Obras de S. Freud: 31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica (segunda parte)

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31ª conferencia.
La descomposición de la personalidad psíquica

En 1921 intenté aplicar la diferenciación entre yo y superyó al estudio de la psicología de las masas. Llegué a una fórmula como esta: Una masa psicológica es una reunión de individuos que han introducido en su superyó la misma persona y se han identificado entre sí en su yo sobre la base de esa relación de comunidad (1). Desde luego, esa fórmula es válida
solamente para masas que tienen un conductor. Si poseyéramos más aplicaciones de esta
clase, el supuesto del superyó perdería para nosotros su último resto de extrañeza y nos
emanciparíamos por completo de la estrechez que nos aqueja todavía cuando, habituados a la
atmósfera del mundo subterráneo, nos movemos en los estratos más superficiales, superiores,
del aparato anímico. Desde luego, no creemos que con la separación del superyó hayamos
dicho la última palabra sobre la psicología del yo. Es más bien un comienzo, pero en este caso no es sólo el comienzo el que cuesta.
Ahora nos aguarda otra tarea, por así decir en el extremo contrapuesto del yo. La suscita una
observación realizada en el curso del trabajo analítico, una observación que en verdad es muy
antigua. Como ya ha ocurrido tantas veces, debió pasar mucho tiempo hasta que uno se
decidiera a apreciar su valor. Ustedes saben que en realidad toda la teoría psicoanalítica está
edificada sobre la percepción de la resistencia que nos ofrece el paciente cuando intentamos
hacerle conciente su inconciente. El signo objetivo de la resistencia es que sus ocurrencias se
le deniegan o se distancian mucho del tema tratado. El mismo puede discernir la resistencia
también subjetivamente si registra sensaciones penosas cuando se aproxima al tema. Pero
este último signo puede faltar. Entonces decimos al paciente que, según inferimos de su
conducta, se encuentra ahora en estado de resistencia, y él responde que no sabe nada de ella,
sólo nota la traba de las ocurrencias. Se demuestra que nosotros teníamos razón, pero,
entonces, su res istencia era también inconciente, tan inconciente como lo reprimido en cuyo
levantamiento trabajamos. Hace tiempo que se habría debido plantear esta pregunta: ¿De qué
parte de su vida anímica procede esa resistencia inconciente? El principiante en el psicoanálisis responderá con ligereza: es justamente la resistencia de lo inconciente. ¡Respuesta ambigua e inutilizable! Si lo que se quiere indicar es que procede de lo reprimido, tenemos que decir: sin duda que no. A lo reprimido tenemos que atribuirle más bien una intensa pulsión aflorante, un esfuerzo por penetrar en la conciencia. La resistencia sólo puede ser una exteriorización del yo que en su tiempo llevó a cabo la represión y ahora quiere mantenerla. Desde siempre lo hemos concebido así. Puesto que suponemos en el yo una instancia particular que subroga los reclamos de limitación y rechazo, el superyó, podemos afirmar que la represión es la obra de ese superyó, él mismo la lleva a cabo, o lo hace por encargo suyo el yo que le obedece.
Entonces, si se da el caso de que en el análisis al paciente no le deviene conciente la
resistencia, ello significa o bien que el superyó y el yo pueden trabajar de manera inconciente en
situaciones importantísimas, o bien -lo cual sería aún más sustantivo- que sectores de ambos,
del yo y el superyó mismos, son inconcientes. Pero en cualquiera de esos dos casos tenemos
que darnos por enterados de la desagradable intelección de que (super) yo y conciente, por un
lado, y reprimido e inconciente, por el otro, en manera alguna coinciden.
Señoras y señores: Siento la necesidad de tomar aliento, de hacer una pausa que también
ustedes considerarán bienvenida, y disculparme antes de proseguir. Quiero proporcionarles
complementos de una introducción al psicoanálisis que inicié hace más de quince años, y tengo que comportarme como si en ese intervalo ustedes tampoco hubieran cultivado otra cosa que psicoanálisis. Sé que es una presunción inaudita, pero me encuentro inerme, no puedo obrar de otro modo. Sin duda se debe a la grandísima dificultad de proporcionar una visión del psicoanálisis a quien no es psicoanalista. Créanme que no nos gusta aparecer como vinos sectarios que cultiváramos una ciencia secreta. No obstante, debimos advertir y proclamar como una convicción nuestra que nadie tiene el derecho a pronunciarse sobre el psicoanálisis si no ha adquirido determinadas experiencias que sólo pueden conseguirse sometiéndose uno mismo a un análisis. Cuando quince años atrás les dicté mis conferencias, procuré ahorrarles ciertos fragmentos especulativos de nuestras teorías, pero justamente a ellos se anudan las adquisiciones nuevas de que debo hablarles hoy.
Regreso al tema. En la duda sobre si el yo y el superyó mismos pueden ser inconcientes o
sólo despliegan efectos inconcientes, tenernos buenas razones para decidirnos en favor de la
primera posibilidad. Sí; grandes sectores del yo y del superyó pueden permanecer inconcientes,
son normalmente inconcientes. Esto significa que la persona no sabe nada de sus contenidos y
le hace falta cierto gasto de labor para hacerlos concientes. Es correcto que no coinciden yo y
conciente, por un lado, y reprimido e inconciente, por el otro. Sentimos la necesidad de revisar
radicalmente nuestra actitud frente al problema de conciente-ínconciente. Nuestra primera
inclinación es depreciar en mucho el valor del criterio de la condición de conciente, puesto que
ha demostrado ser muy poco confiable. Pero nos equivocaríamos. Ocurre como con nuestra
vida; no vale mucho, pero es todo lo que tenemos. Sin la antorcha de la cualidad «conciencia»
nos perderíamos en la oscuridad de la psicología de lo profundo; pero tenemos derecho a
ensayar una nueva orientación.
No nos hace falta elucidar lo que debe llamarse conciente, pues está a salvo de cualquier duda.
El más antiguo y mejor significado de la palabra «inconciente» es el descriptivo; llamamos
inconciente a un proceso psíquico cuya existencia nos vemos precisados a suponer, acaso
porque lo deducimos a partir de sus efectos, y del cual, empero, no sabemos nada. Por tanto,
nos referimos a él del mismo modo que si se tratara de un proceso psíquico de otro ser
humano, salvo que es nuestro. Si queremos expresarnos de manera más correcta aún,
modificaremos así el enunciado: llamamos inconciente a un proceso cuando nos vemos
precisados a suponer que está activado por el momento, aunque por el momento no sepamos
nada de él. Esta limitación nos lleva a pensar que la mayoría de los procesos concientes lo son
sólo por breve lapso; pronto devienen latentes, pero pueden con facilidad devenir de nuevo
concientes. También podríamos decir que devinieron inconcientes, siempre que estuviéramos
seguros de que en el estado de latencia siguen siendo todavía algo psíquico. Hasta este punto
no habríamos averiguado nada nuevo, y ni siquiera adquirido el derecho de introducir en la
psicología el concepto de un inconciente. Pero entonces se suma la nueva experiencia que
podemos hacer ya en las operaciones fallidas. Por ejemplo, para explicar un desliz en el habla
nos vemos obligados a suponer que en la persona en cuestión se había formado un propósito
determinado de decir algo. Lo colegimos con certeza a partir de la perturbación sobrevenida en
el dicho, pero ese propósito no se había impuesto; por tanto, era inconciente. Si con
posterioridad se lo presentamos al hablante, puede reconocerlo como uno que le es familiar, en
cuyo caso fue inconciente sólo de manera temporaria; o puede desmentirlo como algo ajeno a
él, en cuyo caso era inconciente de manera duradera (2). De esa experiencia
extraemos en sentido retrocedente el derecho de declarar inconciente también lo designado
como latente. Y si ahora tomamos en cuenta estas constelaciones dinámicas, podemos
distinguir dos clases de inconciente: una que con facilidad, en condiciones que se producen a
menudo, se trasmuda en conciente, y otra en que esta trasposición es difícil, se produce sólo
mediante un gasto considerable de labor, y aun es posible que no ocurra nunca. Para evitar la
ambigüedad de saber si nos referimos a uno u otro inconciente, si usamos la palabra en el
sentido descriptivo o en el dinámico, recurrimos a un expediente simple, permitido. Llamamos
«preconciente» a lo inconciente que es sólo latente y deviene conciente con tanta facilidad, y
reservamos la designación «inconciente» para lo otro. Ahora tenemos tres términos: conciente,
preconciente e inconciente, con los cuales podemos desempeñarnos en la descripción de los
fenómenos anímicos, Repitámoslo: desde el punto de vista puramente descriptivo, también lo
preconciente es inconciente, pero no lo designamos así excepto en una exposición laxa o
cuando nos proponemos defender la existencia misma de procesos inconcientes en la vida
anímica.
Espero me concederán que hasta aquí nada de eso es enojoso, y permite un cómodo manejo.
Así es; pero, por desdicha, el trabajo psicoanalítico se ha visto esforzado a emplear la palabra
«inconciente» aún en un tercer sentido, y es muy probable que esto haya suscitado confusión.
Bajo la nueva y poderosa impresión de que un vasto e importante campo de la vida anímica se
sustrae normalmente del conocimiento del yo, de suerte que los procesos que ahí ocurren
tienen que reconocerse como inconcientes en el genuino sentido dinámico, hemos entendido el
término «inconciente» también en un sentido tópico o sistemático, hablado de un sistema de lo
preconciente y de lo inconciente, de un conflicto del yo con el sistema Ice, y dejado que la
palabra cobrara cada vez más el significado de una provincia anímica, antes que el de una
cualidad de lo anímico. El descubrimiento, en verdad incómodo, de que también sectores del yo
y del superyó son inconcientes en el sentido dinámico produce aquí como un alivio, nos permite
remover una complicación. Vemos que no tenemos ningún derecho a llamar «sistema Icc» al
ámbito anímico ajeno al yo, pues la condición de inconciente no es un carácter exclusivamente
suyo. Entonces, ya no usaremos más «inconciente» en el sentido sistemático y daremos un
nombre mejor, libre de malentendidos, a lo que hasta ahora designábamos así. Apuntalándonos
en el uso idiomático de Nietzsche, y siguiendo una incitación de Georg Groddeck [1923] (3), en
lo sucesivo lo llamaremos «el ello». Este pronombre impersonal parece particularmente
adecuado para expresar el principal carácter de esta provincia anímica, su ajenidad respecto del
yo. Superyó, yo y ello son ahora los tres reinos, ámbitos, provincias, en que descomponemos el
aparato anímico de la persona, y de cuyas relaciones recíprocas nos ocuparemos en lo que
sigue.(4)
Antes de hacerlo, sólo una breve intercalación. Estarán ustedes descontentos por el hecho de
que las tres cualidades de la condición de conciente, y las tres provincias del aparato anímico,
no se hayan reunido en tres pacíficas parejas; sin duda verán en ello algo así como un
deslucimiento de nuestros resultados. Pero yo opino que no deberíamos lamentarlo, sino
decirnos que no poseíamos ningún derecho a esperar un ordenamiento tan terso. Permítanme
ofrecerles una comparación; es verdad que las comparaciones no demuestran nada, pero
pueden hacer que uno se sienta más en su casa. Imagino un país con una variada
configuración de su suelo: montes, llanuras y lagos, y con una población mixta, pues en él
moran alemanes, magiaresy eslovacos, que además desarrollan actividades diversas.
Entonces las cosas podrían distribuirse así: en la montaña viven los alemanes, criadores de
ganado; en tierra llana, los magiares, que cultivan cereales y viñas; y en los lagos, los eslovacos
pescan y trenzan junco. Si esta distribución fuera tersa y no contaminada, regocijaría a un
Wilson (5); también sería muy cómoda para dictar las clases de geografía. Empero, lo probable
es que si ustedes recorren la comarca hallen menos orden y más contaminación. Alemanes,
magiares y eslovacos viven entreverados por doquier, en la montaña hay también agricultores y
en la llanura se cría ganado. Desde luego, algo será como ustedes lo esperaban, pues en el
monte no se puede pescar y en el agua no crece la vid. Sin duda, la imagen que tenían de la
comarca puede ser la correcta a grandes rasgos; en el detalle, tendrán que admitir
divergencias.
No esperen que, acerca del ello, vaya a comunicarles mucho de nuevo excepto el nombre. Es la
parte oscura, inaccesible, de nuestra personalidad; lo poco que sabemos de ella lo hemos
averiguado mediante el estudio del trabajo del sueño y de la formación de síntomas neuróticos,
y lo mejor tiene carácter negativo, sólo se puede describir por oposición respecto del yo. Nos
aproximamos al ello con comparaciones, lo llamamos un caos, una caldera llena de
excitaciones borboteantes. Imaginamos que en su extremo está abierto hacia lo somático, ahí
acoge dentro de sí las necesidades pulsionales que en él hallan su expresión psíquica (6), pero
no podemos decir en qué sustrato. Desde las pulsiones se llena con energía, pero no tiene
ninguna organización, no concentra una voluntad global, sólo el afán de procurar satisfacción a
las necesidades pulsionales con observancia del principio de placer. Las leyes del pensamiento,
sobre todo el principio de contradicción, no rigen para los procesos del ello. Mociones opuestas
coexisten unas junto a las otras sin cancelarse entre sí ni debitarse; a lo sumo entran en
formaciones de compromiso bajo la compulsión económica dominante a la descarga de
energía. En el ello no hay nada que pueda equipararse a la negación {Negation}, y aun se
percibe con sorpresa la excepción al enunciado del filósofo según el cual espacio y tiempo son
formas necesarias de nuestros actos anímicos (7). Dentro del ello no se encuentra
nada que corresponda a la representación del tiempo, ningún reconocimiento de un decurso
temporal y -lo que es asombroso en grado sumo y aguarda ser apreciado por el pensamiento
filosófico- ninguna alteración del proceso anímico por el trascurso del tiempo (8).
Mociones de deseo que nunca han salido del ello, pero también impresiones que fueron
hundidas en el ello por vía de represión, son virtualmente inmortales, se comportan durante
décadas como si fueran acontecimientos nuevos. Sólo es posible discernirlas como pasado,
desvalorizarlas y quitarles su investidura energética cuando han devenido concientes por medio
del trabajo analítico, y en eso estriba, no en escasa medida, el efecto terapéutico del tratamiento
analítico.
Sigo teniendo la impresión de que hemos sacado muy poco partido para nuestra teoría
analítica de ese hecho, comprobado fuera de toda duda, de que el tiempo no altera lo reprimido.
Y, en verdad, parece abrírsenos ahí un acceso hacia las intelecciones más profundas. Por
desgracia, tampoco yo he avanzado gran cosa en esa dirección.
Desde luego, el ello no conoce valoraciones, ni el bien ni el mal, ni moral alguna. El factor
económico o, si ustedes quieren, cuantitativo, íntimamente enlazado con el principio de placer,
gobierna todos los procesos. Investiduras pulsionales que piden descarga: creemos que eso es
todo en el ello. Parece, es verdad, que la energía de esas mociones pulsionales se encuentra
en otro estado que en los demás distritos anímicos, es movible y susceptible de descarga con
ligereza mucho mayor (9), pues de lo contrario no se producirían esos
desplazamientos y condensaciones que son característicos del ello y prescinden tan
completamente de la cualidad de lo investido -en el yo lo llamaríamos una representación- ¡Qué
daríamos por comprender mejor estas cosas! Además, ven ustedes que estamos en
condiciones de indicar para el ello otras propiedades y no sólo la de ser inconciente, y
disciernen la posibilidad de que partes del yo y del superyó sean inconcientes sin poseer los
mismos caracteres primitivos e irracionales (10).
El mejor modo de obtener una caracterización del yo como tal, en la medida en que se puede
separarlo del ello y del superyó, es considerar su nexo con la más externa pieza de superficie
del aparato anímico, que designamos como el sistema P-Cc {percepción-conciencia}. Este
sistema está volcado al mundo exterior, medía las percepciones de este, y en el curso de su
función nace dentro de él el fenómeno de la conciencia. Es el órgano sensorial de todo el
aparato, receptivo además no sólo para excitaciones que vienen de afuera, sino para las que
provienen del interior de la vida anímica. Apenas si necesita ser justificada la concepción según
la cual el yo es aquella parte del ello que fue modificada por la proximidad y el influjo del mundo
exterior, instituida para la recepción de estímulos y la protección frente a estos, comparable al
estrato cortical con que se rodea una ampollita de sustancia viva. El vínculo con el mundo
exterior se ha vuelto decisivo para el yo; ha tomado sobre sí la tarea de subrogarlo ante el ello y
por la salud del ello, que, en su ciego afán de satisfacción pulsional sin consideración alguna por
ese poder externo violentísimo, no escaparía al aniquilamiento. Para cumplir esta función, el yo
tiene que observar el mundo exterior, precipitar una fiel copia de este en las huellas mnémicas
de sus percepciones, apartar mediante la actividad del examen de realidad lo que las fuentes de
excitación interior han añadido a ese cuadro del mundo exterior. Por encargo del ello, el yo
gobierna los accesos a la motilidad, pero ha interpolado entre la necesidad y la acción el
aplazamiento del trabajo de pensamiento, en cuyo trascurso recurre a los restos mnémicos de
la experiencia. Así ha destronado al principio de placer, que gobierna de manera irrestricta el
decurso de los procesos en el ello, sustituyéndolo por el principio de realidad, que promete más
seguridad y mayor éxito.
También el vínculo con el tiempo, tan difícil de describir, es proporcionado al yo por el sistema
percepción; apenas es dudoso que el modo de trabajo de este sistema da origen a la
representación del tiempo (11). Ahora bien, lo que singulariza muy particularmente al
yo, a diferencia del ello, es una tendencia a la síntesis de sus contenidos, a la reunión y
unificación de sus procesos anímicos, que al ello le falta por completo. Cuando en lo que sigue
tratemos sobre las pulsiones en la vida anímica, cabe esperar que lograremos reconducir a sus
fuentes este carácter esencial del yo (12). Por sí solo produce aquel alto grado de
organización que necesita el yo para sus mejores operaciones. El yo se desarrolla desde la
percepción de las pulsiones hasta su gobierno, pero este último sólo se alcanza por el hecho de
que la agencia representante de pulsión es subordinada a una unión mayor, acogida dentro de
un nexo. Ajustándonos a giros populares, podríamos decir que el yo subroga en la vida anímica
a la razón y la prudencia, mientras que el ello subroga a las pasiones desenfrenadas.
Hasta ahora nos hemos dejado impresionar por el recuento de las excelencias y aptitudes del
yo; es tiempo de considerar el reverso de la medalla. En efecto, el yo es sólo un fragmento del
ello, un fragmento alterado de manera acorde al fin por la proximidad del mundo exterior
amenazante. En el aspecto dinámico es endeble, ha tomado prestadas del ello sus energías, y
alguna intelección tenemos sobre los métodos -podría decirse: las tretas- por medio de los
cuales sustrae al ello ulteriores montos de energía. Sin duda que una de esas vías es, por
ejemplo, la identificación con objetos conservados o resignados. Las investiduras de objeto
parten de las exigencias pulsionales del ello. El yo al comienzo se ve precisado a registrarlas.
Pero, identificándose con el objeto, se recomienda al ello en remplazo del objeto, quiere guiar
hacia sí la libido del ello. Ya hemos averiguado que en el curso de la vida el yo acoge dentro de
sí gran número de tales precipitados de antiguas investiduras de objeto. En el conjunto, el yo se
ve obligado a realizar los propósitos del ello, y cumple su tarea cuando descubre las
circunstancias bajo las cuales esos propósitos pueden alcanzarse lo mejor posible. Podría
compararse la relación entre el yo y el ello con la que media entre el jinete y su caballo. El
caballo produce la energía para la locomoción, el jinete tiene el privilegio de comandar la meta,
de guiar el movimiento del fuerte animal. Pero entre el yo y el ello se da con harta frecuencia el
caso no ideal de que el jinete se vea precisado a conducir a su rocín adonde este mismo quiere
ir.
El yo se ha divorciado de una parte del ello mediante resistencias de represión {de desalojo}.
Pero la represión no se continúa en el interior del ello. Lo reprimido confluye con el, resto del
ello.
Un refrán nos previene que no se debe servir a dos amos al mismo tiempo. El pobre yo lo pasa
todavía peor: sirve a tres severos amos, se empeña en armonizar sus exigencias y reclamos.
Estas exigencias son siempre divergentes, y a menudo parecen incompatibles; no es raro
entonces que el yo fracase tan a menudo en su tarea. Esos tres déspotas son el mundo
exterior, el superyó y el ello. Si uno sigue los empeños del yo por darles razón al mismo tiempo
-mejor dicho, por obedecerles al mismo tiempo-, no puede arrepentirse de haber personificado
a ese yo, de haberlo postulado como un ser particular. Se siente apretado desde tres lados,
amenazado por tres clases de peligros, frente a los cuales en caso de aprieto reacciona con un
desarrollo de angustia. Por su origen en las experiencias del sistema percepción está destinado
a subrogar los reclamos del mundo exterior, pero también quiere ser el fiel servidor del ello,
mantenerse avenido con el ello, recomendársele como objeto, atraer sobre sí su libido. En sus
afanes por mediar entre el ello y la realidad se ve obligado con frecuencia a disfrazar los
mandamientos icc del ello con sus racionalizaciones prcc, a encubrir los conflictos del ello con
la realidad, a simular con insinceridad diplomática una consideración por la realidad aunque el
ello haya permanecido rígido e inflexible. Por otra parte, el riguroso superyó observa cada uno
de sus pasos, le presenta determinadas normas de conducta sin atender a las dificultades que
pueda encontrar de parte del ello y del mundo exterior, y en caso de inobservancia lo castiga
con los sentimientos de tensión de la inferioridad y de la conciencia de culpa. Así, pulsionado
por el ello, apretado por el superyó, repelido por la realidad, el yo pugna por dominar su tarea
económica, por establecer la armonía entre las fuerzas e influjos que actúan dentro de él y
sobre él, y comprendemos por qué tantas veces resulta imposible sofocar la exclamación: «¡La
vida no es fácil!». Cuando el yo se ve obligado a confesar su endeblez, estalla en angustia,
angustia realista ante el mundo exterior, angustia de la conciencia moral ante el superyó,
angustia neurótica ante la intensidad de las pasiones en el interior del ello.
Quisiera figurar en un gráfico modesto las constelaciones estructurales de la personalidad
anímica, que he desarrollado ante ustedes; helo aquí:

