particular, con su Psicología de la conducta y su filiación
marxista, se erigió en referente de los primeros psicólogos
argentinos (Bleger, 1963). En el proyecto disciplinar de
este psiquiatra-psicoanalista, la unidad de la conducta
de Lagache se articulaba con la dialéctica hegeliana, el
drama politzeriano y el psicoanálisis kleiniano, que era una
marca en el orillo de los analistas rioplatenses. En el ámbito
profesional, consecuente con sus ideas políticas, el joven
Bleger concebía una nueva psicología ligada a los ideales
reformistas de la salud mental (que él aún denominaba
“higiene”), basada en el psicoanálisis operativo (una versión
del psicoanálisis aplicado que abrevaba menos en Wilfred
Bion que en su propio maestro y analista: Pichon-Rivière).
Esta “psicohigiene”, en clave marxista y humanista, concebía
a un psicólogo comprometido con su realidad social, en la
que debía insertarse como agente de cambio (Bleger, 1966).
Hoy resulta paradójico recordar que, por diferentes
razones, ni los fundadores de las carreras de psicología ni
Bleger anhelaban que los psicólogos se convirtieran en
psicoanalistas. Los primeros, porque creían en una psicología
científica que no necesariamente privilegiaba el ámbito de la
clínica (aún reservado a los médicos).
El segundo, porque estimaba que los psicólogos tenían que
cumplir un rol social más ambicioso, ligado a la prevención.
Respecto de ese rol, la atención de pacientes en consultorio,
según el modelo médico tradicional, implicaba un retroceso
del plano social a la esfera individual. No obstante, los
psicólogos parecían tener sus propios planes. Más allá de
las enseñanzas de sus maestros, adoptaron el psicoanálisis
de manera masiva. Pero no sólo como marco teórico y matriz
identitaria, sino también como modelo para un tipo de práctica
clínica que, en los hechos, ignorando los consejos de sus
mayores y las prohibiciones legales, los fue convirtiendo en
psicólogos-psicoanalistas.
Problemas planteados por el ejercicio del psicoanálisis por
parte de los psicólogos
El ejercicio de las psicoterapias en general y del psicoanálisis
en particular por parte de los psicólogos planteó desde el
comienzo innumerables problemas de diversos órdenes. En
primer lugar, en la Argentina surgieron problemas de tipo
legal, ya que la ordenanza Nº 2282 del Ministerio de Salud
Pública de la Nación (que desde 1954 reglamentaba la ley
12912 sobre el ejercicio de la medicina) no ofrecía lugar a
dudas. En su artículo primero establecía expresamente que,
“siendo la psicoterapia un procedimiento terapéutico total o
parcialmente sugestivo”, su ejercicio estaba reservado a los
médicos. Por otra parte, aclaraba en su artículo octavo que “los
títulos o certificados extendidos por sociedades psicológicas
o psicoanalíticas, centros docentes o instituciones científicas
particulares sólo tendrán validez honorífica y en ningún caso
habilitarán para el ejercicio de las respectivas especialidades”
(Ministerio de Salud Pública de la Nación, 1954; citado por
Falcone, 1997).
En ese sentido, en mayo de 1959, en la Universidad Nacional
de La Plata (UNLP), un profesor de la Facultad de Ciencias
Médicas solicitó formalmente “la supresión de la rama clínica
del ciclo superior de la carrera de psicología”, ya que la
práctica de la psicología clínica implicaba para él una forma
de “ejercicio ilegal de la medicina” (UNLP, 1960: 43). En el
mes de octubre, acusaciones similares fueron vertidas en la
“Tercera Conferencia de Asistencia Psiquiátrica”, realizada en
Cuyo, en la que se discutió sobre los “títulos habilitantes para
el estudio y el tratamiento del enfermo psíquico”. No obstante,
podría pensarse que este tipo de reticencias sólo provenían
en realidad del campo psiquiátrico. Sin embargo, es claro
que eran compartidas por médicos con otras pertenencias.
