Seminario 8: Clase 24: Glissements de sens de l’idéal, 31 de Mayo de 1961 (Los cambios en el sentido del ideal)

Para situar lo que debe ser el lugar del analista en la transferencia, en el doble sentido en que les dije la última vez que hay que situar este Lugar: ¿dónde lo sitúa el analizado? ¿y dónde debe estar el analista para responderle convenientemente? Está claro que esta relación, esto que frecuentemente se llama situación, como si la situación inicial fuera constitutiva, esta relación o esta situación no puede basarse más que sobre el malentendido.

Está claro que no hay coincidencia entre lo que el analista es para el analizado, al inicio del análisis, y lo que justamente el análisis de la transferencia nos permitirá develar en cuanto a lo que está implicado, no inmediatamente, sino lo que está implicado verdaderamente por el hecho de que un sujeto se comprometa en esta aventura del análisis, que no conoce.

Han podido escuchar, en lo que articulé la última vez, que es esta dimensión de lo verdaderamente implicado por la apertura, por la posibilidad, por la riqueza, por todo el desarrollo futuro del análisis, lo que plantea una pregunta del lado del analista. ¿No es al menos probable, no es sensible que él deba ya colocarse en el nivel de ese verdaderamente, estar verdaderamente en el lugar al que deberá llegar en ese término del análisis que es justamente el análisis de la transferencia? ¿Acaso puede el analista considerarse de alguna manera indiferente a su posición verdadera?

Aclaremos las cosas un poco más. Esto puede parecerles, después de todo, que casi no hace cuestión: ¿acaso su ciencia no suple eso? De cualquier forma que se la formule, el hecho que sepa alguna cosa sobre las vías y los, caminos del análisis, no es suficiente, quiéralo o no, para colocarle en ese lugar. Pero es lo que las divergencias en esta función técnica, una vez teorizada, finalmente hacen aparecer: es que allí hay algo que no es suficiente.

El analista no es justamente el único analista, forma parte de un grupo, de una masa, en el sentido propio que tiene ese término en el artículo de Freud Ichanalyse und Massenpsychologie. No es por pura casualidad que si este tema es abordado por Freud, es en el momento en que ya existe una sociedad de analistas. Es en función de lo que ocurre en el nivel de la relación del analista con su propia función, que están articulados una parte de los problemas a los cuales atañe todo lo que se llama la segunda tópica freudiana. Es esta una fase que no por ser menos evidente merece menos ser observada muy especialmente por nosotros, los analistas.

En varias ocasiones me referí a esto en mis escritos. En todo caso, no podemos franquear ese momento histórico de la emergencia de la segunda tópica de Freud, cualquiera sea el grado de necesidad interna que le adjudiquemos en los problemas que se le plantean a Freud. Hay pruebas de ello. Alcanza con abrir a Jones en la página correcta, para darse cuenta de que en el mismo momento en que trajo a la luz esta temática, y específicamente lo que está en este artículo, Ichanalyse und Massenpsychologie, estaba pensando entonces en la organización de la sociedad analítica.

Y recién hice alusión a mis escritos. Marqué quizás de una manera infinitamente más aguda de lo que lo estoy haciendo ahora, todo lo que esta problemática planteó de dramático para él.

Sin embargo hay que señalar aquélla que sobre sale, de una manera suficientemente clara, en ciertos pasajes citados por Jones, sobre la noción de una suerte de kommintern, comité secreto, si bien concebido románticamente, como tal, en el interior del análisis. Es algo a cuyo pensamiento se dejó llevar claramente en algunas de sus cartas.

En realidad, es efectivamente así como enfocaba el funcionamiento del grupo de los siete, al cual verdaderamente tenía confianza.

A partir de que hay una multitud, una masa organizada, de aquellos que están en función de analistas, se plantean todos los problemas que Freud marca efectivamente en este artículo, y que no son otra cosa, como también lo aclaré en su momento, que los problemas de organización de la masa en su relación con la existencia de un cierto discurso.

Y habría que retomar este artículo aplicándolo a la evolución de la función analítica de la teoría que los analistas han hecho, han promovido de ella, para ver qué necesidad hace converger —es casi inmediatamente, intuitivamente, y sensible, comprensible— qué gravitación activa la función del analista respecto de la imagen que puede hacerse de ella, en tanto esa imagen va a situarse precisamente en el punto en que Freud nos enseña a liberar, en el cual Freud lleva a su término la función en ese momento de la segunda tópica, que es aquél del Ich-Ideal, traducción: ideal del yo.