constelaciones estructurales

Aquí ven ustedes que el superyó se sumerge en el ello; en efecto, como heredero del complejo de Edipo mantiene íntimos nexos con él; está más alejado que el yo del sistema percepción (13). El ello comercia con el mundo exterior sólo a través del yo, al menos en este esquema. Hoy nos resulta difícil, por cierto, decir en qué medida el gráfico es correcto; en un punto seguramente no lo es. El espacio abarcado por el ello inconciente debería ser incomparablemente mayor que el del yo o el de lo preconciente. Les ruego que lo rectifiquen ustedes mentalmente.

Y ahora he de hacerles todavía una advertencia para concluir estos difíciles y acaso no convincentes desarrollos. No deben concebir esta separación de la personalidad en un yo, un superyó y un ello deslindada por fronteras tajantes, como las que se han trazado artificialmente en la geografía política. No podemos dar razón de la peculiaridad de lo psíquico mediante contornos lineales como en el dibujo o la pintura primitiva; más bien, mediante campos coloreados que se pierden unos en otros, según hacen los pintores modernos. Tras haber separado, tenemos que hacer converger de nuevo lo separado. No juzguen con demasiada dureza este primer intento de volver intuible lo psíquico, tan difícil de aprehender. Es muy probable que la configuración de estas separaciones experimente grandes variaciones en diversas personas, y es posible que hasta se alteren en el curso de la función e involucionen temporariamente. Algo de esto parece convenir en especial a la diferenciación entre el yo y el superyó, la última desde el punto de vista filogenético, y la más espinosa. Es indudable que eso mismo puede ser provocado por una enfermedad psíquica. Cabe imaginar, también, que ciertas prácticas místicas consigan desordenar los vínculos normales entre los diversos distritos anímicos de suerte que, por ejemplo, la percepción logre asir, en lo profundo del yo y del ello, nexos que de otro modo le serían inasequibles. Puede dudarse tranquilamente de que por este camino se alcance la sabiduría última de la que se espera toda salvación. De todos modos, admitiremos que los empeños terapéuticos del psicoanálisis han escogido un parecido punto de abordaje. En efecto, su propósito es fortalecer al yo, hacerlo más independiente del superyó, ensanchar su campo de percepción y ampliar su organización de manera que pueda apropiarse de nuevos fragmentos del ello (14). Donde Ello era, Yo debo devenir. Es un trabajo de cultura como el desecamiento del Zuiderzee.

Obras de S. Freud: 30ª conferencia. Sueño y ocultismo (segunda parte)

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

Desde el comienzo yo lo había escuchado de mala gana. Tras esa exclamación, me permití
preguntarle: «¿Qué halla usted tan grandioso en esa profecía? Ahora estamos a fines del otoño;
su cuñado no ha muerto, pues de lo contrario hace tiempo me lo hubiera contado usted. Por

