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Estudio del psicoanálisis y psicología

Debate: Real, Simbólico e Imaginario de la familia: Las metamorfosis de la parentalidad



Debate: Real, Simbólico e Imaginario de la familia

Las metamorfosis de la parentalidad

Las nuevas formas de parentalidad que se han desarrollado no son más que nuevas formas del carácter social del parentesco,

como lo afirma el antropólogo Maurice Godelier. Es decir, conductas sociales de parentesco desligadas, en disyunción, de los

lazos biológicos que enlazan los niños a un hombre y a una mujer en tanto que genitores. Godelier señala, en su gran ensayo Les

métamorphoses de la parenté, que el “parentesco social”, desligado de todo lazo biológico, no ha ocupado, durante siglos, más que un

lugar menor. La adopción, por ejemplo, ha estado prohibida por la Iglesia, antes de ser reinstituida en el siglo XIX sólo en algunos

países de Europa. El antropólogo constata, además, un doble movimiento en lo concerniente a las transformaciones de la familia en

los últimos treinta años: el desarrollo de nuevas formas de parentesco social, por alianza, presente en las familias monoparentales,

las familias recompuestas y las familias homoparentales, y -paralelamente- lo que llama “el ascenso de la obsesión del fundamento

genético del parentesco” que va en un sentido contrario y traduce la inquietud respecto de las modificaciones que la Ciencia ha

podido introducir en el seno del parentesco.

En los distintos debates que acompañan estas transformaciones hemos podido escuchar especialistas de distintas disciplinas

explicarnos la dimensión simbólica e imaginaria de lo que recubre el neologismo de “parentalidad”, que Marie-Hélène Brousse

ha explorado en un artículo que se ha vuelto una referencia en nuestro medio. Nuestra época parece, en muchos casos, efectuar

bastante fácilmente la sustitución de imágenes paternas y maternas por sus funciones. Si el principio del registro simbólico es la

sustitución de un significante por otro, se acepta bastante fácilmente que puedan haber substituciones para ejercer las funciones

maternas y paternas en el seno de la familia. Nuestra época lacaniana parece tolerar las variaciones a nivel de los personajes que

pueden encarnar las funciones de un deseo “que no sea anónimo”, “particularizado”, como se expresa Lacan en la “Nota sobre el

niño”. Allí donde los espíritus comienzan a crisparse es cuando se busca instituir por decreto lo que debería quedar en un estado de excepción: cuando las excepciones devienen la regla. Lo que no hace más que verificar en qué medida la regla se encuentra

tocada cuando se legisla también para las minorías.

Se escuchan así también preocupaciones respecto a la dimensión Real de estas modificaciones de la familia, bajo la forma del

destino de la diferencia sexual y del devenir de la interdicción del incesto. Estas preocupaciones son legitimas y constituyen el

índice certero que lo Real de lo que constituye el lazo social -o como le señalaba Jacques-Alain Miller hace algunos años: el único

lazo que permite pensar que podría haber un lazo natural entre los seres hablantes- ha sido tocado por el progreso de la Ciencia

y por la evolución de la legislación que acompaña estas transformaciones. Lo cierto, a este nivel, es que la disolución del lazo

social que implican los tiempos hipermodernos -o tal como lo ha formalizado Lacan, “el discurso del capitalista”- toca también a

la naturaleza del lazo familiar y si éste podía aparecer hasta hace algunos años como natural, hoy ya no lo es. Así, quizás, el deseo

de formar familia responde creando un lazo social, inventándolo allí donde éste no es natural, como respuesta a la crisis subjetiva

profunda propia a nuestra época y a la angustia que la caracteriza.

Una ideología edípica

En este sentido J. Lacan se preguntaba -al final de sus “Propuestas directivas a un congreso sobre la sexualidad femenina”- si

no sería por el efecto de la “instancia social de la mujer” que se mantiene “el estatuto del casamiento en la época del declive del

paternalismo”. “Cuestión irreductible -agregaba Lacan- a un campo ordenado de necesidades”. Efectivamente, es a partir de un

deseo que ignora completamente el registro de la necesidad, -”olviden la naturaleza” decía J-A. Miller en su artículo de Le Point en

enero último- que parejas excluidas del casamiento lo piden hoy, en la época en que ningún Nombre-del-Padre se sostiene.