Ambigüedad, a partir de ahora, frente a estos términos. Ich-Ideal, por ejemplo, en un artículo al que me voy a referir dentro de un instante, sobre Transferencia y amor, artículo muy importante para nosotros, que fue leído por sus autores en la Sociedad Psicoanalítica de Viena en 1933 y que fue publicado en Imago en 1934. Es más fácil conseguir el Psychoanalytic Quarterly de 1939, donde fué traducido al inglés con el título de Transference and love. El ideal del yo es traducido al inglés por Ego ideal. Ese juego del lugar en el impulso (élan) del determinante en relación al determinado, para decirlo todo, del orden de la determinación, es algo que no por casualidad juega su rol.

Alguien que no sepa alemán podría creer que Ich-Ideal quiere decir yo ideal. Hice notar que en el artículo inaugural en el cual se habla del Ich—Ideal, del ideal del yo, Zur Einführung des Narzisemus de vez en cuando aparece Ideal—Ich. Y Dios sabe que para todos nosotros es un tema de debate; algunos, yo mismo, dicen que no se podría ni por un instante descuidar bajo la pluma de Freud, tan precisa en lo que se refiere al significante, una tal articulación, y otros dicen que es imposible, examinando el contexto  detenerse de alguna manera allí.

Sin embargo hay una cosa segura, y es que aún  los que están en esta segunda posición serán los primeros, como lo verán en el próximo número de Analyse, en diferenciar efectivamente en el plano psicólogo al ideal del yo, del yo ideal. Nombré a mi amigo Lagache, de quien verán que en su artículo sobre la Estructura de la personalidad, hace una distinción de la cual puedo decir, sin por eso disminuirla en absoluto, que es descriptiva, extremadamente fina, elegante y clara. En el fenómeno, esto no tiene en absoluto la misma función.

Simplemente, verán que en una respuesta que he dado especialmente para ese número, elaborado en relación a lo que nos da como temática sobre la estructura de la personalidad, hice notar una cierta cantidad de puntos; el primero de ellos es que se podría objetar que hay allí un abandono del método que él mismo anunció que se proponía seguir en materia metapsicológica, en materia de elaboración de la estructura, y que consistiría en una formulación, como él dice, que sea distante de la experiencia, es decir, que sea, hablando con propiedad, metapsicológica; la diferencia clínica y descriptiva de los dos términos, ideal del yo, y yo ideal, está planteada insuficientemente en el registro del método que él mismo se propuso. Pronto verán todo esto en su lugar.

Quizás vaya hoy a anticipar desde ya la forma metapsicológica completamente concreta en la cual se puede situar, en el interior de esta gran economía, esta temática económica introducida por Freud en torno a la noción del narcisismo, precisar muy bien la función de uno y de otro.

Pero aún no llegué allí. Simplemente lo que les designo es el término de Ich-Ideal, o ideal del yo, en tanto que en inglés es traducido por Ego-ideal. En inglés, este lugar del determinativo, del determinante, es mucho más ambigüo en un grupo de dos términos como Ego ideal, en que ya encontramos la huella, si puede decirse, semántica de lo que ocurrió como deslizamiento, como evolución de la función dada a este término cuando se lo quiso utilizar para marcar en qué se convertía el analista para el analizado.

Se dijo muy tempranamente, el analista toma para el analizado el lugar de su ideal del yo. Puede ser cierto o no. Es en el sentido verdadero que esto ocurre. O fácilmente. Aún diría más, les daré enseguida un ejemplo de hasta qué punto es común, hasta qué punto, para decirlo todo, un sujeto puede instalar posiciones a la vez fuertes y confortables; es bien de la naturaleza de lo que llamamos resistencia. Quizás es aún más verdadero en cuanto a una posición ocasional y aparente del tropiezo de ciertos análisis.

Esto no quiere decir en absoluto que agote la cuestión, para decirlo todo, que el analista de ninguna manera puede satisfacerse de eso —quiero decir satisfacerse en el interior del análisis del sujeto— , que pueda, en otros términos, llevar el análisis hasta su término sin desalojar al sujeto de esta posición que el sujeto toma en tanto le da la posición del ideal del yo. Aún más, esto plantea la cuestión de lo que esta verdad se revela deber ser en el devenir. A saber, si, finalmente, y después del análisis de la transferencia, el analista no debe (falta en el original) lo que no sólo está en juego. Es aquélla que jamás fue dicho. Pues a fin de cuentas, lo que reviste el artículo del cual les hablaba hace un momento, es algo que, en el momento que aparece, no es tanto una posición de investigación —en relación a los años 20, en que se eleva el viraje de la técnica analítica, como se expresa todo el mundo; tuvieron tiempo para reflexionar y ver claro.