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

Desde el comienzo yo lo había escuchado de mala gana. Tras esa exclamación, me permití
preguntarle: «¿Qué halla usted tan grandioso en esa profecía? Ahora estamos a fines del otoño;
su cuñado no ha muerto, pues de lo contrario hace tiempo me lo hubiera contado usted. Por
tanto, la profecía no se cumplió». «Es cierto -respondió-; pero lo maravilloso es esto: mi cuñado
es un gran aficionado a las langostas y ostras, y el verano anterior -vale decir, antes de mi visita
a la decidora de la suerte- tuvo un envenenamiento con ostras por cuya causa estuvo a punto
de morir». ¿Qué podía hacer yo? Sólo fastidiarme por el hecho de que ese hombre de elevada
cultura, que además acababa de terminar con éxito un análisis, no penetrase mejor la trama.
Por mí parte, antes de creer que mediante unas tablas astrológicas se pueda calcular cuándo
sobrevendrá un envenenamiento con langostas u ostras, prefiero suponer que mi paciente
nunca había superado el odio hacia el rival, a raíz de cuya represión había enfermado en su
momento, y que la astróloga simplemente expresó su propia expectativa: «Tales aficiones no se
abandonan, y un buen día él morirá por esa causa». Confieso que no conozco otra explicación
para este caso, como no sea que mi paciente se permitiera una broma conmigo. Pero ni en ese
momento ni luego me dio motivos para sospecharlo, y parecía hablar en serio.
Otro caso (1). Un joven de elevada posición está enredado con una mujer de vida galante y
en ese vínculo rige una curiosa compulsión. De tiempo en tiempo se ve precisado a afrentar a la
amada de palabra haciéndola objeto de mofa y escarnio hasta que ella cae en viva
desesperación. Una vez que la ha quebrantado hasta ese punto, él se siente aliviado, se
reconcilia con ella y la agasaja. Pero ahora le gustaría librarse de ella, la compulsión le resulta
ominosa {unheimfich}, nota que ese enredo menoscaba su buen nombre, quiere tener esposa,
fundar una familia. No obstante, no consigue separarse con sus solas fuerzas de la dama
galante y acude al análisis en busca de auxilio. Tras una de esas escenas de insultos, ocurrida ya durante el análisis, se hace escribir por ella un billete, que luego lleva a un grafólogo. He aquí la información que recibe: Es el escrito de una persona en estado de desesperación extrema, no pasarán muchos días antes que se dé muerte. Desde luego, ello no sucedió, pues la dama siente apego por la vida; pero el análisis consigue aflojar sus cadenas: abandona, pues, a la
dama y se vuelve a una joven de quien espera pueda convertirse en cabal esposa para él. Al
poco tiempo le sobreviene un sueño que sólo puede interpretarse como una incipiente duda en cuanto al valor de esa muchacha. También de ella toma unas líneas de escritura que presenta a la misma autoridad, y el juicio que recibe sobre el escrito corrobora sus aprensiones. Abandona entonces el propósito de hacerla su esposa.
Para apreciar las pericias del grafólogo, sobre todo la primera, es preciso saber algo acerca de
la historia secreta de nuestro hombre. Siendo muy jovencito, y respondiendo a su naturaleza
apasionada, se había enamorado hasta el frenesí de una mujer joven, aunque mayor que él.
Rechazado, intentó un suicidio de cuyo serio propósito no cabe dudar. Sólo por azar escapó de
la muerte, y se restableció tras larga convalecencia. Pero ese acto silvestre causó profunda
impresión en la mujer amada, quien le concedió sus favores; él pasó a ser su amante,
permaneció desde entonces ligado con ella secretamente {heimlich} y la sirvió como un
auténtico caballero. Trascurridas más de dos décadas, y habiendo envejecido ambos -sobre
todo la mujer, desde luego-, se le despertó la necesidad de desasirse de ella, de liberarse, llevar
su propia vida, fundar él mismo una casa y una familia. Y simultánea con ese hastío se instaló
en él la necesidad, largo tiempo sofocada, de vengarse de su amante. Si una vez quiso matarse
porque ella lo desdeñó, ahora quería tener el contento de que ella buscara la muerte porque él la
abandonaba. Empero, su amor seguía siendo demasiado intenso para que ese deseo pudiera
devenirle conciente; además, no era capaz de hacerle suficiente mal para empujarla a la
muerte. Con ese estado de ánimo, tomó a la mujer galante en cierto modo como chivo
emisario, a fin de satisfacer in corpore vili su sed de venganza; se permitió hacerla objeto de
todos los martirios cuyo efecto previsible fuera el que él deseaba para la mujer amada. Que la
venganza iba dirigida en verdad a esta última se traslucía ya por el hecho de que la tomó por
confidente y consejera en su enredo amoroso, en vez de ocultarle su infidelidad. La pobre,
rebajada hacía tiempo de la posición de quien otorga a la de quien recibe, probablemente sufrió
más por esas confidencias que la mujer galante con las brutalidades que él le infligía. Desde
luego, la compulsión de que él se quejaba a raíz de esa persona sustitutiva, y que lo empujó al
análisis, había sido trasferida a ella desde la ex amante: de esta última quería librarse y no
podía. No soy grafólogo y no estimo en mucho el arte de colegir el carácter a partir de la
escritura; menos aún creo en la posibilidad de predecir por esa vía el futuro del que escribe.
Pero vean ustedes: no importa lo que se piense acerca del valor de la grafología; es inequívoco
que el experto, al asegurar que el autor del trozo de escritura que se le presentaba como
muestra se mataría en los próximos días, no hizo más que traer a la luz, también en este caso,
un intenso deseo secreto de la persona que lo consultaba. Algo semejante ocurrió en la
segunda pericia, sólo que aquí no contaba un deseo inconciente, sino que el germen de duda y
de aprensión del consultante halló una expresión clara por boca del grafólogo. En fin, mi
paciente consiguió, con ayuda del análisis, hacer una elección amorosa fuera del círculo de
encantamiento en que había estado hechizado.
Señoras y señores: Acaban de saber lo que la interpretación de los sueños y el psicoanálisis en general obtienen respecto del ocultismo. Han visto, mediante ejemplos, que su aplicación permite sumariar hechos ocultistas que de otro modo habrían permanecido irreconocibles. En cuanto a la pregunta que sin duda les interesa más, la de saber si puede creerse en la realidad objetiva de estos hallazgos, el psicoanálisis no puede responderla de manera directa, pero el material dilucidado con su ayuda lleva al menos a que uno se incline por la afirmativa. Claro que el interés de ustedes no se agotará en esto. Querrán saber qué conclusiones autoriza ese material incomparablemente rico en que el psicoanálisis no tiene participación alguna. Mas yo no puedo seguirlos por esa senda, ese no es mi campo. Lo único que todavía podría hacer sería referirles observaciones que al menos presentaran un nexo con el análisis, a saber, que se hayan hecho en el curso del tratamiento analítico y acaso, también, posibilitadas por este. Les comunicaré un ejemplo de esa índole, el que me ha dejado la más fuerte impresión; seré muy prolijo, reclamaré su atención para una multitud de detalles, a pesar de lo cual me veré precisado a omitir muchas cosas que aumentarían de manera considerable el poder de
convencimiento de la observación. Es un ejemplo en que el sumario de los hechos sale a la luz
con claridad y no necesita ser desarrollado mediante el análisis, aunque en su examen no
podremos prescindir del auxilio de este último. Debo anticiparles, sin embargo, que tampoco
este ejemplo de aparente trasferencia del pensamiento en la situación analítica está libre de
reparos ni avala una toma de partido irrestricta en favor de la realidad del fenómeno ocultista
(2).
Escuchen, pues: Una mañana de otoño de 1919, hacia las 10.45, el doctor David Forsyth (3),
recién venido de Londres, me hace llegar una tarjeta de visita mientras yo trabajo con un
paciente. (Mi estimado colega de la London Uníversity no considerará, sin duda, una
indiscreción que de esta manera revele que durante algunos meses se hizo introducir por mí en
las artes de la técnica psicoanalítica.) Sólo tengo tiempo de saludarlo y concertar una entrevista
para luego. El doctor Forsyth merece mi particular interés; es el primer extranjero que acude a
mí tras el aislamiento de los años de guerra y está destinado a inaugurar una época mejor.
Enseguida, a eso de las once, llega uno de mis pacientes, el señor P., un hombre amable y
espiritual que tiene entre 40 y 50 años y en su momento recurrió a mí por dificultades con las
mujeres. Su caso no prometía un éxito terapéutico; tiempo atrás le había propuesto suspender
el tratamiento, pero él deseó continuarlo, evidentemente porque se sentía cómodo junto a mí
dentro de una trasferencia paterna bien acompasada. El dinero no desempeñaba en esa época
papel alguno, pues era harto escaso; las sesiones que pasaba con él me procuraban también a
mí estímulo y consuelo, y entonces, dejando de lado las severas reglas de la práctica médica,
proseguí el trabajo analítico hasta un término que ya se avizoraba.
Ese día el señor P. volvió sobre sus intentos de anudar vínculos amorosos con mujeres y
mencionó una vez más a la muchacha pobre, graciosa y bella con quien podría haber tenido
éxito si el hecho mismo de su virginidad no lo disuadiese ya de todo serio empeño. A menudo
se había referido a ese tema, pero hoy por primera vez contó que ella, desde luego sin
sospechar los reales motivos de su impedimento, solía llamarlo «Herr von Vorsicht» {«Señor
Prudencia»}. Esta comunicación me impresiona, tengo a la mano la tarjeta de visita del doctor
Forsyth, se la enseño.
He ahí el sumario de los hechos. Preveo que ha de parecerles pobre, pero continúen
escuchando; hay algo más detrás de ello.
En su juventud, P. vivió algunos años en Inglaterra y conserva un permanente interés por la
literatura inglesa. Posee una rica biblioteca sobre esa materia, de la que solía prestarme libros;
le debo el conocimiento de autores como Bennett y Galsworthy, de quienes hasta entonces yo
había leído poco. Un día me prestó una novela de Galsworthy cuyo título es The Man of Property
y se desarrolla en el seno de una familia inventada por el escritor, la familia Forsyth. Es evidente
que el propio Galsworthy quedó cautivado por esta creación suya, pues en relatos posteriores
recurrió varias veces a integrantes de ella y por último recopiló todas las obras referidas a ese
tema bajo el título The Forsyth Saga. Muy pocos días antes del episodio que refiero, P. me
había traído un nuevo volumen de esa serie. El apellido Forsyth y todo lo típico que el autor quiso
corporizar en él había desempeñado también un papel en mis coloquios con P., convirtiéndose
en parte de ese lenguaje secreto que con tanta facilidad se forja en el trato regular entre dos
personas. Ahora bien, el apellido Forsyth de aquellas novelas se distingue poco del de mi
visitante, Forsyth, y en la pronunciación alemana ambos son apenas diferenciables; además, la
palabra inglesa provista de sentido que los alemanes pronunciaríamos de igual modo sería
«foresight», traducible por «Voraussicht» {«previsión»} o «Vorsicht» {«prudencia»}. Por tanto, P.
había ido a buscar en sus vínculos personales el mismo nombre que en ese preciso momento
me ocupaba a consecuencia de un suceso que él desconocía.
Esto cobra mejor aspecto, ¿no es verdad? Pero creo que este llamativo fenómeno nos
impresionará más, y hasta podremos echar algo así como un vistazo en las condiciones de su
génesis, si iluminamos analíticamente otras dos asociaciones que P. aportó en esa misma
sesión.
La primera: Cierto día de la semana anterior había esperado en vano al señor P. a las once de
la mañana, y entonces partí para visitar al doctor Anton von Freund (4) en su pensión. Me
sorprendió encontrarme con que el señor P. vivía en otro piso del mismo edificio. Con referencia
a esto, comenté luego a P. que por así decir le había hecho una visita en su casa; pero sé con
certeza que no le mencioné el nombre de la persona a quien visité en la pensión. Y bien; poco
después de que se aludiera al «Señor Prudencia» me preguntó: «¿Es por ventura su hija la
Freud-Ottorego que dicta cursos de inglés en la Universidad Popular?». Y por primera vez en
nuestro prolongado trato le sucedió imprimir a mi nombre la desfiguración a que oficinas,
funcionarios y tipógrafos ya me han habituado: en vez de «Freud» dijo«Freund».
La segunda: Al final de esa misma sesión relata un sueño del que despertó con angustia, una verdadera pesadilla {Alptraum}, dice. Agrega que no hace mucho, olvidado de la palabra inglesa correspondiente a pesadilla, a alguien que se la preguntó le contestó: «a mare’s nest». Desde luego -prosigue- es un disparate, pues «a mare’s nest» significa una historia increíble, un cuento del tío, en tanto que la traducción de pesadilla es «night-mare». Esta ocurrencia no parece tener en común con las anteriores nada más que el elemento «inglés»; pero a mí no puede menos
que traerme a la memoria un pequeño suceso ocurrido aproximadamente un mes atrás. P.
estaba sentado conmigo en la habitación cuando de manera inesperada entró, tras larga
separación, otro querido huésped de Londres, el doctor Ernest Jones. Le indiqué que pasara a
otra habitación hasta que yo despidiera a P. Pero este lo reconoció enseguida por una fotografía
que estaba colgada en la sala de espera, y formuló el deseo de serle presentado. Ahora bien,
Jones es el autor de una monografía acerca de la pesadilla {Alptraum}-night-mare (5); yo no supe que P. tuviera conocimiento de ella. Evitaba leer libros analíticos.
Quisiera indagar primero ante ustedes qué inteligencia analítica puede obtenerse respecto del
nexo de las ocurrencias de P., así como de su motivación. Frente al apellido Forsyth o Forsyth,
P. tenía una postura semejante a la mía; para él significaba lo mismo, y yo le debía totalmente
mi conocimiento de ese apellido. Lo asombroso del sumario de los hechos fue que lo trajera al
análisis sin mediación ninguna y trascurrido el más breve lapso después que un nuevo suceso,
el anuncio del médico de Londres, lo hubiera vuelto significativo para mí en otro sentido. Pero
acaso no menos interesante que el hecho mismo es el modo en que ese apellido emergió en su
sesión de análisis. No dijo, por ejemplo: «Ahora se me ocurre el apellido Forsyth de las novelas
que usted sabe», sino que, fuera de cualquier referencia conciente a esa fuente, supo
entretejerlo con sus propias vivencias y a partir de ahí lo sacó a la luz, algo que pudo haber
ocurrido mucho antes y hasta entonces no había sucedido. Lo que dijo fue: «Yo también soy un
Forsyth, aquella muchacha me llama así». Es difícil no advertir la mezcla de demanda celosa y
autodenigración llena de tristeza que procura expresarse en esa proferencia. No se errará si se
la completa de este modo: «Me afrenta que usted ocupe su pensamiento de manera tan intensa
en el recién llegado. Vuelva a mí, pues también soy un Forsyth es verdad que sólo un Herr von
Vorsicht, como dice la muchacha». Y ahora su ilación de pensamiento se remonta, por el hilo
de asociación del elemento «inglés», hasta dos oportunidades anteriores que pudieron
despertarle los mismos celos. «Hace unos días usted ha hecho una visita a mi casa, pero por
desgracia no a mí, sino a un señor Von Freund». Este pensamiento lo lleva a falsear el apellido
Freud en Freund {amigo}. La Freud-Ottorego del programa de cursos tiene que costear el gasto porque como profesora de inglés procura la asociación manifiesta. Y luego se anuda el recuerdo de otro visitante que hubo algunas semanas atrás y frente al cual sin duda se puso igualmente celoso, pero tampoco pudo sentirse a su altura, pues el doctor Jones se las
ingeniaba para escribir un ensayo sobre la pesadilla, en tanto él a lo sumo podía producir tales
sueños. La mención de su error en cuanto al significado de «a mare’s nest» pertenece
asimismo a ese nexo, sólo puede querer decir: «No soy un verdadero inglés, así como no soy
un verdadero Forsyth».
Ahora bien, no puedo calificar de inadecuadas ni de incomprensibles sus mociones de celos.
Tenía sabido que nuestro análisis terminaría, y con él nuestro trato, tan pronto volvieran a Viena
discípulos y pacientes, y de hecho fue lo que sucedió poco después. Muy bien; lo que hemos
ofrecido hasta ahora es un fragmento de trabajo analítico, el esclarecimiento de tres ocurrencias
aportadas en la misma sesión y alimentadas por idéntico motivo, y eso no tiene mucho que ver
con el otro problema, el de saber si esas ocurrencias son deducibles o no sin trasferencia del
pensamiento. Esto último se plantea respecto de cada una de las tres ocurrencias y por tanto
se descompone en tres preguntas separadas: ¿Podía P. saber que el doctor Forsyth acababa
de hacerme su primera visita? ¿Podía saber el nombre de la persona a quien yo había visitado
en su casa? ¿Sabía que el doctor Jones había escrito un ensayo sobre la pesadilla? ¿0 fue sólo
mi saber sobre esas cosas el que se reveló en sus ocurrencias? De la respuesta a estas tres
preguntas dependerá que mi observación autorice a inferir algo en favor de la trasferencia del
pensamiento.
Vamos a dejar por un momento de lado la primera pregunta, pues resulta más fácil tratar las
otras dos. En cuanto al caso de la visita a la pensión, nos produce a primera vista una
impresión particularmente confiable. Estoy seguro de que en mí breve y jocosa mención de la
visita a su casa no nombré apellido alguno; considero harto improbable que P. lo haya
averiguado luego en la pensión y tiendo a creer que ignoraba por completo la existencia de esa
persona. Pero la fuerza probatoria de este caso se arruina radicalmente por una circunstancia
casual: el hombre a quien yo había visitado en la pensión no sólo se llamaba Freund, sino que
era para todos nosotros un verdadero «Freund» {«amigo»}. Se trataba del doctor Anton von
Freund, cuya donación había permitido fundar nuestra editorial. Su temprana muerte, lo mismo
que la de nuestro Karl Abraham unos años después, fueron las más serias desgracias que
afectaron al desarrollo del psicoanálisis (6). Entonces, muy bien puedo haber dicho
en esa ocasión al señor P.: «He visitado en su casa a un amigo {Freund}», y con esta
posibilidad se volatiliza el interés ocultista por su segunda asociación.
También la impresión de la tercera ocurrencia se disipa pronto. ¿Podía P. saber que Jones
había publicado un ensayo sobre la pesadilla, puesto que nunca leía bibliografía analítica? Sí,
podía saberlo. Poseía libros de nuestra editorial y acaso vio ese título en las cubiertas donde se
anunciaban las nuevas ediciones. No es posible probarlo, pero tampoco rechazarlo. Por este
camino, pues, no llegamos a ninguna decisión. Debo lamentar que mi observación esté
aquejada por el mismo defecto que tantas otras de parecida índole. La he puesto por escrito
demasiado tardíamente, examinándola en una época en que ya no veía al señor P. ni podía
indagarlo más.
Volvamos entonces al primer hecho, que, aun aislado, apuntala el aparente sumario de la
trasferencia del pensamiento. ¿Podía P. saber que el doctor Forsyth había estado conmigo un
cuarto de hora antes que él? ¿Podía saber, en general, de su existencia o de su presencia en
Viena? No es lícito ceder a la inclinación de negar de plano ambas cosas. Empero, veo un
camino que lleva a una afirmación parcial. Acaso yo comuniqué al señor P. que esperaba a un
médico de Inglaterra para instruirlo en el análisis, como la primera paloma tras el diluvio. Ello
pudo suceder en el verano de 1919; meses antes de su venida, el doctor Forsyth se había
puesto de acuerdo conmigo por carta. Y hasta pude haber mencionado su apellido, aunque eso
me parece muy improbable. En efecto, dado el otro significado que este tenía para nosotros
dos, por fuerza habríamos entablado una conversación sobre el asunto tras nombrarlo, y yo
debería conservar algo de ella en mí memoria. Empero, pudo haber ocurrido así y olvidarlo yo
por completo, de suerte que la mención del «Herr von Vorsicht» en la sesión de análisis me
impresionara como un milagro. Si uno se considera un escéptico, hará bien si en ocasiones
duda igualmente de su escepticismo. Quizás exista también en mí la inclinación secreta a lo
ma ravilloso, que de este modo transige con la creación de sumarios de hechos ocultistas.
Tras haber removido así un fragmento de lo maravilloso, nos aguarda todavía otro fragmento, el
más difícil de todos. Suponiendo que el señor P. haya sabido que existía un doctor Forsyth y era
esperado en Viena para el otoño, ¿cómo se explica que se volviera receptivo hacia él
justamente el día que se anunció e inmediatamente después de su primera visita? Uno puede
decir que se debe al azar -o sea, dejarlo inexplicado-, pero justamente elucidé aquellas otras
dos ocurrencias de P. a fin de excluir el azar, a fin de mostrarles que de hecho se ocupaba de
pensamientos celosos sobre gentes que me visitaban y a quienes yo visitaba; o bien, para no
descuidar la más extrema de las posibilidades, uno puede intentar el supuesto de que P. nota
en mí una particular excitación, de la que yo por cierto nada sé, y a partir de ella extrae su
conclusión. 0 que el señor P., que llegó sólo un cuarto de hora después que el inglés, se topó
con él en el corto tramo de camino común a ambos, lo conoció por su aspecto
característicame nte inglés, se mantuvo en la postura de su expectativa celosa, y pensó: «Pero
si es el doctor Forsyth, con cuya llegada debe terminar mi análisis. Y es probable que venga de
casa del profesor». No puedo seguir más adelante con estas conjeturas acordes a la ratio.
Permanecemos de nuevo en un non liquet {no probado}, pero debo confesar que tal como yo lo
siento la balanza se inclina también aquí en favor de la trasferencia del pensamiento. Además,
no soy ciertamente el único que ha llegado a vivenciar esos sucesos «ocultos» en la situación
analítica. En 1926, Helene Deutsch ha dado a conocer observaciones parecidas y estudiado su
condicionamiento por los vínculos de la trasferencia entre paciente y analista.
Estoy seguro de que no habrán quedado muy satisfechos con mi postura frente a este
problema: no convencido del todo, y sin embargo presto al convencimiento. Acaso se digan:
«He aquí otro caso en que un hombre que toda su vida trabajó como honesto investigador de la
naturaleza se vuelve, de viejo, tonto, religioso y crédulo». Sé que algunos grandes nombres se
cuentan en esa serie, pero no deben incluirme ustedes a mí. Al menos, religioso no me he
vuelto, y espero que tampoco crédulo. Sólo que si uno se ha pasado la vida agachado para
evitar un choque doloroso con los hechos, también en la vejez mantiene la espalda encorvada
para inclinarse ante hechos nuevos. Ustedes preferirían sin duda que yo me atuviera a un
teísmo moderado y me mostrara implacable en la desautorización de todo lo ocultista. Pero soy
incapaz de cortejar a nadie, y no puedo menos que sugerirles adoptar una actitud más amistosa
hacia la posibilidad objetiva de la trasferencia del pensamiento y, con ella, de la telepatía
también.
No olviden que aquí sólo he tratado de estos problemas hasta donde es posible aproximarse a
ellos desde el psicoanálisis. Cuando hace más de diez años ingresaron por primera vez en mi círculo visual, también yo registré la angustia frente al peligro que corría nuestra cosmovisión científica, que, en caso de corroborarse partes del ocultismo, debería dejar el sitio al espiritismo o a la mística (7). Hoy pienso de otro modo; opino que no atestigua gran confianza en la ciencia creerla incapaz de acoger y procesar lo que resulte verdadero, eventualmente, de las tesis del ocultismo. Y por lo que atañe en particular a la trasferencia del pensamiento, parece favorecer de manera directa la extensión de la mentalidad científica -los oponentes dicen «mecanicista»- a lo espiritual, tan difícil de asir. En efecto, el proceso telepático debe consistir en que un acto anímico de una persona incite en otra ese mismo acto anímico. Lo que se sitúa entre ambos actos anímicos fácilmente puede ser un proceso físico en el que lo psíquico se traspone en un extremo, y que en el otro extremo vuelve a trasponerse en eso psíquico igual. En tal caso, sería inequívoca la analogía con otras trasposiciones, como las del habla y la escucha telefónicas. ¡Y consideren ustedes la perspectiva de tener a mano ese equivalente físico del acto psíquico! Me gustaría señalar que mediante la intercalación de lo inconciente entre lo físico y lo hasta entonces llamado «psíquico», el psicoanálisis nos preparó para la hipótesis de procesos del tipo de la telepatía. Con sólo habituarse a la idea de la telepatía, uno puede llegar a toda clase de cosas -aunque provisionalmente sólo en la fantasía, por cierto- Como es sabido, no se conoce el modo en que se establece la voluntad del conjunto en los grandes Estados de insectos. Es posible que ocurra por la vía de esa trasferencia psíquica directa. Uno se ve llevado a la conjetura de que esta sería la vía originaria, arcaica, del entendimiento entre los individuos, relegada en el curso del desarrollo filogenético por los métodos mejores de la comunicación con ayuda de signos que se reciben mediante los órganos de los sentidos. Pero acaso el método más antiguo permaneció en el trasfondo y podría imponerse aún bajo ciertas condiciones; por ejemplo, en masas excitadas hasta la pasión. Todo esto es todavía inseguro y rebosa de enigmas irresueltos, pero no hay fundamento alguno para asustarse.
Si existe una telepatía como proceso real, cabe conjeturar que, a pesar de lo difícil de su
comprobación, ha de tratarse de un fenómeno muy frecuente. Respondería a nuestras
expectativas que pudiéramos pesquisarla justamente en la vida anímica del niño. Nos viene a la
memoria la representación angustiada, tan común en los niños, de que sus progenitores se
percatan de todos sus pensamientos aunque no se los hayan comunicado -correlato cabal, y
acaso la fuente, de la creencia de los adultos en la omnisciencia de Dios-. Hace poco, una
mujer digna de toda confianza, D. Burlingham, en su ensayo «Kinderanalyse und Mutter» {El
análisis de niños y la madre} [1932], comunicó observaciones que, de ser corroboradas, no
podrán menos que poner término a la duda que aún resta sobre la realidad de la trasferencia del
pensamiento, Aprovecha la situación, ya no rara, en que madre e hijo se encuentran
simultáneamente en análisis, y a partir de ahí informa acerca de procesos maravillosos como
este: Un día, la madre se refiere en su sesión de análisis a una joya de oro que había cumplido
determinado papel en una de sus escenas de infancia. Al poco rato, luego de haber vuelto a su
casa, acude a su habitación su pequeño vástago, de unos diez años, trayéndole una joya de oro
con el pedido de que se la guarde. Ella le pregunta, asombrada, de dónde la sacó. Pues la
recibió para su cumpleaños, pero el cumpleaños del niño fue hace varios meses y no hay
motivo alguno para que justamente ahora haya de acordarse de la joya de oro. La madre
comunica a la analista del niño tal coincidencia, y le pide que investigue en el niño el fundamento
de esa acción. Pero el análisis del niño no arroja información ninguna; la acción se había
introducido ese día en la vida del niño como un cuerpo extraño. Unas semanas después, la
madre está sentada a su escritorio a fin de redactar, como se le ha pedido, una noticia acerca
de la vivencia descrita. Entonces se aproxima el niño y le pide de vuelta la joya de oro, pues le
gustaría llevarla consigo a su sesión de análisis para enseñarla. Tampoco en este caso el
análisis del niño pudo descubrir acceso alguno hacía ese deseo.
Y con esto volveríamos al psicoanálisis, del que habíamos partido.