Por ejemplo, ya en 1956, Marcos Victoria y Celes Cárcamo
habían explicitado que “la Psicoterapia es una rama especial
de la terapéutica clínica, subsidiaria de la medicina; como tal,
su criterio de aplicación en cuanto a formas y modos debe
ser ineludiblemente médico” (Cárcamo & Victoria, 1956: 51).
En este caso, lo importante es que la afirmación provenía de
quien, un año más tarde, sería el primer director de la carrera
de psicología de la UBA y de uno de los miembros fundadores
de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
En todo caso, parece claro que, a fines de los ’50, en el
mismo momento en el que se creaban las primeras carreras
de psicología (en Rosario, en 1955, en Buenos Aires, en
1957, en Córdoba, San Luis y La Plata, en 1958, y en
Tucumán, en 1959) había un consenso bastante extendido
entre los fundadores de esas carreras, los psiquiatras y los
psicoanalistas sobre el hecho de que los psicólogos no debían
ejercer el psicoanálisis. En la década del ’60, según veremos
más adelante, ese consenso iba a ir resquebrajándose
gradualmente, de distintas maneras y por distintos frentes.
En 1959, en Rosario, en su clase inaugural de la cátedra de
Psicoanálisis de la Universidad Nacional del Litoral, José
Bleger tuvo que hacerse cargo de las paradojas que implicaba
la enseñanza de la doctrina freudiana en la universidad
(Bleger, 1962b). Por un lado, tenía que dar cuenta de cuál era
la pertinencia de enseñar psicoanálisis a futuros profesionales
que estaban legalmente inhibidos para ejercerlo. Por otra
parte, tenía que explicar qué lo autorizaba a transmitir el
psicoanálisis más allá de la asociación oficial, que reclamaba
el monopolio de la formación analítica. Ambos problemas eran
sorteados merced a una división doctrinal. En efecto, según
Bleger, había que separar el psicoanálisis clínico, reservado
a los médicos que se formaban en el Instituto de la APA,
de una variante del psicoanálisis aplicado, el “psicoanálisis
operativo”, que permitía la extensión de las ideas freudianas
a otros dominios vinculados con la escena pública. Era esta
vertiente del psicoanálisis, explorada por Pichon-Rivière en
su relación con la teoría de los grupos, la que Bleger quería
privilegiar en la formación de los psicólogos. Y si bien tuvo
éxito en jerarquizar una suerte de paradigma psicosocial, eso
no impidió que, además, los primeros graduados también se
dedicaran a la atención de pacientes en consultorio.
La aceptación de la práctica clínica de los psicólogos.
Cambios de referencias
En 1962, se organizaron en la ciudad de Córdoba las
“Primeras Jornadas Argentinas de Psicoterapia”. Allí se dieron
cita muchos de los que, en 1959, se resistían férreamente
a la práctica clínica de los psicólogos. Sin embargo, para
esa época, las posiciones se habían morigerado. Mauricio
Goldenberg, por ejemplo, podía decir abiertamente: “Creo
que el psicólogo puede hacer psicoterapia cuando el médico
lo indica; el médico es el que decide cuándo y cómo”
(Goldenberg, 1964: 156). Ese mismo año, Bleger escribía que
el psicólogo clínico, con una formación adecuada, debía ser
“plenamente habilitado para poder desarrollar una actividad
psicoterápica”. “Entre otras razones, es actualmente el
profesional mejor preparado, técnica y científicamente, para
dicha tarea” (Bleger, 1962: 355). Aunque luego relativizaría
esa apreciación diciendo que, desde el punto de vista social,
las carreras de psicología tendrían que ser consideradas un
fracaso “si los psicólogos quedan exclusivamente y en su
gran proporción limitados a la terapéutica individual” (Bleger,
1962, 355). No obstante, era evidente que algunos psiquiatras
reformistas ya se diferenciaban claramente de sus colegas
más recalcitrantes. Otro tanto sucedía con ciertos analistas
(particularmente los discípulos de Pichon) y con algunos
profesores de psicología (como Jaime Bernstein), que, de
un modo u otro acompañaron a los nuevos profesionales en
su lucha por un rol cada vez más independiente de la tutela
médica.