Hay en este artículo, que no puedo recorrer en todos sus detalles con ustedes, pero al cual les ruego se remitan —por otra parte es algo de lo cual volveremos a hablar —, no nos vamos a detener en esto, más aún en tanto que lo que quiero decirles se refiere al texto inglés, y es por eso que es éste el que tengo aquí conmigo, aún cuando el texto alemán es más vivo; pero no estamos hablando de las precisiones del texto alemán, estamos en el nivel del deslizamiento semántico que expresa lo que de hecho produjo en el nivel de una crítica interna al analista, en tanto que es el analista, él solo, amo a bordo, y colocado frente a frente con su acción, a saber, para él el ahondamiento, el exorcismo, la extracción de sí mismo, necesaria para que tenga una percepción justa de su relación consigo mismo, con esta función del ego ideal, del ideal del yo en tanto que para él, como analista, y en consecuencia de manera particularmente necesaria, esta sostenida en el interior de lo que llamé la masa analítica.

Pues si no lo hace, lo que ocurre, lo que efectivamente ocurrió, a saber, que a través de un deslizamiento, un deslizamiento de sentido que en este nivel no es un deslizamiento que pueda ser conocido de ninguna manera como parcialmente exterior al sujeto, como un error, para decirlo todo, sino un deslizamiento que lo implica profundamente, subjetivamente; y lo que ocurre en la teoría, a saber, que si en 1933 se hace pivotear un artículo sobre transferencia y amor, por entero alrededor de una temática que propiamente es la del ideal del yo, y sin ningún tipo de ambigüedad, veinte o veinticinco años después, aquélla de que se trata, de una manera, digo, teorizada en los artículos que lo dicen claramente, en lo que se refiere a las relaciones del analizado y del analista, es de las relaciones del analizado en tanto que el analista tiene un moi que se puede llamar ideal, pero en un sentido bien diferente tanto del ideal del yo como del sentido concreto al cual aludía hace un momento, y que ustedes pueden dar voy a volver a eso e ilustrar todo esto mediante la función del yo ideal. Es un yo ideal, si puedo decirlo, realizado, el moi del analista, y un yo ideal en el mismo sentido en que se dice que un automóvil es un automóvil ideal.

No es un ideal de automóvil, ni el sueño de un automóvil cuando está completamente sólo en el garaje, es verdaderamente un buen y sólido automóvil.

Tal es el sentido que termina por tomar —si no fuera más que eso, una cosa literaria, una cierta forma de articular que el analista tiene que intervenir como alguien que sabe un poco más que el analizado, todo esto sería simplemente del orden de la chatarra, quizás no tendría tanto alcance, pero es que esto traduce algo completamente diferente, traduce una verdadera implicación subjetiva del analista en ese deslizamiento mismo del sentido de esta pareja de significantes, moi  e ideal.

No debemos extrañarnos en absoluto de un efecto de esta índole. No es más que un relleno; no es más que el último término de algo cuyo resorte es mucho más constitutivo de esta aventura que simplemente este punto particular, casi caricaturesco, del cual saben que es aquél en que todo el tiempo lo enganchamos. No estamos aquí más que para eso.

¿De dónde provino todo eso? Del viraje de 1920. ¿Alrededor de qué gira el viraje de 1920? Alrededor del hecho que —la gente de la época lo dice, los héroes de la primera generación analítica— la interpretación ya no funciona como funcionaba. Ya no es más la era para que esto funcione, para que tenga éxito. ¿Y por qué? Esto no asombró a Freud. Lo había dicho hacía mucho tiempo. Se puede marcar el texto en que dice, muy tempranamente, en los Ensayos Técnicos (Essais Techniques), que debemos aprovechar la apertura del inconsciente porque dentro de poco habrá encontrado un truco. ¿Qué significa esto para nosotros, que, habiendo realizado esta experiencia y deslizándonos nosotros mismos con ella, podemos no obstante encontrar puntos de referencia?

Digo que el efecto de un discurso —hablo de aquel de la primera generación— que, basado sobre el efecto de un discurso, el inconsciente, no sabe que es de eso de lo que se trata, porque por más que estuviera allí, y desde la Treumdeutung, donde les enseño a reconocerla, a deletrearla, a ver que bajo los términos de los mecanismos del inconsciente no se trata constantemente de otra cosa que del efecto del discurso… efectivamente es esto: el efecto de un discurso que, basado en el efecto de un discurso que no lo sabe, llega necesariamente a una nueva cristalización de este efecto de inconsciente que torna opaco a este discurso.

Nueva cristalización, ¿qué quiere decir esto? Quiere decir los efectos que comprobamos, a saber, que ya no tiene el mismo efecto sobre los pacientes que se les de ciertas ideas generales, ciertas claves, que se maneje frente a ellos ciertos significantes.