Notas:

1- [Relatado con algunos otros pormenores en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 182-3, aunque el presente informe es más completo en ciertos aspectos.]
2- [Este es el «tercer caso» que Freud debía incluir en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d) y cuya omisión en tal oportunidad él explica allí (AE, 18, pág. 181; cf. también mi «Nota introductoria» a dicho trabajo, AE, 22., págs. 167-8), confirmando la existencia del manuscrito original. Dada la gran similitud entre este último y la versión aquí proporcionada, no creímos necesario reproducirlo en aquella ocasión. Debe señalarse, empero, que desde que se publicó ese volumen de la Standard Edition, en 1955, el manuscrito ha vuelto a desaparecer inexplicablemente.]
3- [El doctor David Forsyth (1877-1941) fue médico asesor del Charing Cross Hospital, de Londres, y miembro fundador de la London Society for Psychoanalysis, creada en 1913.]
4- [Destacado adherente y benefactor húngaro del psicoanálisis.]
5- [Cf. Jones, 1912c.]
6- [Freud escribió sendas notas necrológicas al fallecer Von Freund y Abraham (Freud, 1920c y 1926b).]
7- [Estas ideas son ampliadas considerablemente en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 169-73.]

Obras de S. Freud: Sueño y Ocultismo

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

(1)
Señoras y señores: Hoy andaremos por una senda estrecha, pero que puede llevarnos a una vasta perspectiva.

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

(1)
Señoras y señores: Hoy andaremos por una senda estrecha, pero que puede llevarnos a una vasta perspectiva.
Difícilmente les sorprenda el anuncio de que he de hablarles acerca del vínculo del sueño con el ocultismo. En efecto, a menudo se consideró al sueño como la puerta de acceso al mundo de la mística, y muchos siguen teniéndolo todavía hoy por un fenómeno oculto. Tampoco
nosotros, que lo hicimos objeto de indagación científica, ponemos en entredicho que uno o
varios hilos lo enlacen con aquellas cosas oscuras. Mística, ocultismo, ¿qué se designa con
esos nombres? No esperen de mí intento alguno de acotar mediante definiciones este ámbito
mal deslindado. De una manera general e indeterminada, todos sabemos a qué se refiere. Es
una suerte de más allá del mundo luminoso, gobernado por leyes implacables, que la ciencia ha
edificado para nosotros.
El ocultismo afírmala existencia real de aquellas «cosas entre Cielo y Tierra con que nuestra sabiduría escolar ni sueña». Ahora bien, no queremos aferrarnos a la estrechez de miras de la escuela; estamos dispuestos a creer lo que nos hagan creíble.
Nos proponemos proceder con esas cosas como con cualquier otro material de la ciencia:
primero comprobar si tales procesos son efectivamente demostrables, y luego -pero sólo
luego-, una vez que su facticidad no deje lugar a dudas, empeñarnos en su explicación. Pero no
puede desconocerse que factores intelectuales, psicológicos e históricos nos dificultan ya el
mero propósito de hacerlo. No es el mismo caso que abordar otras indagaciones.
Consideremos primero la dificultad intelectual. Permítanme que recurra a unas ilustraciones
groseras, palmarias. Supongamos que se trate de averiguar la constitución del interior de la
Tierra. Como es notorio, no sabemos nada seguro sobre eso. Conjeturamos que consiste en
metales pesados en estado incandescente. Alguien enuncia la tesis de que el interior de la
Tierra sería agua saturada con ácido carbónico, vale decir, una especie de soda. Diremos, sin
duda, que es muy improbable, contradice todas nuestras expectativas, no toma en cuenta los
puntos de apoyo de nuestro saber que nos han llevado a formular la hipótesis de la composición
metálica. Pero de todos modos no es inconcebible; si alguien nos enseñara un camino para
comprobar la hipótesis de la soda, lo seguiríamos sin resistirnos. Pero hete aquí que otro
sostiene, con seriedad, la tesis de que el núcleo de la Tierra se compone de mermelada. Frente
a esto, nuestra conducta será muy diversa. Nos diremos que la mermelada no se presenta en
la naturaleza, es un producto de la cocina humana, y además la existencia de esa sustancia
presupondría la presencia previa de árboles frutales y sus frutos, y no sabríamos cómo situar
vegetación y artes culinarias en el interior de la Tierra; el resultado de estas objeciones
intelectuales será una oscilación de nuestro interés: en vez de ponernos a indagar si
efectivamente el núcleo de la Tierra se compone de mermelada, nos preguntaremos qué clase
de hombre es el que puede llegar a semejante idea, y a lo sumo seguiremos inquiriendo de
dónde lo sabe. El desdichado autor de la teoría de la mermelada lo tomará a grave afrenta y nos
acusará de denegarle una apreciación objetiva a su tesis por un prejuicio supuestamente
científico. Pero de nada le valdrá. Comprobamos que los prejuicios no siempre son reprobables,
que muchas veces están justificados, son adecuados para ahorrarnos un gasto inútil. En
verdad, no son más que unos razonamientos por analogía con otros juicios, bien
fundamentados.
Un buen número de las tesis ocultistas nos producen un efecto parecido a la hipótesis de la
mermelada, por lo cual nos creemos autorizados a rechazarlas de antemano sin ulterior
examen. Empero, eso no es tan simple. Una comparación como la que he elegido no prueba
nada, prueba tan poco como cualquier comparación. Su pertinencia es cuestionable, y se
comprende claramente que su elección ya estuvo determinada por la actitud de desestimación
despreciativa. Los prejuicios son muchas veces adecuados y justificados, pero otras veces son
erróneos y dañinos, y nunca se sabe cuándo son lo uno y cuándo lo otro. La propia historia de
las ciencias sobreabunda en ejemplos aptos para disuadirnos de una condena apresurada. Por
mucho tiempo se juzgó disparatada la hipótesis de que las piedras que hoy llamamos
meteoritos llegaban a la Tierra desde el espacio sideral, o que la roca de montaña que tiene
incrustados restos de conchilla formó una vez el lecho del mar. Por lo demás, cuando nuestro
psicoanálisis salió a la palestra con el descubrimiento de lo inconciente, no sucedió algo muy
diverso. De ahí que nosotros, los analistas, tenemos especial fundamento para ser cautos en
desautorizar tesis nuevas aduciendo el motivo intelectual, y debemos admitir que esto no nos
lleva más allá de la aversión, la duda y la incertidumbre.
He dicho que el segundo factor es psicológico. Me refiero a la universal inclinación de los
seres humanos hacía la credulidad y la milagrería. Desde el comienzo mismo, cuando la vida
nos coge en su riguroso yugo, nace en nosotros una resistencia a la implacabilidad y monotonía
de las leyes del pensamiento y a los requisitos del examen de realidad (2). La razón
pasa a ser la enemiga que nos escatima tantas posibilidades de conseguir placer. Se descubre
el placer que depara sustraérsele al menos temporariamente y entregarse a las seducciones de
lo sin sentido. El escolar se deleita retorciendo las palabras; tras un congreso científico el
erudito se mofa de su actividad, y hasta el hombre grave goza con los juegos del chiste (3). Una hostilidad má s seria a «razón y ciencia, la fuerza suprema del hombre (4)»
acecha su oportunidad, se apresura a preferir al doctor taumaturgo o al curandero naturista
sobre el médico «leído y escribido», se muestra solícita con las tesis del ocultismo en la medida
en que sus presuntos hechos son considerados infracciones de la ley y de la regla, adormece la
crítica, falsea las percepciones, arranca corroboraciones y asentimientos que no son
justificables. Quien tome en cuenta esta inclinación de los seres humanos tendrá todo el
derecho a desvalorizar muchas comunicaciones de la bibliografía ocultista.
Llamé histórico al tercer reparo, y con esto quiero destacar que en el mundo del ocultismo en
verdad no ocurre nada nuevo, sino que se presentan como novedades todos los signos,
milagros, profecías y apariciones de que se nos informa desde tiempos antiguos y en viejos
libros, y que creíamos haber disipado hace mucho como engendros de una fantasía
desenfrenada o de un fraude tendencioso, como productos de una época en que la ignorancia
de la humanidad era muy grande y el espíritu científico estaba todavía en pañales. Si aceptamos
por verdadero lo que según las comunicaciones de los ocultistas sigue sucediendo hoy,
tendremos que admitir también como creíbles aquellas noticias que nos vienen de la
Antigüedad. Y ahora nos percatamos de que las tradiciones y libros sagrados de los pueblos
rebosan de tales historias milagrosas, y las religiones apoyan su pretensión de credibilidad
justamente en esos episodios extraordinarios y milagrosos, considerándolos otras tantas
pruebas de la acción de unos poderes sobrehumanos. Por eso nos resultará difícil evitar la
sospecha de que el interés ocultista es en verdad un interés religioso, que entre los motivos
secretos del movimiento ocultista se cuenta el de acudir en auxilio de la religión amenazada por
el progreso del pensamiento científico. Y con el discernimiento de semejante motivo, no puede
menos que crecer nuestra desconfianza, junto con nuestra aversión a consentir en indagar los
supuestos fenómenos ocultos.
Pero, en definitiva, es preciso superar esa aversión a pesar de todo. Se trata de una cuestión
de hecho: si lo que los ocultistas refieren es o no verdadero. Debe podérselo decidir mediante la
observación. En el fondo, tenemos que estar agradecidos a los ocultistas. Los informes sobre
milagros de épocas pasadas se sustraen de nuestro examen. Si creemos que no son
comprobables, tenemos que admitir, sin embargo, que en rigor no son refutables. Pero acerca
de lo que ocurre en el presente, y de lo cual podemos ser testigos, por fuerza podremos
formarnos un juicio cierto. Si llegamos a la convicción de que tales milagros no suceden hoy, no
temeremos la objeción de que pudieron, empero, haber ocurrido en otros tiempos. Otras
explicaciones serán mucho más verosímiles. Por ello hemos depuesto nuestros reparos y nos
prestamos a participar en la observación de los fenómenos ocultos.
Por desdicha, tropezamos enseguida con circunstancias en extremo desfavorables para
nuestro honrado propósito. Las observaciones de las que debe depender nuestro juicio se
realizan en condiciones que vuelven inciertas nuestras percepciones sensoriales, embotan
nuestra atención, se rodean de oscuridad o de una tenue luz roja tras prolongados períodos de
vana expectativa. Se nos dice que ya nuestra actitud incrédula (vale decir, crítica) es capaz de
impedir la producción de los fenómenos esperados. La situación así establecida es una
verdadera caricatura de las circunstancias en que solemos realizar la indagación científica. Las
observaciones se hacen en los llamados «médiums», personas a las que se atribuyen
particulares facultades «sensitivas», pero que en manera alguna se distinguen por
sobresalientes cualidades espirituales o de carácter, ni están sostenidas por una gran idea o un
propósito serio como los antiguos taumaturgos. Al contrario, aun quienes creen en sus poderes
ocultos consideran a esos individuos particularmente sospechosos; la mayoría ya han sido
desenmascarados como impostores, y tendemos a prever que lo mismo sucederá pronto a los
restantes. Lo que operan produce la impresión de unas petulantes niñerías o juegos de
prestidigitación (5). Nada valioso se ha sacado a luz todavía de las sesiones con
esos médiums, como podría serlo el acceso a una nueva fuente de poder. Sin duda que
tampoco se espera un progreso para la cría de palomas del truco del prestidigitador que por arte
de magia las saca de su galera vacía. Me resulta fácil ponerme en la situación de alguien que
quiere cumplir con los requisitos de la objetividad y por eso participa en las sesiones ocultistas,
pero trascurrido un lapso se cansa y, molesto por las exigencias que se le hacen, se aparta y
regresa a sus anteriores prejuicios sin haber obtenido esclarecimiento alguno. A una persona
así se le puede reprochar que su conducta no es la correcta, pues si uno pretende estudiar
ciertos fenómenos, no tiene derecho a prescribirles cómo deben ser y bajo qué condiciones han
de presentarse. Más bien se impone perseverar y valorar las medidas de precaución y control
con que recientemente se ha buscado prevenir lo sospechoso de los médiums. Por desdicha,
esta moderna técnica de prevención pone fin a la fácil accesibilidad de las observaciones
ocultistas. El estudio del ocultismo se convierte en una profesión especial, difícil, una actividad
que nadie puede cultivar junto a sus demás intereses. Y en tanto los investigadores que se
ocupan de ella no hayan llegado a conclusiones, quedaremos librados a la duda y a nuestras
propias conjeturas.
Entre esas conjeturas, la más probable es, sin duda, que hay en el ocultismo un núcleo real
de hechos todavía no discernidos en cuyo rededor el fraude y la fantasía han tejido una corteza
difícil de atravesar. Pero, ¿cómo podríamos aunque sólo fuera acercarnos a ese núcleo? ¿Por
dónde abordaríamos el problema? Yo creo que aquí el sueño viene en nuestro auxilio,
sugiriéndonos que de toda esa mescolanza escojamos el tema de la telepatía.
Como ustedes saben, llamamos telepatía al presunto hecho de que un acontecimiento
sobrevenido en determinado momento llega de manera casi simultánea a la conciencia de una
persona distanciada en el espacio, y sin que intervengan los medios de comunicación
consabidos. Una premisa tácita es que ese acontecimiento afecte a una persona en quien la
otra, el receptor del mensaje, tenga un fuerte interés emocional. Por ejemplo, la persona A sufre
un accidente o muere, y la persona B, muy allegada a ella -su madre, hija o amada-, se entera
más o menos en el mismo momento a través de una percepción visual o auditiva; en este
último caso es como si se lo hubieran comunicado por teléfono, aunque no fue así de hecho: en
cierto modo, un correlato psíquico de la telegrafía sin hilos. No necesito insistirles en la
improbabilidad de tales sucesos. Además, la mayoría de estos informes pueden ser
desautorizados con buenas razones; pero restan algunos respecto de los cuales no es tan fácil
hacerlo. Ahora permítanme que a los fines de la comunicación que me propongo hacer omita la
palabreja «presunto» y continúe como sí creyera en la realidad objetiva del fenómeno telepático.
Pero retengan que esto no es así, que no me he adherido a ninguna convicción.
En verdad, es poco lo que tengo para comunicarles; sólo un hecho nimio. Y desde ahora
quiero poner un límite a la expectativa de ustedes diciéndoles que, en el fondo, el sueño tiene
poco que ver con la telepatía. Ni la telepatía arroja nueva luz sobre la naturaleza del sueño, ni este brinda un testimonio directo en favor de la realidad de la telepatía. Y por otra parte, el fenómeno telepático no está ligado al sueño, puede producirse también durante el estado de vigilia. La única razón para elucidar el vínculo entre sueño y telepatía reside en que el estado del dormir parece particularmente apto para la recepción del mensaje telepático. En tal caso se tiene lo que se llama un «sueño telepático», y mediante su análisis uno se convence de que la noticia telepática ha desempeñado el mismo papel que cualquier otro resto diurno; como tal, fue
alterado por el trabajo del sueño y puesto al servicio de la tendencia de este último.
Ahora bien, en el análisis de un sueño telepático de esa índole ocurrió algo que a mi juicio presentaba suficiente interés para, a pesar de su nimiedad, tomarlo como punto de partida de esta conferencia. Cuando en 1922 hice mi primera comunicación sobre este asunto, sólo
disponía de una observación. Desde entonces hice muchas del mismo tenor, pero persisto en
el primer ejemplo (6) porque es facilísimo de exponer, y los introducirá enseguida in medias res.
Un hombre de evidente inteligencia, carente en absoluto -como él mismo asevera- de
«inspiración ocultista», me escribe acerca de un sueño que le parece asombroso. Comienza
diciendo que su hija casada, que vive en un lugar distante, espera su primer parto para
mediados de diciembre. Esta hija le es muy querida, y sabe que también ella siente fuerte apego
por él. Entonces, en la noche del 16 al 17 de noviembre, él sueña que su propia mujer ha dado a
luz mellizos. Siguen numerosos detalles que puedo omitir aquí; por lo demás, no todos fueron
esclarecidos. La que en su sueño pasó a ser madre de los mellizos es su segunda mujer,
madrastra de su hija. No desea tener hijos con ella, pues no la considera apta para la educación
racional de los niños; además, por la época del sueño había suspendido hacía largo tiempo el comercio sexual con ella. Lo que le mueve a escribirme no es una duda sobre la doctrina del
sueño, que habría estado justificada por el contenido manifiesto del suyo: en efecto, ¿por qué el
sueño, en total oposición a sus deseos, hace que alumbre hijos esta mujer? Y de acuerdo con su informe, tampoco lo motiva el temor de que ese acontecimiento indeseado pudiera ocurrir.
Lo que lo movió a referirme ese sueño fue la circunstancia de que el 18 de noviembre por la
mañana recibió la noticia telegráfica de que su hija había dado a luz mellizos. El telegrama había
sido despachado el día anterior, y el nacimiento se produjo la noche del 16 al 17, más o menos
a la misma hora en que él soñaba que su mujer tenía mellizos. El soñante me pregunta si la
coincidencia de sueño y acontecimiento debe considerarse casual. No se atreve a llamar
telepático al sueño, pues la diferencia entre contenido del sueño y acontecimiento atañe
justamente a lo que le parece lo esencial, la persona de la parturienta. Pero de una de sus
observaciones se infiere que no le habría asombrado un sueño telepático correcto. Cree que su
hija sin duda «ha pensado particularmente en él» durante sus horas difíciles.
Señoras y señores: Estoy seguro de que ustedes ya pueden explicarse este sueño y
comprenden también por qué se los referí. Hay ahí un hombre insatisfecho con su segunda
mujer; preferiría tener una esposa como su hija del primer matrimonio. Este «como», desde
luego, falta en lo inconciente. Entonces durante la noche lo alcanza el mensaje telepático de que
su hija ha dado a luz mellizos. El trabajo del sueño se apodera de esta noticia, deja que influya
sobre ella el deseo inconciente que preferiría poner a la hija en el lugar de la segunda mujer, y
así nace el sueño manifiesto que provoca extrañeza, que oculta el deseo y desfigura el
mensaje. Debemos decir que sólo la interpretación del sueño, nos ha mostrado que se trata de
un sueño telepático; el psicoanálisis ha descubierto un sumario de hechos telepáticos (7) que
de otro modo no habríamos discernido.
¡Pero no se equivoquen ustedes! A pesar de ello, la interpretación del sueño no ha enunciado
nada acerca de la verdad objetiva de ese sumario de hechos telepáticos. También podría ser
una apariencia susceptible de otro esclarecimiento. Es posible que los pensamientos oníricos
latentes de ese hombre rezaran: «Hoy es el día en que debería producirse el parto sí mi hija,
como en verdad lo creo, erró la cuenta por un mes. Y ya la última vez que la vi su aspecto era
de tener mellizos. ¡Ah, cómo se habría regocijado mí difunta mujer, tan amante de los niños, si
nacieran mellizos!». (Introduzco este último factor de acuerdo con unas asociaciones del
soñante, que no he citado.) En tal caso, la estimulación para el sueño la habrían dado unas
conjeturas bien fundadas del soñante, y no un mensaje telepático; el resultado sería el mismo.
Como ustedes ven, de hecho la interpretación del sueño no ha enunciado nada acerca del
problema de saber si es lícito atribuir realidad objetiva a la telepatía. Sólo se podría decidirlo
mediante una averiguación en profundidad de todas las circunstancias del suceso, lo que por
desdicha resultó tan imposible de lograr en este ejemplo como en los otros de mi conocimiento.
Admitido que la hipótesis de la telepatía proporciona con mucho la explicación más simple; pero
con esto no hemos ganado gran cosa. La explicación más simple no es siempre la correcta;
hartas veces la verdad no es simple; y antes de resolverse a adoptar una hipótesis de tan
vastos alcances uno quiere extremar todas las precauciones.
Ahora podemos abandonar el tema «sueño y telepatía»; no tengo nada más que decirles sobre
él. Pero reparen en que no fue el sueño el que pareció enseñarnos algo sobre la telepatía, sino
la interpretación de él, la elaboración psicoanalítica. Con esto podemos prescindir totalmente del
sueño en lo que sigue, y abrigaremos la expectativa de que la aplicación del psicoanálisis pueda
arrojar alguna luz sobre otros sumarios de hechos llamados ocultos. Tenemos, por ejemplo, el
fenómeno de la inducción o trasferencia {Ubertragung} del pensamiento, muy vecino a la
telepatía y que en verdad puede unirse a ella sin forzar mucho las cosas. Enuncia que ciertos
procesos anímicos que ocurren en una persona -representaciones, estados de excitación,
impulsos de la voluntad- pueden trasferirse a otra persona a través del espacio libre sin el
empleo de las consabidas vías de comunicación por palabras y signos. Comprenden ustedes
cuán maravilloso sería, y acaso también cuánta importancia práctica tendría, que algo así
Ocurriera efectivamente. Dicho sea de pasada, asombra que justo este fenómeno sea el
menos mencionado en los antiguos informes referidos a los milagros.
En el curso del tratamiento psicoanalítico de pacientes he tenido la impresión de que la actividad
de los decidores profesionales de la suerte esconde una favorable oportunidad para emprender
observaciones exentas de objeción sobre la trasferencia del pensamiento. Son personas de
escaso valor o aun de inferiores dotes que se entregan a alguna clase de manejo (8)
echan cartas, estudian escritos y líneas de la mano, emprenden cálculos astrológicos, y así
adivinan el futuro a sus visitantes tras haberse mostrado familiarizados con algunas de sus
peripecias pasadas o presentes. Sus clientes las más de las veces se muestran muy
satisfechos con estas operaciones y ni siquiera les guardan rencor cuando luego las profecías
no se cumplen. He tenido a mano varios de estos casos, pude estudiarlos analíticamente y
enseguida pasaré a referirles el más notable de estos ejemplos. Por desgracia, la fuerza
probatoria de estas comunicaciones se verá perjudicada por las numerosas reservas a que me
obliga el deber de la discreción médica. Empero, me he ajustado rigurosamente al designio de
evitar desfiguraciones. Escuchen, pues, la historia de una de mis pacientes, que tuvo una
vivencia de esta índole con un decidor de la suerte (9).
Era la mayor de una serie numerosa de hermanos; había crecido en una ligazón
extraordinariamente intensa con su padre, y luego se casó joven, hallando plena satisfacción en
su matrimonio. Sólo una cosa le faltaba para su dicha: no tenía hijos, y por eso no podía colocar
del todo a su amado marido en el lugar del padre. Cuando tras largos años de desengaño
decidió someterse a una operación ginecológica, su marido le reveló que la culpa era de él,
pues una enfermedad que contrajera antes del matrimonio lo había incapacitado para procrear
hijos. Ella soportó mal la desilusión, se volvió neurótica y era evidente que la aquejaban unas
angustias de tentación. Para distraerla, el marido la llevó consigo en un viaje de negocios a
París. Allí, cierto día, estando sentados en el vestíbulo del hotel, les llamó la atención cierto
ajetreo entre los empleados. Ella preguntó qué sucedía, y se enteró de que había llegado
Monsieur le professeur y atendía consultas en un gabinete. Exteriorizó su deseo de hacer ella
también la prueba. El marido se lo desaconsejó, pero en un momento en que estuvo sin
vigilancia se filtró en la sala que hacía de consultorio y se presentó al decidor de la suerte. Ella
tenía 27 años, aparentaba ser mucho más joven, se había quitado la alianza. Monsieur le
professeur le hizo estampar la mano sobre una taza llena con cenizas, estudió con cuidado la
impresión y luego le dijo que la aguardaban toda clase de difíciles luchas, concluyendo con la
consoladora seguridad de que empero se casaría y a los 32 años tendría dos hijos. Cuando me
refirió esta historia, ella tenía 43 años, estaba gravemente enferma y sin perspectiva alguna de
tener hijos jamás. Por tanto, la profecía no se había cumplido, a pesar de lo cual no la
mencionaba en absoluto con amargura; antes bien, parecía como si en su recuerdo fuera una
vivencia gozosa. Fue fácil comprobar que ni sospechaba qué podrían significar las dos cifras de
la profecía [2 y 32], ni si en definitiva significaban algo.
Dirán ustedes que es una historia tonta e incomprensible, y preguntarán para qué se la he
contado. Ahora bien, compartiría por entero su opinión si el análisis -y este es el punto capitalno
nos hubiera posibilitado una interpretación de aquella profecía, que, justamente por el
esclarecimiento del detalle, produce gran convencimiento. En efecto, las dos cifras encuentran
su lugar en la vida de la madre de mi paciente. Esta se había casado tarde, después de los
treinta años, y en la familia habían comentado a menudo que se apuró con tanto éxito que llegó
a recuperar el tiempo perdido. Los dos primeros hijos, empezando por nuestra paciente,
nacieron el mismo año calendario con el menor intervalo posible, y de hecho a los 32 años ya
tenía dos. Lo que Monsieur le professeur dijera a mi paciente significaba, pues: «Consuélese,
es usted muy joven. Todavía tendrá el mismo destino que su madre, quien debió esperar largo
tiempo los hijos; tendrá dos a los 32 años». Ahora bien, tener el mismo destino que la madre,
ponerse en su lugar, ocupar su puesto junto al padre, ese había sido el deseo más intenso de
su juventud, aquel por cuyo incumplimiento empezaba ahora a enfermar. La profecía le prometía
que aún le sería cumplido; ¿podía abrigar hacia el profeta sentimientos que no fueran
amistosos? Pero, ¿consideran ustedes posible que Monsieur le professeur estuviera
familiarizado con los datos de la historia familiar íntima de su clienta accidental? No; es
imposible. Entonces, ¿de dónde le vino el conocimiento que lo habilitó para expresar en su
profecía el deseo más intenso y secreto de la paciente mediante la recepción de las dos cifras?
Sólo veo dos posibilidades de explicación. O bien la historia, tal como ella me la refirió, no es
verdadera y las cosas ocurrieron de otro modo, o bien debe admitirse que existe una
trasferencia del pensamiento como fenómeno real. Fácilmente puede formularse la hipótesis de
que la paciente, tras un intervalo de 16 años, introdujo en ese recuerdo las dos cifras en
cuestión desde su inconciente. No tengo asidero alguno para esta conjetura, pero tampoco
puedo excluirla, e imagino que ustedes estarán más dispuestos a creer en esa explicación que
no en la realidad de la trasferencia del pensamiento. Si se deciden por esto último, no olviden
que sólo el análisis ha establecido el sumario de los hechos ocultistas, lo ha descubierto,
puesto que se encontraba desfigurado hasta volverse irreconocible.
Si se tratara de un solo caso como el de mi paciente, lo pasaríamos por alto con un
encogimiento de hombros. A nadie se le ocurre edificar sobre una observación aislada una
creencia que implica un vuelco tan decisivo. Pero, créanme, no es el único caso que conozco.
He reunido toda una serie de tales profecías, y de todas recibí la impresión de que el decidor de
la suerte no había hecho más que expresar los pensamientos de la persona que lo consultaba,
y muy en particular sus deseos secretos; que, por tanto, era lícito analizar tales profecías como
si fueran producciones subjetivas, fantasías o sueños de la persona en cuestión. Desde luego `
no todos los casos poseen la misma fuerza probatoria, y no en todos es igualmente posible
excluir explicaciones más acordes con la ratio; empero, del conjunto resta un fuerte superávit de
probabilidades en favor de una efectiva trasferencia del pensamiento. La importancia del tema
justificaría que les presentara todos mis casos, pero no puedo hacerlo por el espacio que
demandaría exponerlos y el inevitable menoscabo de la discreción debida. Intentaré apaciguar
en lo posible mis escrúpulos dándoles algunos otros ejemplos.
Cierto día acudió a mí un joven, de notable inteligencia, estudiante que debía pasar sus últimos
exámenes de doctorado mas no podía rendirlos porque, según su queja, había perdido todo su
interés, su capacidad de concentración y hasta la posibilidad de tener una memoria ordenada
(10). La prehistoria de ese estado de cuasi-parálisis se descubrió pronto: cayó
enfermo a raíz de una gran violencia que se hizo por vencerse a sí mismo. Tiene una hermana
a quien quiere con un amor intenso, pero siempre recatado, lo mismo que ella a él. «¡Qué pena
que no podamos casarnos!», se dijeron muchas veces entre sí. Un hombre digno se enamoró
de esa hermana, ella correspondió a su inclinación, pero los padres no consentían el enlace. En
este trance, la pareja se dirigió al hermano, quien no les denegó su ayuda. Facilitó la
correspondencia entre ambos y mediante su influencia logró que por fin los padres diesen su
consentimiento. En el período que siguió al compromiso le ocurrió un accidente cuyo significado
es fácil de colegir. Emprendió, sin contratar un guía, una difícil expedición a la montaña con su
futuro cuñado; ambos perdieron el rumbo y corrieron el peligro de no regresar sanos y salvos.
Poco tiempo después de realizarse la boda de su hermana, cayó en aquel estado de
agotamiento anímico.
El influjo del psicoanálisis le devolvió su capacidad de trabajo, y me dejó para rendir sus exámenes; empero, luego de pasarlos con éxito retornó a mí por breve lapso en el otoño de ese mismo año. Entonces me informó acerca de una asombrosa vivencia que había tenido antes
del verano. En su ciudad universitaria había una decidora de la suerte que gozaba de gran
predicamento. Hasta los príncipes de la casa gobernante solían consultarla de manera regular
antes de iniciar empresas importantes. Trabajaba de una manera muy simple. Hacía que le
diesen la fecha de nacimiento de una persona determinada, y no pedía saber nada más de ella,
ni siquiera su nombre; después consultaba libros astrológicos, hacía largos cálculos y al fin
daba una profecía sobre la persona en cuestión, Mi paciente decidió requerir para su cuñado su
arte secreto. La visitó y le mencionó la fecha de nacimiento de aquel. Después que hubo
echado sus cuentas, pronunció la profecía: Esa persona moriría en julio o agosto de ese año a
raíz de un envenenamiento con langostas u ostras. Mí paciente concluyó su relato con estas
palabras: «¡Y eso fue grandioso!».