Esta decadencia del Nombre-del-Padre es, ciertamente, la condición para hacerse instituir de parejas que, de otro modo, estaban

condenadas a vivir a la sombra en otra época, a la sombra del paternalismo, precisamente. Pero, ¿es sin embargo en nombre de

una lógica femenina, de la lógica del “no-todo”, que busca hacerse escuchar lo que hace excepción al “Todo” del “para todos”?

¿Es esto lo que esos pedidos de casamiento expresan? Nada es menos seguro, sobre todo porque estos pedidos buscan inscribirse

en el gran Todo del “para todos”: “casamiento para todos”, renunciando así a toda perspectiva que abriese a lo que Foucault

consideraba como algo excepcional en la relación entre dos hombres o dos mujeres.

Lacan indicaba el Eros de la homosexualidad femenina, presente en el movimiento de las preciosas, oponiéndolo a la entropía

social del catarismo y, de manera más general, a un efecto antisocial presente en la homosexualidad masculina. Si los

movimientos gays permitieron, luego que Lacan hiciera esta observación, hacer lazo social, habría que referirse a las críticas que

los movimientos queer hicieron a los movimientos de gays y lesbianas para encontrar una objeción en nombre de un goce que no

sería reabsorbido en un universal masificante y uniformizante tal como losqueer le critican a los LGBT. La crítica principal se funda

entonces no en nombre de una entropía social, como lo hacía Lacan en 1960, sino en el de la homogenización de un goce que no

debería someterse a una norma copiada sobre la norma heterosexual.

Si algunos psicoanalistas han tomado posición en el debate en torno a “la familia para todos” y se han pronunciado contra los

pedidos de inseminación artificial por madres solteras, en los países donde esto es posible (no es el caso en Francia), ya que se

trataría en esos casos de “pedidos incestuosos” pues no se conoce la identidad del donador de esperma [5], o bien contra la

adopción de niños por parejas homosexuales en nombre del “derecho de tener un padre y una madre”, hombre y mujer, o en

nombre del “derecho del niño a confrontarse a la diferencia sexual”, posiciones todas estas que han podido ser defendidas por los

legisladores también, habría que permanecer atentos al modo de retorno particular que estas transformaciones en la estructura de

la familia introducirán. Los niños deseados por estas familias ¿a qué retorno, a nivel de los síntomas, darán lugar? En todo caso,

hay que excluir desde el principio un acercamiento desde el punto de vista de una ideología psicoanalítica edípica.

Si la ausencia de padre en la realidad puede ser remplazada por un substituto en el deseo de la Madre, podemos pensar que,

de todos modos, habrá restos -aunque estos sean imaginarios- de este rasgo particular. Cuando se trata de la presencia de un

significante cualquiera en el lugar del Nombre-del-Padre para una madre, un genitor ocasional, o un padre perverso o irresponsable,

podemos pensar que todos estos rasgos dejaran marcas en el sujeto, y de algún modo, en sus síntomas, en tanto efecto de lo real,

encontraremos restos de estos elementos que dan cuenta del estrago del lo real del Padre, de su goce. “El analista no interviene

más que a partir de una verdad particular -nos dice Lacan en su conferencia en la Columbia University el 1 de diciembre de 1975- ya

que un niño no es un niño abstracto. Tiene una historia y una historia que se especifica por esta particularidad: no es la misma cosa

haber tenido a su mamá y no la mamá del vecino; lo mismo para su papá [...] El padre es una función que se refiere a lo real. Ello

no impide que lo real del padre sea absolutamente fundamental en el análisis. El modo de existencia del padre tiende a lo real. Este

es el único caso en que lo real es más fuerte que lo verdadero. Digamos que lo real también puede ser mítico”[6].

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