Sobre la psicoterapia de la histeria (Freud) contin.2

Sobre la psicoterapia de la histeria (Freud) contin.2

Pero a la representación del amor iba adherido algo para cuya comunicación se elevaba tenaz resistencia. El análisis se interrumpi antes de esclarecerlo. Hace alg n tiempo deb librar de sus ataques de angustia a una dama que por sus cualidades de carácter apenas si era apta para intentar esta clase de influjo. Desde la menopausia se haba vuelto desmedidamente piadosa y todas las veces me recib a como si yo fuera el mismo demonio, armada de un pequeo crucifijo de marfil que escond a en la mano. Sus ataques de angustia, que tenan carácter histérico, se remontaban a los comienzos de su doncellez y supuestamente eran debidos al uso de un preparado de yodo con el que hab an debido tratarle una inflamación leve de la tiroides. Desde luego, yo desestim esa derivación y procur sustituirla por otra más acorde a mis opiniones sobre la etiología de los síntomas neuróticos. A la primera pregunta por alguna impresin de su mocedad que se situara en una trama causal con los ataques d angustia, aflor, bajo la presión de mi mano, el recuerdo de la lectura de un llamado libro edificante donde haba una mención, harto santurrona, de los procesos sexuales. El pasaje en cuestin hizo a la muchacha una impresión contraria a la intención del autor; rompi a llorar y arroj lejos el libro. Esto fue antes del primer ataque de angustia. Una segunda presión sobre la frente de la enferma convoc una reminiscencia más prxima, el recuerdo de un educador de sus hermanos varones que le testimoniaba gran aprecio y por quien ella hab a concebido una clida simpat a. Ese recuerdo culminaba en la reproducción de una velada en la casa paterna en que todos ellos, junto con ese joven, estaban sentados en torno de la mesa y manten an una pltica precios sima e incitante. La noche que sigui a esa velada la despert el primer ataque de angustia, mucho más relacionado con la revuelta frente a una moción sensual que con el yodo que simultneamente le aplicaban. – De qu otra manera habra tenido yo plenas esperanzas de descubrir semejante nexo contra lo que la enferma opinaba y aseveraba, una enferma que adoptaba una actitud tan refractaria frente a m como frente a cualquier terapia profana? Otro caso fue el de una seora joven, dichosa en su matrimonio, a quien ya en su temprana mocedad hallaban cada ma ana durante un rato en un estado de estupor, los miembros rgidos, la boca abierta y la lengua afuera, y ahora repet a al despertar ataques parecidos, aunque no tan serios. Una hipnosis profunda se demostr irrealizable; empec entonces la busca en el estado de concentración y le asegur que a la primera presin ver a algo que tendra relación directa con las causas de ese estado en su niez. Su comportamiento fue tranquilo y aquiescente: vio la vivienda en que hab a pasado sus primeros años de muchacha, su habitación, la posición de su cama, la abuela que entonces viv a con ellos, y a una de sus gobernantas, que la haba amado mucho. Varias peque as escenas en esos sitios y entre esas personas, en verdad todas cosas nimias, se siguieron; como conclusión, la despedida de la gobernanta, que se alejaba de la casa para contraer matrimonio. Yo no atinaba a nada con tales reminiscencias, no me resultaba posible establecer un v nculo entre ellas y la etiología de los ataques. Y, por otra parte, diversas circunstancias indicaban que esa era la misma poca en que los ataques aparecieron por primera vez. Antes que yo pudiera continuar el análisis, tuve oportunidad de hablar con un colega que a os atrs hab a sido el mdico de la familia de mi paciente. De l recib el – siguiente esclarecimiento: En la poca en que trat por aquellos primeros ataques a esta muchacha adolescente, de muy bien desarrollado cuerpo, le llam la atención la hipertr fica ternura del trato entre ella y la gobernanta alojada en la casa. Le entraron sospechas y movi a la abuela a que vigilara ese trato. Al poco tiempo la anciana se ora estuvo en condiciones de informarle que la gobernanta sola hacer a la ni a visitas nocturnas en la cama, y con toda regularidad, tras esas noches, la hallaban con el ataque. No vacilaron en alejar, discretamente, a esta corruptora de nios. Los ni os, y la misma madre, quedaron con la creencia de que la gobernanta abandonaba la casa para casarse. – En cuanto a la terapia, exitosa de primera intención, consisti en comunicarle yo a la seora el esclarecimiento que me hab an dado. En ocasiones, los informes que uno recibe mediante el procedimiento de presionar se consiguen en forma harto asombrosa y bajo circunstancias que pintan an más atractivo el supuesto de una inteligencia inconciente. A propsito de esto me acuerdo de una dama que desde hac a muchos años padec a de representaciones obsesivas y fobias, y que con respecto a la gnesis de su padecer me remiti a su infancia, pero no saba nombrar qu tendra ah la culpa. Era sincera e inteligente, y ofreca una resistencia conciente notablemente baja. (Puntualizo aqu que el mecanismo psíquico de las representaciones obsesivas tiene muy estrecho parentesco con el de los síntomas histéricos, y para ambos la técnica del análisis es la misma.) Al preguntarle yo si bajo la presión de mi mano haba visto algo o le acudi algn recuerdo, respondi : Ni