Notas:

1- [En mi «Nota introductoria» a «Psicoanálisis y telepatía» (Freud, 1941d), AE, 18, pág. 168, se encontrará una lista de escritos de Freud sobre este tema. Ernest Jones, en el capítulo XIV del tercer volumen de su biografía (1957), hace una amplia reseña de la actitud de Freud hacia el ocultismo.]
2- [Freud se ocupa del examen de realidad en «Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños» (1917d), AE, 14, págs. 229-33. Cf. también Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, pág. 339.]
3- [El «placer que depara lo sin sentido» ya había sido cabalmente analizado por Freud en su libro sobre el chiste (1905c), AE, 8, págs. 120-2.]
4- [Goethe, Fausto, parte I, escena 4.]
5- [Una acotación similar aparece en El porvenir de una ilusión (1927c), AE, 21, págs. 27-8.]
6- [Freud informó sobre este ejemplo con mucho más detalle en «Sueño y telepatía» (1922a), AE, 18, págs. 192 y sigs.]
7- {«. . . telepathischen Taibestand»; «sumario» en el sentido del que levanta el juez de instrucción, una comprobación de hechos anterior al juicio mismo.}
8- [En su trabajo anterior, publicado póstumamente, «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, pág. 176, Freud se había referido a la importancia que tiene para el adivino distraer las fuerzas psíquicas del sujeto y ocuparlo en una «actividad inofensiva» como medio de liberar un proceso inconciente. Comparó allí esa actividad de distracción con la que se practica en ciertos chistes; véase para esto su libro sobre el chiste (1905c), AE, 8, págs. 144-6. Mucho antes, en su contribución a Estudios sobre la histeria (1895d), AE, 2, págs. 277-8, había dado igual explicación para ciertos procedimientos de hipnosis, en particular su antiguo método de evocar hechos olvidados por el paciente aplicándole la mano sobre la frente; sobre estos procedimientos se explayó en su examen del hipnotismo contenido en Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, págs. 119-20. Asimismo, en Psicopatología de la vida cotidiana (1901b), AE, 6, pág. 131, afirma que el dirigir la atención a una actividad automática interfiere en su ejecución.]
9- [Se informa sobre este caso con más detalle y leves variantes en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 177-8], y mucho más sucintamente en «Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto» (1925i), AE, 19, págs. 139-40.]
10- [También este caso es relatado con algo más de detalle en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 173-6.]
Continúa en ¨Obras de S. Freud: Sueño y ocultismo¨ (segunda parte)

Obras de S. Freud: 29ª conferencia. Revisión de la doctrina de los sueños (tercera parte)

29ª conferencia.
Revisión de la doctrina de los sueños II

29ª conferencia.
Revisión de la doctrina de los sueños II

Volver a ¨29ª conferencia. Revisión de la doctrina de los sueños (segunda parte)¨