Esquemáticamente, podría decirse que la identidad
profesional de los psicólogos fue forjándose de manera
proactiva, en relación con los modelos que les brindaban
algunos psiquiatras reformistas, ciertos psicoanalistas y
algunos profesores, que les reconocían competencias
específicas para trabajar en el ámbito clínico, ya sea en grupo
o de manera individual. Por el contrario, podría afirmarse que
esa identidad profesional se constituyó de manera reactiva,
por oposición a los roles subalternos propuestos por los
fundadores de las carreras, los analistas más tradicionales y
los psiquiatras asilares, quienes esperaban que el psicólogo
se desempeñara como auxiliar del psiquiatra, como testista,
como psicotécnico o como consejero (Dagfal, 2010). En la
medida en que sus competencias en el campo de la clínica
no eran reconocidas, como reacción, los psicólogos se
aferraban cada vez más al ejercicio de las psicoterapias
desde una perspectiva psicoanalítica. De manera dialéctica,
podría pensarse que la conciencia del “nosotros” se fue
constituyendo por diferenciación respecto de “los otros”.
Lo cierto es que esos primeros psicólogos (en su mayoría
mujeres), durante el transcurso de los años ’60 fueron
accediendo a lugares institucionales a la vez que acrecentaban
su prestigio social como profesionales autónomos. Y todo
esto lo hacían siguiendo diversos modelos derivados de
las teorizaciones freudianas. Si bien la mayoría de ellos se
analizaba, ya sea de manera grupal o individual (muchas
veces con miembros de la APA), la legitimidad del monopolio
de esa institución que aún no los aceptaba como miembros
comenzaba a ser cuestionada. Así, los psicólogos empezaron
a organizar sus propias asociaciones gremiales y sus propios
circuitos de formación paralelos (muchas veces informales,
como en el caso de los grupos de estudio). El golpe del ’66,
por un lado, iba marcar los límites de ese sueño reformista
que los había llevado a adueñarse de la escena social,
favoreciendo el repliegue en los consultorios privados (lo cual
no fue un obstáculo para el creciente reconocimiento de las
competencias clínicas de los psicólogos en el plano social).
Por otra parte, luego del golpe del ’66 y sobre todo a partir del
“Cordobazo”, iban a acelerarse tanto la radicalización política
como el cambio de referencias teóricas.
En ese marco, a fines de los años ’60 comenzaba a
producirse en la Argentina la recepción del estructuralismo.
La conjunción entre Klein, Sartre, Politzer y Lagache que,
de un modo u otro, había seducido a los seguidores de
Bleger, empezaba a vacilar. Por un lado, Althusser y Lacan
representaban una alternativa intelectual que se articulaba
con una orientación clínica novedosa. Oscar Masotta era un
fiel exponente de esta tendencia, que desplazaba el eje desde
la universidad hacia los grupos privados de estudio, cada vez
más numerosos, que desembocarían luego en la creación
de las primeras instituciones lacanianas. Por otra parte, el
auge de un marxismo revolucionario dejaba poco espacio
para el debate intelectual no politizado o para propuestas
consideradas reformistas (Dagfal, 2009).
Este nuevo panorama no iba a dejar de tener sus consecuencias
tanto en el campo académico como en el campo analítico.
En las carreras de psicología, luego del éxodo masivo de
profesores que siguió a “la noche de los bastones largos”,
un recambio generacional se produjo de manera forzosa, de
tal suerte que muchos graduados pasaron a ser docentes.
Algunos, incluso, crearon sus propias publicaciones, como
la Revista Argentina de Psicología (RAP), donde se reflejaban
fielmente los debates de la época. Ya en el primer número
de esa revista, creada en 1969, Oscar Masotta (quien tenía
en su haber la organización de los dos primeros “congresos
lacanianos”) se permitía desafiar ácidamente a Emilio
Rodrigué, el kleiniano presidente de la APA (Masotta, 1969).
A su vez, algunos graduados más recientes, siguiendo a
Louis Althusser, se encargaban de poner en cuestión el
legado blegeriano (Harari, 1970). En todo caso, aunque las
coordenadas teóricas hubieran cambiado, es claro que el
psicoanálisis seguía estando en el centro de los debates
sobre el rol del psicólogo (Bricht et al. 1973).
