Sobre la psicología de los procesos oníricos
Sólo si yo reconozco esta moción cobra un sentido que en el sueño desee para mí un amor que no me cause ningún desembolso. Y no obstante, puedo decirme honradamente que no vacilé un instante en consentir en el gasto de aquella suma. El pesar provocado por ello, esa corriente contraria, no me devino conciente; por qué razón, esa es otra cuestión muy distinta, que nos llevaría muy lejos, y la respuesta que conozco para ella pertenece a un contexto diverso. Si yo no someto al análisis un sueño propio, sino el de una persona extraña, el resultado es el mismo; pero los motivos para el convencimiento varían. Si se trata del sueño de una persona sana, para compelerla a admitir las ideas reprimidas que se hallaron no me queda otro recurso que la trabazón de los pensamientos oníricos, y esa persona siempre puede rehusarse a reconocerla. Pero sí se trata de un enfermo neurótico, por ejemplo de un histérico, la aceptación del pensamiento reprimido se vuelve obligatoria para él por la trabazón de este último con sus síntomas patológicos y por la mejoría que experimenta con el trueque de síntomas por ideas reprimidas. En el caso, verbigracia, de la paciente de quien proviene el último sueño mencionado, el de las tres localidades a cambio de 1 florín y 50 kreuzer, el análisis tiene que suponer que ella menosprecia a su marido, que lamenta haberse casado con él, que bien querría permutarlo por otro. Claro está que sostiene amar a su marido, que su mundo de sentimientos nada sabe de ese menosprecio (¡uno cien veces mejor!) pero todos sus síntomas llevan a idéntica resolución que este sueño, y después que se hubieron evocado recuerdos, reprimidos por ella, de una cierta época en que tampoco concientemente había amado a su marido, esos síntomas se solucionaron y desapareció su existencia a la interpretación del sueño. IX Una vez fijado el concepto de la represión, y puesta la desfiguración onírica en relación con un material psíquico reprimido, podemos enunciar en términos bien universales el principal resultado que brinda el análisis de los sueños. Con respecto a los sueños comprensibles y provistos de sentido, averiguamos que son cumplimientos de deseo no disfrazados, vale decir, que la situación onírica figura en ellos como cumplido un deseo sabido por la conciencia, que ha quedado pendiente de la vida diurna y es merecedor de interés. Ahora bien, sobre los sueños oscuros y confusos el análisis enseña algo enteramente análogo: la situación onírica figura también un deseo como cumplido, el que por regla general surge de los pensamientos oníricos; pero la figuración es aquí irreconocible, sólo se la puede esclarecer por reconducción dentro del análisis, y el deseo o bien es él mismo un deseo reprimido, ajeno a la conciencia, o bien está en la más estrecha unión con pensamientos reprimidos, que son sus portadores. La fórmula para estos sueños reza, entonces: Son cumplimientos encubiertos de deseos reprimidos. Al respecto es interesante hacer notar que la opinión popular acierta cuando sostiene que el sueño lisa y llanamente anuncia el futuro. En verdad es el futuro el que el s ueño nos muestra, no el que acaecerá, sino el que querríamos que sobreviniera. El alma popular procede aquí como suele hacerlo en cualquier otra circunstancia: cree lo que desea. Según su manera de comportarse hacia el cumplimiento de deseo, los sueños se dividen en tres clases. En primer lugar, los que figuran no disfrazadamente un deseo no reprimido; estos son los sueños de tipo infantil, que en el adulto se van haciendo cada vez más raros. En segundo lugar, los sueños que expresan disfrazadamente un deseo reprimido; sin duda, la abrumadora mayoría de todos nuestros sueños, que para ser comprendidos requieren, después, del análisis. En tercer lugar, los sueños que por cierto figuran un deseo reprimido, pero sin disfraz o con uno insuficiente. Estos últimos sueños van acompañados en general de angustia, que los interrumpe. La angustia es aquí el sustituto de la desfiguración onírica; en los sueños de la segunda clase, el que la ahorra es el trabajo del sueño. Puede demostrarse, sin demasiada dificultad, que el contenido de representación que ahora nos depara en el sueño una angustia fue otrora un deseo, desde entonces sometido a la represión. Hay también claros sueños de contenido penoso, pero que dentro del sueño no se siente como penoso. Por eso no se los puede contar entre los sueños de angustia, pero siempre se los ha usado para demostrar la carencia de significado y de valor psíquico de los sueños. El análisis de un ejemplo de ellos mostrará que se trata de cumplimientos bien disfrazados