Como ya les dije, temo que lo encuentren muy escaso y no comprendan por qué los obligo a
escuchar, y me someto yo a decir, dos veces lo mismo. Pero es que han pasado* quince años,
y este será, así lo espero, el modo más fácil de restablecer el contacto con ustedes. Por lo
demás, se trata de cosas tan elementales, de importancia tan decisiva para la comprensión del
psicoanálisis, que de buena gana se las escuchará una segunda vez; y saber que tras quince
años permanecen idénticas en tan grande medida no carece tampoco de interés.
Desde luego, en la bibliografía actual ustedes tienen gran número de corroboraciones y estudios
detallados, de los que sólo me propongo ofrecerles algunas muestras. También puedo espigar
ahí algo que ya antes conocimos. Se refiere casi siempre al simbolismo en el sueño, y a sus otros modos de figuración. Sepan que hace poco los médicos de una universidad
norteamericana se negaron a reconocer carácter de ciencia al psicoanálisis con el argumento
de que no admite pruebas experimentales. Habrían podido dirigir idéntica objeción a la
astronomía; es bastante difícil, por cierto, experimentar con los cuerpos celestes. Ahí no hay
más remedio que atenerse a la observación. Sin embargo, investigadores de Viena han
empezado justamente a corroborar por vía experimental nuestro simbolismo onírico. Cierto
doctor Schrótter descubrió ya en 1912 que si a personas en estado de hipnosis profunda se les
imparte la orden de soñar con procesos sexuales, en el sueño así provocado el material sexual aparece sustituido por uno de los símbolos consabidos. Por ejemplo: se ordena a una mujer soñar que mantiene comercio sexual con una amiga. En su sueño esta amiga aparece con una maleta de viaje que tiene pegado un cartelito: «Sólo para damas». Aún más impresionantes son los experimentos realizados en 1924 por BetIheim y Hartmann, quienes trabajaron con personas que sufrían del estado confusional llamado de Korsakoff. Les relataron historias de grosero contenido sexual y atendieron a las desfiguraciones que afloraban cuando se les pedía la reproducción de lo relatado. Salieron entonces a relucir los símbolos, para nosotros familiares, de los órganos y el comercio sexuales; entre ellos, el símbolo de la escalera, que, según dicen con acierto los autores, un deseo conciente de desfiguración no habría podido producir (1).
H. Silberer [1909 y 1912] ha demostrado, en una serie de experimentos muy interesantes, que es posible sorprender al trabajo del sueño in fraganti, por así decir, cuando traspone pensamientos abstractos a imágenes visuales. Cuando en estados de fatiga y somnolencia quería forzarse a realizar un trabajo intelectual, a menudo el pensamiento se le escapaba, aflorando en su lugar una visión que evidentemente era su sustituto.
Un ejemplo sencillo: «Pienso -dice Silberer- que debo mejorar en un ensayo cierto pasaje
poco pulido». Visión: «Me veo cepillando un trozo de madera». En estos experimentos le
sucedía a menudo que no pasara al contenido de la visión el pensamiento que aguardaba ser
elaborado, sino su propio estado subjetivo -lo referido al estado en vez de lo referido al asunto-,
cosa que Silberer designó «fenómeno funcional». Un ejemplo les mostrará enseguida lo que se
quiere decir. El autor se empeña en comparar el punto de vista de dos filósofos acerca de cierto
problema; pero en su somnolencia siempre se le escapa uno de ellos, alternativamente, y por
fin tiene esta visión: pide cierta información a un secretario gruñón que, inclinado sobre un
escritorio, primero no le hace caso y luego lo mira enfadado y se la rehusa. Probablemente las
condiciones mismas del experimento expliquen que la visión así obtenida figure con tanta
frecuencia un resultado de la observación de sí (2).
Consideremos un poco más los símbolos. A algunos de ellos creímos haberlos discernido,
pese a lo cual nos perturbaba no poder indicar el modo en que ese símbolo había cobrado ese
significado. En tales casos era forzoso que acogiéramos con particular interés corroboraciones
de otros campos: de la lingüística, el folklore, la mitología, el ritual. Un ejemplo de esta clase fue
el símbolo del manto {Mantel}. Dijimos que en el sueño de una mujer significaba un hombre
{Mann} (3). Creo que les impresionará enterarse de lo que Theodor Reik comunicó
en 1920: «En el antiquísimo ceremonial nupcial de los beduinos, el novio cubre a la novia con un
manto especial, llamado «Aba», y pronuncia a ese propósito las palabras rituales: «En lo
sucesivo nadie más que yo debe cubrirte». (Citado de acuerdo con Robert Eisler [1910, 2, págs.
599-600].)» También hemos descubierto varios símbolos nuevos, de los que quiero darles al
menos dos ejemplos. Según Abraham (1922b), la araña en el sueño es un símbolo de la
madre, pero de la madre fálica de quien uno siente miedo; por tanto, la angustia frente a la araña expresa el terror al incesto con la madre y el horror a los genitales femeninos. Acaso sepan
ustedes que la figura mitológica de la cabeza de Medusa se reconduce al mismo motivo del
terror a la castración (4). El otro símbolo del que quiero hablarles es el del puente.
Ferenczi (1921c y 1922b) lo ha esclarecido. Originariamente significa al miembro viril que une a
la pareja de progenitores en el comercio sexual, pero luego se desarrolla hacia significados más
vastos, que se deducen de aquel. En la medida en que se debe por entero al miembro viril la
posibilidad de venir al mundo desde el líquido amniótico, el puente pasa a ser el tránsito del más
allá (del no-haber-nacido-todavia, el seno materno) al más acá (la vida); puesto que el hombre
se representa también la muerte como un regreso al seno materno (al agua), el puente cobra
asimismo el significado de un trasporte hacia la muerte y, distanciándose más de su sentido
inicial, designa tránsito, cambio de estado en general. Armoniza con esto, pues, que una mujer
que no ha superado su deseo de ser varón sueñe tan a menudo con puentes demasiado cortos
para alcanzar la otra orilla.
En el contenido manifiesto de los sueños se escenifican muchas imágenes y situaciones que recuerdan a los consabidos motivos de los cuentos tradicionales, las leyendas y mitos. Por eso la interpretación de tales sueños arroja luz sobre los intereses originarios por los que se crearon esos motivos, aunque, claro está, no podemos olvidar los cambios de significado que afectaron a ese material en el curso de las épocas. Nuestro trabajo de interpretación descubre por así decir la materia prima, que con mucha frecuencia debe ser llamada sexual en el sentido más lato, pero que en una elaboración posterior halló las más diversas aplicaciones. Esas reconducciones suelen atraernos la cólera de los investigadores de orientación no analítica, como si nosotros pretendiéramos desconocer o menospreciar todo lo que se edificó sobre esa materia prima en desarrollos posteriores. A pesar de ello, tales intelecciones son instructivas e interesantes. Lo mismo vale para la derivación de ciertos motivos de las artes plásticas; por ejemplo, el de un joven jugando con un muchachito, figurado en el Hermes de Praxíteles, que M. J. Eisler ( 1919) ha interpretado analíticamente guiándose por ciertos sueños de sus pacientes. Permítanme decir algo más; es que no puedo dejar de señalar cuán a menudo justamente los temas mitológicos se esclarecen mediante la interpretación de los sueños. Así, por ejemplo, la saga del Laberinto puede discernirse como figuración de un nacimiento anal: los enredados pasadizos son el intestino, el hilo de Ariadna es el cordón umbilical.
Los modos de figuración del trabajo del sueño, asunto sugerente y casi inagotable, se nos
han vuelto cada vez más familiares a lo largo de un empeñoso estudio; también he de darles
algunos ejemplos. Así, el sueño figura la relación de la frecuencia mediante la multiplicación de cosas homogéneas. Vean el raro sueño de una joven: ingresa en tina gran sala y ahí encuentra a una persona sentada en una silla; esto se repite seis, ocho veces y aún más, pero siempre es su padre. Uno lo comprende con facilidad al enterarse, por las circunstancias que rodearon la interpretación, de que ese espacio representa al seno materno. El sueño cobra entonces el mismo valor que la fantasía, bien conocida por nosotros, de las muchachas que pretenden haberse encontrado ya con el padre en la vida intrauterina, cuando durante el embarazo él hizo una visita al seno materno. No se despisten por el hecho de que en el sueño algo esté invertido (el ingreso del padre desplazado a la persona propia); por lo demás, eso tiene también su particular significado. La multiplicación de la persona del padre sólo puede expresar que el suceso en cuestión ocurrió repetidamente. En verdad, debemos admitir que el sueño no se muestra muy atrevido expresando frecuencia {Häufigkeit} mediante acumulación {Häufung}. No tiene más que remontarse al significado primordial de la palabra {Haufen}, que hoy para nosotros designa una repetición en el tiempo, pero está tomado de un amontonamiento en el
espacio. Ahora bien, toda vez que es posible, el trabajo del sueño traspone relaciones
temporales en espaciales, y las figura así. Por ejemplo, uno ve en el sueño una escena entre
personas que parecen pequeñísimas y muy distantes, como si las estuviese mirando por el
extremo contrarío de unos prismáticos. La pequeñez y la lejanía espacial significan aquí lo
mismo: se mienta el distanciamiento en el tiempo, debe comprenderse que es una escena del
remoto pasado.
Acaso recuerden que ya en anteriores conferencias dije (y mostré con ejemplos) que
habíamos aprendido a aprovechar también para la interpretación rasgos puramente formales del
sueño manifiesto, vale decir, a trasponerlos en un contenido de los pensamientos oníricos
latentes (5). Ahora bien, ya saben ustedes que todos los sueños de una noche
pertenecen a la misma trama. Pero tampoco es indiferente que estos le aparezcan a quien
sueña como un continuo o los articule en varios fragmentos, y en cuántos. El número de esos
fragmentos corresponde a menudo a otros tantos centros de la formación de lo pensado en los
pensamientos oníricos latentes, o a corrientes en pugna dentro de la vida anímica del que
sueña, cada una de las cuales predomina -si bien nunca encuentra expresión exclusiva- en un
fragmento particular del sueño. Un breve sueño prólogo y un sueño principal más largo suelen
estar relacionados entre sí como la condición a su ejecución {como la prótasis a su apódosis},
de lo cual pueden ustedes hallar un ejemplo muy nítido en aquellas viejas conferencias (6). Un
sueño que el soñante caracteriza como «interpolado de algún modo» corresponde en realidad a
una frase incidental en los pensamientos oníricos. En un estudio sobre sueños apareados,
Franz Alexander (1925) ha mostrado que no pocas veces dos sueños de una misma noche se dividen del siguiente modo la tarea onírica: tomados en conjunto, dan por resultado un cumplimiento de deseo en dos etapas, que cada uno por separado no brinda. Por ejemplo, si el deseo onírico tiene por contenido cierta acción ilícita respecto de una determinada persona, esta última aparece sin disfraz en el primer sueño, en tanto que la acción se indica sólo tímidamente.
Pero el segundo sueño procede de otro modo. La acción se menciona sin disfraz alguno,
mientras que la persona se vuelve irreconocible o se sustituye por una indiferente. En verdad,
esto impresiona como una astucia. Otra relación, semejante a esta, entre las dos partes de un
sueño apareado es que una figure el castigo y la otra el cumplimiento del deseo pecaminoso.
Es como si se dijera: «Si uno acepta el castigo, puede permitirse lo prohibido».
No puedo demorarlos más tiempo en pequeños descubrimientos de esta índole, y tampoco en
las discusiones referidas al empleo de la interpretación de los sueños en el trabajo analítico.
Supongo que están impacientes por enterarse de los cambios consumados en las intuiciones
básicas sobre la esencia y el significado del sueño. Ya estarán preparados para oírlo: sobre
eso, justamente, hay poco que informar. El punto más discutido de toda la doctrina fue sin duda
la tesis de que todos los sueños son cumplimientos de deseo. Tengo derecho a decir que en
las anteriores conferencias ya disipamos por completo la inevitable y siempre recurrente
objeción de los legos, a saber: que sin embargo existen tantísimos sueños de angustia (7). Hemos mantenido nuestra doctrina mediante la clasificación en sueños de deseo, de
angustia y punitorios.
También los sueños punitorios son cumplimientos de deseo, pero no de las mociones pulsionales, sino de la instancia criticadora, censuradora y punitoria de la vida anímica. Si estamos frente a un sueño punitorio puro, una simple operación mental nos permitirá restablecer el sueño de deseo del que aquel es la réplica correcta y al que sustituyó, mediante ese rechazo, en el sueño manifiesto. Ustedes saben, señoras y señores, que el estudio del sueño fue nuestra primera ayuda en la comprensión de las neurosis. Por eso encontrarán lógico que nuestro conocimiento de las neurosis influyera luego sobre nuestra concepción del sueño.
Como más adelante sabrán (8) nos hemos visto precisados a suponer en la vida anímica una
instancia particular, criticadora y prohibidora, que llamamos «superyó». Habiendo discernido la
censura onírica como una operación de esa instancia, ello nos indujo a considerar con más cuidado la participación del superyó en la formación del sueño.
Sólo dos dificultades (9) serias se han opuesto a la teoría según la cual el sueño es un
cumplimiento de deseo; elucidarlas nos llev aría muy lejos, y por lo demás ninguna de las dos ha
encontrado una solución plenamente satisfactoria. La primera está dada por el hecho de que
personas que han pasado por una vivencia de choque, un grave trauma psíquico (como tan a
menudo ocurrió en la guerra y se lo encuentra también en la base de una histeria traumática),
se ven remitidas por el sueño, con harta regularidad, a aquella situación traumática. Es algo que
no debería suceder de acuerdo con nuestros supuestos acerca de la función del sueño. ¿Qué
moción de deseo podría satisfacerse mediante ese retroceso hasta la vivencia traumática,
extremadamente penosa? Difícil resulta colegirlo. Con el segundo hecho nos topamos casi a
diario en el trabajo analítico; por lo demás, no implica una objeción de tanto peso como el
primero. Ustedes ya saben que una de las tareas del psicoanálisis es descorrer el velo de la
amnesia que oculta los primeros años de la infancia, y llevar al recuerdo conciente las
exteriorizaciones de la vida sexual de la temprana infancia contenidas en ellos. Ahora bien,
estas primeras vivencias sexuales del niño están enlazadas con impresiones dolorosas de
angustia, prohibición, desengaño y castigo; uno comprende que hayan sido reprimidas, pero no
que posean tan vasto acceso a la vida onírica, que proporcionen el modelo para tantas fantasías
oníricas, que los sueños rebosen de reproducciones de esas escenas infantiles y de alusiones a ellas. En verdad, su carácter displacentero y la tendencia del sueño al cumplimiento de deseo parecen conciliarse muy mal. Pero quizá vemos demasiado grande la dificultad en este caso.
Es que a esas mismas vivencias infantiles van adheridos todos los deseos pulsionales
incumplidos, imperecederos, que a lo largo de la vida entera donan la energía de la formación
del sueño; y cabe admitir que en su violenta pulsión aflorante {Aultrieb} esfuercen hasta la
superficie también el material de episodios sentidos como penosos. Por otra parte, dada la
manera en que este material es reproducido resulta inequívoco el empeño del trabajo del sueño, que quiere desmentir el displacer mediante una desfiguración y mudar el desengaño en confirmación. No ocurre lo mismo en las neurosis traumáticas; en ellas, los sueños
desembocan regularmente en un desarrollo de angustia. Opino que no debe arredrarnos admitir
que en este caso falla la función del sueño. No quiero invocar el aserto de que la excepción
conf irma la regla; su sabiduría me parece harto dudosa. Pero sí es cierto que la excepción no
cancela la regla. Si con fines de estudio uno aísla de la fábrica entera una sola operación
psíquica, como lo es el soñar, se abre la posibilidad de descubrir las legalidades que le son
propias; y si luego vuelve a insertarla dentro de la ensambladura, debe estar preparado para
hallar que tales conclusiones se empañan o menoscaban por el choque con otros poderes.
Decimos que el sueño es un cumplimiento de deseo; si ustedes quieren dar razón de las
últimas objeciones, dirán que, de todos modos, el sueño es el intento de un cumplimiento de
deseo. Y para nadie capaz de adentrarse en la dinámica psíquica habrán dicho algo diferente.
Bajo determinadas circunstancias, el sueño sólo puede imponer su propósito de manera muy incompleta o debe resignarlo del todo; la fijación inconciente a un trauma parece contarse entre los principales de esos impedimentos de la función del sueño. Al par que el durmiente se ve precisado a soñar porque el relajamiento de la represión permite que se vuelva activa la pulsión aflorante de la fijación traumática, falla la operación de su trabajo del sueño, que preferiría trasmudar las huellas mnémicas del episodio traumático en un cumplimiento de deseo. En tales circunstancias acontece que uno se vuelva insomne, que renuncie a dormir por angustia frente a los fracasos de la función del sueño. Pues bien; la neurosis traumática nos muestra un caso extremo de ello, pero es preciso conceder carácter traumático también a las vivencias infantiles, y no hará falta asombrarse si se producen perturbaciones menores de la operación onírica también bajo otras condiciones.

Nota:
1- [Estos experimentos se describen más extensamente en La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 388.]
2- [Freud ofreció una descripción mucho más completa de las experiencias de Silberer, con abundantes citas, en algunos pasajes agregados en 1914 a La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, págs. 350-1 y 498-501.]
3- [Se hace referencia a este símbolo en las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 15, págs. 142 y 144, pero su aplicación a los sueños de mujeres se menciona sólo en un trabajo anterior, «Experiencias y ejemplos extraídos de la práctica analítica» (1913h), AE, 13, pág. 199,]
4- [Véase el escrito póstumo de Freud sobre este tema (1940c).]
5- [Cf. Conferencias de introducción (1916-17), AE, 15, pág. 161, y La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, págs. 333 y sigs.]
6- [Conferencias de introducción (1916-17), AE, 15, págs. 169-70; véase para todo esto La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, págs. 320 y sigs., y 336 y sigs,]
7- [En la 14ª de las Conferencias de introducción (1916-17).]
8- [En la 31ª conferencia, AE, 22, págs. 55 y sigs.]
9- [Estas dos dificultades fueron abordadas por primera vez en los capítulos II y III de Más allá del principio de placer (1920g). Se alude nuevamente a ellas en la 32ª conferencia, AE, 22, pág. 99.]

Obras de S. Freud: 29ª conferencia. Revisión de la doctrina de los sueños (segunda parte)

29ª conferencia.

Revisión de la doctrina de los sueños I

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29ª conferencia.