Pero, observen bien, las estructuras subjetivas que corresponden a esta nueva cristalización, no necesitan ser nuevas. A saber, estos registros, estos grados de alienación, si puedo decirlo, que en el sujeto podemos especificar, calificar con los términos, por ejemplo de moi, superyó, ideal del yo, son como ondas estables, pase lo que pase, estos efectos que hacen recular, que inmunizan, mitridatizan al sujeto en relación a un cierto discurso, que impiden que sea éste el que pueda seguir funcionando cuando se trata de llevarlo allí donde lo acabamos de llevar, es, a saber, su deseo. Esto no modifica nada sobre los puntos modales donde él, como sujeto, va a re conocerse, va a instalarse.

Y es esto lo que, en este viraje, Freud constata. Si Freud intenta definir cuáles son esas necesidades estables, esas zonas fijas en la constitución subjetiva, es porque es esto lo que le parece a él notablemente como constante; pero no es para consagrarlas que se ocupa de ellas y las articula: es con la idea de plantearlas como obstáculos.

No es para instaurar como una especie de inercia irreductible, que coloca allí en primer plano, la función Ich pretendidamente sintética del moi, si bien habla de ella. Y sin embargo es así como fue interpretado de ahí en más. Es por eso justamente que tenemos que reconsiderar esto como los acting-out de la autoinstitución del sujeto en su relación con el significante por un lado, y con la realidad por el otro. Es para abrir un nuevo capítulo de la acción analítica.

Es en tanto que masa organizada por el ideal del yo analítico, tal como efectivamente se ha desarrollado bajo la forma de ciertos espejismos, de los cuales en primer plano está, por ejemplo, este que está puesto bajo el término del moi fuerte, tan frecuentemente mal implicado en los puntos en que se cree reconocerlo.

Que intente aquí hacer algo de lo que, con todas las reservas que esto implica, podría decir que es un esfuerzo de análisis en el sentido propio del término; que para invertir el apareamiento de los términos que constituye el titulo del artículo de Freud al cual me refería hace un momento, uno de los aspectos de mi seminario podría llamarse Ich-psychologie und Massenanalyse, es en tanto que vino, que fue promovida al primer plano de la teoría analítica, la Ich-Psychologie, que constituye un tapón, una barrera, una inercia desde hace más de una década, a todo recomienzo de la eficacia analítica; es en tanto que las cosas son así que conviene interpelar como tal a la comunidad analítica, permitiendo a cada uno echar una mirada sobre lo que viene de esto a alterar la pureza analítica de su posición frente a aquél ante el cual debe responder, ante su analizado, en tanto él mismo se inscribe, se determina por los efectos que resultan de la masa analítica, quiero decir de la masa de los análisis, en el estado actual de su constitución y de su discurso; uno no se equivoca para nada respecto de lo que estoy diciendo.

Se trata allí de algo que no es del orden de un accidente histórico, poniendo el acento sobre accidente; estamos en presencia de una dificultad, de un impasse, que se refieren —han escuchado hace un rato colocarlo en un lugar privilegiado de lo que yo expresaba— a la acción analítica Si hay un lugar en que el término de acción —desde hace algún tiempo cuestionado en nuestra época moderna por los filósofos— pueda ser reinterrogado de una manera que quizás sea decisiva, por paradójica que parezca esta afirmación, es en el nivel de aquél de quien se podría creer que es el que más se abstiene al respecto, a saber, el analista.

Reiteradas voces en estos últimos años, en mi seminario, recuérdenlo, a propósito del obsesivo y de su estilo de performance, incluso de hazañas —y lo volverán a encontrar en el escrito con que di su forma definitiva a mi informe de Royaumont—, he colocado el acento sobre lo que nuestra experiencia muy particular de la acción, como acting out, en el tratamiento, debe permitirnos introducir como nuevo relieve, original a toda reflexión temática sobre la acción.

Si hay algo que el analista puede ponerse de pié para decir, es que la acción como tal, la acción humana si lo quieren, está siempre ineficacia en la tentativa, en la tentación de responder al inconsciente. Y propongo a cual quiera que se ocupe, a cualquier título, de lo que merece este nombre de acción, especialmente al historiador, siempre que no renuncie a esto que, diversas maneras de formularlo, hace vacilar nuestro espíritu, a saber, el sentido de la historia; le propongo retomar en función de una tal Formulación, la pregunta sobre lo que, a pesar de todo, podemos eliminar del texto de la historia, a saber, que su sentido no nos arrastra pura y simplemente, como el famoso perro muerto, sino que allí en la historia ocurren acciones.