En cuanto al campo analítico, la autoridad de la asociación
oficial, monopólica durante casi tres décadas, se iba
erosionando muy rápidamente. En primer lugar, la expansión
del “análisis profano”, realizado por los psicólogos, implicaba
una competencia difícil de regular. Sobre todo porque esos
analistas no médicos, en su mayoría, se habían formado con
profesores miembros de la APA y hasta se habían analizado
con ellos.[ii] En segundo lugar, la propia estructura jerárquica
de la APA, que poseía un número muy reducido de miembros,
le impedía hacerse cargo de una demanda social creciente,
que ya no se limitaba a los propios analistas o a las elites
porteñas, sino que se extendía a lo largo del país. Por último, la
politización de los mismos analistas hizo que algunos de ellos
comenzaran a cuestionar, cada vez con mayor vehemencia
la organización jerárquica y la supuesta neutralidad de la
APA respecto de una escena social cada vez más conflictiva
(Langer, 1971). Así, a fines de 1971 se produjeron las
primeras grandes escisiones, con el desprendimiento de
los grupos “Plataforma” y “Documento”, que implicaron para
la institución la pérdida de casi un tercio de sus analistas
didactas, además de muchos de sus miembros adherentes y
candidatos (Carpintero & Vainer, 2005).
Rápidamente, esos analistas renunciantes se acercaron
a otros psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales
comprometidos en el movimiento de la salud mental,
participando en instituciones como la Federación Argentina
de Psiquiatras, la Coordinadora de Trabajadores de Salud
Mental, el Centro de Docencia e Investigación, etc. En
todos esos espacios, bastante heterogéneos, predominaba
un espíritu interdisciplinario en el que los discursos sobre
la revolución social eran articulables con la subversión del
sujeto, en un momento en que la Universidad y la APA,
claramente, ya habían dejado de ser los únicos lugares de
formación reconocidos. Poco tiempo después, en 1974,
se creó la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la primera
institución lacaniana en el Río de la Plata (Izaguirre, 2009). Y es
difícil saber qué hubiera pasado con este circuito institucional
alternativo de no haber mediado el golpe de Estado de 1976,
que cortó de cuajo con las ilusiones revolucionarias y obligó al
exilio a buena parte de los actores involucrados en el proceso
que acabamos de exponer.
Problemas actuales de formación y habilitación
Sería largo detenernos en el estudio del período dictatorial y
en la apertura democrática subsiguiente. Remitimos entonces
al lector a la bibliografía existente (Carpintero & Vainer, 2005;
Klappenbach, 2006, Plotkin, 2003; Izaguirre, 2009; etc.). No
obstante, aunque se trate de una historia más reciente, no
está de más recordar que, durante el período 1976-1983, más
allá del cambio de referencias teóricas, la figura del psicólogo-psicoanalista,
quizás con menos visibilidad, siguió tan vigente
como en etapas anteriores (a pesar de circunstancias políticas
muchas veces dramáticas). La recepción del psicoanálisis
lacaniano, por su parte, recién llegaría a su clímax después de
la recuperación democrática, pero entonces más alejado de
las lecturas althusserianas y más cercano a las teorizaciones
sobre la clínica. Por otra parte, a partir de la normalización
de las universidades y la reapertura plena de las carreras de
psicología, el fenómeno de la masividad fue acompañado por
la adopción del lacanismo como marco teórico de la mayor
parte de las cátedras clínicas (al menos en las universidades
públicas).
Esta combinación entre lacanismo y masividad, que perdura
hasta la actualidad, no conoce equivalentes en el mundo
(ni siquiera en Francia, donde la orientación lacaniana, que
es muy fuerte a nivel institucional, debe compartir espacio
con otras corrientes teóricas). Al mismo tiempo, en esos
años, el lacanismo se expandió como referencia privilegiada
en el sistema de salud, particularmente en las residencias
cubiertas por psicólogos, formados tanto en la universidad
como en las diversas instituciones analíticas. Cabe destacar
que recién en este período la APA empezó a aceptar a los
psicólogos (a partir de 1983), se promulgaron leyes que
regulaban el ejercicio profesional de la psicología en varias
provincias y se establecieron las incumbencias del título a
nivel nacional, por la resolución 2447/85 del Ministerio de
Educación (Klappenbach, 2006).