Revisión de la doctrina de los sueños I

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Desde hace tiempo saben ustedes que esa censura no es un dispositivo particular de la vida onírica. Saben que el conflicto entre dos instancias psíquicas que -de manera inexactadesignamos como lo reprimido inconciente y lo conciente gobierna toda nuestra vida anímica, y que la resistencia a la interpretación del sueño, indicio de la censura onírica, no es más que la resistencia de represión {de desalojo} por medio de la cual aquellas dos instancias se separan una de otra. Saben también que, bajo determinadas condiciones, del conflicto entre ellas surgen otros productos psíquicos, que, tal como el sueño, son el resultado de compromisos; y no
pedirán que repita ante ustedes todo lo incluido en la introducción a la doctrina de las neurosis y
les exponga lo que conocemos acerca de esa formación de compromiso. Han comprendido
que el sueño es un producto patológico, el primer eslabón de la serie que incluye al síntoma
histérico, la representación obsesiva, la idea delirante (1), pero que se distingue de
los demás por su carácter pasajero y por el hecho de generarse en circunstancias que
corresponden a la vida normal. En efecto, retengámoslo: la vida onírica es, como ya dijo
Aristóteles, el modo en que nuestra alma trabaja durante el estado del dormir (2).
Este último produce un extrañamiento respecto del mundo exterior real, estableciéndose así la
condición para el despliegue de una psicosis. Ni aun con el más cuidadoso estudio de las
psicosis graves descubriríamos un rasgo que caracterizara mejor a ese estado patológico.
Ahora bien, el extrañamiento de la realidad se produce en la psicosis de dos maneras:
volviéndose hiperintenso lo reprimido-inconciente hasta el punto de avasallar a lo conciente (que
depende de la realidad) (3), o bien porque la realidad se hace tan insoportablemente
penosa que el yo amenazado, en una rebelión desesperada, se arroja en brazos de lo pulsional
inconciente. La inofensiva psicosis del sueño es la consecuencia de un retiro del mundo exterior
sólo temporario, concientemente querido, y desaparece tan pronto se retoman los vínculos con
este. Mientras dura el aislamiento del que duerme, se produce también una alteración en la
distribución de su energía psíquica; puede ahorrarse una parte del gasto de represión que de
ordinario se usaba para sofrenar lo inconciente; en efecto, aunque eso inconciente aproveche
su relativa liberación poniéndose activo, halla bloqueada la vía hacia la motilidad y expedita sólo
la vía inocua que lleva a la satisfacción alucinatoria. En tales condiciones puede formarse un
sueño; empero, el hecho de la censura onírica muestra que aun en el estado del dormir se ha
conservado bastante de la resistencia de represión {de desalojo}.
Aquí se nos abre un camino para responder un interrogante: ¿El sueño tiene también una
función, está encargado de una operación útil? El reposo exento de estímulos que el estado del
dormir querría producir es amenazado desde tres lados: de manera más contingente, por
estímulos externos sobrevenidos mientras se duerme y por intereses diurnos que no admiten
ser suspendidos; de manera inevitable, por las mociones pulsionales reprimidas, insaciadas,
que acechan la oportunidad de exteriorizarse. A consecuencia de la rebaja nocturna de las
represiones {esfuerzos de desalojo}, se correría el peligro de que el reposo del dormir fuera
turbado todas las veces que la incitación externa o interna llegara a establecer un enlace con
una de las fuentes pulsionales inconcientes. El proceso onírico permite que el producto de
semejante cooperación desemboque en una vivencia alucinatoria inocua, y así asegura la
continuación del dormir. Que a veces el sueño despierte al durmiente, presa de un desarrollo de
angustia, en modo alguno contradice esa función; antes al contrario, es una señal de que el
guardián considera demasiado peligrosa la situación y ya no cree poder dominarla. No es raro
que todavía dormidos oigamos una voz que quiere tranquilizarnos para que no despertemos: «¡
Pero si no es más que un sueño!».
He ahí, señoras y señores, cuanto quería decirles sobre la interpretación de los sueños, cuya tarea consiste en llevarnos del sueño manifiesto a los pensamientos oníricos latentes. Una vez logrado esto, en el análisis práctico casi siempre se extingue el interés por el sueño. Uno inserta, entre las otras, la comunicación que recibió en la forma de un sueño, y sigue adelante con el análisis. Pero nosotros tenemos interés en demorarnos más tiempo en el sueño; nos atrae estudiar el proceso por el cual los pensamientos oníricos latentes se mudaron en el sueño manifiesto. Lo llamamos el trabajo del sueño. Como ustedes recuerdan, lo describí muy en detalle en mis anteriores conferencias (4) tanto que en este panorama de hoy puedo limitarme a unos resúmenes en extremo sucintos.
El proceso del trabajo del sueño es entonces algo enteramente nuevo, y ajeno; nada
semejante a él se nos había hecho notorio antes. Nos ha proporcionado la primera visión de los procesos que se desenvuelven en el sistema inconciente, mostrándonos que difieren por
completo de lo que conocemos por nuestro pensar conciente, pues a este último le parecerían
por fuerza inauditos y defectuosos. Y el valor de estos hallazgos es realzado, además, por el
descubrimiento de que en la formación de los síntomas neuróticos actúan los mismos
mecanismos -no osamos decir: procesos de pensamiento- que mudaron los pensamientos
oníricos latentes en el sueño manifiesto.
En lo que sigue no podré evitar un modo esquemático de exposición. Supongamos que en
determinado caso abarquemos panorámicamente todos los pensamientos latentes, con su
mayor o menor carga afectiva, por los que fue sustituido el sueño manifiesto tras una
interpretación onírica consumada. Entonces nos resultará llamativa una diferencia entre ellos,
diferencia que nos permitirá dar un paso adelante. Casi todos esos pensamientos oníricos son
conocidos o reconocidos por el soñante; admite que en esta o estotra oportunidad pensó eso, o
habría podido pensarlo. Sólo se revuelve contra la aceptación de uno de ellos; le resulta ajeno, y
acaso hasta repugnante; es posible que lo arroje de sí{weisen von sich} presa de una agitación
apasionada. Ahora se nos vuelve claro que los otros pensamientos son fragmentos de un
pensar conciente -dicho de manera más correcta: preconciente-, habrían podido pensarse
también en la vida de vigilia, y es probable que se hayan formado durante el día. Ahora bien, este
único pensamiento desmentido, o mejor dicho esta única moción, es hija de la noche; pertenece
a lo inconciente del que sueña, y por eso la desmiente y la desestima. Debió esperar el
relajamiento nocturno de la represión para conseguir expresarse de algún modo. Comoquiera
que fuese, es una expresión debilitada, desfigurada, disfrazada; no la habríamos hallado sin el
trabajo de la interpretación del sueño. Esa moción inconciente debe a su enlace con los otros
pensamientos oníricos, exentos de objeción, la oportunidad de colarse con un disfraz que le
permite pasar inadvertida a través de la barrera de la censura. Y por otra parte, los
pensamientos oníricos preconcientes deben a ese mismo enlace el poder de gobernar la vida
anímica aun mientras se duerme. En efecto, ya no tenemos ninguna duda: esa moción
inconciente es el genuino creador del sueño, costea la energía psíquica para su formación.
Como cualquier otra moción pulsional, no puede aspirar sino a su satisfacción, y en verdad la
experiencia que hemos adquirido en la interpretación de los sueños nos muestra que ese es el sentido de todo soñar. En todo sueño debe figurarse como cumplido un deseo pulsional. El bloqueo nocturno de la vida anímica respecto de la realidad, y la regresión a mecanismos primitivos que posibilita, permiten que esa satisfacción pulsional deseada se vivencie como presente por vía alucinatoria. A consecuencia de esa misma regresión, las representaciones se trasponen en el sueño a imágenes visuales, vale decir, los pensamientos oníricos latentes se dramatizan e ilustran.
A partir de esta pieza del trabajo del sueño obtenemos información sobre algunos de los
caracteres más llamativos y peculiares del sueño. Paso a repetir el proceso de su formación. El
introito es el deseo de dormir, el extrañamiento deliberado del mundo exterior. De ahí derivan
dos consecuencias para el aparato anímico: en primer lugar, la posibilidad de que afloren dentro
de él modos de trabajo más antiguos y primitivos -la regresión-; en segundo lugar, la rebaja de
la resistencia de represión {de desalojo} que gravita sobre lo inconciente. De este último factor
resulta la posibilidad de la formación del sueño, posibilidad que es aprovechada por las
ocasiones, los estímulos externos e internos puestos en movimiento. El sueño así generado es
ya una formación de compromiso; tiene una doble función: por un lado es acorde con el yo,
puesto que sirve al deseo de dormir mediante la tramitación de los estímulos que lo perturban, y
por el otro permite a una moción pulsional reprimida la satisfacción que es posible en estas
condiciones, en la forma de un cumplimiento alucinatorio de deseo. Empero, todo el proceso de
la formación del sueño, permitido por el yo durmiente, se encuentra bajo la condición de la
censura ejercida por el resto de la represión {esfuerzo de desalojo} que se conservó. No puedo
exponer de manera más simple el proceso, pues él mismo no es simple. Lo que sí puedo hacer
ahora es seguir describiendo el trabajo del sueño.
Volvamos otra vez a los pensamientos oníricos latentes. Su elemento más intenso es la moción
pulsional reprimida que se ha procurado una expresión, aunque mitigada y disfrazada,
apuntalándose en la presencia de estímulos casuales y en la trasferencia a los restos diurnos.
Como cualquier moción pulsional, esta también esfuerza a satisfacerse mediante la acción ‘
pero tiene bloqueada la vía hacia la motilidad por los dispositivos fisiológicos del estado del
dormir; se ve precisada a encaminarse -en el sentido retrocedente- hacia la percepción y a
conformarse con una satisfacción alucinada. De tal modo, los pensamientos oníricos latentes
se trasponen en una suma de imágenes sensoriales y escenas visuales. Por este camino les
acontece lo que se nos presenta tan novedoso y extraño. Todos los recursos lingüísticos
mediante los cuales se expresan las relaciones más finas entre los pensamientos, las
conjunciones y preposiciones, las variaciones de la declinación y la conjugación, desaparecen,
porque les faltan los medios que les permitirían figurarse; como en un lenguaje primitivo sin
gramática, sólo se expresa la materia en bruto del pensar, lo abstracto es reconducido a lo
concreto que está en su base. En cuanto a lo que resta, es fácil que parezca incoherente. El
recurso en vasta escala a la figuración de ciertos objetos y procesos mediante símbolos que se
han vuelto ajenos al pensar conciente responde tanto a la regresión arcaica dentro del aparato
psíquico como a los requerimientos de la censura. Pero otras alteraciones emprendidas con los
elementos de los pensamientos oníricos van mucho más allá. Algunos entre los que pueda
descubrirse un punto de contacto son condensados en nuevas unidades. En la trasposición de
los pensamientos a imágenes, se prefieren de manera inequívoca aquellos que admitan una
reunión, una condensación de esa índole; es como si actuara una fuerza que sometiera el
material a un prensado, a un esfuerzo unitivo. Luego, a consecuencia de la condensación, un
elemento del sueño manifiesto puede corresponder a varios de los pensamientos oníricos
latentes; y a la inversa, un elemento de estos últimos puede estar subrogado por varias
imágenes en el sueño.
Todavía más asombroso es el otro proceso, el del desplazamiento o trasferencia del acento,
que en el pensar conciente es notorio sólo como falacia o como recurso del chiste. Es que las
representaciones singulares de los pensamientos oníricos no poseen todas el mismo valor,
están investidas con montos de afecto de magnitud diversa y, correlativamente, el juicio las
estima más o menos importantes y dignas de interés. En el trabajo del sueño, esas
representaciones son separadas de los afectos adheridos a ellas; y estos afectos son
tramitados por sí, pueden ser desplazados sobre otra cosa, conservarse, experimentar
mudanzas o bien no aparecer para nada en el sueño. La importancia de las representaciones
despojadas del afecto retorna en el sueño como intensidad sensible de las imágenes oníricas,
pero notamos que ese acento ha traspasado de los elementos sustantivos a los indiferentes, de
modo que en el sueño aparece empujado al primer plano como asunto principal lo que en los
pensamientos oníricos sólo desempeñaba un papel accesorio, y, a la inversa, lo esencial de los
pensamientos oníricos sólo halla en el sueño una figuración colateral, poco nítida. Ninguna otra
pieza del trabajo del sueño contribuye tanto a tornar a este último ajeno e incomprensible para el
soñante. El desplazamiento es el principal medio de la desfiguración que los pensamientos
oníricos deben admitir bajo el influjo de la censura.
Tras esas intervenciones sobre los pensamientos oníricos, el sueño queda casi listo.
Todavía, después que ha emergido ante la conciencia como objeto de percepción, se suma un
factor bastante inconstante, la llamada elaboración secundaria, a saber: tratamos al sueño
como solemos hacerlo con todos nuestros contenidos perceptivos, procuramos llenar lagunas,
introducir nexos y, así, nos exponemos muchas veces a incurrir en unos malentendidos harto
groseros. Pero esta actividad por así decir racionalizadora, que en el mejor de los casos provee
al sueño de una fachada tersa, inapropiada a su contenido efectivo, también puede omitirse o
exteriorizarse en una medida muy modesta, y entonces el sueño exhibe abiertamente todas sus
desgarraduras y saltos. Por otra parte, no debe olvidarse que el trabajo del sueño no siempre
procede con la misma energía; muy a menudo se limita a ciertos fragmentos de los
pensamientos oníricos, mientras que a otros se les permite aparecer inmodificados en el sueño.
Entonces se genera la impresión de que en este se realizan las más finas y complejas
operaciones intelectuales, se especula, se hacen chistes, se extraen inferencias, se solucionan
problemas, cuando en verdad todo eso es el resultado de nuestra actividad mental normal, pudo ocurrir la víspera del sueño o durante la noche, no tiene nada que ver con el trabajo del sueño ni trae a la luz nada característico del sueño como tal. En verdad, no es superfluo volver a destacar la oposición que existe dentro de los pensamientos oníricos mismos entre la moción pulsional inconciente y los restos diurnos. Mientras que estos últimos dejan ver toda la diversidad de nuestros actos anímicos, aquella, que pasa a ser el genuino motor de la formación del sueño, por regla general desemboca en un cumplimiento de deseo.
Ya habría podido decirles todo esto quince años atrás, y aun creo que efectivamente se los
dije en aquella ocasión. Recopilemos ahora lo que en los años trascurridos puede haberse
sumado en materia de modificaciones y nuevas intelecciones.

Continúa en ¨29ª conferencia. Revisión de la doctrina de los sueños (tercera parte)¨

Obras de S. Freud: 29ª conferencia. Revisión de la doctrina de los sueños

29ª conferencia.

Revisión de la doctrina de los sueños

Señoras y señores: Ahora que tras una pausa de más de quince años vuelvo a convocarlos
para departir con ustedes acerca de lo nuevo, y acaso también de lo mejor, que el período

29ª conferencia.