de deseos reprimidos (por tanto, de sueños de la segunda clase), y al mismo tiempo evidenciará la descollante aptitud que posee el trabajo de desplazamiento para disfrazar al deseo. Una muchacha sueña que ve frente a sí, muerto, al único hijo que le queda a su hermana, y en circunstancias idénticas a las que años antes vio el cadáver del primer hijo. No siente frente a eso dolor alguno, pero naturalmente se revuelve contra la idea de que esa situación respondería a un deseo suyo. Tampoco es forzoso que así sea; pero ante el ataúd de aquel niño había visto años antes por última vez a su hombre amado, y le había hablado; si el segundo niño muriera, sin duda se encontraría de nuevo con ese hombre en casa de la hermana. Ahora anhela ese encuentro, pero se rebela contra este sentimiento. El mismo día del sueño había comprado una entrada para una conferencia anunciada por ese hombre, que seguía siendo el amado. Su sueño es un simple sueño de impaciencia, como son corrientes antes de viajes, idas al teatro y otros disfrutes esperados de pareja índole. Pero, para ocultarle esta añoranza, la situación se desplazó a una circunstancia que es la menos adecuada para un sentimiento jubiloso, que se había presentado una vez en la realidad. Repárese además en que la conducta afectiva dentro del sueño no es adecuada al contenido empujado al primer plano, sino al real, pero refrenado. La situación del sueño anticipa la visión del amado, largamente añorada; no ofrece base alguna para una sensación dolorosa. X Los filósofos no han tenido hasta hoy ocasión alguna de ocuparse de una psicología de la represión. Es lícito, por eso, que en una primera aproximación a ese estado de cosas todavía desconocido nos procuremos una representación sensorialmente intuible de la marcha de la formación del sueño. El esquema a que arribamos, y no sólo a partir del estudio del sueño, es por cierto ya bastante complicado; pero no podemos contentarnos con uno más simple. Suponemos que en nuestro aparato anímico existen dos instancias formadoras de pensamiento; de ellas, la segunda posee el privilegio de que sus productos tienen franco acceso a la conciencia, mientras que la actividad de la primera instancia es en sí inconciente y sólo puede alcanzar la conciencia pasando por la segunda. En la frontera entre ambas instancias, en el pasaje de la primera a la segunda, se encuentra una censura que sólo deja pasar lo que le es agradable, y a lo otro lo refrena. Entonces, eso expulsado por la censura se encuentra, según nuestra definición, en el estado de la represión. En ciertas condiciones, una de las cuales es el estado del dormir, la relación de fuerzas entre ambas instancias se altera de tal modo que lo reprimido ya no puede ser refrenado del todo. En el estado del dormir esto acontece, acaso, por el relajamiento de la censura; así, lo hasta entonces reprimido consigue facilitarse el camino hasta la conciencia. Empero, puesto que la censura nunca es cancelada, sino meramente rebajada, a lo reprimido se le hace preciso condescender en unas alteraciones para suavizar sus aspectos escandalosos. Lo que en tal caso deviene conciente es un compromiso entre aquello que se propone una instancia y lo exigido por la otra. Represión, relajamiento de la censura, formación de compromiso: he ahí el esquema básico para la génesis de muchísimas otras formaciones psicopáticas de igual modo que para la del sueño, y en la formación de compromiso se observan aquí y allí los procesos de la condensación y el desplazamiento, así como el recurso a asociaciones superficiales de que hemos tomado conocimiento a raíz del trabajo del sueño. No tenemos razón alguna para encubrir el elemento de demonismo que ha intervenido en el planteo de nuestra explicación del trabajo del sueño. Hemos recibido la impresión de que la formación de los sueños oscuros se produce como si una persona, que es dependiente de una segunda, tuviera que exteriorizar algo, oír lo cual tiene que resultarle desagradable a esta última; y partiendo de este símil formulamos los conceptos de la desfiguración onírica y de la censura; y nos empeñamos en traducir nuestra impresión a una teoría psicológica sin duda grosera, pero por lo menos gráfica. No importa con qué habrán de identificarse nuestras instancias primera y segunda cuando avancemos en la aclaración del objeto; podemos confiar en que se confirmará un correlato de nuestro supuesto, a saber, que la segunda instancia gobierna el acceso a la conciencia y puede bloqueárselo a la primera. Superado el estado del dormir, la censura vuelve a erguirse de súbito en toda su alteza y ahora puede aniquilar de nuevo lo que le fue impuesto