Pero la acción que esta en cuestión para nosotros, es la acción analítica. Y para ella no es discutible que sea una tentativa de responder al inconsciente. Y tampoco es discutible que lo que en nuestro sujeto ocurre, que nuestra experiencia ha habituado, ese algo que hace un analista, lo que determina que sepamos lo que decimos, aún si no sabemos decirlo muy bien, cuando decimos esto, es un acting-out en el sujeto en análisis. La formula más general que se pueda dar de eso —y es importante dar la fórmula más general—, porque aquí, si se dan fórmulas particulares el sentido de las cosas se oscurece, si se dice: es una recaída del sujeto, por ejemplo, o si se dice: es efecto de nuestras boludeces, uno oculta aquello de que se trata. Seguro que puede ser eminentemente eso. Son casos particulares de estas definiciones que les propongo en lo que se refiere al acting out.

Porque la acción analítica es tentativa, también es tentación, a su manera, de responder al inconsciente; el acting out es ese tipo de acción por la cual en determinado momento del tratamiento, sin dada en tanto que es especialmente solicitado —quizás es por nuestra tontería, quizás por la suya, pero esto es secundario, poco importa—, el sujeto exige una respuesta exacta.

Toda acción, acting out o no, acción analítica o no, tiene una cierta relación con la opacidad de lo reprimido; y la acción más original, con lo reprimido más original, con la Urverdrängung. Y entonces también debemos —allí está lo importante de la noción de Ürverdrängung que está en Freud y que puede aparecer como opaca—, es por eso que intento darles un sentido de eso. Se sostiene en esto: que es lo mismo que lo que de alguna manera intenté articular para ustedes la ultima vez, cuando les decía que no podemos hacer otra cosa más que comprometernos nosotros mismos en la Versagung más original; es lo mismo que se ex presa en el plano teórico en la siguiente fórmula: que, a pesar de todas las apariencias, no hay metalenguaje.

Puede existir un metalenguaje en el pizarrón, cuando escribo pequeños signos, a, b, x, kapa , esto anda, va, y funciona, son las matemáticas. Pero en lo que concierne a lo que se llama la palabra (parole), a saber, que un sujeto se compromete en el lenguaje, sin duda se puede hablar de la palabra (parole) y ven que estoy haciéndolo, pero al hacerlo están comprometidos todos los efectos de la palabra (parole), y es por eso que se les dice que en el nivel de la palabra (parole) no hay metalenguaje. O si quieren, que no hay metadiscurso. Para concluir, no hay acción que trascienda definitivamente los efectos de lo reprimido. Quizás, si en último término hay alguna, como máximo es aquella en que el sujeto como tal se disuelve, se eclipsa y desaparece. Es una acción a propósito de la cual no hay nada decible. Si quieren, es el horizonte de esta acción el que da su estructura al fantasma.

Y mi pequeña notación, es por eso que es algebraica, que sólo puede escribirse con tiza en el pizarrón, que la notación del fantasma  $(a , que se puede decir, deseo de a minúscula, el objeto del deseo.

Verán que todo esto nos llevará tal vez a darnos cuenta, de una forma más precisa, de la necesidad esencial que hay de que no olvidemos este lugar justamente indecible, en tanto que el sujeto se disuelve allí, que sólo la noción algebraica puede preservar en la fórmula que les doy del fantasma.

En este artículo Transferencia y amor, de los nombrados Jekels y Bergler, han dicho pues en el ’33, cuando aún estaban en la Sociedad de Viena —hay una intuición clínica brillante que da, como es habitual, su peso, su valor, a este articulo: ese relieve, ese tono que hace que sea un articulo de lo que se denomina la primera generación, aún ahora, lo que nos gusta de este artículo, es cuando trae algo como esto. Esta intuición está en que hay una relación, una relación estrecha, entre el termino del amor y de la culpabilidad.

Jekels y Bergler nos dicen, contrariamente a la majada, donde el amor se baña en la beatitud, observen un poco lo que ven, no es simplemente que el amor sea a menudo culpable, sino que se ama para escapar a la culpabilidad. Evidentemente, estas no son cosas que se puedan decir todos los días. De cualquier manera, es un poco infantil para la gente a la que no le gusta Claudel, para mi es del mismo orden que venga a decirnos cosas como éstas.

Si se ama, en resumen, es porque aún está en algún lugar la sombra de aquél, a quien una mujer muy chistósa con la que viajábamos por Italia llamaba il vecchio con la barba, aquél que se ve por todas partes en los primitivos.

Pues bien, está muy hermosamente sostenida esta tesis de que, en el fondo, el amor es necesidad de ser amado por aquél que podría tornarlo a uno culpable. Y justamente si se es amado por aquél o aquélla, es mucho mejor.