Revisión de la doctrina de los sueños

Señoras y señores: Ahora que tras una pausa de más de quince años vuelvo a convocarlos
para departir con ustedes acerca de lo nuevo, y acaso también de lo mejor, que el período
intermedio ha aportado al psicoanálisis, desde más de un punto de vista es justo y razonable que dirijamos nuestra atención en primer lugar al estado de la doctrina de los sueños. Ella ocupa en la historia del psicoanálisis un lugar especial, marca un punto de viraje; con ella el psicoanálisis consumó su trasformación de procedimiento terapéutico en psicología de lo profundo. Desde entonces, sin duda alguna, la doctrina de los sueños ha permanecido como lo más distintivo y propio de la joven ciencia, algo que no tiene equivalente en el resto de nuestro saber, una porción de territorio nuevo arrancada a la superstición y a la mística. La extrañeza de las aseveraciones que se vio precisada a formular le ha conferido el papel de un shibbolet (1) cuya aplicación decidió quién pudo convertirse en partidario del psicoanálisis y quién, definitivamente, no consiguió aprehenderlo. Para mí mismo fue un asidero seguro en aquellos difíciles tiempos en que el sumario de los hechos no discernidos de las neurosis solía enredar mi juicio inexperto. Toda vez que empezaba a dudar acerca de la corrección de mis vacilantes conocimientos, haber conseguido trasponer un sueño confuso y sin sentido en un proceso anímico correcto y comprensible acaecido en el soñante renovaba mi confianza de hallarme sobre la pista correcta.
Por eso reviste para nosotros particular interés estudiar justamente en la doctrina de los
sueños, por una parte, las mudanzas que el psicoanálisis ha experimentado en este intervalo y, por la otra, los progresos que entretanto ha hecho en la comprensión y el aprecio de los contemporáneos. Desde ahora les anuncio que se desilusionarán ustedes en ambos aspectos.
Hojeen conmigo las entregas de la Internationale Zeitschrift für (ärztliche) Psychoanalyse (2),
donde se concentran desde 1913 los trabajos decisivos en nuestro campo. Hallarán en los
primeros volúmenes una sección permanente con el título «Sobre la interpretación de los
sueños», que contiene abundantes contribuciones referidas a los diversos puntos de la doctrina
de los sueños. Pero a medida que avanzamos en el tiempo, aquellas se vuelven más raras,
hasta que la sección permanente termina por desaparecer. Los analistas se comportan como sí no tuvieran nada más que decir sobre el sueño, como si la doctrina de los sueños estuviera concluida. Y si ahora ustedes preguntan qué han aceptado de la interpretación de los sueños los extraños, el gran número de psiquiatras y psicoterapeutas que cocinan su guiso en nuestro fuego -sin mostrarse muy agradecidos por la hospitalidad, dicho sea de pasada-, las personas llamadas cultas, que suelen apropiarse de los resultados llamativos de la ciencia, los literatos y el gran público, la respuesta es poco satisfactoria. Ciertas fórmulas se han vuelto consabidas; entre ellas, algunas que nosotros nunca sustentamos, como la tesis de que todos los sueños son de naturaleza sexual. Pero justamente cosas tan importantes como el distingo básico entre contenido manifiesto del sueño y pensamientos oníricos latentes, la intelección de que los sueños de angustia no contradicen la función del sueño como cumplimiento de deseo, la imposibilidad de interpretar el sueño cuando no se dispone de las respectivas asociaciones del soñante, y, particularmente, el discernimiento de que lo esencial en él es el trabajo del sueño, todo eso parece aún tan ajeno a la conciencia general como lo era treinta años antes. Tengo derecho a hablar así, pues en el curso de estos años he recibido innumerables cartas cuyos autores me presentaban sus sueños para que los interpretase o pedían información sobre la naturaleza del sueño, y aunque afirmaban haber leído La interpretación de los sueños, dejaban traslucir en cada frase su incomprensión de nuestra doctrina. Ello no debe disuadirnos de volver a exponer en su trabazón lo que sabemos sobre el sueño. Recuerden ustedes que la vez
anterior dedicamos toda una serie de conferencias a mostrar cómo se había llegado a entender
este fenómeno hasta entonces inexplicado (3).
Y bien; cuando alguien, por ejemplo un paciente en el análisis, nos informa de uno de sus
sueños, suponemos que con ello nos ha hecho una de las comunicaciones a que se
comprometió al iniciar el tratamiento analítico. Sin duda, una comunicación con medios
inapropiados, pues el sueño no es en sí una manifestación social, un medio para entenderse.
En efecto, no comprendemos lo que el soñante quiso decirnos, y tampoco él mismo lo sabe
mejor. Ahora debemos tomar rápidamente una decisión: O bien el sueño es, como nos lo
aseguran los médicos no analistas, un indicio de que el soñante ha dormido mal y de que no
todas las partes de su cerebro se han entregado al reposo en igual medida, pues ciertos
lugares quisieron seguir trabajando bajo el influjo de estímulos desconocidos y sólo pudieron
hacerlo de manera muy imperfecta … y, sí así fuera, convendría que no nos ocupáramos más
de ese producto de la perturbación nocturna, carente de todo valor psíquico (en efecto, ¿qué
podríamos esperar de su indagación que resultase útil para nuestros propósitos?); o bien. . .
caemos en la cuenta de que desde el comienzo nuestra decisión fue otra. Adoptamos la
premisa -admito que de manera totalmente arbitraria-, formulamos el postulado de que también
ese sueño incomprensible tiene que ser un acto psíquico de pleno derecho, rebosante de
sentido y de valor, que podemos usar en el análisis como a cualquier otra comunicación. Sólo el
éxito del experimento podrá mostrar que estamos en lo cierto. Si conseguimos trasmudar el
sueño en una exteriorización así, provista de valor, es evidente que tendremos perspectivas de
averiguar algo nuevo, de recibir una clase de comunicaciones que de otro modo habrían
permanecido inaccesibles para nosotros.
Ahora bien, en este punto se elevan ante nosotros las dificultades de nuestra tarea y los
enigmas de nuestro tema. ¿Cómo lograremos trasmudar el sueño en una comunicación normal
de esa índole, y cómo explicaremos que una parte de las exteriorizaciones del paciente haya
cobrado esa forma incomprensible para él tanto como para nosotros?
Ven ustedes, señoras y señores, que esta vez no emprendo el camino de una exposición
genética, sino dogmática. El primer paso será afianzar nuestra novedosa postura frente al
problema del sueño introduciendo dos nuevos conceptos, dos nuevos nombres. A lo que se ha
denominado «sueño» lo llamamos texto del sueño o sueño manifiesto; y a lo que buscamos, a
lo que por así decir conjeturamos tras el sueño, pensamientos oníricos latentes. Entonces
podemos formular del siguiente modo nuestras dos tareas: Tenemos que trasmudar el sueño
manifiesto en el latente e indicar cómo en la vida anímica del soñante este último se convirtió en
el primero, La primera parte es una tarea práctica, corresponde a la interpretación del sueño,
necesita de una técnica; la segunda es una tarea teórica, debe explicar ese proceso supuesto
del trabajo del sueño y no puede ser sino una teoría. Ambas, la técnica de la interpretación del
sueño y la teoría del trabajo del sueño, tienen que ser creadas.
¿Por qué parte empezar? Propongo que lo hagamos con la técnica de la interpretación del
sueño; resultará más plástica y les producirá una impresión más viva.
El paciente, pues, ha referido un sueño que debemos interpretar. Lo hemos escuchado
impasibles, sin poner en movimiento nuestra reflexión(4). ¿Qué haremos primero? Nos
resolvemos a hacer el menor caso posible de lo que hemos escuchado, del sueño manifiesto.
Desde luego, este último presenta toda clase de caracteres que no nos resultan indiferentes del
todo. Puede ser coherente, poseer una composición tersa como la de una creación literaria, o
bien ser confuso hasta resultar incomprensible, casi como un delirio; puede contener elementos
absurdos o chistes y conclusiones en apariencia agudas; puede aparecerle al soñante claro y
nítido o turbio y borroso, sus imágenes mostrarán la plena intensidad sensible de las
percepciones o serán desleídas como una sombra fugitiva, y los más diversos caracteres
pueden darse cita en el mismo sueño, distribuirse en diversos lugares; por último, el sueño
puede mostrar un tono afectivo indiferente o ir acompañado por las más intensas excitaciones
alegres o penosas. No crean ustedes que desdeñamos por completo esa infinita diversidad del
sueño manifiesto; más tarde volveremos a considerarla y hallaremos en ella mucho de utilizable
para la interpretación, pero al comienzo la omitimos y echamos a andar por el camino principal
que lleva a la interpretación del sueño. Vale decir, exhortamos al soñante a liberarse igualmente
de la impresión del sueño manifiesto, a que aparte su atención del conjunto y la dirija a los
elementos singulares del contenido del sueño, y a que nos comunique, en su secuencia, cuanto
se le ocurra sobre cada uno de estos fragmentos, las asociaciones que le acuden cuando los
considera por separado.
¿No es verdad que tenemos ahí una técnica particular, diversa del modo usual de tratar una
comunicación o enunciado? Ya coligen ustedes que tras ese procedimiento se esconden
premisas no explicitadas todavía. Pero sigamos adelante. ¿En qué orden haremos que el
paciente aborde los fragmentos de su sueño? Se nos abren varios caminos. Podemos seguir
simplemente el orden cronológico tal como resultó del relato del sueño. Es el método llamado
clásico, el más riguroso. O podemos indicar al soñante que busque primero en el sueño los
restos diurnos, pues la experiencia nos ha enseñado que en casi todo sueño se inserta un resto
mnémico o una alusión a un episodio -con frecuencia a varios- del día del sueño, y cuando
seguimos esos anudamientos solemos hallar de un golpe el paso del mundo en apariencia
remoto del sueño a la vida real del paciente. O bien le ordenamos comenzar por aquellos
elementos del contenido del sueño que le resultan llamativos por su particular nitidez e
intensidad sensible. En efecto, sabemos que le será particularmente fácil obtener asociaciones
sobre ellos. Es indiferente por cuál de estas modalidades nos acerquemos a las asociaciones
buscadas (5).
Por fin obtenemos esas asociaciones. Aportan las cosas más variadas, recuerdos del día
anterior, el día del sueño, y de un lejano pasado; reflexiones, discusiones con su pro y su contra,
confesiones e interpelaciones. Muchas de ellas le brotan al paciente, frente a otras se atasca un
rato. La mayoría muestra un vínculo neto con un elemento del sueño, y ello no es asombroso,
puesto que partieron de él; pero también sucede que el paciente las introduzca con estas
palabras: «Esto no parece tener nada que ver con el sueño; lo digo porque se me ocurre».
Si uno presta oídos a esta plétora de ocurrencias, pronto nota que tienen en común con el
contenido del sueño algo más que su mero punto de partida. Arrojan una luz sorprendente sobre
todas las partes del sueño, llenan las lagunas que había entre ellas, vuelven comprensibles sus
raros agrupamientos. Por fin, a uno no puede menos que aclarársele la relación entre ellas y
con el contenido del sueño. El sueño aparece como una selección abreviada de las
asociaciones, es verdad que producida de acuerdo con reglas que todavía no penetramos; y
sus elementos, como los representantes {Repräsentant} de una multitud, surgidos de una
elección. No hay duda de que mediante nuestra técnica hemos obtenido aquello que es
sustituido por el sueño y en lo cual ha de hallarse su valor psíquico, pero, al mismo tiempo, algo
que ya no muestra las propiedades extrañas del sueño, su ajenidad y confusión.
Pero, ¡cuidado con un malentendido! Las asociaciones sobre el sueño no son todavía los
pensamientos oníricos latentes. Estos están contenidos en las asociaciones como en un líquido
madre; empero, no lo están acabadamente. Por un lado, las asociaciones aportan mucho más
que lo que necesitamos para la formulación de los pensamientos oníricos latentes, a saber:
aportan todas las puntualizaciones, transiciones, conexiones que el intelecto del paciente debió
producir en tanto se iba aproximando a los pensamientos oníricos. Por otro lado, es frecuente
que la asociación se detenga justo delante de los pensamientos oníricos genuinos, sólo llegue
hasta su cercanía, los roce apenas en las alusiones. Entonces intervenimos por nuestra cuenta,
completamos las indicaciones, extraemos conclusiones irrefutables, enunciamos aquello que el
paciente sólo convocó en sus asociaciones. Esto suena como si dejáramos a nuestro ingenio y
nuestro albedrío jugar con el material que el soñante puso a nuestra disposición, como sí
abusáramos de ese material introduciéndole sentidos {híneindeuten} que no podrían extraerse
de él mediante interpretación {herausdeuten}; y en verdad, en una exposición abstracta no es
fácil demostrar la legitimidad de nuestro proceder. Pero bastará que hagan ustedes mismos el
análisis de un sueño o profundicen en uno de los ejemplos bien descritos en nuestra bibliografía
para que se convenzan de la fuerza probatoria de ese trabajo interpretativo.
Si en la interpretación del sueño dependemos en general y principalmente de las asociaciones
del soñante, hay empero ciertos elementos del contenido del sueño frente a los cuales nos
comportamos con entera autonomía, sobre todo porque nos vemos precisados a hacerlo,
porque comúnmente fallan las asociaciones sobre ellos. Desde temprano hemos notado que
los contenidos a raíz de los cuales esto ocurre son siempre los mismos; no son muy
numerosos, y una experiencia acumulada nos ha enseñado que deben aprehenderse e
interpretarse como símbolos de otra cosa. Por comparación con los otros elementos oníricos
es lícito atribuirles un significado fijo, que, empero, no necesita ser unívoco, y cuya extensión es
comandada por reglas particulares, insólitas para nosotros. Dado que sabemos traducir esos
símbolos -no así el soñante, aunque él mismo los ha usado-, puede suceder que el sentido de
un sueño se nos vuelva claro de inmediato antes de cualquier empeño por interpretarlo y tan
pronto como hemos escuchado el texto del sueño, mientras que el soñante mismo sigue
enfrentado a un enigma. Pero acerca del simbolismo, lo que sabemos de él, los problemas que
nos depara, ya he dicho tanto en mis conferencias anteriores (6) que hoy no necesito repetirme.
He ahí, pues, nuestro método de interpretación de los sueños. La pregunta inmediata,
plenamente justificada, reza: ¿Es posible i nterpretar con su auxilio todos los sueños? (7). Y la respuesta es: No, no todos, pero sí un número suficiente como para certificar la
aplicabilidad y justificación del procedimiento. Pero, ¿por qué no todos? Esta nueva respuesta
nos enseñará algo importante que por sí mismo nos introduce en las condiciones psíquicas de
la formación del sueño: porque el trabajo de la interpretación del sueño se realiza contra una
resistencia cuya magnitud varía desde lo imperceptible hasta lo insuperable -al menos para
nuestros medios actuales-. En el curso del trabajo, es imposible pasar por alto las
exteriorizaciones de esa resistencia. En muchos lugares las asociaciones se brindan sin
vacilación alguna y ya la primera o la segunda ocurrencia traen el esclarecimiento. En otras, el
paciente se atasca y titubea antes de enunciar una asociación, y luego uno tiene que escuchar
una larga cadena de ocurrencias antes de conseguir algo utilizable para la comprensión del
sueño. Con derecho, consideramos más intensa la resistencia cuanto más larga y sinuosa es
la cadena de asociaciones. También en el olvido de los sueños registramos esa misma
influencia. Harto a menudo ocurre que el paciente, por más que se empeña, no puede
acordarse de uno de sus sueños. Empero, tras eliminar en un tramo de trabajo analítico cierta
dificultad que había perturbado al paciente en su relación con el análisis, el sueño olvidado
vuelve a presentarse de pronto. Aquí vienen al caso otras dos observaciones. Con mucha
frecuencia sucede que al comienzo se omite algún fragmento de un sueño, y luego se lo agrega
como complemento. Ha de entendérselo como un intento de olvidarlo. La experiencia muestra
que justo ese fragmento es el más significativo; suponemos, pues, que su comunicación
tropezó con una resistencia más intensa que la de otros (8). En segundo lugar, a
menudo vemos que el soñante trabaja en sentido contrario al olvido de sus sueños si los fija por escrito enseguida de despertar. Podemos decirle que es inútil, pues la resistencia a la que de ese modo arrancó la conservación del texto del sueño se desplaza entonces a las asociaciones y hace que el sueño manifiesto sea inaccesible a la interpretación (9). En tales circunstancias, no nos asombrará que un ulterior incremento de la resistencia sofoque por completo las asociaciones, frustrando así la interpretación del sueño.
De todo ello inferimos que la resistencia que notamos en el curso de nuestro trabajo de
interpretación tiene que haber participado también en la génesis del sueño. Cabe distinguir
directamente entre sueños generados bajo una escasa o una elevada presión de resistencia
(10). No obstante, aun dentro del mismo sueño, esa presión varía de un lugar a otro;
es culpable de las lagunas, oscuridades y confusiones que pueden interrumpir la trama hasta
del sueño más hermoso.
Pero, ¿qué es lo que produce resistencia y contra qué? Pues bien; la resistencia es para
nosotros el indicio más seguro de un conflicto. Tiene que haber ahí una fuerza que quiera
expresar algo y otra que no se avenga a permitir esa exteriorización. Es posible que el sueño
manifiesto, sobrevenido después, reúna todas las decisiones en que se condensó esa lucha
entre las dos aspiraciones. En cierto lugar, tina de las fuerzas acaso consiguió imponer lo que
quería decir; en otro, la instancia contrariante logró borrar por completo la comunicación
intentada o sustituirla por algo que ya no dejaba traslucir ningún rastro de ella. Los casos más
frecuentes -y los más característicos para la formación de los sueños– son aquellos en que el
conflicto desembocó en un compromiso, de suerte que la instancia comunicante pudo decir lo
que quería, pero no tal como quería decirlo, sino sólo atemperado, desfigurado y vuelto
irreconocible. Por tanto, que el sueño no refleje fielmente los pensamientos oníricos, que haga
falta un trabajo interpretativo para salvar el hiato entre aquel y estos, he ahí un éxito de la
instancia contrariante, inhibidora y restrictiva que hemos descubierto a partir de la percepción de
la resistencia en nuestro trabajo de interpretación. Mientras estudiamos al sueño como un
fenómeno aislado, con independencia de las formaciones psíquicas emparentadas, llamamos a
esa instancia el censor(11) del sueño.

Notas:
1-{«Shibbólet», palabra hebrea que utilizaban los galaaditas para reconocer a sus enemigos los efraimitas, quienes decían «sibbólet» «porque no podían pronunciar de aquella suerte» (Jueces, 12:5-6).}
2- {Revista internacional de psicoanálisis (médico); a partir del volumen 6 de la revista se suprimió de su título el adjetivo «ärztliche» («médico»).}
3- [Cf. la parte II de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17).]
4- [Se hallarán algunas esclarecedoras consideraciones sobre la reflexión, dentro de un contexto similar, en La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, pág. 123.]
5- [En sus «Observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños» (1923c), AE, 19, pág. 111, Freud da una lista algo diferente de estas modalidades.]
6- [Cf. la 10ª de las Conferencias de introducción (1916-17).]
7- [Poco tiempo atrás, Freud había dedicado a los límites de la interpretabilidad una sección de su trabajo «Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto» (1925i), AE, 19, págs. 129 y sigs.]
8- [Cf. La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 513.]
9- [Cf. «El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis» (1911e), AE, 12, pág. 91.]
10- [Cf. «Observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños» (1923c), AE, 19, pág. 112.]
11- [Es esta una de las raras ocasiones en que Freud emplea la forma «Zensor» en vez de «Zensur» {«censura»}. Cf. mi nota al pie en la 26ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 16, pág. 390.]

Continúa en Revisión de la doctrina de los sueños I y Revisión de la doctrina de los sueños II