mientras duraba su debilidad. Que el olvido del sueño pide esta explicación al menos en parte, he ahí lo que surge de una experiencia corroborada incontables veces. Durante el relato de un sueño o durante su análisis no es raro que de pronto vuelva a emerger un fragmento de su contenido que se creía olvidado. Este fragmento rescatado del olvido contiene por lo general el mejor y más directo acceso al significado del sueño. Y probablemente sólo por eso estuvo destinado a perderse en el olvido, es decir, a caer bajo una nueva sofocación. XI Si concebimos el contenido del sueño como figuración de un deseo cumplido y reconducimos su oscuridad a la alteración impuesta por la censura al material reprimido, ya no nos resulta difícil discernir la función del sueño. En extraña oposición a frases hec has según las cuales el dormir es turbado por los sueños, tenemos que reconocer al sueño como el guardián del dormir. Para el sueño infantil, no es difícil hacer creíble nuestra aseveración. El estado del dormir, o la alteración psíquica que él trae aparejada, no importa en qué consista, es producido por la decisión de dormir que le es impuesta al niño o que él adopta por sentirse fatigado; sólo se vuelve posible mediante el alejamiento de estímulos que podrían plantear al aparato psíquico otras metas que la de dormir. Conocidos son los medios que se usan para mantener lejos los estímulos exteriores; pero, ¿cuáles son los medios de que disponemos para apartar los estímulos internos que estorban el dormirse? Obsérvese a una madre que hace dormir a su hijo. El manifiesta sin cesar deseos y necesidades, quiere otro beso, querría seguir jugando, y le son en parte satisfechos, pero en parte se le difieren autoritativamente para mañana. Resulta claro que los deseos y necesidades que se avivan son los obstáculos para dormirse. Quién no conoce la risueña historia de Balduin Groller sobre el niñito malcriado que despertándose a la noche berrea desde el dormitorio: « ¡Quiero el rinoceronte!». Un niño más formal, en vez de berrear, soñaría que juega con el rinoceronte. Puesto que el sueño que muestra cumplido al deseo es creído durante el dormir, cancela al deseo y posibilita el dormir. No puede dejar de pensarse que la imagen onírica suscita esa creencia porque se reviste con la apariencia psíquica de la percepción, y al niño le falta todavía la capacidad, que se adquiere más tarde, de distinguir la alucinación o fantasía de la realidad. El adulto ha aprendido esta diferencia; también ha comprendido la inutilidad del desear, y mediante un continuado ejercicio ha logrado aplazar sus aspiraciones hasta el momento en que, tras largos rodeos, puedan realizarse por la modificación del mundo exterior. En consonancia, también mientras duerme es raro que se le cumplan deseos por ese corto camino psíquico; y aun es bien posible que ello ni siquiera le suceda, y todo lo que nos parece formado a la manera de un sueño infantil requiera de una resolución muy complicada. Es que en el adulto -y en toda persona cuerda sin excepción- se ha constituido una diferenciación del material psíquico, que falta en el niño. Ha advenido una instancia psíquica que, aleccionada por la experiencia de la vida, ejerce con celoso rigor una influencia regidora e inhibitoria sobre las mociones anímicas, y que, por la posición que ocupa respecto de la conciencia y de la motilidad voluntaria, está provista de los máximos recursos de poder psíquico. Ahora bien, una parte de las mociones infantiles ha sido sofocada, como inútil para la vida, por obra de esa instancia, y todo el material de pensamientos que reconoce ese linaje se encuentra en el estado de la represión. Todo el tiempo en que se acomoda al deseo de dormir, la instancia en que reconocemos a nuestro yo normal parece verse precisada, por las condiciones psicofisiológicas de ese estado, a relajar la energía con la cual contenía a lo reprimido durante el día. Este relajamiento es, por cierto, inofensivo; las excitaciones del alma infantil sofocada pueden agitarse todo lo que quieran: por el estado del dormir hallan dificultado el acceso a la conciencia y bloqueado el de la motilidad. Pero hay que defenderse del peligro de que perturben el dormir. En este punto tendríamos que admitir, sin más, el supuesto de que aun en el dormir profundo un monto de atención libre es movilizado como guardián ante estímulos sensoriales que acaso hagan aparecer más indicado el despertar que la prosecución del dormir. De lo contrario no se explicaría que seamos despertados en cualquier momento por estímulos sensoriales de cierta cualidad, como ya lo destacó el viejo fisiólogo Burdach [1838, pág. 486]: la madre, verbigracia, por