Se trata de esas perspectivas analíticas que calificaría justamente del orden de esas verdades de buena ley que naturalmente también son de mala, porque es una ley (aloi), dicho de otra manera, una aleación,y que no se distingue claramente que es una verdad clínica. Pero como tal, si puedo decir así, es una verdad collabée. Hay allí una especie de aplastamiento de una cierta articulación. No es el gusto por las obras aburridas lo que hace que quiera separar nuevamente estos metales, el amor y la culpabilidad —en esta ocasión—, es que el interés de nuestros descubrimientos descansa por entero sobre estos efectos de apisonamiento de lo simbólico en lo real, en la realidad, como se dice, con los cuales tenemos que ver constantemente. Y es con esto que progresamos, que mostramos resortes eficaces, aquellos con los cuales tenemos que ver.

Está muy claro, ciertamente, que si la culpabilidad no está siempre o inmediatamente interesada en el desencadenamiento, en los orígenes de un amor, en el relampagueo, si puedo decir, del enamoramiento, del flechazo, no es menos cierto que aún en las uniones inauguradas bajo auspicios tan poéticos, con el tiempo ocurre que sobre el objeto amado vienen a aplicarse, a centrarse todos los efectos de una censura activa. No es simplemente que alrededor de él venga a reagruparse todo el sistema de las prohibiciones, sino también que es a el que se viene en esta función de la conducta, tan constitutiva de la conducta humana, que se llama pedir permiso.

El rol, no digo del ideal del yo, sino del superyó, efectivamente como tal, y en su forma más opaca, y más desconcertante, la incidencia del superyó en las formas muy auténticas, en las formas de mejor calidad de lo que se llama la relación amorosa, es algo que ciertamente, de ninguna manera debe ser descuidado.

Y entonces está esta intuición en el artículo de nuestros amigos Jekels y Bergler, y por otro lado, está la utilización parcial, y verdaderamente así, brutal, como un rinoceronte, de lo que Freud ha aportado, ha percibido como económico, bajo el registro del narcisismo, la idea de que toda finalidad de la ecuación libidinal apunta en último término a la restauración de una integridad primitiva, a la reintegración de todo lo que es, si recuerdo bien, Abtrennung, todo lo que en cierto momento fue llevado por la experiencia a ser considerado por el sujeto como se parado de él.

Esta noción teórica, es de las más precarias a ser aplicada en todos los registros y en todos los niveles. La cuestión de la función que esto juega en el momento de la Introducción al narcisismo, en el pensamiento de Freud, es una cuestión (falta en el original), se trata de saber si pode más tenerle fe, a saber, si como los autores lo dicen en términos claros —pues se sabía (falta en el original), todo el contorno de las aporías de una posición en esta generación, en la que no se era formado en serie— se pueda formular esto con el término de milagro del investimiento de los objetos. Y, en efecto, en una tal perspectiva es un milagro.

Si el sujeto verdaderamente está en el nivel libidinal, constituido de tal manera que su fin y su objetivo sean el satisfacerse con una posición enteramente narcisista, pues bien, cómo es que no consigue, en rasgos generales, quedarse allí. Para decirlo todo, que si algo pare de hacer palpitar, por poco que sea esta mónada, en el sentido de una reacción, se puede muy bien concebir teóricamente que todo su fin sea, a pesar de todo, volver a esta posición de inicio. Difícilmente se ve lo que puede condicionar este enorme rodeo, que por lo menos constituye una estructuración compleja y rica, que es aquella con la que tenemos relación en los hechos.

Y es esto de lo que se trata, y a lo cual a lo largo de este artículo, los autores van a procurar responder; para ello se comprometen bastante servilmente, debo decirlo, en las vías abiertas por Freud, que son éstas: que el resorte de la complejización de esta estructura del sujeto, de la cual ustedes ven que hoy es lo que hace el equilibrio, el tema único de lo que les desarrollo, esta complejización del sujeto, a saber, la entrada en juego del ideal del yo, Freud, en la Introducción al narcisismo, nos indica que es el artificio por el cual el sujeto va a poder mantener su ideal —digamos, para abreviar, porque es tarde— de omnipotencia.

En el texto de Freud, inaugural, sobre todo si se lo lee, esto ocurre, esto pasa, y después aclara en ese momento bastantes cosas para que no le pidamos más.

Está muy claro que, como el pensamiento de Freud corrió mucho a partir de allí, nuestros autores se encuentran frente a una complejización bastante seria de esta primera diferenciación a la cual tienen que hacer frente, a la distancia, a la diferencia que hay de un ideal del yo, que a fin de cuentas estaría hecho justamente para restituir al sujeto, ustedes ven en qué sentido, los beneficios del amor.