una cosa ni la otra, pero de repente se me ha ocurrido una palabra. _ Una palabra sola?. – S, pero suena demasiado est pida. – Dgala usted lo mismo. – ퟇�Casero. – Nada más?. – ừNo. – Presiono por segunda vez, y hete ah que vuelve a acudirle una palabra aislada, que se le pasa por la mente: Camis n. Tom entonces nota de estar frente a una novedosa manera de responder, y por medio de repetidas presiones promov una serie de pala-bras en apariencia carentes de sentido: Casero- Camisn- Cama- Ciudad- Carromato. Qu quiere decir eso?, pregunt. Medit un momento, y luego se le ocurri: sólo puede tratarse de una historia que ahora me viene a la mente. Cuando yo tena diez a os, y doce la hermana que me segua en edad, cierta noche tuvo ella un ataque de furia y fue preciso atarla y llevarla a la ciudad en un carromato. S con exactitud que fue el casero quien la domin y luego la acompa también al sanatorio. – Proseguimos entonces con esta modalidad de la busca, y nos enteramos por nuestro orculo de otras series de palabras que, es cierto, no podían interpretarse como un conjunto, pero se valorizaron para proseguir aquella historia y para anudar una segunda. también la significatividad de esta reminiscencia se obtuvo enseguida. La enfermedad de su hermana le hab a hecho una impresin tan honda porque ambas compart an un secreto; dorman en la misma habitación y cierta noche haban debido soportar ambas los ataques sexuales de una persona del sexo masculino. Ahora bien, con la mención de ese trauma sexual de la temprana juventud no sólo quedaba al descubierto el origen de las primeras representaciones obsesivas, sino también el trauma que tiempo Después habr a de ejercer efectos patgenos. – Lo raro de este caso consisti nicamente en el afloramiento de consignas aisladas que debimos procesar en oraciones; en efecto, la apariencia de no guardar relación y ser inconexas es propia de todas las ocurrencias y escenas que suelen acudir a la presin, tal y como sucedi con aquellas palabras pronunciadas a la manera de un orculo. Persigui ndolas, por regla general se descubre que las reminiscencias en apariencia inconexas estn estrechamente enlazadas por unas ataduras de pensamiento y llevan por la v a más directa al momento pat geno buscado. A raz de esto me viene a la memoria un caso de análisis en que mi confianza en los resultados del presionar fue sometida primero a dura prueba, para justificarse luego brillantemente. Una joven seora, muy inteligente y en apariencia muy dichosa, me hab a consultado a raz de un pertinaz dolor en el abdomen que no ced a a la terapia. Discern que el dolor ten a su sede en la pared del vientre, se lo poda referir a unos endurecimientos musculares palpables, y orden un tratamiento local. Pasados unos meses volv a ver a la enferma, quien me dijo: Despu s del tratamiento aconsejado el dolor aquel pas, y durante largo tiempo no lo sent ; pero ahora ha retornado como dolor nervioso. Lo conozco en que no lo tengo por obra de ciertos movimientos, como antes, sino sólo a determinadas horas, por ejemplo a la ma ana al levantarme y a raz de cierta clase de emociones. – El diagnóstico de la dama era bien correcto; ahora era preciso hallar la causa de ese dolor, y en estado no influido, en nada pudo ella ayudarme. Concentrada y bajo la presin de mi mano, cuando le pregunt si se le ocurra o ve a algo, se decidi por el ver y empez a describirme sus imgenes visuales. Vio algo como un sol con rayos, lo que yo desde luego hube de considerar un fosfeno producido por presión sobre los ojos, Yo esperaba que siguiera algo más utilizable, pero ella prosigui : Estrellas de una rara luz azulina como la luz lunar, etc., todas cosas que yo consider centelleos, resplandores y puntos luminosos ante los ojos. Ya me dispon a a incluir el intento entre los fallidos, y meditaba sobre el mejor modo de salir del paso discretamente, cuando una de las apariciones que ella describi llam mi atención: Una gran cruz negra, tal lo que vio; estaba inclinada, en sus bordes rielaba el mismo destello como de luz lunar en que estaban envueltas todas sus anteriores im genes, y sobre su travesao tremolaba una llamita; evidentemente, eso ya no era un fosfeno. Prest odos entonces: vinieron luego im genes masivas embebidas en la misma luz, raros signos, parecidos acaso a escritura en snscrito, además figuras como tringulos, entre ellas un tri ngulo grande; de nuevo la cruz … Esta vez conjeturo un significado alegrico y pregunto: Qu significa esta cruz?. – Es probable que denote el dolor, repuso ella. – Le objeto que por cruz las más de las veces uno entender a un peso moral; qu se oculta tras ese dolor? – No sabe decirlo y prosigue entregada a sus visiones: Un sol con dorados rayos, que ella sabe interpretar: es Dios, la fuerza primordial; luego una lagartija gigantesca que ella mira curiosa, pero no aterrada; despu s un montn de serpientes, despu s de nuevo un sol, pero con suaves y argentados rayos, y ante ella, entre su persona y esa fuente de luz, una reja, que le esconde el centro del sol. Hace tiempo he cado en la cuenta de que estoy frente a unas alegor as, y enseguida pregunto por el significado de la última imagen. Responde sin vacilar: El sol es la perfección, el ideal, y la reja son mis flaquezas y defectos, que se interponen entre m y el ideal. –