el lloriqueo de su hijo, el molinero por la detención de su molino, y la mayoría de las personas cuando se las llama quedamente por su nombre. Ahora bien, esta atención que se mantiene alerta se dirige asimismo a los estímulos internos de deseo que vienen de lo reprimido, y forma con ellos el sueño, que en calidad de compromiso satisface al mismo tiempo a ambas instancias. El sueño procura una suerte de finiquitación psíquica al deseo sofocado o formado con el auxilio de lo reprimido, presentándolo como cumplido; pero también contenta a la otra instancia, puesto que permite la prosecución del dormir. Nuestro yo se comporta en esto como un niño; presta creencia a las imágenes del sueño, como si quisiera decir: «Sí, sí, tú tienes razón, pero déjame dormir». El menosprecio que nosotros, despiertos, oponemos al sueño, y que se prevale de su carácter confuso y en apariencia ¡lógico, no es con probabilidad otra cosa que el juicio de nuestro yo durmiente sobre las mociones que vienen de lo reprimido, juicio que se apoya con mejor derecho en la impotencia motriz de estos perturbadores del dormir. Ese juicio menospreciador nos deviene conciente a veces aun dormidos; cuando el contenido del sueño excede en demasía a la censura, pensamos: «Es sólo un sueño», y seguimos durmiendo. El hecho de que también haya casos fronterizos en los que el sueño ya no puede mantener su función de precaver de interrupciones al dormir -es lo que sucede en el sueño de angustia-, y la permute por la otra, la de cancelarlo a tiempo, no es objeción alguna contra esta concepción. En eso no procede sino como el concienzudo vigilante nocturno, quien primero cumple con su deber aquietando las perturbaciones para que no despierten a los ciudadanos, pero después lo continúa, despertándolos, cuando las causas de la perturbación le parecen graves y no puede habérselas con ellas por sí solo. Particularmente nítida se vuelve esta función del sueño cuando los sentidos del durmiente son estimulados. Es de todos conocido que unos estímulos sensoriales advenidos durante el estado del dormir influyen sobre el contenido de los sueños; se lo puede demostrar experimentalmente, y se cuenta entre los pocos resultados seguros, aunque sobrestimados por demás, de la investigación médica sobre el sueño. Pero esta averiguación ha sido acompañada hasta la fecha por un enigma insoluble. En efecto, el estímulo sensorial que el experimentador hace obrar sobre el durmiente no aparece en el sueño individualizado como lo que es, sino sometido a una cualquiera entre muchas interpretaciones, cuya elección parece arbitraria, librada a la ausencia de determinismo en lo psíquico. Desde luego, no hay tal ausencia de determinismo. El durmiente puede reaccionar de muchas maneras frente a un estímulo sensorial que le viene de afuera. O despierta o logra seguir durmiendo a pesar de él. En este último caso puede servirse del sueño para quitar del medio al estímulo externo, y por cierto, otra vez, de más de una manera. Puede, por ejemplo, neutralizar el estímulo soñando una situación que es del todo incompatible con este. Así, un durmiente a quien un doloroso absceso en el perineo quería turbarlo, soñó que montaba un caballo usando como silla la cataplasma que debía aliviarle el dolor, y así pasó por alto la perturbación. O bien -y este es el caso más frecuente- el estímulo externo experimenta una reinterpretación que lo inserta en la trabazón de un deseo reprimido que está al acecho de su cumplimiento; así se le roba su realidad y se lo trata como a una pieza del material psíquico. De ese modo, alguien soñó una vez que había escrito una comedia que daba cuerpo a determinada idea fundamental; se la representaba en el teatro, había terminado el primer acto y la aclamaban con entusiasmo. Fue aplaudida furiosamente. . . El soñante tiene que haber logrado en este caso prolongar su dormir más allá de la perturbación, pues cuando despertó ya no oyó más el ruido, pero juzgó, con buenos motivos, que habían estado sacudiendo una alfombra o un colchón. Los sueños que sobrevienen inmediatamente antes del despertar por un fuerte ruido han hecho, todos, el intento de desmentir, mediante alguna otra explicación, ese estímulo despertador previsto, y de prolongar el dormir todavía un ratito. XII Quien se atenga al punto de vista según el cual la censura es el motivo principal de la desfiguración onírica, no se sorprenderá al enterarse de que el análisis reconduce a deseos eróticos casi todos los sueños de los adultos. Esta aseveración no apunta a los sueños de contenido sexual no disfrazado, familiares por vivencia propia a todos los soñantes y los únicos que suelen