El ideal del yo es ese algo que al estar en sí mismo originado en las primeras lesiones del narcisismo se vuelve domesticado al ser introyectado. Es lo que nos explica Freud en otro lugar. En cuanto al superyó, se notará que a pesar de todo, hay que admitir que debe haber otro mecanismo, ya que al ser introyectado, no por eso el superyó deviene mucho más benéfico. Y me detengo allí, lo volveré a retomar.

Aquello a lo cual los autores son llevados necesariamente, es a recurrir a toda una dialéctica de Eros y Thánatos, lo cual no es un pequeño asunto. Es un poco exagerado, y hasta bastante lindo. Remítanse a este artículo, sacarán el jugo a su dinero.

Pero antes de dejarlos quisiera sin embargo sugerirles algo ágil y divertido, destinado a darles la idea de lo que una introducción más justa a la función del narcisismo permite articular mejor, y de una forma que con firma toda la práctica analítica desde que estas nociones han sido introducidas.

Yo ideal e ideal del yo evidentemente tienen la relación más estrecha con ciertas exigencias de preservación del narcisismo. Pero lo que les he propuesto a continuación, en el curso de mi primer abordaje a una modificación necesaria de la teoría analítica, tal como se comprometía en la vía en que les he mostrado hace un momento que el moi era utilizado, es efectivamente este abordaje el que, en lo que les enseño o enseñaba, se denomina el estadio del espejo. ¿Cuáles son las consecuencias de esto en lo que se refiere a esta economía del yo ideal, del ideal del yo, y de su relación con la preservación del narcisismo?

Pues bien, porque es tarde, se los ilustraré de una manera que, espero, les parecerá divertida. Hace un momento hablé del automóvil, intentemos ver lo que es el yo ideal. El yo ideal es el hijo de la familia, al volante de su pequeño automóvil deportivo. Con él los llevará de paseo. Se hará el chistóso. Ejercitará su sentido del riesgo, que no es una mala cosa, su gusto por el deporte, como se dice, y todo va a consistir en saber cuál es el sentido que le da a esta palabra deporte; si deporte no puede ser también desafío a la norma, no digo sólo del código de la ruta, sino también de la seguridad.

Sea lo que fuere, es éste el registro en el que tendrá que mostrarse o no mostrarse, y, a saber, como conviene mostrarse superior a los demás, aún si esto consiste en decir que se es un poco exagerado. El yo ideal es eso. No abro más que una puerta lateral, pues lo que tengo que decir es la relación con el ideal del yo. Una puerta lateral con esto: que no deja sólo y sin objeto al yo ideal, porque después de todo en esta ocasión, no en todas, si se entrega a esos ejercicios escabrosos, ¿para qué es?, para enganchar una chica. ¿Es efectivamente para enganchar una chica , o por la forma de engancharla? Y que justamente, como sabemos, la chica puede perfectamente ser accesoria, incluso puede faltar. Para decirlo todo, ese costado que es aquél donde el yo ideal viene a tomar su lugar en el fantasma, vemos mejor, más fácilmente que en otro lugar, lo que regula la inflexión del tono de los elementos del fantasma, y que debe haber alguna cosa aquí, entre los dos términos, que se deslice, para que uno de los dos pueda tan fácilmente elidirse.

Este término que se desliza, lo conocemos. No hay necesidad aquí de mayores comentarios, es el pequeño phi, el falo imaginario. Y aquélla de lo que se trata, es efectivamente algo que se pone a prueba. ¿Qué es el ideal del yo? El ideal del yo, que tiene la relación más estrecha con este juego y esta función del yo ideal, está completamente constituido por el hecho que, de entrada se los he dicho —si posee su pequeño auto deportivo , es porque es el hijo de la familia, y porque es el hijo de papá; y, para cambiar de registro, si para Marie Chantal, como saben, se inscribe en el partido comunista, es para joder a su padre. El hecho de saber si ella no desconoce en esta función su propia identificación a lo que se trata de obtener jodiendo a su padre, es aún una puerta lateral que nos cuidaremos de empujar. Pero digamos bien que tanto la una como el otro, Marie Cantal y el hijo de papá al volante de su pequeño auto, estarían simplemente englobados en este mundo así desorganizado por el padre, si no existiera justamente el significante del padre, que permite, si puedo decirlo, extraerse de allí para imaginarse, y aún para llegar a joderlo. Es lo que se expresa (ilegible en el original)

¿No es esto también decir que es el instrumento gracias al cual los dos personajes, masculino y femenino, pueden extroyectarse de la situación objetiva? La introyección finalmente es eso, organizarse subjetivamente de manera tal que en efecto el padre, bajo la forma del ideal del yo, que no es tan malo, sea un significante desde donde la pequeña persona, macho o hembra, venga a contemplarse, sin demasiadas desventajas, al volante de su pequeño automóvil, o esgrimiendo su tarjeta del partido comunista.