No obstante, la fuerte difusión del lacanismo en el interior de
las carreras de psicología no iba a estar exenta de tensiones,
en la medida en que se trataba de un psicoanálisis que no
se consideraba parte de la psicología y se oponía a todo
psicologismo, al mismo tiempo que reclamaba su lugar en la
formación de los psicólogos.
Durante años (particularmente en los ’80 y ’90), muchos
lacanianos pusieron el énfasis en una disyunción excluyente
entre psicoanálisis y psicología, en la que el psicoanálisis se
presentaba como el “oro” y la psicología no era más que el
fundamento teórico del “vil metal” de las psicoterapias. En
ese sentido, el rol del psicólogo aparecía como subalterno
al lado del rol idealizado de psicoanalista. En este período
proliferaron las frases hechas y las respuestas ready made,
que funcionaban como postulados autoevidentes, que no
necesitaban ser demostrados. Para los legos y los psicólogos
no iniciados, se trataba de una jerga críptica (Baños Orellana,
1995).
En todo caso, en muchísimos casos, el psicólogopsicoanalista
pasó a ser un psicoanalista (a secas), que en
parte renegaba de su identidad profesional de base.
En los albores del siglo XXI, esta situación viene cambiando
aceleradamente. Por un lado, han llegado a la Argentina
nuevos abordajes psicoterapéuticos (cognitivos, integrativos,
etc.) que, sobre todo, han encontrado un suelo fértil en una
treintena de carreras privadas, más atentas a las demandas del
mercado de la salud y a las exigencias de las prepagas. Esta
nueva oferta ha obligado a los psicoanalistas a dar cuenta de
su propia eficacia psicoterapéutica, la cual, en otros tiempos,
sólo era vista como un producto secundario de la “experiencia
analítica”. A su vez, el campo psicoanalítico se ha modificado.
Lejos del boom de los años ’80, los psicoanalistas han
tratado de adaptarse a los desafíos de la época, elaborando
respuestas teóricas para los nuevos malestares, desde la
bulimia y la anorexia hasta las adicciones, pasando por las
patologías de borde y los problemas institucionales.
En la universidad, las disyunciones excluyentes del pasado
se han morigerado. Los psicólogos-psicoanalistas se han
insertado plenamente en los circuitos académicos, ya sea
como docentes o alumnos de cursos de especialización,
maestrías o doctorados. Han creado revistas con referato
en las que los artículos son evaluados según los usos y
costumbres de la comunidad a académica. Sin embargo,
esto 70no implica que las tensiones entre psicoanálisis y
universidad hayan sido resueltas. Sigue siendo patente la
dificultad para conciliar un discurso analítico que también es
soporte de un movimiento institucional (organizado en torno
de líderes y de transferencias personales) con las exigencias
de universalidad y la laicización de los saberes que implica el
discurso científico. A su vez, desde las instituciones analíticas
se suele criticar el “discurso universitario”, por encarnar un
saber cerrado, lleno de erudición vacua, que no deja lugar a
la particularidad del sujeto y ahoga el deseo.
Por otra parte, los equívocos que se generan en el imaginario
social por la sinonimia entre psicólogo y psicoanalista no dejan
de impactar en el interior de las carreras, sobre todo en lo que
respecta a formación, titulación y habilitación. Legalmente, es
claro que para ejercer el psicoanálisis es necesario un título
universitario habilitante (ya sea de médico o de psicólogo).
Si bien el título de psicólogo es “habilitante”, cada provincia
es autónoma en la regulación del ejercicio profesional (la
mayoría demandan la colegiación para obtener la matrícula,
mientras que otras no). Sin embargo, no existe el “título de
analista” y la formación requerida para ser considerado como
tal depende de la orientación teórica que se siga y/o de la
institución a la que se pertenezca. Por otra parte, además
de la transmisión teórica, la formación de un analista tiene la
particularidad de requerir un análisis personal y la supervisión
de casos. Es claro que estos requisitos, establecidos por el
propio Freud, son difícilmente regulables. Al mismo tiempo,
no pueden implementarse dentro de un marco universitario
(lo cual no garantiza que sean de fácil cumplimiento dentro de
las instituciones).