caracterizarse como «sueños sexuales». Pero aun estos dan sobrado lugar al asombro por su elección de las personas a quienes convierten en objetos sexuales, por trasgredir todas las barreras que el soñante en su vida despierta impone a sus necesidades sexuales, y por muchos detalles extraños que recuerdan lo que suele llamarse perversiones. El análisis muestra, empero, que muchos otros sueños que en su contenido manifiesto no dejan ver nada erótico son desenmascarados por el trabajo de interpretación como cumplimientos de deseos sexuales y que, por otro lado, muchísimos de los pensamientos pendientes del trabajo intelectual de la vigilia en calidad de «restos diurnos» sólo alcanzan su figuración dentro del sueño gracias al auxilio que les prestan unos deseos eróticos reprimidos. Con miras a esclarecer este estado de cosas, que no es una postulación teórica, señalemos que ningún otro grupo de pulsiones ha experimentado una sofocación tan vasta por imperio de la educación cultural como las pulsiones sexuales, pero que al mismo tiempo estas son en la mayoría de las personas las que mejor saben sustraerse de la sujeción impuesta por las instancias más altas del alma. Desde que hemos tomado conocimiento de la sexualidad infantil, a menudo tan inaparente en sus exteriorizaciones, y por lo general omitida y mal interpretada, estamos autorizados a decir que casi todo hombre civilizado conservó la conformación infantil de la vida sexual en algún aspecto, y así concebimos que los deseos sexuales infantiles reprimidos resulten ser las más frecuentes y poderosas fuerzas impulsoras para la formación de los sueños. Cuando el sueño que expresa deseos eróticos logra aparecer en su contenido manifiesto como inofensivamente asexual, esto sólo puede ser posible de una manera. Al material de representaciones sexuales no le es permitido figurarse como tal, sino que tiene que sustituirse en el contenido del sueño por insinuaciones, alusiones y modos similares de figuración indirecta; pero, a diferencia de otros casos de esta, la empleada en el sueño no debe ser inmediatamente comprensible. Nos hemos habituado a designar a los medios de figuración que responden a estas condiciones como símbolos de lo figurado por ellos. Pasaron a ser objeto de un particular interés desde que se notó que los soñantes de una misma lengua se sirven de los mismos símbolos, y más aún, que en ciertos casos esa comunidad de símbolos rebasa el ámbito de una comunidad lingüística. Puesto que los soñantes no conocen el significado de los símbolos que usan, en principio sigue siendo enigmática la base de su vínculo con lo que sustituyen y designan. Pero el hecho como tal es indubitable y cobra importancia para la técnica de la interpretación de sueños, pues con el auxilio del conocimiento del simbolismo onírico es posible comprender el sentido de elementos singulares del contenido del sueño, o de fragmentos singulares del sueño, e incluso, a veces, de sueños íntegros, sin que nos veamos precisados a preguntar al soñante por sus ocurrencias. Así nos aproximamos al ideal popular de una traducción de los sueños y, por otro lado, retomamos la técnica de interpretación de los pueblos de la Antigüedad, para quienes interpretar los sueños equivalía a hacerlo mediante un simbolismo. Por más que los estudios sobre el simbolismo onírico estén lejos todavía de su conclusión, podemos formular con certeza una serie de aseveraciones generales y de indicaciones especiales sobre él. Hay símbolos traducibles de manera casi universalmente unívoca; así, emperador y emperatriz (rey y reina) significan a los padres; las habitaciones figuran mujeres, y las entradas y salidas de ellas, las aberturas del cuerpo. La inmensa mayoría de los símbolos oníricos sirve para la figuración de personas, de partes del cuerpo y de manejos teñidos de interés erótico; en particular, los genitales pueden ser figurados por un número de símbolos a menudo muy sorprendentes, y los más diversos objetos se usan para su designación simbólica. Si armas aguzadas, objetos alargados y rígidos, como troncos de árboles y bastones, subrogan en el sueño a los genitales masculinos, y si armarios, cajitas, coches, hornos, lo hacen con la matriz de la mujer, el tertium comparationis, lo común a estas sustituciones, nos resulta comprensible de inmediato. Mas no para todos los símbolos es tan fácil aprehender las conexiones. Símbolos como el de la escalera y el subir por una escalera para el comercio sexual, el de la corbata para el miembro masculino, el de la madera para el vientre de la mujer, despiertan nuestra incredulidad hasta que no hemos adquirido por otras vías la intelección del vínculo