En suma, si de este significante introyectado el sujeto cae bajo un juicio que lo reprueba, permite por allí la dimensión de la reprobación, que como cada uno sabe, no tiene nada de desventajoso narcisísticamente. Pero entonces, resulta de ello que no podemos hablar tan sencillamente de la función del ego ideal como realizando de una manera, de alguna forma masiva, la coalescencia de lo que es beneficioso narcisístico como si fuera pura y simplemente inherente a un sólo efecto en el mismo punto.

Y, para decirlo todo, lo que intento articular les con mi pequeño esquema de la otra vez, que no volveré a hacer porque no tengo tiempo, pero que me imagino está aún presente en un cierto número de memorias, que es el de la ilusión del florero invertido, en tanto no es más que a partir de un punto que se puede ver surgir alrededor de las flores del deseo esta imagen real, obsérvenlo, del florero producido por el intermediario de la reflexión de un espejo esférico, dicho de otra manera, de la estructura particular del ser humano en tanto que la hipertrofia de su palium parece estar ligada a su prematuración.

La distinción necesaria del lugar en que se produce el beneficio narcisístico con respecto al lugar en que funciona el ego ideal, nos obliga a interrogar diferentemente la relación de uno y otro con la función del amor; esta relación con la función del amor, que no se trata de introducir —y menos que nunca, en el nivel que estamos del análisis de la transferencia— de una manera confusa.

Déjenme aún, para finalizar, hablarles del caso de una paciente. Digamos que ella se toma más que libertad con los derechos, sino con los deberes del lazo conyugal, y que, Dios mío, cuando tiene una relación, sabe llevar las consecuencias hasta el punto más extremo de lo que un cierto límite social, el del respeto ofrecido por la fachada de su marido, le ordena respetar. Digamos que es alguien, para decirlo todo, que sabe sostener y desplegar las posiciones de su deseo admirablemente bien. Y prefiero decirles que con el pasar del tiempo ha sabido mantener en el seno de su familia, quiero decir sobre su marido y sobre sus amables retoños, completamente intacto el campo de fuerzas, de exigencias, estrictamente centradas sobre sus propias necesidades libidinales.

Cuando Freud nos habla en algún lugar, si recuerdo bien, de la moral —es decir la moral de los estúpidos en lo que se refiere a la mujer, a saber las satisfacciónes exigidas, no hay que creer que esto siempre falla. Hay mujeres que tienen éxito, con la sola excepción de que ella, sin embargo, necesita un análisis.

¿Qué es lo que durante un buen tiempo yo realizaba para ella? Los autores de este artículo nos darán la respuesta. Efectivamente yo era su ideal del yo en tanto el punto ideal en que el orden se mantiene, y de una manera aún más exigida, que es a partir de allí que todo el desorden es posible. En resumen, no se trataba en esa época de que su analista pasara por un inmoral. Si yo hubiese tenido la torpeza de aprobar tal o cual de sus excesos, habría que haber visto el resultado de eso; más aún, lo que ella podía entrever de tal o cual atipia de mi propia estructura familiar o de los principios con los cuales educaba a aquellos que están bajo mi manto, que no era sin abrir para ella todas las profundidades de un abismo rápidamente vuelto a cerrar.

No crean que es tan necesario que el analista ofrezca efectivamente, gracias a Dios, todas las imagenes ideales que uno se forma sobre su persona. Simplemente, ella me señalaba en cada oportunidad todo aquélla de lo cual no quería saber nada en lo referente a mi. La única cosa verdaderamente importante, es la garantía que ella tenía, con seguridad pueden creérmelo, de que en lo referente a su propia persona yo no chistaría.

¿Qué quiere decir toda esta exigencia de conformismo moral? Los moralistas corrientes, como ustedes se imaginan, tienen la respuesta que, naturalmente, esta persona, para tener una vida tan plena, no debía ser de un ambiente popular. Y el moralista político les dirá que lo que se trata de conservar, es sobre todo una cubierta sobre las cuestiones que se pudieran plantear en lo que concierne a las legitimidades del privilegio social. Y esto aún más en tanto, como bien pueden imaginarlo, ella era un poco progresista.

Pues bien, ustedes ven, al considerar la verdadera dinámica de las fuerzas, es aquí que el analista tiene que decir su pequeña palabra, los abismos abiertos, se podría hacer de ellos como lo que está para la perfecta conformidad de los ideales y de la realidad del análisis. Pero creo que la verdadera cosa, la que debería ser mantenida en todos los casos al resguardo de toda discusión, es que ella tenía los más lindos pechos de la ciudad! Lo que, como se imaginan, las vendedoras de corpiños nunca contradicen.