En suma, la apelación “psicoanalista”, al no depender de
una carrera regulada por el Estado, puede ser utilizada por
cualquier persona, con formación adecuada o sin ella (como
en el caso del “psicoanálisis silvestre”, que preocupaba a
Freud mucho más que el “análisis profano”, practicado por no
médicos que sin embargo estaban capacitados). El ejercicio
clínico del psicoanálisis, empero, al constituir una forma de
psicoterapia (es decir, una cura por medios verbales) está
restringido a los poseedores de un título habilitante. A su
vez, el título habilitante es una condición necesaria pero
no suficiente, ya que la formación que aportan las carreras
de psicología (y más aún las de medicina) es a todas luces
insuficiente para el ejercicio del psicoanálisis (Courel y
Talak, 2001). Por más que ese título se complemente con
formación analítica de posgrado (tanto universitaria como no
universitaria), restan aún los requisitos freudianos del propio
análisis y de la supervisión.
La masividad de los estudios de psicología constituye un
problema adicional, en la medida en que la mayoría de los
graduados aún espera dedicarse a la clínica desde una
matriz psicoanalítica. Pero las condiciones del mercado ya
no son las mismas. En estos momentos hay en la Argentina
más de 60000 psicólogos matriculados (INDEC, 2005). Por
otra parte, más de 63000 alumnos estudian psicología en las
10 carreras públicas o en alguna de las 30 carreras privadas
(Alonso y Gago, 2008). Y la gran mayoría de los psicólogos
y de los estudiantes se concentra en los mismos grandes
centros urbanos.
En 2009, además, por la resolución Nº 343 del Ministerio
de Educación, la carrera de psicología ha sido declarada
de interés público.[iii] Por pedido de AUAPsi y AUAPri (las
asociaciones de unidades académicas de psicología de
universidades públicas y privadas) fue incluida en un grupo
de carreras (como medicina, odontología, ingeniería, etc.) que
deben ser evaluadas periódicamente, siguiendo lo establecido
por la Ley de Educación Superior en su artículo 43.
Como se entiende que el ejercicio de esas profesiones puede
comprometer el interés público “poniendo en riesgo de modo
directo la salud, la seguridad, los derechos, los bienes o la
formación de los habitantes”, la legislación exige que las
carreras declaradas de interés público respeten determinada
carga horaria, algunos contenidos curriculares básicos y
ciertos criterios sobre la intensidad de la formación práctica,
para lo cual deben ser evaluadas con cierta frecuencia.
Y los resultados que arrojarán estas evaluaciones aún son
inciertos, tanto para la psicología como para el psicoanálisis
inserto en las carreras.

Comentarios finales
En este estudio de revisión hemos querido resumir la historia
de la figura del psicólogo argentino como psicoanalista,
poniendo el énfasis en los problemas ligados a su formación
y a su “autorización”. Este recorrido nos llevó a dedicarnos a
una zona de cruces entre el campo académico y el ámbito de
las instituciones analíticas privadas, así como a su relación
con cuestiones legales y sociales, ligadas a la habilitación, el
reconocimiento y la identidad profesional de los psicólogos. Si
bien existen diversos estudios que se han dedicado a muchos
de estos temas, creemos que aún es necesario profundizar
la indagación en lo que respecta a las condiciones actuales
del psicoanálisis. Si bien es un lugar común el subrayar su
hegemonía en las carreras públicas y el destacar la gran
cantidad de instituciones analíticas existentes, no son tantos
los estudios que hayan realizado un relevamiento exhaustivo
de estos dos aspectos (Litvinoff y Gomel, 1975; Di Doménico
& Vilanova, 1990; Vezzetti, 1998; AUAPsi, 1998; etc.). En esa
dirección se orientarán nuestros trabajos futuros, de tipo
exploratorio.

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