simbólico. Toda una serie de símbolos oníricos es, por lo demás, bisexual; puede ser referida, según el contexto, a los genitales masculinos o a los femeninos. Hay símbolos de difusión universal que hallamos en todos los soñantes de un círculo de lengua y de cultura, y otros de aparición individual, en extremo restringida, que un individuo se ha formado desde su material de representaciones. Entre los primeros se distinguen algunos cuyo reclamo a una subrogación de lo sexual es justificado sin más por el uso lingüístico (como los que provienen de la agricultura; por ejemplo, la fertilización o el sembrar), y otros cuyo vínculo con lo sexual parece remontarse a las épocas más antiguas y a las más oscuras profundidades de nuestra actividad conceptual. El Poder de plasmar símbolos no se ha extinguido en el presente para ninguna de las dos variedades que distinguí al comienzo de este párrafo. Puede observarse que objetos de reciente invención (como el aeróstato) son elevados de inmediato a la condición de símbolos sexuales de uso universal. Por lo demás, sería erróneo esperar que un conocimiento más profundo aún del simbolismo onírico (el «lenguaje del sueño») pudiera independizarnos de inquirir al soñante por sus ocurrencias y nos remitiera por entero a la técnica de interpretación de sueños de los antiguos. Prescindiendo de los símbolos individuales y de las oscilaciones en el uso de los universales, nunca se sabe si un elemento del contenido del sueño ha de interpretarse simbólicamente o en el sentido genuino, pero se sabe con certeza que no todo contenido del sueño ha de interpretarse simbólicamente. El conocimiento del simbolismo onírico nunca hará otra cosa que procurarnos la traducción de ingredientes singulares del contenido del sueño, y jamás tornará ocioso el uso de las reglas técnicas que antes hemos dado. Sin embargo, se presentará como el medio auxiliar más útil para la interpretación justamente ahí donde las ocurrencias del soñante no quieran sobrevenir o sean insuficientes. El simbolismo onírico se revela también indispensable para la comprensión de los llamados «sueños típicos», comunes a todos, y de los «sueños recurrentes» del individuo. Si el estudio de los modos simbólicos de expresión del sueño parece tan incompleto en esta breve exposición, ese descuido se justifica por referencia a una intelección que se cuenta entre lo más importante que podemos enunciar acerca de este tema. El simbolismo onírico nos lleva mucho más allá del sueño; no pertenece en propiedad a él, sino que de igual manera preside la figuración en los cuentos tradicionales, mitos y sagas, en los chistes y en el folklore. Nos permite perseguir las vinculaciones internas del sueño con estas producciones; pero debemos decir que no es engendrado por el trabajo del sueño, sino que es una peculiaridad, probablemente de nuestro pensar inconciente, que brinda a aquel el material para la condensación, el desplazamiento y la dramatización. XIII No pretendo haber echado luz aquí sobre todos los problemas del sueño, ni tratado convincentemente los que aquí se elucidaron. Al que se interese por la vasta bibliografía sobre el sueño, lo remito al libro de Sante de Sanctis, I sogni (Torino, 1899); quien busque una concepción más profundizada de la que yo he expuesto, que recurra a mi escrito La interpretación de los sueños ( 1900). Me limitaré a señalar la dirección en que habrán de proseguirse mis exposiciones sobre el trabajo del sueño. Cuando presento como tarea de una interpretación del sueño la sustitución de este por los pensamientos oníricos latentes, vale decir, la resolución de lo que ha urdido el trabajo del sueño, planteo con ello, por un lado, una serie de problemas psicológicos nuevos atinentes al mecanismo de este trabajo onírico como tal, y a la naturaleza y condiciones de la llamada represión; por otro lado, sostengo la existencia de los pensamientos oníricos como un material muy rico de formaciones psíquicas del orden más alto y provistas de todos los rasgos de un rendimiento intelectual normal, material que, empero, se sustrae de la conciencia hasta que le da de sí una noticia desfigurada por el contenido del sueño. Me veo precisado a suponer la presencia de tales pensamientos en todos los hombres, pues casi todos ellos, aun los más normales, son capaces de soñar. A lo inconciente de los pensamientos oníricos, y a la relación de estos con la conciencia y la represión, se vinculan cuestiones ulteriores importantes para la psicología, cuyo tratamiento ha de aplazarse sin duda hasta que el análisis haya aclarado la génesis de otras formaciones psicopáticas, como los síntomas histéricos v las ideas obsesivas.
